21 de noviembre de 2016

MEMORABILIA GGM 859



EL IMPARCIAL
Oaxaca - Mexico

Noviembre 21, 2016

Jaime Abello ha hecho pública la noticia de que la FNPI va a publicar las entrevistas a Gabo, a partir de la compilación hecha en la colección MEMORABILIA GGM – Tomo 21.
La publicación será un homenaje más a las celebraciones del año 2017 en donde se conmemorarán los 90 años de nacimiento del escritor, 50 años de publicación de Cien años de soledad y 35 años de haber sido galardonado con el premio Nobel de literatura

Arte y Cultura

Rescatarán trabajos de
Gabriel García Márquez
Con el Proyecto Centro Gabo, la FNPI busca poner a disposición las entrevistas del escritor y usar el periodismo en otros sectores de la sociedad

Por Lisbeth Mejía

Jaime Abello, director general y cofundador de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), señaló que como parte del Proyecto Centro Gabo, el organismo pretende recuperar todas las entrevistas realizadas por el autor de Cien años de soledad y compartirlas a través de un sitio web.

El periodista, quien se encuentra en la ciudad de Oaxaca debido a la 36 Feria Internacional del Libro, dice que como fundación tienen una ventaja, que aunque parezca muy extraña, es algo que ha ocupado sus pensamientos en los últimos días: la inspiración de Gabriel García Márquez.

"Reescuchándolo, releyéndolo, se da uno cuenta que en ese espíritu hay una serie de ideas y de actuar que valen la pena mantener, y dentro de eso, la imposición a aceptar la realidad como bien, y a cambiar. Gabo decía: lo mejor es lo que pasa", expresó Abello.

Asimismo, dijo que parte del trabajo de la fundación se ha enfocado en talleres con los que busca apostarle a otros sectores de la sociedad, mediante el periodismo, para servir en un momento en el que todos están contando historias y para estimular el pensamiento.

Vale la pena el periodismo de autor

En otros temas, Jaime Abello señaló que los medios están buscando cómo adaptarse a un entorno en el que impera la tecnología y las redes sociales, pero agregó, "estamos viendo que hay una diversificación de las prácticas periodísticas, de las cuales el libro es una de las centrales, pero también al lado de eso un periodismo muy identificado con los autores.

El nombre y la marca personal de los periodistas, cada vez importa más y cada vez hace que, justamente por el ecosistema digital, muchos de los periodistas tengan la posibilidad de compartir sus trabajos y dialogar con sus públicos sin necesariamente, estar en el contexto tradicional de pertenencia a una redacción o un medio", indicó.

Como parte de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca, la FNPI ha estado en tres ediciones. En este año, la fundación realiza un taller de Libros Periodísticos.

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mujerHoy
Madrid - España
19 de noviembre de 2016

vivir

Mercedes Barcha:
no fueron 100 años de soledad
Desde que paseaban el manuscrito 'Cien años de soledad' en busca de editor, Mercedes Barcha fue la compañera incondicional de Gabriel García Márquez.

por Mujerhoy .
 Mercedes Barcha junto al escritor García Márquez. d. r.

"Sin Mercedes Barcha, Gabriel García Márquez no habría llegado a donde llegó”, aseguran sus más cercanos. Desde que vivían con estrecheces y paseaban el manuscrito de 'Cien años de soledad' en busca de editor, la Gaba –como la llaman cariñosamente sus amigos– fue la compañera incondicional del gran novelista. “Mercedes nunca se deslumbró por nada. Incluso después de que Gabito recibiera el Nobel, llegabas a su casa de México y te la encontrabas cosiéndole dobladillos, doblando calcetines. Sin ínfulas”, recuerda Margarita Munive, casada con el hermano menor del escritor, Jaime, y la cuñada que ha mantenido una relación más estrecha con ambos.

“Ella era el polo a tierra que permitía a Gabito volar con su imaginación, la que se ocupaba de la realidad que él no manejaba” decía en una entrevista otro de sus amigos, el escritor Plinio Apuleyo Mendoza. Yo misma he conocido al matrimonio en casa de sus cuñados o en encuentros en Cartagena de Indias, y desde el principio me sorprendió su seriedad un tanto majestuosa, que podía convertirse en risa cómplice a la menor ocasión. Pero sobre todo, sus gustos sencillos, su disfrute de la comida de la costa colombiana, sus batas mexicanas floreadas con las que se ha paseado por los salones VIP, donde otras afectan stilettos.
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¿Quién es?

    Mercedes Barcha Pardo nació en 1932 en Malangué (Colombia).
Era la primogénita de los seis hijos de un descendiente de inmigrantes de Oriente Medio.
    Conoció a los hermanos García Márquez en la farmacia de su familia.
    El 21 de marzo de 1958 se casó con Gabriel en Barranquilla.
    En 1959 tuvieron a su primer hijo, Rodrigo, que es cineasta.
    En 1961 se instalaron en Nueva York y
tres años después en México, donde nació su segundo hijo.
    Este año ha llevado las cenizas del escritor a Cartagena de Indias,
 para que reposen en el Claustro de la Merced.

“No es a ella a la que le ha tocado la lotería por casarse con Gabo, si no a él por casarse con Mercedes”, aseguran que dijo Fidel Castro cuando la conoció en Cuba, donde los esposos vivieron un tiempo. Mercedes Barcha, nacida hace 84 años en Magangué, conoció a García Márquez en 1940, cuando los dos eran niños. Desde muy pronto, Gabo supo que quería hacer de ella su esposa, y así se lo dijo poco antes de dejar el pueblo para irse a estudiar, cuando él tenía 15 años y ella apenas nueve.

A su regreso, se empeñó en conquistarla hasta que en 1958 contrajeron matrimonio en Barranquilla. El amor de su vida, la madre de sus dos hijos, es la mujer en la que se inspira para crear el personaje de Mercedes,la boticaria de Cien años de soledad, a la que describe como una “mujer silenciosa, de cuello esbelto y ojos adormecidos”. Estuvo 56 años al lado del escritor, hasta su muerte el 17 de abril de 2014. Nunca una musa fue tan real.
 
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Cultura Caracol
Bogotá – Colombia
17 de noviembre de 2016

Gabo, la Magia de lo Real
nominado a los
Emmy Internacional
El documental, dirigido por Justin Webster y coproducido por Caracol Televisión y Discovery Channel Latinoamérica, fue postulado en la categoría ‘Arts Programming’.
‘Gabo, la Magia de lo Real’, nominado a los Emmy Internacional




 Luego del éxito rotundo de ‘Gabo, la Magia de lo Real’, Caracol Televisión ha recibido una nominación a los Premios Emmy Internacional por segundo año consecutivo en la edición 2016 de estos galardones.

El documental, dirigido por Justin Webster y coproducido por Caracol Televisión y Discovery Channel Latinoamérica, fue postulado en la categoría ‘Arts Programming’. Se trata de la misma categoría a la que fue nominado el documental ‘Buenaventura no me dejes más’ en 2015.

El documental cuenta la historia de Gabriel García Márquez: sus textos, su vida personal y la influencia que tuvo en la política internacional: todo contado desde la narración del escritor bogotano Juan Gabriel Vásquez.

‘Gabo, la Magia de lo Real’, homenaje póstumo el nobel colombiano, también estuvo nominado a los Premios Goya en seis categorías: ‘Mejor Película’, ‘Mejor Dirección’, ‘Mejor Música Original’, ‘Mejor Dirección de Fotografía, ‘Mejor Montaje’ y ‘Mejor Película Documental’.

La versión de los Premios Emmy Internacional 2016 se llevará a cabo el próximo 21 de noviembre en el Hotel Hilton de Nueva York.

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EL ESPECTADOR
Bogotá – Colombia
13 de noviembre de 2016

Columna del lector

Gabo, detrás del Nobel 
de Bob Dylan

No sé hasta dónde pudo incidir en la determinación de esos “doce buenos señores de la Academia Sueca”, como los llama Manuel Drezner, la relectura del artículo que Gabriel García Márquez escribió el 11 de noviembre de 1981 sobre Georges Brassens.

El maestro Isaías Peña, en su doble condición de experto profesor de literatura y escritor, aduce que Dylan ya había ganado el Cervantes y otros premios literarios teniendo en cuenta su profesión musical, pero, sobre todo, su condición de compositor y creador de letras superiores a las de poetas famosos. Y agrega: “…haber pertenecido a los movimientos sociales de los años sesentas –nunca estuvo de acuerdo con la invasión a Vietnam, por ejemplo–, le dio a sus letras una fuerza especial, que él enriqueció con sus personales virtudes musicales y, por tanto, doblemente poéticas.

En una de las tantas discusiones literarias, alguien preguntó cuál era el mejor poeta de Francia y Gabo dijo que era Georges Brassens. Algunos de los presentes nunca habían escuchado ese nombre. “Sólo mis compañeros de generación, los que gozaron y padecieron a París en los años ingratos de la guerra de Argelia, sabían no sólo que yo hablaba en serio, sino que además tenía razón”.

Georges Brassens, hijo de un albañil, cantautor maltratado en la escuela, germinó en su corazón la semilla de la anarquía. Ese odio a la autoridad y a las normas establecidas sustentó sus canciones, sus frases y sus versos más hermosos. “Morir por las ideas, de acuerdo; pero de muerte lenta”. “El tiempo es un bárbaro de la misma calaña de Atila, y por donde su caballo pasa no vuelve a crecer jamás el amor”.

Escuchar a Brassens, es recordar la música protesta que inspiró movilizaciones, liberaciones y fuego sagrado a la que tanto debemos las generaciones posteriores a los hippies, al rock and roll, a la rebeldía y a la ciencia esa que nos libera y que al alcalde de Cartagena no le sirve. Reconocer a Dylan como premio nobel de literatura es extenderles a Brassens, a Piero, a Pablus, a León Gieco, a Silvio, a Alberto Cortés, a Chabuca, a Mercedes, a Jara y a todos esos poetas enormes que desde siempre entendieron que los versos con música elevan la poesía a la doble condición de último escalón hacia la eternidad y al lobby del placer celestial.

“Siento como si estuviera golpeando en las puertas del cielo”.

Esta es la columna a que hace referencia la nota anterior

Georges Brassens·

Por Gabriel García Márquez

Hace algunos años, en el curso de una discusión literaria, alguien preguntó cuál era el mejor poeta actual de Francia, y yo contesté sin vacilación: Georges Brassens. No todos los que estaban allí habían oído antes ese nombre –unos por demasiado viejos y otros por demasiado jóvenes–, y algunos que menos preciaban porque era autor de discos y no de libros dieron por hecho que yo lo decía por desconcertar. Sólo mis compañeros de generación, los que gozaron y padecieron a París en los años ingratos de la guerra de Argelia, sabían no sólo que yo hablaba en serio, sino que además tenía razón.

Para ellos, más que para el resto del mundo, Georges Brassens ha muerto la semana pasada a los sesenta años, frente al voluble mar de Sète que tanto amaba, y donde tenía su casa llena de flores y de gatos que se paseaban sin romperse entre la vida real y sus canciones. Sólo que no murió en ella; su discreción legendaria era tan cierta, que se fue a morir en la casa de un amigo para que nadie lo supiera. Y la mala noticia no se conoció hasta 72 horas después por una llamada anónima, cuando ya un reducido grupo de parientes y amigos íntimos lo habían enterrado en el cementerio local. No podía ser de otro modo: para un hombre como él, la muerte era el acto personal más secreto de la vida privada.

Así fue siempre. Había nacido en 1921, en la casa de pobres de un albañil que deseaba para su hijo el mismo oficio. Como todos los niños con vocación vital, el pequeño Georges detestaba la escuela por lo que ésta tenía de cuartel. Una maestra desesperada acabó de rematarlo: lo encerró con llave en un ropero durante varias horas, y cuando por fin lo liberaron habían germinado en su corazón, para siempre, las semillas de la anarquía. Su odio a la autoridad y a toda norma establecida fueron el sustento de sus canciones más hermosas. Para él no había más luz en aquellas tinieblas que la independencia personal y el amor. Una vez cantó: "Morir por las ideas, de acuerdo; pero de muerte lenta". El Partido Comunista francés puso el grito en el cielo en nombre de tantos compatriotas muertos de muerte rápida durante la resistencia.

En realidad, Georges Brassens carecía por completo de instinto gregario. Llevaba una vida tan reservada, que todo lo que tenía que ver con él andaba confundido con la leyenda, y uno se preguntaba a veces si de veras existía. Aun en su época de mayor esplendor, hacia la mitad de los años cincuenta, era un hombre invisible. Nadie sabe cómo lo convenció René Clair de que actuara en una película, y él lo hizo muy mal, abrumado por la vergüenza de ser el centro de la atención; pero en cambio cantó una ristra de canciones originales que se quedaban resonando en el corazón. El tiempo –decía en una de ellas– era un bárbaro de la misma calaña de Atila, y por donde su caballo pasaba no volvía a crecer jamás el amor.

Fuerza lírica

Lo vi en persona una sola vez cuando su primera presentación en el Olympia, y ese es uno de mis recuerdos irremediables. Apareció por entre las bambalinas como si no fuera la estrella de la noche, sino un tramoyista extraviado, con sus enormes bigotes de turco, su pelo alborotado y unos zapatos deplorables, como los que usaba su padre para pegar ladrillos. Era un oso tierno, con los ojos más tristes que he visto nunca y un instinto poético que no se detenía ante nada. "Lo único que no me gustan son sus malas palabras", decía su madre. En realidad, era capaz de decir todo y mucho más de lo que era permisible, pero lo decía con una fuerza lírica que arrastraba cualquier cosa hasta la otra orilla del bien y del mal. Aquella noche inolvidable en el Olympia cantó como nunca, agonizando por su miedo congénito al espectáculo público, y era imposible saber si llorábamos por la belleza de sus canciones o por la compasión que nos suscitaba la soledad de aquel hombre hecho para otros mundos y otro tiempo. Era como estar oyendo a François Villon en persona, o a un Rabelais desamparado y feroz. Nunca más tuve oportunidad de verlo, y aun amigos más cercanos lo perdían de vista. Poco antes de morir, alguien le preguntó qué estaba haciendo durante las jornadas de mayo de 1968, y él contestó: "Tenía cólico nefrítico".

La respuesta se interpretó como una irreverencia más de las tantas que soltó en la vida. Pero ahora se sabe que era cierto. Sin que casi nadie lo supiera, había empezado a morirse en silencio desde hace más de veinte años. En 1955, cuando era imposible vivir sin las canciones de Brassens, París era distinto. Los parques públicos se llenaban por las tardes de ancianos solitarios, los más viejos del mundo; pero las parejas de enamorados eran dueñas de la ciudad. Se besaban en todas partes con besos interminables, en los cafés y en los trenes subterráneos, en el cine y en plena calle, y hasta paraban el tránsito para seguirse besando, como si tuvieran conciencia de que la vida no les iba a alcanzar para tanto amor. El existencialismo había quedado atrás; sepultado en las cuevas para turistas de Saint-Germain-des-Prés,y lo único que quedaba de él era lo mejor que tenía: las ansias irreprimibles de vivir.

Una noche, a la salida de un cine, una patrulla de policías me atropelló en la calle, me escupieron la cara y me metieron a golpes dentro de una camioneta blindada. Estaba llena de argelinos taciturnos, recogidos a golpes y también escupidos en los cafetines del barrio. También ellos, como los agentes que nos habían arrestado, creyeron que yo era argelino. De modo que pasamos la noche juntos, embutidos como sardinas en una jaula de la comisaría más cercana, mientras los policías, en mangas de camisa, hablaban de sus hijos y comían barras de pan ensopadas en vino. Los argelinos y yo, para amargarles la fiesta, estuvimos toda la noche en vela, cantando las canciones de Brassens contra los desmanes y la imbecilidad de la fuerza pública.

Ya para entonces, Georges Brassens había hecho su testamento cantado, que es uno de sus poemas más hermosos. Lo aprendí de memoria sin saber lo que significaban las palabras, y a medida que pasaba el tiempo y aprendía el francés iba descifrando poco a poco su sentido y su belleza, con el mismo asombro con que hubiera ido descubriendo, una tras otra, las estrellas del universo. Ahora, transcurridos veinticinco años, ya nadie se besa en las calles de París, y uno se pregunta asustado qué fue de tantos que se amaban tanto y que ahora no se ven en el mundo. Georges Brassens ha muerto, y alguien tendrá que poner en la puerta de su casa, como él lo pedía en su testamento, un letrero simple: "Cerrado por causa de entierro".

31 de octubre de 2016

MEMORABILIA GGM 858



EL PAIS
Madrid - España
24 de octubre de 2016

Cultura

“Gabo veía lo que nadie ve”
El periodista colombiano Roberto Pombo recuerda su amistad
con Gabriel García Márquez y sus lecciones como reportero

Por Felipe Sánchez
 
Roberto Pombo, el pasado viernes en Madrid. Foto: Luis Sevillano

El director del diario El Tiempo, Roberto Pombo (Bogotá, 1956), se graduó como periodista en el único medio colombiano de izquierda de los años setenta, la revista Alternativa, impulsada por Gabriel García Márquez y en cuyo seno hizo su primera cobertura, la de la toma de la embajada de República Dominicana a manos de la guerrilla del M-19 en 1980. Hoy dirige un periódico centenario, el de mayor circulación en el país, y acaba de publicar El tiempo por cárcel (Debate, 2016), un libro de conversaciones con el escritor colombiano Juan Esteban Constaín sobre su historia y la del país, que presentó la semana pasada en España.

¿Qué aprendió de García Márquez?
Gabo deja varias lecciones. Una muy envidiable era su capacidad para, con una mirada diferente a la de todo el mundo, poner la cámara en un contraplano y ver lo que nadie ve –para decirlo en términos cinematográficos–. La originalidad de la visión del periodista siempre fue una obsesión suya. Tener una mirada diferente, y eso es una gran enseñanza.

Pombo viajó a México a principios de siglo a liderar allí la expansión de la revista colombiana Cambio, para la que entrevistó junto al autor de Cien años de soledad al subcomandante Marcos, en 2001. El líder revolucionario había cruzado medio país norteamericano desde Chiapas, al sur, y “se había tomado prácticamente toda Ciudad de México con su gente”.

¿Cómo fue esa entrevista?
Muy intimidante, sobre todo porque Gabo se quedó callado casi todo el tiempo y yo era el que hacía las preguntas. Yo lo miraba como diciendo “¿ya?”. Seguí hasta que se acabó mi batería y comenzó él con unas preguntas mucho más interesantes. Las mías eran las de temas políticos, las obvias. Las de él trataban de encontrar quién era el personaje que teníamos enfrente. Lo primero que le dijo fue: “Se nota que tiene un gran bagaje cultural. ¿Usted se crió en un ambiente de mucha lectura?”. Marcos se sorprendió y contestó que su mamá era maestra. Entonces arrancó una conversación sobre sus influencias literarias… Digamos que la parte de reportería clásica la hice yo y él puso como siempre la cámara en contraplano.

Director de El Tiempo desde 2009, Pombo ha sido figurante de telenovelas, libretista de programas de concursos, reportero en la costa Caribe, director de revistas y de noticieros radiales y televisivos. “Mi vida periodística ha estado ligada a la violencia”, reflexiona, con una experiencia de más de 35 años de oficio a cuestas en un país envilecido por la guerra. “Y al mismo tiempo ha tenido como hilo conductor los distintos procesos de paz, que al final parecieran una sola conversación que empezó en 1982 y que está terminando ahora. Por eso veo con tanto entusiasmo la posibilidad de que por fin se firme un acuerdo”.

Santos prometió seguir la política de mano dura de Álvaro Uribe en la campaña de 2010. ¿Por qué lo respaldó?
Para los problemas del país me parecía que la experiencia y la actitud de Santos eran mejores, y que tenía más empaque de gobernante que [el académico independiente] Antanas Mockus. Pero nunca lo vi como si Santos fuera la guerra y Mockus fuera la paz. Conozco al presidente desde hace muchísimos años y pese a haber sido el ministro de la guerra en la época de Uribe, participó activamente en muchos de los procesos de paz anteriores.

Uribe es el líder oficioso de los opositores a los actuales acuerdos entre el Gobierno y las FARC que buscan poner fin a un conflicto armado de más de medio siglo. Tras cerca de cuatro años de diálogos en La Habana, el documento final fue sometido a un plebiscito el pasado día 2. Los críticos del acuerdo ganaron por 54.000 votos (en medio de una abstención del 63%) y el Gobierno se ha comprometido a discutir sus contrapropuestas.

¿Están cerca de un nuevo acuerdo?
Si se trata del acuerdo que quiere Uribe, estamos lejísimos. Los cambios que pide son de tal magnitud que habría que hacer un documento totalmente distinto. Pero tanto para el Gobierno como para las FARC, el tiempo corre en su contra. La situación es muy delicada y vulnerable. Una guerrilla desmovilizada, todavía con armas, con plazos diferentes a los proyectados y con problemas técnicos muy complejos para la verificación internacional…

Los opositores exigen, entre otras cosas, que los líderes de la guerrilla no participen en política, que paguen penas de cárcel y que los crímenes de la guerra no se juzguen en un tribunal especial, sino en la Corte Suprema. “El conflicto armado colombiano es muy viejo y durante la última década ha sido muy lejano para la gente de las ciudades. Entonces, a muchos les parece que las concesiones a la guerrilla son excesivas, porque no sienten que lo que se está recibiendo sea equivalente a lo que se está dando”, observa Pombo. “Ahora hay que buscar fórmulas creativas y políticamente serias para que las cosas avancen”.


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ARCADIA
Bogotá – Colombia
25 de octubre de 2016

Gabo y una flor en un avión
La filósofa Andrea Mejía comparte el recuerdo de cuando conoció a Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha porque, en un país tan polarizado, siente “que tenemos que agarrarnos de la belleza. De la poca y pequeña”.

Por Andrea Mejia
 
García Márquez y Barcha llegando a Aracataca por tren en 2007. Crédito: Alejandra Vega / AFP.

Como el vuelo La Habana-Bogotá estaba sobrevendido, me asignaron un asiento en primera clase. Qué suerte, pensé. Al lado mío, separado por el corredor, iba sentado García Márquez. No me pareció extraño. Solo pensé en lo difícil que iba a ser llegar a mi puesto. Un enjambre de personas se amontonaba en torno a él, impidiendo el estrecho pasaje. Todo el mundo quería una foto o un autógrafo. O una foto y un autógrafo. Una foto Maestro, le decían. Pero dejen sentar a Mercedes, que lleva toda la vida parada, decía él. Mercedes era su esposa y había quedado atrapada en la multitud. Vi que la cosa iba a tardar. Me senté en uno de los brazos de una silla que estaba dos filas delante de la mía y suspiré. Les rogamos a los señores pasajeros ocupar sus puestos, repetía la azafata por el altavoz sin perder la calma, aunque a mí me empezaba a faltar el aire. Todo el avión estaba de pie y los pasajeros parecían multiplicarse por 100 cada segundo. Por fin la gente tuvo que ocupar sus sillas para el despegue y yo encontré el camino a mi puesto. Antes de sentarme, sonreí a Mercedes que estaba en la ventanilla, al lado de su esposo. Llevaba un vestido blanco y suelto y un collar de grandes piedras azul cielo. Me hubiera gustado pedirle un autógrafo a ella.

Nunca puedo leer mientras despegan los aviones. Siempre estoy esperando el momento en que el avión se estrella contra el suelo como castigo por intentar desafiar la ley de la gravedad. Cuando se apagaron las luces del cinturón de seguridad pude abrir mi morral y buscar en el fondo el libro que llevaba dentro: las Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino. Solo había leído la primera conferencia, Levedad. Busqué los párrafos en los que Calvino se acuerda de la historia de Perseo y habla de la delicadeza que se necesita para ser un vencedor de monstruos. ¡Cuánta razón!, pensé. Una vez Perseo ha acabado con Medusa cortándole la cabeza, libera a su chica (lo que puede parecer aburrido pero desde cierta perspectiva resulta irreprochable), y después “decide hacer lo que cualquiera de nosotros haría después de semejante faena: lavarse las manos”. Por supuesto, pensé. El problema es qué hace mientras tanto con la cabeza de la horripilante criatura. Entonces Calvino decide que en ese punto lo mejor es citar directamente Las metamorfosis de Ovidio: “Para que la áspera arena no dañe la cabeza con pelo de serpientes, Perseo mulle el suelo cubriéndolo con una capa de hojas, extiende encima unas ramitas nacidas bajo el agua, y en ellas posa, boca abajo, la cabeza de la medusa”. El pasaje que sigue es el mejor momento de la conferencia, porque las ramitas acuáticas se transforman en coral.

¿Qué estás leyendo? Me sobresalté. ¿Yo?, pensé. ¿Y quién más iba leyendo cerca nuestro? Levanté la cabeza para inspeccionar. Una señora sostenía la cartilla de seguridad del avión frente a sus ojos. Quinientas pulseras doradas tintineaban en sus brazos. A lo mejor su momento de pánico en los aviones no coincidía con el mío, pensé. Yo no sabía si eso contaba como leer, pero en un destello de lucidez me dije que en todo caso el que preguntaba podía darse cuenta sin dificultad de que lo que leía la señora de las pulseras eran las instrucciones que hay que seguir con cuidado cuando un avión va a estrellarse contra el suelo. La pregunta entonces no tenía ningún sentido. Muéstrame ese libro. Era él, con su acento caribe impecable y dulce. Le mostré el libro. La portada con la foto de Calvino amarilla y sepia y las letras azules del título temblaba entre mis manos. Así que ya estoy enamorada, pensé. Es el mejor libro que he leído en mi vida, me dijo. Me reí. Solo he leído la primera conferencia, le dije. Le hablé de la cama de ramitas marinas que se transforman en coral al contacto con la cabeza del monstruo. Y le hablé de otro tipo que aparece en la conferencia, no tan capaz como Perseo, pero al que le gustaba saltar sobre las tumbas. No me acuerdo cómo se llama, le dije. Claro, me dijo, Cavalcanti. Pero él salta solo porque tiene las piernas muy largas y flacas, agregó. El cementerio es su pista de entrenamiento. ¿Cómo te llamas? Andrea, ¿y tú? Gabriel. Era un chiste, le dije, pero muy malo. Tráenos por favor dos uijqui, le dijo a la azafata que sonrió y le dijo, enseguida, Maestro. Yo no entendía por qué todo el mundo le decía Maestro, pero a lo mejor tenía que ver con el hecho de que nadie sobre la Tierra podía pronunciar tan bien como él la palabra whisky. García Márquez tenía que ser una autoridad fonética mundial. Nuestras mesitas auxiliares se habían desplegado mágicamente y sobre ellas brillaban dos vasos llenos de hielo y uijqui.

Di un sorbo pequeño de mi vaso y le pregunté si se acordaba del cuento de Kafka al final de la conferencia. Es un cuento muy raro, le dije. Recuérdamelo, me dijo él. Obedecí. Un hombre sale a buscar carbón con un balde en el invierno. Usa el balde como caballo volador y la esposa del que vende carbón en una carbonera subterránea lo ahuyenta con la mano, como a una mosca, sin querer venderle un solo trozo de carbón. Al hombre no se le ocurre bajarse del balde. La mujer agita tanto su mano, y con tanta fuerza, que manda al hombre en la grupa del balde más allá de las Montañas de Hielo. Bueno, no me parece raro, concluyó él, es mucho más probable que vuele un balde vacío a que vuele un avión lleno como este. Muy exacto, pensé. La señora de las pulseras parecía ya haber memorizado las instrucciones de seguridad.

Me preguntó yo qué estudiaba. ¿Yo? Tras una rápida introspección, no se me ocurrió ninguna otra aspiración profesional creíble, así que tuve que decirle la verdad. Literatura, le dije. Él se quedó en silencio unos segundos dando grandes tragos de whisky. Pronto pidió otro. Me dijo que le parecía imposible enseñar la literatura. No, si a mí también me parece imposible aprender literatura. Le hablé de las pequeñas vicisitudes de mi vida universitaria mientras la azafata recorría los pasillos del avión con sus pasos inaudibles.

Cuando se acabó el segundo whisky dijo que iba a dormir, porque cuando a uno no le queda mucho tiempo de vida, no puede dejar pasar nunca la oportunidad para una siesta. Es un buen consejo, le dije. Tomó con delicadeza el libro de mis manos, y sin que yo dijera nada, lo abrió en la primera página y dibujó una flor. Con letras enormes, que ocuparon toda la página atravesada por el tallo largo de su flor de cuatro pétalos, escribió, para Andrea, del amigo Gabo, 1997.

Tuve ganas de llorar de felicidad. Mi amor había crecido fuerte como la maleza por efecto del whisky. Si sólo pudiera oír su voz durante todo el vuelo, recé.

Me devolvió el libro y recostó su cabeza sobre una almohada que tenía sobre un costado. Muy pronto empezó a roncar suavemente. Mercedes miraba las nubes por la ventana, impasible. Yo empecé a hacer figuritas sobre el vaho formado por el aire condensado sobre el vaso frío. Me imaginé un balde volando en el aire. Solo, sin jinete. Le di la vuelta con el dedo a dos pedacitos de hielo de los que pronto no quedaría nada.

26 de octubre de 2016

MEMORABILIA GGM 857



LA REPUBLICA
Lima – Perú
18 de octubre de 2016

Rubén Blades sobre nobel de Bob Dylan:
 “Gabo lo aprobaría pero debió compartirse
con otro cantante”
El salsero tocará este sábado por última vez en Lima

Rubén Blades – Foto Archivo

Rubén Blades envió un extenso mensaje a través de su cuenta de Facebook para hablar sobre el premio Nobel de Literatura que recibió el cantante Bob Dylan. El cantante panameño argumentó que el premio está bien otorgado y sería aprobado por el célebre Gabriel García Marquez (Gabo), pero debió ser compartido con Chico Buarque, de Brasil.

A través de su cuenta de Facebook, Rubén Blades hizo un extenso análisis del premio Nóbel de Literatura que recibió Bob Dylan este jueves por la mañana. El cantante panameño comenzó su argumento afirmando: “¿Puede la letra de la música popular ser considerada como literatura? El premio de literatura otorgado a Bob Dylan ha provocado todo tipo de reacciones”.

Rubén Blades usó una historia para darle validez a su punto de vista: “Hace décadas conversábamos sobre ese tema Gabriel García Márquez, colombiano, Premio Nobel de Literatura 1982, y este servidor, Rubén Blades, panameño y músico. El estaba completamente de acuerdo con que la música popular era capaz de producir letras y argumentos de alto contenido y nivel literario”.

Blades contó que Gabo se lamentaba de no haber sido él quien escribiera la conocida canción ‘Pedro Navaja’ y dijo que él se hizo un trato con García Márquez para escribir un cuento corto y luego adaptar el cuento en una canción: "Gente despertando bajo dictaduras".

Rubén Blades concluyó que Gabriel García Márquez aprobaría el Nobel de Literatura entregado a Bob Dylan, pero él agregó que hubiera sido más importante que el premio se le otorgara a Dylan y Chico Buarque de Brasil, que también ha escrito canciones llenas de mucha emotividad y contenido además de obras de dramaturgia.

“Evitemos la discusión desde perspectivas elitistas. Dylan merece el premio, por la calidad de su trabajo y por el haber continuamente sostenido esa calidad a través de experimentos y renovaciones. Solo lamento el que la perspectiva de la Academia Sueca no haya sido más amplia”, finalizó Blades.

¿PUEDE LA LETRA DE LA MUSICA POPULAR SER CONSIDERADA COMO LITERATURA?

El premio de literatura otorgado a Bob Dylan ha provocado todo tipo de reacciones. Entre ellas, las quejas de un sector que considera que la letra de la música popular solo debe servir para entretener; que debe ser un vehículo exclusivo para el escape; que es vulgar y por lo tanto no puede ser considerada como de serio nivel intelectual. Me parece que esa perspectiva es sumamente elitista y por lo tanto, sesgada.

Precisamente, hace décadas conversábamos sobre ese tema Gabriel García Márquez, colombiano, Premio Nobel de Literatura 1982, y este servidor, Rubén Blades, panameño y músico.

Él estaba completamente de acuerdo con que la música popular era capaz de producir letras y argumentos de alto contenido y nivel literario. Por eso fue que una vez escribió que lamentaba el no haber sido el escritor de "Pedro Navaja". Acompañando a la posible exageración esta la indiscutible realidad de su respeto y consideración al argumento y a la forma en que presente la narración del episodio.

De aquella conversación propuse varias cosas, para resolver el tema de una vez por todas:

1. Yo escribiría un cuento corto, original y lo editaría para que no excediera los 7 minutos;
2. Lo incluiría en uno de mis discos de "Salsa" pero sin anunciar que era, en efecto, un cuento corto;
3. Cantaría ese cuento corto de manera espontánea e instantánea,, sin arreglo musical previo y sin instrumentos.
4. Solo haría un solo intento en la grabación, para que fuese honesta y el resultado inmediato producto de mi sentimiento puro, (sin ensayo, ni repetición para cubrir errores).

Gabo, sonriendo y con esa chispa de niño travieso en los ojos, solo me dijo: "Dale".
Y así lo hice. Escribí un cuento de unas catorce paginas originalmente. Para el experimento, las reduje a la descripción de una parte de la trama, ocupando dos hojas solamente y surgió un cuento cortocortísimo, que titule GDBD, ("Gente despertando bajo dictaduras").

Ahora, por favor, para efecto de la discusión, les ruego leer detenidamente el cuento.

Luego de la lectura, por favor, escuchen la versión "salsa" que hice de GDBD, incluida en el Album (Buscando America, con Seis del Solar), sello Elektra.

Después de haber leído el cuento y escuchado su grabación, por favor, consulten con sus profesores de Literatura, Español, Academias de la Lengua y semejantes, y/o envíen emails al Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa preguntando si GDBD califica o no como un cuento corto.

Si la respuesta es afirmativa, entonces la música popular aporta, y puede contribuir al género de la literatura universal.

Evitemos la discusión desde perspectivas elitistas. Dylan merece el premio, por la calidad de su trabajo y por el haber continuamente sostenido esa calidad a través de experimentos y renovaciones.

Solo lamento el que la perspectiva de la Academia Sueca no haya sido más amplia. Autores como Chico Buarque, del Brasil, merece igualmente esa consideración. No solo es un excelente compositor, ("Construcción") sino que además es dramaturgo y ha publicado novelas muy bien recibidas.

El argumento a favor del aporte del músico popular hubiese sido mas completo de haber sido el premio compartido con Chico y se hubiese reconocido así la contribución literaria musical proveniente de una parte importante de la América no sajona.

Rubén Blades
13 de octubre, 2016

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LA RAZON
Madrid – España
23 de octubre de 2016.

Una termita inspirada en
el Macondo de García Márquez
Es una tercera especie de termita del género Proneotermes,
descubierta cien años después de la segunda

 La nueva especie de termita Proneotermes macondianus. Phys.org

EP

Científicos han descubierto una tercera especie de termita del género Proneotermes, cien años después de la segunda, que habita en los bosques secos en Colombia. Su nombre ‘Proneotermes macondianus’ se inspira en el realismo mágico de la ciudad ficticia de «Macondo» de la novela «Cien años de soledad», obra del premio Nobel Gabriel García Márquez, informa Europa Press.

Los termitólogos Robin Casalla y Judith Korb, de la Universidad de Friburgo y Rudolf H. Scheffrahn, de la Universidad de Florida, describen la nueva especie en la revista ZooKeys a partir de singulares formas y colores, y también características genéticas.

«Macondianus» se refiere a la ciudad ficticia de «Macondo» en la novela ‘Cien años de soledad’ escrito por el Premio Nobel Gabriel García Márquez. Macondo representa un microcosmos olvidado en la historia de Colombia con eventos inimaginables. Según la historia, el mágico reino finalmente fue borrado del mapa por las tormentas gigantescas del Caribe como una forma de castigo divino a la violación de las leyes bíblicas de la genética, el incesto.

«P. macondianus puede haber sido uno de esos personajes que intervienen en la novela durante la destrucción de Macondo, que no ha sido reconocido hasta hoy», comenta el autor principal Robin Casalla.

Los soldados de esta especie tienen una característica, cabezas rectangulares alargadas, de cerca de 5 - 7 mm de largo, que varían en color desde el negro (en la punta) al naranja pardo (en la parte posterior). P. macondianus tiene un apetito voraz por la madera seca, ramas especialmente delgadas de menos de 2 cm de diámetro, y vive en pequeñas colonias de unos 20 individuos. Aunque algunas termitas de madera seca se consideran plagas en algunas zonas urbanas, P. macondianus sólo vive en la naturaleza y prefiere los bosques tropicales secos.

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EL ESPECTADOR
Bogotá – Colombia
18 de octubre de 2016

Cultura

A la venta los primeros audiolibros
de Gabriel García Márquez
La editorial Penguin Random House lanza este 19 de octubre los primeros títulos.

Por: Redacción Cultura

Ahora no sólo se podrán leer los libros de Gabriel García Márquez, también podrán ser escuchados: Penguin Random House Grupo Editorial amplía su catálogo de audiolibros y pondrá al alcance del público tres títulos del Nobel colombiano: Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quién le escriba y Doce cuentos peregrinos, los dos primeros narrados por el reconocido actor colombiano Diego Trujillo.

A estos tres títulos que podrán encontrarse a partir de octubre se sumarán otros tres que se podrán encontrar a partir del 15 de diciembre: Del amor y otros demonios, Memoria de mis putas tristes, narrada por el actor colombiano Alfonso Ortiz, y Vivir para contarla.

 Ver detalles en :

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EL ESPECTADOR
Bogotá – Colombia
16 de octubre de 2016

Cultura

Clemente Manuel Zabala:
el maestro de Gabo
Relato sobre la vida y obra de Zabala,
uno de los pioneros del periodismo moderno en Colombia.


Por: Tomás Vásquez Arrieta

 Retrato de Clemente Manuel Zabala, quien fue jefe de redacción de El Universal, en Cartagena. / Cortesía.

Clemente Manuel Zabala Contreras nace en San Jacinto, Bolívar, en 1896 y muere en Cartagena en 1965. Su nombre empieza a divulgarse a raíz de los reconocimientos que le hace García Márquez, primero en Del amor y otros demonios (1994); pero sobre todo es en Vivir para contarla (2002) en donde resalta la importancia del maestro Zabala en su vida cuando hacía sus primeras letras de reportero en el diario El Universal de Cartagena. Además, a esta exaltación han contribuido las investigaciones de los periodistas Jorge García Usta y Gustavo Tatis Guerra. Ahora cabe resaltar que desde hace cuatro años, como un homenaje a ese pionero del periodismo moderno en Colombia, el Premio y Festival Gabriel García Márquez de Periodismo, que se realiza en Medellín, distingue a un editor colombiano ejemplar con un reconocimiento que lleva el nombre de Clemente Manuel Zabala y que este año se le ha otorgado al periodista y editor de El Espectador, Jorge Cardona.

Pero ¿quién es este “misterioso personaje” olvidado por tanto tiempo? Clemente Manuel Zabala trasegó por los caminos de la crítica de arte, música, literatura, cultura, educación y política (para unos, liberal de izquierda, para otros, socialista o comunista). En los años veinte del pasado siglo, sus actividades políticas y literarias estuvieron muy cerca del grupo bogotano Los Nuevos, conformado por jóvenes intelectuales, de los que algunos serían más tarde reconocidas figuras de la política, del derecho y de la cultura del país. En todo ello Zabala mantuvo siempre un bajo perfil, lo que algunos le han criticado de extrema modestia, pero que él mismo aclaró alguna vez cuando dijera que siempre estuvo del lado de las vanguardias, aunque lo bastante al margen para que no se le hubiera confundido con esos pregoneros impacientes y audaces a quienes la popularidad acaba por consagrar. García Márquez ha dicho que tal vez fue este modo de ser “lo que le había impedido tener un papel decisivo en la vida pública del país”. Y agrega: “…jamás conocí alguien de un talante tan apacible y sigiloso, con un temperamento civil como el suyo, porque siempre supo ser lo que quiso: un sabio en la penumbra”. Justo por esa parquedad fue que Héctor Rojas Herazo lo llamó “el hombre lámpara”, es decir, aquel que en una reunión de amigos, aun estando en silenció, alumbra con su sola presencia.

Aunque desempeñó cargos públicos de orden administrativo, nacional y local, el periodismo fue su gran pasión. Para consagrarse a él abandona sus estudios de Derecho en la Universidad Nacional de Bogotá –a la que había ingresado en 1917–. Aquí dirige la Revista Jurídica (ganó un concurso de ensayo jurídico y escribió numerosas reseñas). Se vincula de lleno a El Diario Nacional, en donde empieza a perfilar su estilo en notas cortas sobre temas de política, educación, música y pintura (estudió Bellas Artes), eventos culturales y sobre diversos aspectos de la vida cotidiana de la ciudad. Pero es el tema político lo que más resalta en sus columnas, expresado en una punzante crítica a la hegemonía conservadora. Para esta época Zabala también escribe, junto a Luis Vidales y Luis Tejada, en el izquierdista diario El Sol y más tarde en el Semanario Sábado y en la revista Acción Liberal, que dirige Plinio Mendoza Neira. Aunque recién llegado a Bogotá ya se había ensayado escribiendo unas esplendidas “crónicas sencillas” cargadas de nostalgia juvenil, sobre asuntos de su terruño publicadas en Ecos de la Montaña, un semanario de El Carmen de Bolívar.

En cuanto a su estilo, uno de los aspectos que más llaman la atención desde sus primeros escritos es que –zafándose de la rigidez del periodismo de la época, marcado por una árida prosa política– combina de modo magistral elementos del reportaje, comentario, crítica, biografía, análisis y una creativa forma de titular, logrando un estilo periodístico pleno e integral. Todo con un cuidadoso uso del lenguaje, una de sus características, lo que siempre exigió a los periodistas bajo su tutela cuando se desempeñó como jefe de redacción. El producto de todo ello, podría decirse, es una fusión entre periodismo y literatura que desemboca en un periodismo creador contra el rutinario y sumiso que reinaba en el país en las primeras décadas del siglo pasado. Con todos estos elementos, el más cotidiano de los temas cobra interés para el lector, pues la creatividad y el rigor trascienden el dato objetivo y la información. En fin, las columnas de Zabala, por el tratamiento de los temas, son unos verdaderos “microensayos”.

El periodismo de Zabala no solo es un periodismo político; a la vez es un periodismo cultural o, si se quiere, un proyecto cultural. Y quizá sea en el diario La Nación de Barranquilla en donde este proyecto periodístico se configura. Cabe recordar que desde el primer momento este diario se dispuso hacer del periodismo una empresa cultural; y de hecho fue uno de los primeros diarios del país en hacer del periodismo una profesión intelectual liberándolo, en lo posible, de la limitante política partidista al convocar a intelectuales clásicos como filósofos, literatos (Ramón Vinyes, Porfirio Barba Jacob, J.A. Osorio Lizarazo, entre otros), artistas y abogados, a participar en la actividad periodística. Con este propósito crean La Nación Literaria, un suplemento que divulga temas de cultura –el primero de su género en la costa norte del país y en gran parte de Colombia–, dirigido por un hombre de pensamiento y letras como Clemente Manuel Zabala. Allí se dan a conocer los poetas franceses y españoles, entre estos últimos a Federico García Lorca.

De Barranquilla regresa a Bogotá en 1935 y al año siguiente publica una biografía del líder liberal radical Juan de Dios Uribe (El Indio Uribe). Desempeñó algunos cargos públicos, entre otros el de director nacional de Educación Secundaria, desde donde elaboró políticas públicas que buscaban la modernización de la educación. Vale recordar que en el campo educativo había participado, como secretario privado de Benjamín Herrera, en el grupo que fundó la Universidad Libre en 1923, la que defendió de los ataques conservadores. En su último año en la capital, colaboró en la creación y en el Consejo de Redacción de Jornada, el periódico de su amigo Jorge Eliécer Gaitán.

Finalmente, en la última etapa de su vida, Zabala llega a Cartagena para hacerse cargo de la jefatura de redacción del diario liberal El Universal, que empieza a circular en marzo de 1948. En esta ciudad precisamente lo encontró García Márquez cuando tocó la puerta de El Universal en busca de trabajo. “Había oído hablar de él –dice el novelista en Vivir para contarla– no como periodista sino un erudito de todas las músicas y comunista en reposo”. No tuvo que presentarse, pues ya Zabala había leído sus cuentos publicados en El Espectador. Entonces allí empezó una entrañable amistad, todo un magisterio que el mismo premio nobel ha reconocido al decir que quizá le deba más al maestro Zabala que al propio Ramón Vinyes.

Con una amplia experiencia en el campo periodístico y con un vasto y hondo saber literario, Zabala es acogido en Cartagena por sus amigos liberales y por un reducido círculo de intelectuales. Para la mayoría no pasa de ser “un viejo culto y radical” y de poco hablar, de donde se va tejiendo la idea de “la figura misteriosa” que más tarde acabaría haciendo carrera a través de algunos críticos y ciertos biógrafos de García Márquez. Pero para sus más cercanos (Rojas Herazo, Ramiro de la Espriella, Gustavo Ibarra Merlano, Jaime Angulo Bossa, Santiago Colorado) era y fue siempre “el maestro Zabala”. Y lo anterior por dos razones: por la autoridad intelectual y sabiduría que irradiaba y por la pedagogía informal y cotidiana con la que transmitía sus enseñanzas. Justo es aquí cuando aparece el lápiz rojo del que tanto se ha hablado. “La del lápiz rojo –dice Jaime Angulo Bossa– era una letra menudita que Zabala estampaba encima de la palabra a corregir. A Gabito, al principio, en las primeras notas, le corregía mucho, pero ya después ni se las leía”. Y el mismo García Márquez se ha referido en varias ocasiones al famoso lápiz. Pero de todas ellas quizá en la que más recoge un sentido reconocimiento a su maestro es en la que dice: “Todavía me pregunto cómo habría sido mi vida sin el lápiz del maestro Zabala”.


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SEMANA
Bogotá – Colombia
8 de octubre de 2016

Crónica

Santos y Gabo, unidos por el Nobel y la paz

 Juan Manuel Santos y Gabriel García Márquez. © Semana Juan Manuel Santos y Gabriel García Márquez.

Hace poco el periodista Enrique Santos Calderón recordó en la revista SEMANA que Gabriel García Márquez, en sentido figurado, dijo en una entrevista de 2005 con El País de Madrid: “Llevo conspirando por la paz en Colombia casi desde que nací”.

El autor de Cien años de soledad, premio Nobel de literatura en 1982, fue pieza fundamental en los diferentes procesos de paz que se dieron en Colombia en los últimos 35 años. En el único que estuvo ausente, por su enfermedad y posterior muerte (17 de abril de 2014), fue en el proceso emprendido por el gobierno de Juan Manuel Santos.

Siempre fue un intelectual comprometido sin importar que generara polémica por su relación con la izquierda, por sus posiciones antiimperialistas y, especialmente, por su amistad con el líder cubano Fidel Castro: el periodista Plinio Apuleyo Mendoza reseña en su libro La llamay el hielo que “Gabo es amigo del caudillo, no del sistema”.

De hecho, cuando el escritor falleció, María Fernanda Cabal, senadora del Centro Democrático, fijó en su cuenta de twitter una foto de Gabo acompañado del comandante Castro y afirmó: “Pronto estarán juntos en el infierno”.

Tanto García Márquez, como el recién galardonado Juan Manuel Santos, despertaron encuentros y desencuentros por sus posiciones políticas y por su compromiso con la paz.

 © Proporcionado por Semana

Ambos con vidas muy distintas. Aunque, además del Nobel, los une el periodismo. Gabo nació en Aracataca, Magdalena, en el seno de una familia de pueblo, mientras que Santos hace parte de una de las dinastías bogotanas más influyentes en el periodismo y la política nacional. Cuando el actual presidente nació (10 de agosto de 1951), el escritor tenía 24 años y entonces era un joven periodista que escribía reportajes en el diario El Universal, de Cartagena. Ya había estudiado bachillerato en Zipaquirá y había iniciado estudios de derecho en Bogotá, pero las manifestaciones descontroladas del 9 de abril de 1948 lo hicieron salir de la ciudad a buscar su futuro a través de las letras.

Mientras el presidente estudiaba en el colegio San Carlos y se enlistaba como cadete en la Armada Nacional, el novelista vivía un meteórico ascenso en su carrera como periodista y escritor. Había dejado huella en El Espectador y La Hojarasca, su primer libro, había recibido críticas mixtas. Uno de sus reportajes más reconocidos –La historia de un náufrago del A.R.C. Caldas– lo había obligado a salir del país, por presiones del gobierno militar de Gustavo Rojas Pinilla. Se fue a Europa, donde conoció a varios colegas y se dedicó a escribir.

Cien años de soledad, su obra cumbre, salió al mercado en 1967 y le cambió la vida para siempre. Cuando el libro, editado por la Editorial Suramericana de Buenos Aires, se vendía como pan caliente, Santos ya estaba estudiando economía y administración de empresas en la Universidad de Kansas en Estados Unidos. La carrera del escritor, que por ese entonces rondaba los 40 años, despegó definitivamente casi al mismo tiempo que comenzaba la del joven bogotano, que apenas llegaba a los 20.

El ahora presidente consiguió su primer trabajo en 1975 (a los 24 años) como el representante de la Federación Nacional de Cafeteros ante la Organización Internacional del Café en Londres. Allí duro nueve años. Un tiempo que para Gabo fue muy movido. Había publicado dos libros exitosos (El otoño del patriarca y Crónica de una muerte anunciada) y su obra era leída en todos los países del mundo. Además, había empezado a hacer contactos por la paz con los líderes del M-19, especialmente Jaime Bateman Cayón, pero el intento se frustró por la desaparición del guerrillero en una avioneta que iba a Panamá. Esa cercanía con la insurgencia y su amistad con Fidel Castro le pasaron factura y tuvo que salir nuevamente exiliado del país, en 1981, porque Julio Cesar Turbay había pedido investigarlo en medio del ‘Estatuto de Seguridad’.

Pero un año después la academia sueca le otorgó el premio Nobel de literatura por la calidad y particularidad de su obra. Fue un momento cumbre. Todas las miradas del mundo apuntaron en su dirección y en la de Colombia. Y con el aura de grandeza que le otorgó el galardón, el Nobel de literatura siguió dedicado a organizar encuentros por la paz de Colombia.

Desde entonces, sin dejar de lado la literatura -en 1985 publicó El amor en los tiempos del cólera, una de sus grandes obras -, se convirtió en facilitador y garante de varios acuerdos de paz con distintos grupos armados.

Mientras Santos hacia carrera como subdirector de El Tiempo, el diario de su familia, Gabo ayudaba en procesos de paz con las FARC, el ELN y el M-19. Lo hizo sin protagonismo y aprovechando que casi todos los poderosos de Colombia y de América Latina lo escuchaban.

Según El Espectador, el 2 de diciembre de 1989 le llegó una carta de Carlos Pizarro confirmando las intenciones de paz de ese grupo guerrillero. El escritor se movió y consiguió el apoyo internacional de Felipe González, Carlos Andrés Pérez, Francois Mitterrand y Fidel Castro. Por eso se le señala como pieza clave en el acuerdo entre el presidente Virgilio Barco (1986-1990) y el M-19 que llevó a la desmovilización de ese grupo y a su participación en la política y en la Constitución de 1991, liderado con Antonio Navarro Wolff. Santos, entre tanto, cubría como periodista los debates que originaron la nueva Carta Magna.

Poco después, el ahora Nobel de paz da el gran salto a la vida pública al ser nombrado ministro de Comercio Exterior hasta 1994. Gabo, por entonces, investigaba y escribía sobre un tema álgido para el país: Noticia de un secuestro, el valiente libro que recoge los testimonios de varios secuestrados de Pablo Escobar.

Pero como constructor de paz no todo fue alegría para García Márquez. La intención de diálogo con el ELN en el gobierno de Andrés Pastrana (1998-2002) no llegó a buen término. Y también medió, sin éxito, en el fallido proceso de El Caguán del que se dice que ayudó a redactar el discurso del presidente Pastrana en la instalación de esas negociaciones, en el famoso episodio de la silla vacía (7 de enero 1999).

El actual Nobel de paz, un año después, era ministro de Hacienda, una cartera desde la que tomó medidas para aliviar la crisis económica del país.

Cuando se creía que el escritor ya no se lo mediría más a los temas de paz, decidió -pese a su desencanto por el curso que había tomado la guerrilla- servir como mediador entre el gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010) y el ELN en Cuba. Pero este fue otro acercamiento que se quedó a mitad de camino.

Santos, ya para entonces, era ministro de Defensa y bajo su mando se le dieron golpes trascendentales a las FARC, como el bombardeo al campamento de Raúl Reyes y la Operación Jaque, que liberó a Ingrid Betancourt, tres norteamericanos y 11 miembros de la fuerza pública.

Dos años después de este cinematográfico rescate, Santos es elegido Presidente de la República y no para de golpear a la guerrilla: caen el ‘Mono Jojoy’ y Alfonso Cano, piezas cruciales en el andamiaje del grupo guerrillero.

A esta altura, García Márquez, después de superar un cáncer linfático diagnosticado en 1999, sufre de demencia senil. Aun así se especula que el presidente Juan Manuel Santos le consultó sobre la decisión de comenzar diálogos abiertos con el Secretariado de las FARC en 2012.

El nobel de literatura muere dos años después, justo cuando Santos se bate en una campaña polarizada con Oscar Iván Zuluaga para obtener su reelección. A la distancia, en La Habana, los negociadores se ponían de acuerdo sobre el tema de las drogas ilícitas, el tercer punto de los seis que se debatieron en el acuerdo durante cuatro años.

En ese tiempo, el presidente gastó todo su capital político, se peleó con antiguos aliados y no desfalleció, aunque su popularidad cayó a cifras muy bajas. El acuerdo entre el gobierno y las FARC lo firmaron finalmente el pasado 26 de septiembre en Cartagena, pero actualmente se encuentra en el limbo por el triunfo del No en el plebiscito.

Pero en Noruega reconocieron el esfuerzo. El premio Nobel de paz para Juan Manuel Santos es un espaldarazo para sacar adelante el acuerdo. Una labor en la que Gabo estaría encantado de ayudar, pues el propio presidente admitió el día de la firma que el escritor “fue artífice en la sombra de muchos intentos y procesos de paz, y no alcanzó a estar acá para vivir este momento, en su Cartagena querida, donde reposan sus cenizas”.