20 de mayo de 2017

MEMORABILIA GGM 868



HARRY RANSOM CENTER
Universidad de Texas
Houston – Tx.-  U.S.A.
Abril de 2017

Grito por una flor

Por Jullianne Ballou

Una fuente innegable de placer en los archivos es la aparición de los garabatos de un escritor en los márgenes de los libros y manuscritos. Como hemos digitalizado los documentos de García Márquez para su archivo en línea (un proyecto financiado por el Consejo de Biblioteca y Recursos de Información), hemos encontrado un puñado de dibujos lúdicos y notas, la mayoría de las veces un audaz "Ojo!" Anotado en un manuscrito borrador.

Cuando nos encontramos con la firma de García Márquez está acompañada por una flor de tallo largo, que según me cuenta la archivista de la colección está tatuada en el brazo de la nieta del escritor. Encontramos una fotografía de García Márquez que agregaba su autógrafo al lado de la flor en la cara de un barril de vino, mientras que un hombre en una camisa blanca y un sombrero de copa blanco mira sonriente. Nuestros colegas en la catalogación notaron una flor similar al lado de la firma de Pablo Neruda en un libro que regaló a García Márquez.

Gabriel García Márquez autografía un barril de vino, 2005. Fotógrafo desconocido.

Fin de mundo" / Pablo Neruda (1969), inscrito por el autor, 1970

Última página del prólogo escrito por García Márquez para Figuración Fabulación: 75 años de pintura en América Latina por Roberto Guevara (1990)


Para un admirador en un manuscrito de Cien años de soledad

 
Los escritos de un escritor pueden hacernos más conscientes de lo que falta que lo que está presente, y me he encontrado pensando en la procedencia de la flor. ¿García Márquez la heredó de Neruda, y la nieta continúa el linaje? ¿O se inspiraba en un interés personal en las flores -como símbolos, talismanes o simplemente objetos de belleza? En una entrevista de 1983 con Plinio Apuleyo Mendoza, publicada en El olor de la guayaba (1999), se produce el siguiente intercambio:

Mendoza: Siempre hay flores amarillas en tu casa. ¿Qué significado tienen?
García Márquez: Nada horrible me puede pasar si hay flores amarillas alrededor. Para estar absolutamente seguro, necesito flores amarillas (preferiblemente rosas amarillas) y estar rodeado de mujeres.

Mendoza: Mercedes siempre pone una rosa en su escritorio.
García Márquez: Lo que pasó bastantes veces es que estoy tratando de trabajar y no llegar a ninguna parte, nada va bien, estoy tirando página tras página. Entonces miro el florero y encuentro la razón: la rosa no está. Grito por una flor, la traen, y todo empieza a salir bien.

Había -y siguen existiendo- las flores del barrio de San Ángel en la Ciudad de México, donde García Márquez vivió y escribió durante más de cinco décadas. La lluvia de flores amarillas en Cien Años de Soledad que cayó del cielo y "cubrió los techos y bloqueó las puertas y sofocó a los animales que dormían al aire libre" después el primer Buendía muere. Y las flores amarillas repartidas en las calles de Aracataca después de la muerte de García Márquez. Se sabe que el autor ha dicho que en la génesis de todos sus libros había una imagen, y he llegado a ver la flor como la imagen que une el corpus de sus diversas obras. Cuando una estudiante me dijo que estaba escribiendo un artículo sobre alusiones botánicas en el trabajo de García Márquez, volví a pensar en la flor. A menudo vemos el mundo natural como evidencia de nuestra mortalidad. En las obras de García Márquez, eso es lo mismo que la prueba de lo que el escritor debe haber sabido todo el tiempo, que los frutos de nuestra imaginación, incluyendo lo que hacemos en este mundo, nunca dejarán de existir.

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MEMORABILIA GGM
Cali – Colombia
26 de abril de 2017

El cuento siguiente alcanzó merecidamente
el honroso tercer lugar en el Concurso de Cuento
instituido por las autoridades de Aracataca.

Monólogo de García Márquez
viendo llover desde el cielo

Por Jose Miguel Alzate

Por ahí andan diciendo que yo fui el creador de las mariposas amarillas. Qué pena tener que desmentirlos. Yo no me inventé esos animalitos que vuelan por el corredor de las begonias cuando Mauricio Babilonìa llega a la casa de Macondo para hacer el amor con Meme, aprovechando que Úrsula está en la cocina haciendo los bombones que manda a vender antes de que el sopor de las tres de la tarde impida a los muchachos ofrecerlos de casa en casa. Yo simplemente tomé como referente esa cantidad de animales que batiendo sus alas volaban por los predios donde la compañía bananera tenía las plantaciones. Lo que les voy a contar les puede servir a quienes se han acercado a mi obra para aclararles de una vez por todas que yo nada tuve que ver con eso. Fue mi abuelo Nicolás Ricardo quien me contó, la tarde en que me llevó a conocer el hielo, de unos animalitos con unas alas muy grandes que revoloteaban por los corredores impregnando el ambiente de un tono amarillo que hacía pensar en el color de la piel del hombre que enamoró a Meme. Las puse en mi novela como una manera de darle realismo mágico al entierro de José Arcadio Buendía porque pensé que llenando las calles de Macondo de esas flores amarillas estaba mostrándole al lector una característica de un pueblo donde se decía que nunca pasaba nada.

Los hechos que sucedieron en Macondo de ahí en adelante cambiaron la historia de este pueblo donde el gitano Melquíades exhibió lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia: el imán. Afortunadamente ya estaba yo ahí para contarlo. Con decirles que acompañé al hombre de barba montaraz y manos de gorrión cuando fue de casa en casa exhibiendo ante el asombro de todos los dos lingotes metálicos que hacían crujir las maderas ante el desespero de los clavos por desenclavarse. Yo sé que no me lo van a creer, pero fui testigo del momento en que el viejo José Arcadio le propuso a Melquíades, ante la mirada impávida de Úrsula, cambiarle los lingotes imantados por un mulo y unos chivos, porque llegó a pensar que con esos objetos era capaz de extraer de la tierra todo el oro existente, y hacerse rico.

Tengo en mi memoria, todavía fresca, la frase que dijo esa tarde: “Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa”. Aunque mucha gente dice que soy un fabulador, yo simplemente recogí las historias que desde niño escuché en mi casa de labios de mi madre Luisa Santiaga, magnificándolas con este talento literario que me llevó a crear la leyenda de Remedios La bella, que subió al cielo envuelta en las sábanas que su abuela ponía a secar en el patio de la casa.

Sí, incrédulos del mundo entero: tengo que decirles que quien escribe este cuento es el hijo del telegrafista de Aracataca, el mismo que como dicen por ahí conquistó el mundo con su imaginación portentosa. He bajado de las alturas en que ahora me encuentro para contarles hechos importantes de mi vida, aunque algunos se los conté en mis memorias que, por cierto, llevan un título que no sé de dónde me salió, pero que ahora yo llamaría Morir para contarlo. ¿Saben por qué lo digo? Porque desde ese diecisiete de abril de dosmilcatorce, cuando partí del mundo de los vivos, quedé en deuda con mis lectores.

¿Recuerdan ese día? Yo no lo olvido. Esa tarde de jueves Santo la noticia se regó por todos los rincones de la tierra. Algo parecido a lo que ocurrió ese diecisiete de diciembre en que murió Simón Bolívar, que se dispararon veintiún cañonazos para anunciarle al mundo que había muerto el libertador de cinco naciones. Esto no lo dije en el libro que sobre él escribí, El general en su laberinto. Pero lo recuerdo porque Rosa Fergusson me lo enseñó en la escuelita de Macondo donde aprendí mis primeras letras.

Quiero contarles algunas cosas sobre mi vida que de pronto ustedes no saben. Por ahí dicen las malas lenguas que yo me olvidé de Macondo, que abandoné mi patria, que no hice nada por Aracataca. Qué equivocados están quienes esto afirman. Yo hice más por este pedazo de tierra donde vine al mundo que muchos de los que me critican. Con decirles que he sido el único que ha puesto el nombre de esta patria que tanto amo en tan elevado sitial. Antes de mí no se hablaba de Macondo en ningún rincón del mundo. ¡Imagínense ustedes! No fue sino que yo publicara mi novela, esa que habla de un coronel contrito que peleó en treinta y dos enfrentamientos armados y los perdió todos, para que el nombre de mi patria fuera pronunciado con respeto. Ni para qué les digo cuánta gloría le di yo a este país. Hasta un Premio Nobel les traje de la fría Estocolmo.

Ese día el nombre de Macondo resonó como un eco glorioso. ¿Lo recuerdan? Fue primera página en todos los periódicos del mundo y, sin yo proponérmelo, hice volver los ojos de los académicos hacia este espacio geográfico donde nací un seis de marzo de milnovecientosveintisiete. Todos querían saber cómo era este pueblo cubierto hasta entonces por los vendavales del olvido.

No sé si les guste lo que les voy a contar, pero tengo que sacarme algunas espinas que la envidia clavó en mi vida. Empiezo. Es mentira que cuando llegué a Cartagena después de que en Bogotá mataron a Gaitán yo únicamente usaba camisas de flores, pantalones de vaquero y unas zapatillas sin lustrar. Eso como que lo dijo un amigo que en esa ciudad me enseñó la tragedia griega cuando me hizo observaciones sobre una novela que estaba escribiendo, que le había entregado para que la leyera. ¡No, no crean eso! Yo siempre me caractericé, en vida, por ser un hombre elegante, bien vestido, que sabía combinar la ropa. Basta con que miren esa foto donde aparezco en la redacción de El Espectador de vestido negro y corbata, los zapatos sobre el escritorio y un cigarrillo en los labios, con un bigote a lo Javier Solís, para que se den cuenta de que me vestía bien.

Esas fueron invenciones que hizo en Bogotá Plinio Apuleyo Mendoza por venganza porque no fue capaz de llegar a donde yo llegué. Lo que sí es cierto es lo que cuenta Dasso Saldivar: que pasé hambre en París mientras escribía la novela sobre el coronel que se quedó esperando que le llegara la pensión. Les voy a contar la verdad: estando allá me quedé sin trabajo porque el periódico del cual era corresponsal fue cerrado por el régimen de Rojas Pinilla. Entonces me vi sin un peso en el bolsillo en una ciudad donde nadie me conocía, la misma donde una tarde vi cruzar por el bulevar Saint Germain nada más ni nada menos que al maestro Hemingway.

¿Cómo enfrenté la angustia de no tener con qué comer en una ciudad donde los escritores latinoamericanos pasábamos hambre mientras buscábamos la fama? Nunca faltan las almas caritativas. El inglés ese (Gerard Martín, me parece que se llama), que estuvo casi veinte años detrás de mí para escribir una biografía, dijo que yo vivía en una buhardilla del Hotel de Flandre, en la rue Cujas, encerrado escribiendo, y que salía a la calle a tratar de calmar el hambre. Eso es verdad. Como también lo es que a la propietaria, madame Lacroix, una señora de corazón noble que supo entender mis dificultades, le quedé debiendo dos años de arriendo. Eso sí, les aclaro que cuando volví a París después del éxito de Cien años de soledad fui a pagarle, pero ella me recibió únicamente la mitad. De mi permanencia en esa ciudad, que ustedes conocen al pie de la letra porque todos los días en los medios se dice algo sobre esta época de mi vida, me queda el recuerdo de una mujer: Tachia Quintana. Como está escrito en algún libro, esta mujer que me tendió la mano durante cuatro meses me dijo un día que si seguía escribiendo me iba a morir de hambre. Fue lo mismo que pensé una noche, recién llegado a Ciudad de México, cuando Mercedes me dijo que los hijos se iban a acostar sin tomarse el acostumbrado vaso de leche. Ante esta situación, al día siguiente le pedí a Alvaro Mutis que me ayudara a encontrar un empleo. Fue ahí cuando apareció el director de cine Gustavo Alatriste: me dio trabajo en una revista. Era tanta mi pobreza que a la entrevista con él fui con un zapato que tenía despegada la suela.

Volvamos al tema que me ha motivado a escribir este monólogo: mi formación literaria. Tengo mucho que aclarar. Y aquí voy a hacerlo. Quiero reconocerle a cada quien lo que aportó para mi consagración como escritor. ¿Qué soy un desagradecido? ¡Qué va! Esos son chismes que lanzan por ahí para hacerme daño. Yo quiero decirles hoy, con toda la sinceridad que amerita esta afirmación, que el llamado Grupo de Barranquilla no fue el único que consolidó mi vocación literaria. Es cierto que con ellos descubrí la novela moderna, y narradores como Faulkner y Hemingway, que me señalaron caminos en la literatura. Pero considero una injusticia lo que se ha hecho con la gente de Cartagena.

No fui yo quien lanzó esa afirmación que hizo carrera en el sentido de que todo lo que soy como escritor se lo debo a los amigos de Barranquilla. Hoy quiero reconocer lo que representó para mí el maestro Clemente Manuel Zabala, que además de sugerirme lecturas era mi corrector de estilo y gramático de cabecera. También la complicidad literaria de Héctor Rojas Herazo, Ramiro de la Espriella y Gustavo Ibarra Merlano, que me ayudaron a descubrir autores como Dos Passos y Steinbeck, indispensables para aprender estructura novelística. Pido disculpas por la ligereza de Jacques Gilard cuando afirmó que todo se lo debo al Grupo de Barranquilla. Para desvirtuarlo, empiezo diciéndoles que mi relación con el sabio catalán Ramón Vinyes fue apenas de tres meses. En cambio, con el entonces Jefe de Redacción de El Universal fue de casi tres años. Su famoso lápiz rojo fue determinante para pulir el estilo.  

En el momento en que escribo estas líneas veo que llueve sobre Macondo. Es una lluvia menuda que cae sobre las calles polvorientas por donde cruzaba, en otros tiempos, el tren de las cuatro de la tarde, antes de llevar al mar los cuerpos de los huelguistas que José Arcadio vio en un sueño. Ojalá este aguacero no dure esos cuatro años, once meses y dos días que duró el que narro en mi novela. Sería una tragedia. Macondo no está preparado para enfrentar otra. Bastante tenemos con todo lo que nos ha pasado durante estos cincuenta años de guerra que, parece, van a llegar a su fin. Quiero contarles algo: desde este sitio privilegiado donde comparto experiencias literarias con un hombre que me antecedió en la muerte hace cuatrocientos años, fabulador como yo, que le dejó a la humanidad otro monumento literario, El ingenioso hidalgo don Quijote de la mancha, me entero de todo lo que sucede en Macondo. Allá todavía tengo amigos que me recuerdan con cariño, y me manifiestan su afecto manteniéndome al tanto de todo. Por ellos me enteré de que la guerrilla va a dejar el monte para venirse a la ciudad, no a seguir matando como lo dijo en su momento el Mono Jojoy, sino a aportar al desarrollo del país como partido político. Yo desde aquí celebro que esto ocurra, porque en vida fui un abanderado de la paz. Tanto, que en varias ocasiones puse mi prestigio al servicio de la reconciliación. Además lo predije. ¿Cómo? Permitiéndole al coronel Aureliano Buendía firmar el armisticio con el gobierno para dejar las armas. Ojalá no pase lo que pasó con los insurrectos de mi novela, que regresaron al monte cuando se dieron cuenta de que el gobierno no les iba a cumplir lo acordado.

Les dije al principio que yo no fui el creador de las mariposas amarillas. ¿Alguien me lo puede creer? Lo que si fue fruto de mi imaginación fue encerrar al coronel Aureliano Buendía en la pieza del daguerrotipo para ponerlo a hacer pescaditos de oro. Era el cuarto donde el gitano Melquíades guardaba los manuscritos, esos que el último Aureliano, el que se casa con su tía Amaranta Úrsula y tienen un hijo con cola de cerdo, alcanzó a descifrar. También amarrar en el castaño del patio, debajo de un cobertizo, al viejo José Arcadio, poniéndolo a hacer sus necesidades allí mismo. Alguien se atrevió a decir que, en este sentido, yo era desmesurado. Yo le contesto, desde mi inmortalidad, que el novelista puede tomarse las licencias que quiera para darle consistencia a su relato. Esto lo debatíamos con Cepeda Samudio y José Félix Fuenmayor en el Grupo de Barranquilla. Como debatíamos la técnica en la narrativa de mi maestro William Faulkner después de haber leído sus libros. Por esta razón me tomé la licencia de crear un pueblo donde suceden cosas fantásticas como la levitación del padre Nicanor Reina mientras celebra la misa, o como el recorrido que hace la sangre de José Arcadio Buendía después de que Rebeca le pega un tiro en su propia casa. Les recuerdo que ese hilo de sangre salió por debajo de la puerta, siguió por las calles, subió escalinatas y, después de pasar por la calle de los turcos, llegó a la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para hacer el pan.

La otra noche estaba entretenido mirando por una rendija la luna que parpadeaba lejana, asombrado ante el espectáculo de cómo se ve la tierra desde aquí, cuando me enteré de que allá en Macondo un crítico desconocido, que escribe una prosa desaliñada, que no es de mi gusto, se atrevió a decir que yo había sido un fornicador de siete suelas. Ese señor escribió que Memoria de mis putas tristes era una transposición poética de lo que yo había hecho en la vida. Inclusive, se remonta al tema de un cuento largo donde narro la historia de la niña que fue obligada por la abuela a copular con todo el que pasaba frente a la carpa,  solo para recoger el dinero que necesitaba para reconstruir su casa, que se había incendiado por culpa de la niña. ¡Qué insensatez! Pensar que porque en mis años de Cartagena me tocó vivir en un hotel de mala muerte, adonde llegaban las putas con sus clientes para hacer el amor, yo era un enfermo por el sexo, es fruto de una imaginación lujuriosa. Según su lectura, cualquiera podría sugerir que yo fui el responsable del suicidio de Pietro Crespi después de que Amaranta lo deja por otro. O que soy un viejo verde porque durante un viaje en avión de París a Nueva York me entretuve observando a una mujer hermosa que dormía plácidamente en la silla contigua a la mía, hecho que narro en el cuento El avión de la bella durmiente, incluido en Doce cuentos peregrinos.

Les cuento que aquí en el cielo, donde estoy por haberle legado a la humanidad una obra inmortal, vivo muy bien. Aprovecho el tiempo para seguir leyendo a esos autores que me marcaron como escritor: Faulkner, Hemingway, Kafka, Virginia Wolf, y para enterarme de todas las cosas que de mí se dicen en Macondo. Eso me divierte, porque me ayuda a llevar el peso de la inmortalidad. Que es, como la fama, un fardo que hace mella en las espaldas. Pero me preocupa ver cómo esa lluvia menuda que empezó a caer hace rato se va tornando en un aguacero torrencial que convirtiendo las calles en ríos caudalosos amenaza con llevarse a su paso todo lo que encuentra. Mi temor es que este aguacero tenga la duración del que narro en Cien años de soledad. ¿Lo recuerdan?  Por si lo olvidaron, les cuento que del cielo cayó una tempestad que inundó calles, derribó paredes, acabó con los techos de las viviendas, arrancó de raíz las plantaciones de banano y, además, obligó a Aureliano Segundo a quedarse en la casa de Úrsula, desatendiendo los ruegos de Fernanda del Carpio, su esposa. “Me quedo aquí hasta que escampe”, le respondió él devolviéndole la sombrilla desbaratada que le había entregado para que se cubriera del agua.

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BOLETIN CULTURAL Y BIBLIOGRAFICO
Banco de la República
Bogotá – Colombia
Vol. L. Núm. 91 (Pág. 158)
Año 2016

Reseñas

Devoto de Gabo

Gabo en mi memoria
José Luis Díaz-Granados
Ediciones B, Bogotá, 2013, 155 págs., il.

Por Antonio Silvera Arenas

Más que un libro de memorias, José Luis Díaz-Granados ha escrito en estas poco más de ciento cincuenta páginas un devocionario a su primo Gabriel García Márquez. Precedido de tres textos introductorios: una nota preliminar, un árbol genealógico, en el que prueba su doble filiación, tanto por línea materna como paterna, con el autor de Aracataca, y un recuento de los ascendientes maternos y paternos de ambos, el devocionario comprende en sí relatos e impresiones de situaciones en las que compartió con él y, sobre todo, un conjunto de conversaciones que Díaz-Granados y García Márquez mantuvieron de manera interrumpida entre 1959, cuando el primero lo conoció en Bogotá, y 2007, al efectuarse el apoteósico homenaje al segundo en Cartagena, con motivo de su octogésimo cumpleaños, veinticinco del Nobel y los cuarenta de cien años de soledad. Un álbum de dieciséis imágenes (trece fotografías, un dibujo, una dedicatoria y el manuscrito de un cuento corregido con la propia letra del insigne escritor) cierra, a manera de ilustración el volumen.

Aparte de la nota preliminar, el libro se divide en doce capítulos, entre los cuales destaco: “Cómo conocí a Gabito”, “Gabito antes y después del Nobel”, “Los gabólogos” y “Con Gabito y Mercedes en La Habana”. El primero, “Cómo conocí a Gabito”, es muy importante porque en él se evidencia la forma en que Díaz-Granados convirtió desde muy joven a su primo en una especie de ídolo, al conocerlo, primero a través de las noticias que le daba su tía Dilia y de la lectura de la hojarasca, y luego de manera directa. Las dos cosas ocurrieron hacia octubre de 1959, cuando García Márquez llegara a Bogotá, procedente de Venezuela, para asumir en la ciudad el trabajo asignado por la agencia cubana Prensa Latina y que también coincidió con una reedición de su primera novela. Precisamente, al leerla, José Luis Díaz-Granados, por entonces de trece años, sintió el impulso de escribir un cuento propio, al que denominó “La casa” tras saber que tal era el nombre de una novela que García Márquez tenía proyectado escribir.

El mismo Díaz-Granados cuenta que llevó el cuento al diario El Espectador y lo vio publicado el domingo siguiente en el suplemento de dicho diario, tal como ocurriera al mismo García Márquez con su primer relato cerca de diez años atrás. Pocos días después, los primos se conocieron en el apartamento donde habitaba el futuro nobel con su esposa y el primero de sus hijos, aún de brazos. El encuentro estuvo mediado por la lectura del texto recién publicado y sobre el cual, García Márquez dijo: “–Está bueno el cuento” [pág. 29]. Al parecer aquel hecho selló el destino de José Luis Díaz-Granados, quien desde entonces no solo seguía paso a paso su vida y su obra, sino que llegó a imitarlo literaria y vitalmente. En el primer sentido, el mismo Díaz-Granados confiesa que su segundo cuento, publicado en diciembre del mismo 1959 lo tituló “Un día antes del viaje” y se lo dedicó a su admirado primo, siendo tal vez la primera dedicatoria hecha al escritor de Aracataca por parte de algún seguidor, tras leer “Un día después del sábado”. En el segundo sentido, dice el poeta samario que empezó a frecuentar a su primo y a hacer las cosas que él hacía, como fumar y vivir una bohemia similar a la que este experimentara durante sus años de periodista en Barranquilla:
Mi cerebro era un universo tumultuoso y caótico. Yo no era yo. Era Gabito en su época de vagabundo en los bajos fondos de Barranquilla, viendo películas malas en teatrillos de tercera, comiendo en fondas de los suburbios, fumando como un preso y puteando sin amor. [pág. 33]

En los siguientes capítulos, asistimos a una serie de datos que confirman otros ya conocidos: “William Ospina es superior a toda la literatura colombiana”, “las auroras de sangre es absolutamente extraordinario” [pág. 78], dijo, por ejemplo, García Márquez al asistir a alguna tertulia con su hermano Eligio y el propio Díaz-Granados en una cafetería Oma ubicada en el norte de Bogotá.

Aunque también hay varios totalmente novedosos, al menos para mí, como el hecho de que García Márquez consideraba a la madre de Díaz-Granados, Margot Valdeblánquez, la memoria viva de la familia y a quien al parecer se deben informaciones que fueron claves en la obra del escritor de Aracataca. También hay apuntes políticos hechos por nuestro genial fabulador, como el dirigido al gobierno de Betancur: “Belisario es muy buena persona, muy amable, muy sencillo, muy popular y todo lo que tú quieras, pero se queda a mitad de camino, le gustan los paños tibios… quiere quedar bien con todos y eso no es por ahí” [pág. 52]; o este otro respecto a la crítica literaria en nuestro país: “El problema del crítico en Colombia –me contesta sin dejar de mirar el libro– es que muchas veces tiene que sentarse a tomar café con los escritores y estos terminan cogiéndole el culo” [pág. 83].

Ahora bien, entre los datos más novedosos que trae este volumen, quizá los más interesantes se refieren a ciertas vivencias de García Márquez en Cuba, de las que su primo fue testigo por causa del exilio que debió padecer entre febrero de 2000 y julio de 2005. Infidencias sobre política latinoamericana y ciertos privilegios de la burocracia cubana pueden conocerse en esta parte del libro al leer entre líneas, pero desde el punto de vista literario, pienso que uno de los más a propósito es el comentario que manifestó un día de 1984 en medio de un agasajo que le hiciera Santiago Mutis al novelista Luis Fayad:
A mí a veces se me ha tildado de mezquino porque no elogio las obras de los escritores jóvenes. Pero ya me pasó una vez. Elogié a un cuentista colombiano y este se durmió sobre sus laureles.
Sentí que le había hecho daño. Pero es que yo recuerdo que hace veinte años a los jóvenes les interesaba más la fama que hacer un buen trabajo.
Me mira de reojo. Yo no sé por qué, pero siento que el vainazo es para mí. [pág. 131]

Pudiera ser. Un verdadero dardo directo al corazón de este devoto del maestro. 



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EL TIEMPO
Bogotá – Colombia
15 de mayo 2017


Perfil de un sabio

El conflicto de un escritor
en una cultura de habla castellana,
pensando en catalán toda la vida.

Por: Heriberto Fiorillo
@HFiorillo

Ramón Vinyes, el sabio literato de Cien años de soledad, nació en Berga (Cataluña), el 8 de mayo de 1882.

Durante décadas, hasta sus últimos días, el estudioso francés Jacques Gilard nos develó distintos matices de la personalidad del llamado sabio catalán, reconstruyéndolo como un creador de humor, irreverente y fecundo, que se enfrentó a los poderes de por allá y por acá.

Según Gilard, Vinyes fue un demócrata republicano, un ser combativo que observó el poder desde lo popular: “Y pensar que somos un pueblo que quiere tener teatro”.

Gilard lamentó la pérdida del diario de Vinyes, un poeta que no cantó a los poderosos e insistió en que se contaran historias nuestras, como la de la mujer que pide no matar más caimanes porque su hijo se había convertido en uno.

Sin duda, ese relato es sustrato de la leyenda del hombre caimán.

Vinyes habría sido, pues, la irreverencia, la risa de la revista ‘Voces’, el hombre sarcástico que se mofaba de sus propios colegas. “Se burlaba hasta de aquel Pérez Domenech, que no era siquiera catalán sino más bien castellano”, diría Gilard, refiriéndose a un personaje de la radio barranquillera.

Vinyes criticó la manía de coronar poetas por parte de la gente en el poder y se burló, en secreto y a voces, de la intelectualidad local.

También, según Gilard, el sabio habría dicho en algún texto que Luis Eduardo Nieto Arteta “no leía los libros que comentaba” y que Germán Arciniegas “posaba de rebelde para entrar al sistema”.

A su regreso, en 1939, expresó que Amira de la Rosa, era “vanidosa y acrinolinada, como siempre” y, en su primera época barranquillera, que José Félix Fuenmayor, autor de la novela ‘Cosme’, “quiere hacer crónica a lo Anatole France y narrar una vida como un viejo sabio que aplica ciencia al cuento: no le resulta”.

Desde ‘Crítica’, dirigida por Jorge Zalamea, Vinyes habría señalado a la revista ‘Mito’ como oficialista y a su director, Jorge Gaitán Durán, como un continuador de Arciniegas.

Fue Eduardo Zalamea Borda, primo de Jorge Zalamea, quien desafió desde ‘El Espectador’ a los cuentistas nacionales y abrió por ende el espacio de ese diario a los tres primeros cuentos de García Márquez.

Eduardo habría escrito también la mejor nota necrológica sobre el mismo Vinyes, quien, desde su mesa de café, impulsó la fecundidad de los jóvenes autores de entonces, llamándolos a la rebeldía y al rechazo de concesiones.

En 1947, a un año de conocerlo, Vinyes exaltó las calidades de Gabriel García Márquez en ‘La otra costilla de la muerte’. “Un buen cuento (...) Pus, noche, filosofía. Bien barajado”.

Jacques Gilard identifica en Ramón Vinyes el profundo conflicto de un escritor que influye en una cultura de habla castellana, pero sigue pensando y escribiendo en catalán toda la vida. No obstante, su primer cuento, ‘Un caballo en la alcoba’, lo escribe en castellano poco antes de morir en Cataluña y lo dedica a García Márquez, quien lo publicará en ‘Crónica’, la revista del grupo.

Lo dijo también Gilard sobre la singular parábola vivida por Vinyes entre dos mundos, dos historias, dos culturas, dos idiomas, dos lugares: “Cataluña fue la patria, y la tierra de la creación artística. Barranquilla fue el mundo donde se podía actuar y sembrar; un mundo por el que sintió más de una vez desprecio o impaciencia, pero en el que, a pesar de todo, algo se podía hacer y donde en efecto hizo mucho; en todo caso, más de lo que jamás sospechó. El conmovedor detalle del pasaje póstumo indica al menos que Ramón Vinyes murió (5 de mayo de 1952) reconciliado con la ciudad que hasta ahora había sabido mantener su recuerdo. Porque con sus amigos no hubo nunca la menor ruptura”.

2 de mayo de 2017

MEMORABILIA GGM 867



MEMORABILIA GGM

Cali – Colombia
29 de abril de 2017

Carta de agradecimiento 


El Escarabajo de Oro editores e impresores del libro Ramón Hoyos. El campeón revela sus secretos, ha recibido la siguiente nota del escritor, periodista y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, Daniel Samper Pizano.

«Te cuento que he estado leyendo un ensayo sumamente bueno de Ángel Rama sobre GGM escrito en 1972, y en él menciona varias veces el trabajo periodístico en primera persona con Ramón Hoyos. Confieso que yo solo lo conocí y disfruté gracias a tu publicación reciente, y me parece increíble que siga esta obra en el limbo. Cuando la leí hace dos o tres días mencionada en el texto de Rama, supe que yo era uno de los pocos privilegiados que lo habíamos leído y sabíamos de qué diablos hablaba. Entonces me puse aún más orgulloso de tener el número 09 de la edición...

Daniel Samper P.»

Este es el texto pertinente del ensayo escrito por Ángel Rama* al que se refiere Daniel Samper en su mensaje arriba.

[…]

La actividad periodística de García Márquez comenzó por el cauce del reportaje a partir de su incorporación al diario El Espectador. Mejor dicho, ya desde antes, sobre todo en una experiencia muy curiosa que hace en el período barranquillero en un semanario aparentemente deportivo llamado Crónica, y luego en El Espectador de Bogotá, comienza a intentar el reportaje directo. Es conocida una serie recogida hace muy poco en un libro titulado Relato de un náufrago, que es meramente el reportaje a un náufrago. En él el escritor, que es el que reportea, tiende a disolverse en apariencia, para dejar la voz a un protagonista que narra su aventura. La labor del escritor se hace como más sutil, más indirecta, en la misma medida en que aparentemente es sólo el personaje común y corriente, el marinero, quien está contando. En los hechos, la tarea es, como sucedía con los cuentos hemingwayanos o en el primer cuento de este tipo de García Márquez, una tarea de estructuración mucho más delicada y esforzada.

Otra serie narrativa del mismo tipo obliga al autor a un doble movimiento mucho más curioso. Se trata de la serie no recogida en libro, "Relato del ciclista", constituida por reportajes del autor al campeón de la vuelta ciclística a Colombia. Cada fragmento de la vida del ciclista está visto de un modo protagónico por él mismo como personaje que cuenta su aristía; y simultáneamente por el autor, a través de un comentario, de un análisis del personaje que él hace paralelamente, lo que parecería probar cómo el recurso de la inserción del escritor y de los significados se hace central para García Márquez en este momento. Se le hace fundamental encontrar el modo de hacer que el autor intervenga en un relato, lo determine y lo oriente sin que su presencia sea visible.

[…]
*Ángel Rama
La narrativa de Gabriel García Márquez
EDIFICACION DE UN ARTE NACIONAL Y POPULAR
Cuadernos de Gaceta. Número uno
Colcultura. Bogotá – Colombia. 1991
ISBN 958-612-074-0

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LA PATRIA
Manizales – Caldas
Abril de 2017

Cronica

Una visita a la Casa Museo García Márquez

No es la casa mítica de
Cien años de soledad

Por José Miguel Alzate

No es la misma casa inmensa que Gabriel García Márquez describe en Cien años de soledad, ni la misma que Úrsula Iguarán mandó a ampliar con el producto de la venta de bombones, que fue reinaugurada con la presencia de los diecisiete hijos que el coronel Aureliano Buendía dejó regados en la Costa Caribe, nacidos de diecisiete mujeres diferentes. Es una construcción restaurada por el Ministerio de Cultura que, con una inversión superior a los dos mil millones de pesos, conserva apenas algunos rasgos de la casa original. Declarada Monumento Nacional mediante decreto 480 del 13 de marzo de 1996, está ubicada a dos cuadras de la plaza principal de Aracataca, en una calle desolada que viene de la estación del tren, denominada Avenida Monseñor Espejo.

Por los tiempos en que ocurrió la Masacre de las Bananeras, debió haber sido una construcción sencilla, de una sola planta, con paredes hacia la calle, con puertas y ventanas de madera, con muchas piezas, no la casa con un antejardín bien cuidado y sin puerta de entrada, con un acceso a su interior adornado de flores, como es ahora. Jaime García Márquez, el hermano del novelista, que trabaja en la Fundación para el Nuevo Periodismo, me dice que no conoció cómo era entonces la casa, porque él nació en Sucre, y cuando llegó a Aracataca para conocerla la vivienda estaba en ruinas. Me remite entonces a su hermana Aida para que me diga cómo era la casa donde Luisa Santiaga Márquez tuvo al hijo novelista. Y ella, el alma llena de recuerdos, la describe.

La casa donde nació García Márquez era entonces una vivienda inmensa con un corredor largo, en madera, con piezas a lado y lado, que llegaba a un patio grande donde se levantaba el castaño que sirvió para amarrar al patriarca de la estirpe cuando la familia pensó que estaba loco. La cocina, al final del corredor, era en paredes blancas, sin las vigas que ahora exhibe ni los vidrios que le acondicionaron para llenarla de luz. Enseguida quedada el comedor, que tenía un arco grande, con una mesa inmensa donde todos se reunían para escuchar las historias que contaba el abuelo Nicolás Ricardo Márquez. Historias que despertaron en el nieto la pasión por contar cómo sus antepasados fundaron Macondo, y cómo Aureliano Buendía se fue a pelear en la Guerra de los Mil Días.

El terreno de la vivienda tiene unas dimensiones sorprendentes. Observándolo, el turista deduce que la casa debió haber sido inmensa, tal como la pinta García Márquez en Cien años de soledad. Habitada por una familia numerosa, tenía el espacio suficiente para recibir la visita de las 72 compañeras de Aida en el convento de Medellín cuando llegaron a pasar vacaciones en Aracataca. El novelista cuenta que, como entonces no había baños, las necesidades fisiológicas las hicieron en igual número de bacinillas. El hecho fue real, según cuenta Aida García Márquez. El patio es el mismo desde donde Remedios la bella ascendió al cielo mientras le ayudaba a su abuela Úrsula a tender las sábanas.  El mobiliario, sin embargo, no es el original.

¿Qué cambia con respecto a la casa actual? Los pisos son en cerámica. El turista que haya leído Cien años de soledad se puede preguntar cómo se originó el estropicio que con su presencia descomunal causó José Arcadio cuando regresó a la casa después de muchos años de ausencia. García Márquez narra el regresó del hijo que se fue detrás de una trapecista del circo como un suceso que estremeció los cimientos de la vivienda por el portento de hombre en que llegó convertido después de darle la vuelta al mundo 35 veces, viviendo de hacer felices a cientos de mujeres insatisfechas. El piso actual no hace pensar en la posibilidad de un estremecimiento de la casa por el peso del cuerpo, ni en el susto de Amaranta cuando sintió sus pasos camino a la cocina.

Aunque el cuarto donde se hospedaban los guajiros, que queda en el patio trasero, conserva el aire que el novelista le imprimió, hay sitios que no enseñan la verdadera casa que el lector conoce en la novela. Por ejemplo la pieza donde el gitano Melquíades se encerraba a descifrar los manuscritos, y donde el coronel Aureliano Buendía, en su decrepitud,  se dedicó a transformar monedas de oro en pescaditos del mismo metal. Da la sensación de que es demasiado pequeña, y de que allí no cabía todo el berenjenal de cosas que debía haber  por los tiempos en que el gitano Melquíades llegó a Macondo trayendo los últimos inventos “de los sabios alquimistas de Macedonia”. No es un espacio como para tener allí el daguerrotipo de que tanto se habla en la novela.

El corredor de la begonias, que es un referente a todo lo largo de Cien años de soledad, no conserva la autenticidad. Es un simple jardín cubierto por un parasol grande que no le dice nada al turista. El cuarto donde Amaranta Úrsula se encerró a tejer la mortaja con que quería que fuera vestida Rebeca cuando muriera no tiene ese aire de intimidad que se advierte en la novela. La cocina no conserva la dimensión de la que Úrsula Iguarán ocupaba para batir los 32 huevos con que todas las mañanas hacía el pan. Tampoco aparece la alcoba mítica donde la matrona vivió los últimos años, ya ciega. Ni la pieza donde dormían Aureliano y José Arcadio cuando éste último se volaba en las noches, a escondidas, para irse a la cama de Rebeca.

La Casa Museo García Márquez, que el año anterior fue visitada por 36 mil turistas, no interpreta la esencia de la casa grande que aparece en Cien años de soledad. El comedor es pequeño para una vivienda que, como dice el escritor en uno de los textos exhibidos en su interior, era una casa lunática convertida en referente de todo un pueblo. No se presiente en su interior el alma de esa mujer de voluntad férrea que impuso el orden, ni el espíritu de Rebeca comiendo tierra en el patio. Mucho menos el ruido de los huesos que una de sus moradoras trajo en un talego cuando llegó de Barrancas, y que fueron empotrados en las paredes para evitar los ruidos extraños que, según Úrsula, producían rodando por ahí.  Es una casa con un aire renovado.

 Casa Museo de Aracataca

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EL PAIS
Madrid – España
1 de mayo de 2014

Cronica

Literatura y realidad
De una entrevista realizada en 1989, por Juan Luis Cebrián, surgió este monólogo que García Márquez corrigió de propia mano.

Por Juan Luis Cebrián*

Lo del boom es la cosa peor explicada que ha habido. Tomó de sorpresa a todo el mundo. Hablar del boom es más bien un recurso periodístico para tratar de explicarse lo que estaba pasando. Pero eso es imposible inventarlo, al menos en esa forma. Empecemos, como punto de partida, por Cien años de soledad. Yo había publicado antes otros libros: La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y Los funerales de la mamá grande. Y salió Cien años de soledad, en la primavera de 1967. Con los libros anteriores, era de risa. Los funerales de la mamá grande lo publicó la Universidad de Veracruz y había vendido setenta ejemplares. Donde más público tenía yo, por supuesto, era en Colombia: La mala hora ganó el concurso nacional de novela. Debió venderse toda la edición, pero serían… no sé, tres mil ejemplares o cosa así. Pero hay que tener en cuenta que yo era muy conocido como periodista en Colombia. Había trabajado muchísimo en eso, y sólo en las horas libres escribía novela.

Cien años de soledad se publicó en 1967 en Buenos Aires: ocho mil ejemplares. Cuando supe que la editorial Sudamericana había editado tantos les escribí diciendo que estaban locos, que se iban a arruinar. La semana siguiente a publicarlo, la editorial decidió lanzarlo con un gran reportaje en la revista Primera Plana, y fue un periodista a México a hacerme una entrevista. Querían darme la portada, pero estalló la guerra de los Seis Días y a última hora pusieron una foto de Dayan. Sin embargo ya no se podía –como hubieran querido– recoger la edición, que estaba en librerías, para lanzarla después. Cuando salió la revista, a la semana siguiente, ya no quedaban libros en la ciudad. Como en la editorial no habían precedentes de esto, no tenían ningún proyecto, ni cupo de imprenta, ni papel, y creo que ni dinero, para reimprimir. Y durante varios meses, como unos seis, no había libros. En ese momento habían salido ya La ciudad y los perros y La casa verde de Vargas Llosa. También Rayuela, de Cortázar, y por supuesto los libros de Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Onetti, Rulfo (Pedro Páramo es del 55). Eso venía de diez años antes. Quiero decir que todos los autores que luego fueron parte del boom ya estaban establecidos y conocidos. A partir de ese momento empezó a hablarse de la novela latinoamericana. Pero si tú ves, los libros que se publicaron después de que empezó a hablarse del boom, son los menos. Eso hizo equivocarse a los editores. Cuando vieron lo que pasaba dijeron: “¡Ah! Ahora se trata de la novela latinoamericana. Hay genios ocultos en América Latina”. Empezaron a publicar todo lo que les mandaban, y se hundieron. Yo tenía relación con Carlos Fuentes, en México. A Vargas Llosa lo conocí en Caracas cuando ganó el Premio Rómulo Gallegos con La casa verde. Ya había leído, por supuesto, sus libros anteriores. Después conocí a Alejo Carpentier en París. A Cortázar lo había tratado levemente también en París, pero no hubo nada especial. Luego nos relacionamos todos. No hubo una escuela previa ni nada de eso.

Se dice que el boom fue una maniobra editorial; yo creo más bien que fue un error editorial. Los editores pensaron que todo se iba a vender como Cien años de soledad o La ciudad y los perros y resultó que no. Lo curioso es que antes del boom se consideraba que la consagración para un escritor latinoamericano era ser traducido. No importaba que los libros no se vendieran en América Latina, sino lograr que aparecieran en Francia o en los Estados Unidos. Y sin embargo lo que verdaderamente determinó la explosión y lo que facilitó y aseguró la traducción inmediata fue haber conquistado el mercado latinoamericano. Fue entonces cuando de verdad empezamos a existir. El boom hizo eso, conquistar el mercado interno. Y es lo que estamos tratando de que se logre con el cine ahora.

De los que fueron mencionados como miembros del boom, ninguno ha sido devaluado como novelista. Unos mejor, otros peor, pero ahí están. Y siguen interesando a los editores, y sus libros siguen vendiéndose.

Los novelistas no leemos para conocer los libros sino para saber cómo están escritos. Para desarmarlos y poder hacer lo mismo si son buenos. Yo no soy alguien que haya leído demasiado aunque fui buen lector desde antes de comenzar a escribir. Lector de poesía, primero. Me paseaba por la del siglo de oro español de memoria y todavía recuerdo mucho, porque lo que se aprende a esa edad no se olvida jamás. Cuando vivía en París era la época del nouveau roman, que representa una exploración en el subjetivismo que a mí personalmente no me interesa. Pero es que nosotros en América estamos todavía en la edad épica. Lo que sería absurdo es que los franceses trataran de ser épicos ahora, o que los latinoamericanos tratáramos de hacer el nouveau roman. Éste me llamó la atención, pero nada más. Yo ya tenía suficiente edad para discernir que lo que estaba sucediendo ahí era una cosa perfectamente legítima para los franceses, pero nosotros estábamos en otra.

Ya que lo mencionas, El amante de Marguerite Duras es un libro maravilloso que no me canso de leer. Yo había leído cosas anteriores de ella y la había seguido en cine también, pero El amante verdaderamente me deslumbró. Lo peor de todo es que salió en un momento en que yo estaba terminando El amor en los tiempos del cólera. Por un momento me puse a pensar si no iba a parecer que lo que estaba haciendo yo era una secuela de aquello. Efectivamente no, salvo que al final hay una relación entre un hombre mayor y una niña, pero ése es un tema que ya había tratado yo en una película, hace muchos años, en México.

Kafka es el autor que más me impactó, el que despertó en mí la conciencia de que quería ser escritor. Yo ya estaba interesado, y mucho, en la literatura, pero no sabía exactamente cómo podría expresar lo que quería. La lectura de Kafka me dio claramente el camino. Era el poder atreverse a muchas cosas que otros no se habían atrevido, y no se atrevían porque no lo habían visto antes. Y dentro de Kafka, La metamorfosis. Y dentro de La metamorfosis, la primera línea. Su lectura me tumbó de la cama. Kafka es el único autor absolutamente indiscutido que hay en este siglo. Hay a quien no le gusta, pero nadie te dice que es un mal escritor. Para mí, el más grande de todos, por supuesto, es Tolstoi; la novela más grande que se ha escrito en toda la historia de la literatura es La guerra y la paz. Y los que no están de acuerdo conmigo dicen que es Ana Karenina: no se salen de Tolstoi. Pero Kafka es indiscutido, y además es el profeta de nuestro tiempo. Sin embargo su influencia en mí termina por ser más bien técnica: de cómo se cuenta el cuento.

He explicado muchas veces, en torno a Cien años de soledad, qué papel juega esta última palabra. No sé si con razón o sin razón, es la soledad de América Latina. El discurso de Estocolmo explica todo eso. Y no es una salida fácil. Diría que es difícil. El título del libro lo puse al final, no lo tenía hasta la penúltima línea. De pronto creo que… las estirpes condenadas a cien años de soledad… ¡paf! ¡Pero si éste es el título! Pegué un grito. El libro salió como un torrente, como yo creía que era la vida real nuestra. Y luego, al final, me di cuenta de que todo lo que estaba sucediendo en él es que se trataba de una estirpe condenada a la soledad… Soy uno de los seres más solitarios que conozco, y de los más tristes, aunque resulte increíble. Fundamentalmente solitario y triste. Pero no yo sólo, la gente del Caribe es muy así aunque tienen fama de todo lo contrario, de gregarios, de pachangueros, de parranderos, de fiesteros, pero tú los ves en plena fiesta y están con unos ojos de melancolía… No sé si esa soledad es también la desesperanza, como me preguntas. Ustedes los europeos necesitan explicarse todo. No tengo la menor idea.

Yo le tengo mucho terror a leer la crítica que se hace de mis libros y los estudios que se hacen ahora sobre mí, por temor a que me descubran, me pongan sobre la mesa todo el trabajo subconsciente que hay en mi obra, me lo vuelvan consciente y me jodan. Todo el mundo tiene un sentimiento de soledad. Todo el mundo en el mundo entero. La comunicación es una facultad muy limitada y a partir de un momento te jodiste, estás completamente solo.

Mercedes y yo nos conocíamos desde niños. Vivíamos en un mismo pueblo y nos veíamos en vacaciones. Yo le llevo casi diez años, y ella tenía trece cuando le propuse que se casara conmigo. Se pegó un susto al ver que un señor tan grande, con bigote, de veintipico, la pretendía. Seguimos viéndonos durante las vacaciones, después llevamos un noviazgo muy tranquilo, pero no oficial, a escondidas. Lo sabían muy pocos amigos. Entonces sucedió una anécdota. (Yo para explicar todo tengo que contar anécdotas, porque la anécdota explica mucho más que los planteamientos teóricos que les gusta hacer a los intelectuales, y sobre todo a los europeos. Aunque en el fondo pienso en España, que siempre ha sido un país hispanoamericano. Ahora, cuando empieza a no serlo, inquieta mucho.) Entonces, la anécdota. Yo trabajaba en el diario y estaba una noche escribiendo y se me acerca el gerente y dice: “¿Tú qué vas a hacer la semana entrante?”. “Estaré aquí, ¿por qué?”. “¿Tienes pasaporte?”. Le dije que sí. “No, para que te fueras a Ginebra a una conferencia”.

Eso fue en junio o julio del 55. No tenía pasaporte, no tenía cómo salir del país y además no había hecho el servicio militar. Entonces yo le dije que sí, que tenía todo listo, y me llevaron donde un tipo que era de aquellos que hacían todo… no falso, pero al que iban dando propinas y hacían toda clase de fechorías y sacaban las cosas. Le firmé no sé cuántas hojas de papel sellado y salí con pasaporte, visa, tarjeta militar, cédula… Partí para Europa y bueno, luego, ya se sabe. Estuve tres años. Después regresé para buscar a Mercedes, que me estaba esperando.

No sé por qué tú crees que yo no sea un feminista. Sí lo soy y además me parece una injusticia, y me duele muchísimo que las feministas consideren que mis libros son machistas. El machismo es lo que más detesto en este mundo. Toda mi obra es una condena larga y constante de esa actitud, porque el machismo es la peor desgracia que tenemos en América Latina y particularmente en el Caribe. Lo que pasa es que las feministas han terminado por ser machistas ellas. El machismo es como la usurpación del derecho ajeno; y ellas están usurpando derechos de los hombres.

El otro día estaba yo pensando si no consideré que mi madre me había abandonado de niño, porque cuando tenía un año me dejó con mi abuela y se fue para otra ciudad. El caso es que yo quedé en una casa llena de mujeres, mi abuela, mis tías, mis primas y un solo hombre que era mi abuelo. Éste me entendía muy bien. Si yo quería dibujar, me dejaba dibujar; si quería irme, me iba. Me dejaba hacer todo, pero no por falta de autoridad, sino como alguien que entendía perfectamente que a mi edad era necesario ese estímulo.

Todo eso significó que conocí a mi madre ya muy grande, a mis cinco años tal vez. Recuerdo perfectamente el día que entré en la sala de la casa y la vi. Vestida con aquellas hombreras de campana que usaban en los años treinta, como está descrito en algún momento de El amor en los tiempos del cólera. Me pareció una mujer muy bella pero totalmente extraña a mí. Con mi padre he tenido una relación mejor, de buenos amigos. Tenía un sentido de la autoridad distinto al del abuelo. No me orientaba en el sentido de lo que yo pensaba que debía ser, sino que trataba que fuera otra cosa; para empezar quería que me metiera a cura. Pero más tarde, conversando con él, tuve muy buena relación y hablamos mucho. Me contó todos sus amores con mi madre, que es lo que origina El amor en los tiempos del cólera. Son sus amores juveniles, que me narraba minuciosamente. Muchas veces le reclamé cómo era posible que hubiera tratado de cometer esa injusticia de meterme de cura, sin preguntarme nada, en una edad en la que yo no podía tomar decisiones. “Mira, me explicó, la verdad es que éramos muy pobres”. Él confiaba en que si tenía vocación, era una buena salida. Y quizás hasta hubiera llegado a ser Papa. ¡Imagínate! El primer Papa latinoamericano, aunque no me hubiera gustado serlo por una sola razón, y es que detesto el poder. Cosa que nadie me va a creer.

Bueno, no fui cura pero fui sacristán, monaguillo varios años. Ahora mi relación con la religión es muy mala. En el pueblo el cura me contó el cuento mal, y ya después no me lo creí. Cuando hice la primera comunión, a los siete años o así, el cura me confesó. Tenía una especie de diccionario de pecados. Abrió el libro y me iba preguntando pecado por pecado. Me preguntó si yo había tenido relaciones con mujer; yo no entendí muy bien la cosa. Luego me preguntó si las había tenido con animales. Le dije que no, pero me quedó en la cabeza. Me enseñó cantidad de cosas.

Por esa época a mí me contaron que había un curita en Ríohacha que decían que era un santo, y que por la mañana, cuando hacía la oración, se elevaba. Esta historia me dejó fascinado. Cuando me pongo a escribir yo saco esas cosas y las cuento como me da la gana; le pongo los adornos y le doy la trascendencia que quiero. En Cien años de soledad me costó mucho trabajo que el cura se elevara. Le puse toda clase de bebidas. Primero empecé con vino. Entonces podía parecer que se emborrachaba. Después seguí con café con leche, con té, y nada. Cuando llegué al chocolate, parecía que debía ser lo contrario, el chocolate es tan pesado que lo bajaría. Pero yo no dejo una cosa si yo mismo no me lo creo, pues entonces no lo creerá nadie. O sea que cuando lo puse con chocolate se elevó inmediatamente y sentí que era creíble, y lo dejé así. Con ninguna otra bebida hubiera subido.

Mi trato con el cine es el de un matrimonio mal avenido. No puedo vivir ni con el cine ni sin el cine. Siempre me sale mal. Al principio quise ser director, y lo único que he estudiado seriamente es cine. Marché al Centro de Cinematografía de Roma, antes de ir a París. Estuve allí un año, y no. Lo que intenté luego es que otros hicieran el cine bien. Creo que es el oficio más condenadamente difícil. Porque además de la vocación, de las aptitudes, de la inspiración, de todo lo que necesitas como creador, precisas de una artillería técnica inmensa. La gran época fue el neorrealismo italiano. Fue cuando yo descubrí verdaderamente el cine, y ahora encuentro que es un símbolo. Hecho con una gran austeridad de recursos, con mucho sentimiento, es el tipo de cine que podríamos hacer en América Latina. Es decir, no el mismo, pero se puede hacer un cine sin esas pretensiones de Hollywood. Hacer un cine modesto pero bueno. Creo que he visto más cine de lo que he leído. Ahora me cuesta mucho trabajo, porque llego a la sala y terminó firmando autógrafos a la puerta. Entonces veo muchas películas pero siempre en sesiones privadas. En la televisión, no. En video miro cine sólo hasta que me doy cuenta si la película me interesa. Y si es así, la veo en 35 mm. Hay una gran diferencia entre el cine y la televisión.

El periodismo es otra cosa. Se trata de una especie de maldición para mí. No logro escapar de él. Entre el reportaje y la novela, hay un momento en que no distingues mucho la frontera. Las fuentes son las mismas, los métodos de elaboración, el material, es el mismo. Y al final podrían ser lo mismo las dos cosas. Cuando los reporteros no hacen las cosas tan bellas como las novelas es porque no pueden; pero si pudieran lo harían. El reportaje es un género literario, un gran género literario.

Y después de toda esta confesión, ¿qué quieres que añada sobre mí? Soy un piscis, pero tengo un ascendente tauro que he logrado imponer. ¿Qué sabes de los piscis? ¿Que son gente muy torturada y muy jodida? Son tímidos, introvertidos, ultrasensibles, desconfiados. Suelen tener una doble personalidad, aunque en realidad todo el mundo la tiene. Y una característica suya es que se creen todo lo que dicen. Yo cada vez menos. Aunque hubo una época en que me creía todo lo que decía. Y de tanto creérmelo, terminó siendo cierto.

* Juan Luis Cebrián
Periodista y escritor español. Editor fundador de El País. Entre sus libros: La agonía del dragón y El pianista en el burdel.

Tomado de
Juan Luis Cebrián,
Retrato de Gabriel García Márquez,
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores,
Barcelona, 1997.
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EL PAIS
Cali – Colombia
12 de abril de 2015

Cultura

El reto de traducir a 'Gabo'

Por Juan Fernando Merino*
 Especial para GACETA

Esloveno, húngaro, vietamita y esperanto son algunos de los más de 40 idiomas a los que se ha traducido la obra literaria de Gabriel García Márquez. Al conmemorarse un año de su muerte, recordamos la historia de aciertos y disparates cometidos al convertir la lengua macondiana en universal.

Cuando a finales de 1968 Gabriel García Márquez decidió en vista del éxito enorme que estaba teniendo la versión original de Cien años de soledad que había llegado el momento de traducir la novela al inglés, pidió consejo a su amigo Julio Cortázar, quien había viajado mucho más que él, hablaba varios idiomas e incluso empezaba a hacer sus primeras traducciones literarias del francés y el inglés al castellano. ¡Rabassa!, le contestó el autor argentino sin dudarlo. Es el único que puede hacer una traducción de la novela como se merece.

Cortázar tenía razones de peso para saberlo. Gregory Rabassa, un profesor universitario y un lector inveterado, nacido en Yonkers, de padre cubano y madre neoyorquina, había hecho una traducción al inglés tan soberbia de la descomunal y cifrada Rayuela, que fue considerada superior a la traducción al francés a pesar de que estaba escrita en un castellano con numerosas estructuras gramaticales francesas y el año de su aparición ganó en Estados Unidos el Premio Nacional del Libro en la categoría de Traducción.

Gabo le hizo caso a su amigo, pero para su desaliento se encontró con una cordial negativa de Rabassa: no tenía el tiempo; estaba traduciendo nada menos que la Trilogía de la república de la banana, del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias.

Espéralo lo que haga falta, le aconsejó de nuevo Cortázar a García Márquez cuando este le contó de su fallido intento con Rabassa. Pero espéralo.

Fue así como comenzó su andadura una de las traducciones más célebres de toda la historia de la literatura latinoamericana. Y es que además de su encomiable lealtad al texto original, que no fidelidad exacta, y de su gran valor literario y artístico (hasta el punto de que el propio Gabo afirmó en persas oportunidades que prefería esta versión a su original), esta traducción al inglés de Cien años de soledad fue tan bien recibida por la crítica especializada, empezando por las reseñas elogiosas de The New York Times y de la revista The New Yorker, y más adelante por los lectores anglosajones, que ello supondría una formidable plataforma de difusión para la novela y ayudaría a proclamar a los cuatro vientos y hasta los últimos rincones del orbe que había nacido una obra maestra de la literatura universal.

El propio Rabassa tenía claro que aquella traducción sería un enorme reto y toda una aventura. Para empezar, aunque por regla general no leía una novela antes de traducirla con el fin de permitir que la emoción del descubrimiento inspirara su labor, con Cien años de soledad hizo una excepción.

“Ya había leído el libro”, cuenta Rabassa, “y me di cuenta de que si me hubiera atenido a mis métodos usuales de trabajo, el resultado habría sido un poco diferente. No sé si mejor o peor. Me pregunto si la traducción saldría beneficiada si la hiciera hoy, después de haber trajinado tanto con la novela en mis cursos y de haber leído lo que otros dijeron. Lo que trato de decir, por supuesto, es que cada vez que leemos un libro este se transforma”.

Pero aun cuando la traducción de Rabassa fue excepcional, no todas las traducciones de las otras novelas del Nobel colombiano han corrido con la misma suerte. Son célebres varias de las equivocaciones cometidas al pasar del castellano a la lengua de Shakespeare expresiones coloquiales, modismos o palabras que probablemente solo existen en tierras del realismo mágico.

El gabólogo Conrado Zuluaga, quien ha navegado durante décadas por decenas de páginas del premio Nobel, se convirtió además en un cazador de gazapos macondianos. En la investigación realizada conjuntamente con Margert S. de Oliveira, descubrió disparates como estos: En El otoño del patriarca el traductor convirtió la burundanga en una fruta, cuando en realidad es un alcaloide; un zambapalo –es decir una riña o una gresca– en una danza; y la marimonda –un tipo jocoso, mamador de gallo– oigan esto, en un homosexual. Esto en su versión en inglés.

Peores ‘embarradas’ se encuentran en las versiones alemana y francesa de la misma novela. Allí, el traductor tuvo la ligereza de convertir un ‘macaco’ (un mico, claro) en una ‘papagayo’; y de referirse a la ‘pava’, es decir a la mala suerte, como la hembra del pavo. Y la lista sigue.

Volviendo a Cien años de soledad, aunque la novela ya había sido traducida al francés y al italiano en 1968, a partir de la aparición de One Hundred Years of Solitude en 1970 y su consiguiente resonancia internacional, muy pronto se empezaron a multiplicar sus traducciones a los idiomas considerados más importantes literariamente. Fue así como entre 1970 y 1973 aparecieron versiones en alemán, checo, danés, esloveno, húngaro, sueco, noruego, serbocroata, danés, portugués y japonés, entre otras.

Pasados unos años aparecerían también versiones al vietnamita, el bengalí, el ucranio, al javanés y un largo etcétera, hasta completar 38 traducciones a otros tantos idiomas. En 1992 llegaría al esperanto de la mano del periodista y filólogo español Fernando de Diego bajo el título ‘Cent jaroj da soleco’.

Y supuestamente, como una especie de vuelta al origen, se está realizando una traducción al idioma wayuunaiki, coordinada por el gestor cultural y compositor de música vallenata Félix Carrillo… Supuestamente, porque después de un lanzamiento con mucho bombo, gaita y acordeón en el que se anunció que se había conseguido que el propio García Márquez escribiera el prólogo y que a mediados de 2011 estaría lista la traducción, a cargo de un grupo de hablantes nativos integrantes de la comunidad wayú tanto colombianos como venezolanos, cuatro años después, el proyecto está suspendido, Carrillo no volvió a hablar de los recursos para pagar a los traductores, y aumentan las dudas de que el prólogo verdaderamente haya sido escrito por el Nobel.

Igualmente complicadas han resultado las traducciones al chino y al ruso, aunque por razones muy diferentes. En el primer caso, después de una decena de ediciones pirateadas, que infringían todos los derechos de autor, finalmente en mayo de 2011, y tras arduas negociaciones con Carmen Balcells, la agente de García Márquez, se publicó una nueva traducción al chino de Cien años de soledad, con una primera impresión de 300.000 ejemplares. Como dato curioso, su traductor Fan Ye –quien se convertiría en una celebridad en su país– tardó exactamente un año en traducir el libro, y al publicarse su extensión fue de 360 páginas, un número mágico entre ciertas culturas ancestrales chinas.

En el caso de la versión rusa, la traducción de Valeri Stolbov fue sometida a la censura del régimen soviético y varios episodios supuestamente eróticos fueron omitidos. Cuando en 1979, un periodista confrontó al traductor a propósito de las partes censuradas, este se defendió diciendo: “Sí, es cierto, no podemos dejar de lado en la obra de García Márquez el elemento erótico, algo profundamente humano. Pero quiero dejar en claro que no tuvimos un espíritu de censurar; si así hubiera sido, no habríamos publicado el libro, para empezar. Uno debe tener en consideración que la novela tuvo el tiraje más grande que se haya visto en la historia. En el solo mundo socialista tres millones y medio de copias representa algo del todo inconcebible’”.

La relación del Nobel colombiano con sus traductores siempre fue de enorme respeto y de escasa cercanía personal o epistolar. Según le contó al periodista Darío Arizmendi durante una muy extensa entrevista radial realizada a lo largo de dos días, el 30 y 31 de mayo de 1991, en un principio, cuando empezó a ser traducido a otros idiomas, estaba siempre muy pendiente a las traducciones que aparecían, revisaba las de los idiomas que le resultaban accesibles, como el francés, el italiano y el inglés, estaba atento a las preguntas de los traductores y hasta les sugería matices. Luego con el tiempo y la multiplicación de las traducciones, empezó a perder ese interés y dejaba simplemente que “los libros anden de su cuenta”. Eso sí, siempre siguió respondiendo sus dudas principales, una actividad de la cual sacó una conclusión muy particular:

 “Prácticamente todos los traductores de los idiomas digamos occidentales siempre me mandan, inmediatamente que leen el libro, una lista de dudas que les aclaro. Y lo curioso es que generalmente esa lista de dudas siempre es la misma en los distintos idiomas. Las 17 primeras son siempre las mismas. Algunas no son dudas del significado de la palabra sino el matiz con que la he usado, porque son palabras que tienen distintas acepciones o que le he dado un uso metafórico”.

Con los idiomas de los cuales no tenía la más mínima noción, García Márquez no tenía más remedio que confiar en sus traductores y esperar que las versiones que llegaban a manos de un vietnamita, un bengalí o un ucraniano fuesen lo más fieles posibles al original, o al menos que las pérdidas no fueran excesivas. “¿Cómo sé yo cómo serán mis libros en árabe o en chino?”, comentaba en aquella misma entrevista. “Sobre todo que los chinos, según tengo entendido, no traducen línea por línea, es decir, no se hacen traducciones literales sino que ellos cogen el libro y lo reelaboran dentro de una estructura que es el modo de contar chino, que es completamente distinto de las estructuras de mis libros… De manera que me pregunto, ¿qué puede quedar de allí?”

Solo después de un providencial encuentro en París con un escritor japonés, García Márquez quedaría mucho más tranquilo de la posibilidad de verter acertadamente sus obras a lenguas para él completamente ignotas. Y es que aquel escritor, que había leído Cien años de soledad en japonés, en una traducción hecha conjuntamente a partir de las versiones en inglés y francés, le habló de la novela durante dos horas largas con tal propiedad, con tanto detalle e introspección y con tanto entusiasmo, que Gabo quedó convencido de la enorme capacidad de su traductor o traductora al japonés. “Entonces ya me despreocupé de eso y me alegró mucho y estoy absolutamente seguro de que lo que mis lectores leen en los otros idiomas, es el libro que yo escribí”.

Su enorme respeto y admiración por el oficio de la traducción quedó plasmado con letras indelebles (al menos para los practicantes de ese oficio) en un artículo titulado: ‘Los pobres traductores buenos’, publicado en julio de 1982 en el diario madrileño El País. “Alguien ha dicho que traducir es la mejor manera de leer. Pienso también que es la más difícil, la más ingrata y la peor pagada”, empezaba diciendo el texto, para luego pasar a ensalzar a los grandes traductores de todos los tiempos y de todas las lenguas, cuyos aportes personales a cada obra traducida raramente son puestos de manifiesto, mientras que se tiende a magnificar los desaciertos o despistes.

Al final del artículo confesaba, además, que desde hacía mucho tiempo estaba traduciendo muy lentamente, gota a gota, los Cantos del poeta italiano Giaccomo Leopardi, pero que lo hacía a escondidas y con pleno conocimiento de que “no será ese el camino que nos lleve a la gloria ni a Leopardi ni a mí. Lo hago sólo como uno de esos pasatiempos de baños que los padres jesuitas llamaban placeres solitarios. Pero la sola tentativa me ha bastado para darme cuenta de qué difícil es, y qué abnegado, tratar de disputarles la sopa a los traductores profesionales”.

*Juan Fernando Merino,
escritor y traductor caleño,
autor de la novela ‘El intendente de Aldaz’.
Miembro del Comité Editorial de GACETA