23 de mayo de 2012

MEMORABILIA GGM 582

HOY TAMAULIPAS
Ciudad Victoria – Tam. –  México
22 de mayo de 2012

Exhiben en Victoria copia 

del primer contrato de la obra  

Cien años de soledad


Una copia del primer contrato para la publicación de la obra “Cien años de Soledad” firmado en 1966 entre Gabriel García Márquez y Editorial Sudamericana, se exhibe en la Biblioteca Central “Marte R. Gómez”
Por: Enrique Jonguitud


Ciudad Victoria - Tamaulipas – Una copia del primer contrato para la publicación de la obra Cien años de soledad firmado en 1966 entre Gabriel García Márquez y Editorial Sudamericana se exhibe en a Biblioteca Central “Marte R. Gómez” en el marco de la muestra fotográfica Gabriel García Márquez, una vida.

El documento firmado por el escritor colombiano el 10 de septiembre de 1966 en México, y por la editorial en Buenos Aires es el preludio de la primera edición de la obra, que salió a la luz en Argentina en 1967, y que tuvo un tiraje inicial de 8 mil ejemplares.

La copia consta de cuatro hojas, presenta huellas visibles de restauración y en su parte final conserva la firma de García Márquez y de parte de la Editorial Sudmericana la firma del “gerente” cuyo nombre no se revela.
(El gerente llamaba Antonio López Llausás, según informa Tras las claves de Melquíades, página 22. Nota de MEMORABILIA GGM.)

La muestra Gabriel García Márquez, una vida, que contiene esta copia, y 24 fotografías que ilustran hechos importantes de la vida del escritor que en 1982 ganó el premio Nobel de Literatura, fue recopilada por la editorial española Ramdom House Mondadori.

Cien años de soledad es considerada una de las obras más leída de la lengua española, y ha sido traducida a varios idiomas otorgando a García Márquez un status de celebridad de la literatura mundial.

De acuerdo con la copia del contrato de Cien años de soledad García Márquez únicamente tenía derecho al 10% de las regalías que genera la venta de los 8 mil ejemplares que conformaron esa primera edición.

El documento también revela varios aspectos personales de la vida de García Márquez , como la dirección a donde vivía en 1966, en la calle Loma número 19 de la colonia Lomas San Angel Inn en la Ciudad de México.

46 años de la firma de este contrato, la copia exhibida en la Biblioteca de Ciudad Victoria, revela que el escritor colombiano no gozaba todavía de reconocimiento internacional pues en una de las cláusulas de la última página señala que, “ En caso de incendio o inundación, el editor no podrá ser tenido por responsable de los ejemplares deteriorados o destruidos, y el autor no tendrá derecho de reclamación de ninguna clase”.

16 de mayo de 2012

MEMORABILIA GGM  581
Cali – Colombia
16 de mayo de 2012

Publicamos dos discursos relacionados con Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, como homenaje de admiración por el gran escritor mexicano que falleció el día de ayer. Paz en su tumba.

CARLOS FUENTES DOS VECES BUENO

Por Gabriel García Márquez


Mi amistad con Carlos Fuentes –que es antigua, cordial, y además muy divertida— se inició en el instante en que nos conocimos, por allá por los calores de agosto de 1961. Nos presentó Álvaro Mutis en aquel Castillo de Drácula de las calles de Córdoba, donde toda una generación de escritores, tratando de hacer un cine nuevo, precipitábamos a Manuel Barbachano Ponce en la primera y más gloriosa de tantas ruinas. Yo había llegado a México dos meses antes, con la cabeza llena de novelas y películas que no encontraban por dónde salir, y había leído La región más transparente, poco después de su publicación. Esto era apenas natural, porque esa novela había tenido una divulgación muy amplia en América Latina, y por todas partes se hablaba de ella –con toda justicia— como de un acontecimiento literario. Lo sorprendente para mí fue que Carlos Fuentes no tuvo que escarbar en la memoria para quién era yo, y me dijo de entrada que había leído las dos únicas novelas que yo había escrito hasta entonces. Pensé, por supuesto, que se trataba de esa formula de cortesía que nos salva de tantos naufragios sociales, sobretodo entre escritores, pues mi primera novela se había publicado seis años antes en Bogotá en una edición perdularia que no alcanzó a llegar hasta la esquina, y el texto integral de la segunda, todavía sin corregir, se había publicado el año anterior en la revista Mito, que era tan excelente como escasa. El hecho de que Carlos Fuentes, las hubiera leído de veras, como pude comprobarlo de inmediato, me exaltó de vanidad. Sin embargo no pasó mucho tiempo para que se me bajaran los humos, pues muy pronto me di cuenta que la curiosidad literaria no reconoce tiempos ni fronteras, y que ya desde entonces era imposible sorprenderlo con una novedad de las letras. Esta curiosidad de centraba de un modo especial en las obras primeras de los escritores primíparos como lo éramos él y yo en aquellos tiempos de gracia.

Pasados 25 años nos han ocurrido tantas cosas raras, estando juntos en tantos lugares diversos, que si alguna vez escribiéramos nuestras memorias respectivas, los lectores se van a encontrar con páginas intercambiables. En ambos libros estará sin duda el capítulo más deprimente de nuestras carreras, hace muchos años, cuando un director de cine nos hacía deshacer todos los días el trabajo del día anterior, para rehacerlo otra vez al día siguiente, sólo porque él necesitaba retrasar el comienzo de la película para atender otro compromiso previo. Esa pesadilla de Penélopes literarios no sólo consolidó para siempre mi admiración y mi afecto por Carlos Fuentes, sino que había de inspirarme más tarde el viaje solitario del coronel Aureliano Buendía, que hacía y deshacía sus pescaditos de oro.

Otro recuerdo pragmático entonces, pero muy divertido en la memoria, es el de una tarde de Praga en el año funesto de 1968, cuando Milan Kundera decidió que el único sitio sin micrófonos ocultos en toda la ciudad era un establecimiento público de sauna. Sentados en una banca de pino fragante, a 120 grados centígrado, los dos en pelotas y sin el menor sentido del ridículo, escuchamos de Milan Kundera un informe sobrecogedor de la situación trágica de su país. No obstante, lo más trágico para Fuentes y para mi ocurrió al final, cuando nos dimos cuenta que no había duchas de agua fría y debíamos romper la capa de hielo del río Moldava en pleno mes de diciembre, y sumergirnos en sus aguas glaciales. Lo hicimos, sin pensar lo que hacíamos, y en el instante de la inmersión tremenda tuve la certidumbre lúcida y atroz de que Carlos Fuentes y yo nos habíamos muerto juntos en aquel instante, tan lejos de las calles de Córdoba, y de un modo absurdo que nadie iba a entender jamás, ni siquiera porque había ocurrido en la patria de Kafka.

Sin embargo, no son estos relámpagos de vida lo que me interesa ahora evocar, sino que quiero celebrar la virtud que más admiro en Carlos Fuentes y que es tal vez la que menos se le conoce: su espíritu de cuerpo. No creo que haya un escritor más pendiente de los que vienen detrás de él, ni ninguno que sea tan generoso con ellos. Lo he visto librar batallas de guerra con los editores para que publiquen el libro de un joven que lleva años con su manuscrito inédito bajo el brazo, como lo tuvimos todos en nuestros primeros tiempos.

Julio Cortázar, agobiado por la cantidad de originales inéditos que los jóvenes le mandaban, dijo poco antes de morir: Es una lástima que quienes me mandan manuscritos para leer no puedan mandarme también el tiempo para leerlos.

Pues bien, a pesar de sus numerosos trabajos y de su intensa vida pública, Carlos Fuentes lee los que le mandan a él, y además tiene tiempo para alentar y ayudar a sus autores desamparados. Lo que pasa, en realidad, es que él parece entender muy bien la noción católica de la Comunión de los Santos: en cada uno de nuestros actos –por triviales que sean y por insignificantes— cada uno de nosotros es responsable por la humanidad entera. Ésa es la metafísica de la infinita curiosidad literaria de Carlos Fuentes. Al contrario de tantos escritores que desearían ser los únicos en el mundo, el quisiera celebrar todos los días la fiesta de que cada día seamos más y más jóvenes los escritores del mundo. Tengo la impresión de que él sueña con un planeta ideal habitado en su totalidad por escritores, y sólo por ellos. A veces he tratado de aguarle el entusiasmo diciéndole que ese lugar ya existe: es el infierno. Pero no lo cree, no siquiera en broma (como yo se lo digo desde luego), porque su fe en el destino mesiánico de las letras no reconoce límites. Ni admite broma, por supuesto. Un escritor así, siendo tan buen escritor, es dos veces bueno.



GGM y Carlos Fuentes en la ceremonia de condecoración que el gobierno de Francia entregó al mexicano en la embajada de francesa de Ciudad de México.

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DISCURSO DE CARLOS FUENTES

En la sesión inaugural de IV Congreso Internacional de la Lengua española en Cartagena de Indias. Homenaje a Gabriel García Márquez en su cumpleaños 80


Conocí a Gabriel García Márquez allá por el 1962, en la ciudad de México y en la calle de Córdoba 48, una casa llamada «La Mansión de Drácula» por su evidente aspecto transilvánico y sede de la compañía productora de cine de Manuel Barbachano Ponce.

Barbachano Ponce era un rotundo y energético yucateco, miembro de la llamada
«casta Divina» que dominó largo tiempo a la península maya con vastas plantaciones de henequén y trabajo feudal. Desposeídos por la Revolución mexicana y en particular por las medidas del gobierno socialista de Felipe Carrillo Puerto, los Barbachano debieron encontrar otras hacendosas ocupaciones en la hotelería, el turismo y el cine.

Manolo Barbachano renovó en su momento el lánguido cine comercial de México, cimbrado apenas por las trepidaciones bailables de «Tongolele», Ninón Sevilla y María Antonieta Pons, nuestras caribeñas rumberas oficiales. Barbachano apostó a un cine documental y cuasi documental, directo, sin adornos, en blanco y negro: Torero, una experiencia de cine-verdad en torno al diestro Luis Procuna; Raíces, la adaptación de varios cuentos rurales del escritor Francisco Rojas González, y, finalmente, Nazarín, la película con la que Luis Buñuel volvió a cegar la pantalla, después de un indeseado e indeseable asueto comercial, con las navajas de Aragón y los tambores de Calanda.

La historia de Pérez Galdós fue adaptada por otro español, el guionista Julio Alejandro, y situada en un México agrario y agreste donde el cura Nazario intenta hacer el bien, provoca el mal y recibe como recompensa una inmanejable piña. Digo con esto que al llegar a México a principios de los sesenta, Gabriel García Márquez fue recibido —en La Mansión de Drácula— por un equipo que incluía a los republicanos españoles Federico Américo, productor de la vieja CIFESA, Carlos Velo, que en España realizó un memorable documental sobre El Escorial, y Jaime Muñoz de Baena, un seductor señorito madrileño de agudo ingenio y modas británicas. A ellos se unía muy señaladamente Álvaro Mutis, el escritor colombiano, que fue quien me presentó, en Córdoba 48, al recién llegado Gabriel García Márquez, al cual yo ya conocía, desde luego, como el joven escritor de La hojarasca, un libro de apariencia rústica y entraña nobilísima, pues de él, me parece, surge el universo creador de García Márquez. Yo había editado en los años cincuenta una Revista Mexicana de Literatura que se correspondía, en Bogotá, con la mítica revista Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán.

Entre Mutis y Gaitán, me fue dado ir publicando los cuentos de García Márquez, cada uno más maravilloso que el anterior, porque cada uno contenía al anterior y anunciaba al siguiente: «Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo» y «Un día después del sábado» conducían a El coronel no tiene quien le escriba y a La mala hora, pero también prolongaban, como el eco del mar dentro de un caracol, los inquietantes pórticos de pasados relatos de Gabo. «La tercera resignación», «Eva está dentro de su gato», «Tubal-Caín forja una estrella», «Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles» y «Ojos de perro azul»..., títulos que eran nombres, nombres que eran bautizos, nombres de misterio y amor que se pronosticaban a sí mismos como arte y artificio, naturaleza y natividad, profecía y advertencia, recuerdo y olvido, vigilia y sueño.

Todo ello me impulsaba, con un movimiento del corazón, a conocer al autor que nombró esos cuentos, al artífice que los soñó: aquí estaba, en Córdoba 48, tal y como años más tarde lo describiría, en sus memorias, el presidente François Mitterrand, como «un hombre parecido a su obra: sólido, sonriente, silencioso..., dueño de un desierto de silencio como solo las selvas tropicales pueden crear». «Desde que leí Cien años de soledad —añade Mitterrand— la obra me ha embrujado». Seguramente un hombre tan perspicaz como este francés esencial, que por serlo jamás dijo una tontería, leyó en Cien años lo que muchos más vimos desde las páginas sin árbol de La hojarasca: García Márquez era un nuevo descubridor, un bautizador del nuevo mundo, hermano de Núñez de Balboa y Fernández de Oviedo, de Gil González y Pedro Mártir, en la tarea interminable de darle nombre a América.

Lo conocí en 1962 en Córdoba 48 y nuestra amistad nació allí mismo, con la instantaneidad de lo eterno. Gabo culminaba en México un joven periplo que lo había llevado de Aracataca a Barranquilla, de Sucre a Zipaquirá, y luego de Bogotá a Roma, Londres y París, en mosaicas tabletas de información escritas en El Universal, luego en El Heraldo, finalmente en El Espectador, que lo sorprende en el exilio europeo dejando atrás, pero teniendo presentes siempre, las tensiones colombianas que se renuevan —porque no se inician— el 9 de abril de 1949 con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y culminan con la clausura de El Espectador por Gustavo Rojas Pinilla en 1955, determinando una errancia que, al cabo, nos trae al Gabo, en un autobús Greyhound, con Mercedes y Rodrigo y Gonzalo en espera, a la ciudad de México, la más vieja ciudad viva del hemisferio occidental, la urbe azteca, virreinal, barroca, caótica, antiquísima, modernísima, la ciudad de roja piedra tezontle y afrancesadas mansardas esperando la improbable nevada tropical y edificios de cristal despedazado que no quieren durar más de cincuenta años. México, D. F., donde la familia de García Márquez tendría, de allí en adelante, su principal residencia para honor y alegría de México y los mexicanos.

Juntos entramos al Museo de Antropología. Juntos indagamos el misterio de la Coatlicue, la diosa madre de los aztecas, representada en un masivo monolito cuyos terribles elementos —serpientes, calaveras, manos laceradas, sexo impenetrable— le proclaman a la ciudad y al mundo:

—Yo no soy Venus. Yo no soy una diosa humana. Yo soy diosa porque no soy humana.
Entonces, después de diez minutos de contemplación, García Márquez dice:
—Ya entendí a México.

Que es algo más de lo que podemos decir los mexicanos, constantemente sorprendidos por un país que no acabamos de descubrir pero en el cual García Márquez se acomodó con la sabiduría de hechicero que le atribuía Mitterrand.

Se ha dicho que en México Kafka sería un escritor costumbrista y en los años sesenta una de las leyes del Castillo determinaba que los extranjeros debían renovar cada seis meses su residencia y hacerlo no en México, sino —amuélense todos— en un consulado mexicano del extranjero. Esto significaba que Gabriel debía viajar dos veces al año para renovar su permiso de residencia —Kafka puro, les digo— y como tanto él como yo pasábamos por una temporada de aguda aerofobia —determinada, en mi caso, por la trágica muerte de Gaitán Durán en la Martinica—, íbamos por carretera a Acapulco, donde Gabo tomaba un vapor inglés de la P. and O. (homenaje sin duda a su admirado Somerset Maugham) y viajaba a Panamá, obtenía la visa y regresaba a México.

Recuerdo estos viajes porque en uno de ellos Gabriel García Márquez se transformó. Lo miré y me asusté. ¿Qué había ocurrido? ¿Nos habíamos estrellado contra un implacable autobús de la línea México-Chilpancingo-Acapulco? ¿Nos habíamos derrumbado por los precipicios del Cañón del Zopilote? ¿Por qué irradiaba una beatitud improbable el rostro de Gabo? ¿Por qué le iluminaba la cabeza un halo propio de un santo? ¿Era culpa de los tacos de cachete y nenepil que comimos en una fonda de Tres Marías?

Nada de esto: sin saberlo, yo había asistido al nacimiento de Cien años de soledad —ese instante de gracia, de iluminación, de acceso espiritual, en que todas las cosas del mundo se ordenan espiritual e intelectualmente y nos ordenan: «Aquí estoy. Así soy. Ahora escríbeme».

Porque en esa época, él y yo fabricábamos guiones de cine, demostrando nuestra verdadera vocación cuando nos deteníamos horas en colocar una coma o en describir el portón de una hacienda. Es decir: nos importaba lo que se leía, no lo que se veía. Por eso, semanas más tarde, echados en la eterna primavera del césped de mi casa en el barrio de San Ángel, Gabo pudo preguntarme:

—Fontacho, ¿qué vamos a hacer? ¿Salvar al cine mexicano o escribir nuestras novelas?
La suerte estaba echada. Yo me fui a Europa por segunda vez. Ya había estado allí en 1950, cuando la ruina de la guerra era dolorosamente visible en una Italia donde los niños recogían colillas de cigarrillo para sobrevivir, donde en el invierno los museos estaban llenos porque solo allí había calefacción, donde un pueblo empobrecido viajaba en tercera clase de los trenes con maletas amarradas con cuerdas. En una Viena donde la fachada del Hofburg era ocultada por grandes mantas con las efigies de Lenin y Stalin y de donde no se podía viajar sin un pase de una de las cuatro potencias de ocupación. De un París, en fin, donde el espíritu francés convalecía gracias a la inteligencia de Sartre y Camus, popularizada por el existencialismo personificado, a su vez, por la cantante Juliette Greco en el café Le Tabou: melena negra, mirada desencantada, voz inolvidable: Je hais les dimanches. En un apartamento vasto y congelado de la avenida de Víctor Hugo vivía la pareja literaria de Octavio Paz y Elena Garro, siempre acompañados de otra pareja, esta argentina, formada por Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo: fuego graneado de citas poéticas, juegos surrealistas del cadáver exquisito y correrías nocturnas por Saint-Germain-des-Prés.

Octavio me condujo a una galería de la Place Vendôme donde se exhibía un solo cuadro, titulado Europa después de la lluvia, cuyo autor, Max Ernst, allí presente como vigía de su propia obra, había pintado un paisaje lacerante, alucinado, de excrecencias pétreas. Miré los ojos intensamente azules bajo la corona blanca de Ernst y al ver la pintura, me pregunté si el verdadero surrealismo europeo solo se dio en Alemania y en España, países de imaginación mágica popular, como lo demostraba ese mismo año de 1950 Luis Buñuel con Los olvidados, en Cannes, y no en la Francia cartesiana, donde André Breton escribía con la corrección del duque de Saint-Simon en la Corte de Luis XVI.

Con razón, hacia 1930, tres jóvenes escritores latinoamericanos —Miguel Ángel Asturias, Arturo Uslar Pietro y Alejo Carpentier— se detuvieron un rato en el Pont des Arts sobre el Sena y decidieron echar al río el surrealismo francés, innecesario —proclamaron— en una Iberoamérica donde abundaba «lo real maravilloso».

Digo esto porque a Francia llegó en 1957 Gabriel García Márquez, encerrado en un hotel de la Rue Cujas cuyo único adorno era un retrato de Mercedes y el único lujo tres paquetes azules de cigarrillos Gauloises. En el Boulevard Saint-Germain se cruzó Gabo con Ernest Hemingway y le gritó de acera a acera: «Adiós, maestro» —como hoy le gritan, adonde quiera que va, a Gabriel García Márquez. Y aunque Hemingway dijo que los buenos norteamericanos van a París a morir, García Márquez hubiese dicho que los buenos latinoamericanos van a París a escribir.

Yo regresé a Europa en 1966 y me instalé en un palazzo veneciano para ver qué se sentía al ser Henry James, aunque sin esperanzas de emularlo. Fue una temporada de intenso intercambio epistolar con los amigos, en aquella época anterior —muy anterior— al fax, al e-mail. Gracias a ello, conservo un maravilloso correo con Gabo en los momentos de la redacción de Cien años de soledad.

Yo sabía que él dejó sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto —me dijo— que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses. Angustias y alegrías: «jamás he trabajado en soledad comparable —me dice—, no siento más punto de referencia que, quizás, Rabelais, sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras. A veces —me escribe Gabriel— me asalta el pánico de no haber dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a veces, quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más vida que esta...». «Para no tener más vida que esta».

Gabo me envió a Italia el manuscrito de Cien años de soledad. Entusiasmado, lo busqué desde Venecia para felicitarlo. No lo encontré. Entonces le escribí a nuestro grande y común amigo Julio Cortázar, quien pasaba el verano en su ranchito de Saignon, una aldea al sur de Francia sin teléfonos ni telégrafos, un cartero en bicicleta tan incierto como el cómico Jacques Tati y un extraño servicio francés llamado «el pequeño azul» al cual acudí para decirle lo siguiente al gran cronopio, al argentino que se hizo querer de todos.

«Querido Julio:
Te escribo impulsado por la necesidad imperiosa de compartir un entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar al mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas. ¡Qué maravillosa recreación del universo inventado y re-inventado! ¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!». Y añado: «Pero en algún rincón debe haber un Aureliano con su cruz de cenizas en la frente que venga a protestar contra la crónica del biznieto del coronel Gerineldo Márquez, corrija los inevitables errores y proponga una nueva lectura, radical e inédita, de los pergaminos de Melquíades. Un día, querido Julio, me hablaste de la novela como mutación. Eso es Cien años de soledad: una generación y una re-generación infinita de las figuras que nos propone el autor, mago iniciático de un exorcismo sin fin.

Y qué sentimiento de que cada gran novela latinoamericana nos libera un poco, nos permite delimitar en la exaltación nuestro propio territorio, profundizar la creación de la lengua con la conciencia fraternal de que otros escritores en castellano están completando tu propia visión, dialogando contigo». Dialogando con nosotros.


Carlos Fuentes
 

Silvia Lemus, Carlos Fuentes y el editor de MEMORABILIA GGM en el almuerzo del Museo Naval en homenaje a GGM en Cartagena de Indias.

14 de mayo de 2012



MEMORABILIA GGM 580
El Tiempo
Bogotá - Colombia
9 de Mayo del 2012

De burdeles y otras antigüedades

Por: ÓSCAR COLLAZOS


El comercio del sexo ya no necesita esa demarcación fronteriza: se ejerce de mil maneras como una actividad más de la economía informal y alimenta economías formales

Memoria de mis putas tristes es la última novela de García Márquez y una de las últimas novelas latinoamericanas sobre un tema que ocupó decenas de miles de páginas en nuestra historia literaria. La puta y el burdel hacían parte de la educación sentimental y sexual de los hombres y los había que se convertían en escenario de la vida social de las celebridades de cada época.

Aunque el feminismo radical ha pretendido ver la confesión del nonagenario Mustio Collado como una apología de la pedofilia, el relato de Gabo regresa a un tema recurrente en el autor: la aparición del amor a una edad en que los hombres están arreglando cuentas con la funeraria. Más que la ridícula pretensión de acostarse a los noventa años con una virgen de catorce, lo que vale la pena resaltar en este relato es la mitología masculina del burdel y la aparición del amor como un último soplo de vida en la antesala de la muerte.

La novela de García Márquez es un melancólico canto de cisne de esta corriente y cierra un ciclo con casi cien años de tradición. Antes de esta novelita, recuerdo dos buenas novelas latinoamericanas con el tema: El lugar sin límites, de José Donoso, y Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa. La experiencia prostibularia recreaba los rituales socialmente aceptados del machismo, por un lado, y, por el otro, el envilecimiento de la mujer en un comercio aceptado como mal menor.

Los cambios en las costumbres morales, la liberalidad ganada con la vida urbana, la gradual emancipación de las mujeres, la permisividad sexual, los métodos anticonceptivos, todo esto relegó la experiencia prostibularia a un plano secundario, a una especie de arqueología de la sexualidad masculina.

Durante años, el burdel fue el lugar donde el joven perdía la virginidad, inducido a veces por un padre que pretendía reproducir en el hijo su propia experiencia. Era el lugar donde hombres adultos buscaban una compensación desesperada a la insatisfacción sexual o un alivio a sus frustraciones y traumas amorosos. No se descartaba al adicto: Mustio Collado, el personaje de Gabo, es un putañero ilustrado y sin culpa por serlo.

El hecho de que se siga llamando "zona de tolerancia" al barrio donde se comercia con el sexo explica hasta qué punto se aceptó socialmente esta práctica. Pero el comercio del sexo ya no necesita esa demarcación fronteriza: se ejerce de mil maneras como una actividad más de la economía informal y alimenta economías formales. Hoy, una escort puede darse el lujo de contratar a un abogado de pedigree que le ayude a realizar negocios relativos a la prostitución.

Como no se podía extirpar ni prohibir el ejercicio de la prostitución, había que mantenerlo aislado de lo permitido y "sano". Se establecían zonas donde se toleraba administrativamente lo que estaba formalmente prohibido por la mirada severa de las costumbres morales o la ligereza de las leyes. Ahora no hace falta: la única prostitución visible y patética de nuestras ciudades es la callejera.

La imagen de la puta confidente y maternal llenó páginas de buena y mala literatura sin que intervinieran los códigos morales que todavía hoy sirven para condenar lo que no se puede evitar: que haya seres humanos que comercian con su cuerpo como otros comercian con sus conciencias.

La prostitución sigue siendo una actividad degradante ejercida por hombres y mujeres. Se ha convertido en uno de los atractivos de las industrias turísticas de hoy, alcanzando altos grados de sofisticación. Pero la de siempre, la que nace de la pobreza, no llega a los titulares de los medios sino a sus páginas de sucesos. Es un asunto de policía o de salud pública.



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Semana
Bogotá – Colombia
9 de mayo de 2012

El traductor de Gabo


Fan Ye es una celebridad en su país y asegura que su mayor sueño es conocer al premio Nobel.

Fan Je el traductor de Cien Años de Soledad 
destaca la obra de Gabo.

A propósito de China, uno de los intelectuales que causa sensación por estos días es Fan Ye, el traductor de Cien Años de Soledad. Él le ha contado a la delegación colombiana que en este trabajo tardó un año, que el libro quedó de 360 páginas (un número mágico porque allí representa el Cosmos) y que su mayor sueño es conocer al escritor de Aracataca en persona. Fan Ye es una celebridad, pues también se ha anotado muchos reconocimientos por sus traducciones al chino de Carlos Fuentes y Julio Cortázar.

El profesor universitario de la facultad de lenguas extranjeras de la Universidad de Beijín, Fan Jen, dijo que Colombia comenzó a ser conocida en China por la obra de Gabriel García Márquez.

Caracol Radio conversó con el joven docente quien fue el encargado de traducir Cien Años de Soledad, obra que se publicó para un millón de lectores en mandarín en China.

Se trata de un hombre apasionado por la literatura latinoamericana, quien califica las obras de Gabriel García Márquez como la ventana que muestra una mágica visión de la cultura colombiana

Fan Jen dijo que se demoró casi un año para la traducción de Cien Años de Soledad y que aunque trabajo 'al ritmo de los chinos' el entusiasmo por el relato de Gabo lo llevó a sacar adelante la versión en mandarín.

Por último el profesor Jen dijo que 'leyendo a García Márquez fue objeto de un hechizo que le condujo de descubrir la realidad mágica de un pueblo llamado Colombia'.




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EL TIEMPO
Bogotá – Colombia
9 de mayo del 2012

Las aventuras de Satoko Tamura, dan para una novela.

Traductora del Nobel al japonés
tras la huella de García Márquez

Por: CATALINA OQUENDO B.


Satoko Tamura es poeta, ensayista y traductora de autores 
latinoamericanos al japonés.
Foto: Ana María García / EL TIEMPO



Un día del 2005 a las 5:00 p.m., la japonesa Satoko Tamura logró culminar el viaje que Gabriel García Márquez dejó "para un después que nunca fue".

La traductora de Gabo al japonés llegó hasta el centro de La Sierpe, la ciénaga de La Marquesita, aquella historia de una isla infranqueable en el municipio de Sucre y en la que, bajo un árbol de totumos de oro, estaba enterrada esta mujer que vivió 200 años.

Decidida a encontrar a La Sierpe real, llegó a La Mojana y, acompañada del profesor sucreño Isidro Álvarez, se embarcó en lancha y luego en bestias hasta el centro del pantano, con el único fin de hallar un limón de oro de aquel árbol.

"Yo llamé a Gabo y le dije: 'mira, Gabito, en este preciso momento Satoko está en el mismo centro de La Sierpe'. Y él me respondió: 'Dile que me encuentre los limones de oro'", contó Jaime García Márquez, en Bogotá, durante la entrevista con Satoko.

Los limones de oro de Satoko, pequeños y secos, llegaron a las casas de sus amigos, que los guardan como una prueba fiel de que existe el realismo mágico.

Amiga personal del Nobel

Es más que aventura; es desmesura -dicen sus amigos- lo que mueve a esta mujer a recorrer los escenarios que le ayuden a desentrañar las claves de la obra del Nobel y poderlo traducir con certeza a su idioma.

Sentada en una casa en Bogotá, con un holgado traje oriental y en un perfecto español, ella cuenta sus historias como en un recorrido similar al de Gabo por el río Magdalena.

Satoko durmiendo en un chinchorro en el desierto de La Guajira para entender el valor de los sueños en los libros de Gabo; Satoko en moto por las calles de Aracataca; Satoko cubierta de un pañuelo negro, disfrazada de viuda, para pasar desapercibida en Ovejas, Sucre; Satoko en Zipaquirá, conociendo el lugar donde creció el escritor, o en un prostíbulo en Barranquilla, que luego se convirtió en un colegio.

"He tenido el privilegio de conocer a su familia e identificar de dónde surgieron los personajes de sus novelas. También he podido comprobar que no se inventó nada, sino que reprodujo su entorno", dice la traductora de Cien años de soledad, que conoció, asimismo, la casa de Remedios la Bella.

La mujer se hizo amiga del Nobel hace veinte años, cuando lo entrevistó en un festival de cine en La Habana y publicó la primera nota sobre él en un periódico de Japón.

"Aunque ya se habían traducido obras de Gabo al japonés, no eran muy buenas; por eso necesitaba venir y tener el tono y los escenarios de los personajes", cuenta, y agrega que los recorridos por Tokio con Mercedes Barcha, la esposa del Nobel, y sus encuentros en Colombia han fortalecido su relación.

De esas anécdotas y sus viajes por el país escribió en el libro Caminar por Cien años de soledad, publicado en japonés, con una pintura de unas bailadoras de cumbia en la portada, que ella trae siempre a Colombia.

"Yo estoy segura de que Satoko, con esa pasión por la obra de Gabo, le ha aportado también algo de la fantasía japonesa", dice Graciela Rincón, amiga personal de la traductora, y quien la ha acompañado en varios de sus viajes por Colombia.

Otros escritores

Satoko Tamura nació en Wakayama (Japón) en 1947. Es doctora en Letras Hispanoamericanas, decana de la facultad de Literatura de la Universidad de Tokio, poeta y traductora de decenas de autores al japonés.

Además de Gabo, ha traducido también a Pablo Neruda, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Vicente Huidobro, Nicanor Parra, Enrique Lihn, César Vallejo y Gabriela Mistral. De esta última es experta, pues su tesis doctoral fue sobre
Los sonetos de la muerte, de la escritora chilena.

Estudió español en la Unam, en México, y luego se fue a Chile, donde conoció al grupo de escritores amigos de Neruda. Más adelante, trabajó en activismo político, recogiendo fondos para ayudar a torturados de la dictadura en ese país.

La japonesa también tiene su propia producción poética. Ha publicado los libros
Mapa profundo, Otoño de Iberia, Salamandra y Raggi di luna falciati, y ha sido una invitada asidua al Festival de Poesía de Medellín.

Por esa relación con Latinoamérica se vinculó con Colombia y ahora traduce también a autores como Jorge Franco, Alonso Salazar y próximamente a Juan Gabriel Vásquez.

Satoko Tamura es poeta, ensayista y traductora de autores latinoamericanos al japonés. A Gabriel García Márquez lo conoció hace veinte años y desde entonces ha visitado los escenarios de las obras del Nobel.

           

6 de mayo de 2012

MEMORABILIA GGM 579
          
MEMORABILIA GGM
Cali - Colombia
Mayo 6 de 2012 


García Márquez
en el pais del sol naciente

Por Lucho Berggrun
Especial para MEMORABILIA GGM

Don Klein, quizás el más importante bibliógrafo de García Márquez en la actualidad, anduvo averiguando por estos días si el Maestro García Márquez estuvo en el Japón en 1981, presentando, en una conferencia patrocinada por la Universidad de las Naciones Unidas de Tokio, su conocido ensayo Fantasía y creación artística en América Latina y el Caribe.

A riesgo de equivocarnos sabemos que GGM estuvo en el Japón solo una vez en su vida, en la semana larga del 13 al 23 de octubre de 1990, invitado por los organizadores del Festival de Cine Latinoamericano en Japón, evento que contó en esa oportunidad con el apoyo de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano que tiene su sede en La Habana, Cuba, y preside el mismo García Márquez.

Para estar completamente seguros, y poder así contribuir a la veracidad de los hechos relacionados con la vida y obra de Gabriel García Márquez –tan distorsionados a veces hasta por sus más exquisitos biógrafos–, habría que preguntarle, entre otros, a la experta Satoko Tamura, una de las traductoras oficiales al japonés de GGM, investigadora de su obra y muy amiga de la familia García-Barcha, si ella sabe de otras visitas del Nobel colombiano al país del sol naciente. O porque no, a Natsuki Ikezawa o Genichiro Takahashi, expertos japoneses en García Márquez o a los profesores Ryoichi Kuno y Masatsugu Ono grandes conocedores de su obra, o a los traductores de libros Noya Fumiaki y Youji Sakate.Por su parte, Margarita Márquez Caballero, colaboradora, asistente y experta en GGM, dice no recordar ninguna otra oportunidad en la cual su querido primo Gabo haya visitado Japón. Al respecto, Fernando Jaramillo, “la memoria de Gabito”, (afirmación calumniosa del Sr. Berggrun. N del E.)dice que tampoco él tiene más información.

Es interesante anotar que en 1982, poco más de un año después que la Universidad de las Naciones Unidas en Tokio publicara el texto de Fantasía y creación artística…, ya nombrado, GGM publicó un artículo en el diario Bogotano El Espectador refiriéndose a sus lecturas de más de un año de literatura Japonesa. ¿Sería que García Márquez en efecto si viajó al Japón en 1981 y esa experiencia lo motivo a leer literatura japonesa con tanta intensidad? ¿Pero por qué no hay más información al respecto?. Queda el interrogante.

Volvamos a 1990.

Aprovechando su presencia en Japón, en esa semana del 13 al 23 de octubre, García Márquez conversa en cuatro oportunidades con el gran director de cine Akira Kurosawa, que rueda en esos días “Los sueños” y ha terminado “Rapsodia en agosto”, conversaciones que posteriormente fueron transcritas por el Nobel con el título de “Rapsodia en agosto y la bomba de Nagasaki. Tokio, 1990: García Márquez y Akira Kurosawa, una conversación de amigos”, publicadas en la revista Proceso. Aunque GGM ha dicho que ese artículo no es una entrevista, –a pesar que el mismo Kurozawa en un momento de la conversación exclama que “parece una entrevista”–, a nuestro modesto entender ese artículo si es una entrevista, de aquellas curiosas “de doble vía”, que debería figurar en ediciones posteriores de la antológica “Para que no se las lleve el viento”.

Es muy importante mencionar que en el acto de inauguración del Festival de cine latinoamericano en Japón, la noche otoñal lluviosa y fría del 13 de octubre de 1990, Gabriel García Márquez, en su propia voz guajira, cadenciosa e hipnótica, “ se echa” el poco conocido discurso titulado “La relatividad de las distancias geográficas y culturales”, discurso que , como muchos otros publicados con anterioridad en Memorabilia GGM , no tuvieron el honor de figurar en el último libro del Nobel ”No vine a echarme un discurso” (sic) .

Estas fueron sus palabras:

Hace muchos años, siendo joven y bello en París, vi un japonés por la primera vez en mi vida. Me pareció un ser tan remoto e indescifrable, que le pregunté al amigo chileno que me acompañaba: "¿Qué diablos hará este hombre tan lejos de su casa?”. “Lo mismo que nosotros", me contestó el amigo, "París está tan lejos de Tokio como de Buenos Aires".
Ese día aprendí que las distancias más largas y difíciles no son las geográficas sino las culturales. Y los 40 años que han transcurrido desde entonces, no han hecho más que confirmarlo. Las distancias del mundo se han reducido tanto, que se puede viajar desde una ciudad y llegar a otra el día anterior, y hay mensajes que casi pueden alcanzar su destino antes que el pensamiento. En cambio, pueden pasar todavía varios siglos sin que logremos entender y perdonar las razones del vecino que clava un clavo en la pared a las tres de la madrugada.
Quiero decir, que las distancias geográficas son del dominio de la técnica, mientras que las distancias culturales están en el corazón, y sólo se reducen con el amor. Nunca supe quién era aquel japonés instantáneo que pasó como una aparición del otro mundo por el otoño de vientos efímeros de París. No sé si será alguno de los tantos talentos iluminados que hoy asombran el mundo, o si se perdió sin nombre ni destino en las montoneras del olvido y de la muerte. Pero lo recuerdo ahora con una gratitud inmensa, porque gracias a él estamos aquí, tratando de disminuir la fabulosa distancia mental que nos separaba en aquel tiempo.

Tal como deben haber susurrado esa noche sus cientos de educados admiradores japoneses, aquí aprovechamos para también decirle: ¡Arigatô gozaimasu sensei Gabo!

P.D.: Fumio Ito, estudiante de la Universidad Javeriana en Bogotá, que había venido a estas tierras lejanas a estudiar nuestra cultura y nuestras tradiciones, murió en nuestro país de una penosa y larga enfermedad hace unos años. Fumio, enamorado de nuestra querida Colombia, no quiso regresar a morir en su tierra natal, Japón y prefirió hacerlo y ser enterrado en el país de Cien años de soledad. Su madre, Yuriko de Ito, promovió y financió en memoria de su amado hijo un hermoso libro, cuya portada se puede apreciar aquí:

3 de mayo de 2012

MEMORABILIA GGM 578

lanacion.com
Buenos Aires - Argentina
2 de mayo de 2012


La mirada
Macondo


Por Ezequiel Fernández Moores
Para LA NACION



"A mí ningún macho me toca los huevos amigo." Fueron las primeras palabras de Heleno de Freitas en el vestuario del Junior de Barranquilla, su nuevo club. El ídolo más dramático del fútbol brasileño antes de Garrincha, que en 1948 tuvo un fugaz paso por Boca, le respondió cortante al empleado del club colombiano que simplemente le había preguntado si precisaba ayuda para cambiarse. "Gilda", porque era tan vanidoso como el personaje de Rita Hayworth, hijo de familia rica, abogado, galán en trajes de lino, adicto al éter y muerto en un siquiátrico a los 39 años, con 30 kilos de peso y apenas un diente, ya no era el nueve que había anotado 209 goles en 235 partidos en Botafogo. Tampoco el goleador de la selección brasileña en el Sudamericano del 45. Igualmente, Heleno, primer gran ídolo del Junior, se dio el gusto de ganarle al
Millonarios de Alfredo Di Stéfano en la famosa "Liga Pirata" del fútbol colombiano. Nadie en Barranquilla quería perder la ocasión de ver jugar al playboy brasileño, cuya vida retrata el film Heleno , que abrió esta semana el Festival Internacional de Cine en Panamá. El interés en Barranquilla atrapó también a un joven periodista del diario El Heraldo, que jamás había ido antes a una cancha. Escribía su tradicional columna, "La Jirafa", con el seudónimo de Septimus. Era Gabriel García Márquez.



Foto archivo de MEMORABILIA GGM

La Feria del Libro que cierra este sábado en Buenos Aires tuvo en uno de sus momentos más emotivos -la presentación de Eduardo Galeano- un aire de realismo mágico del Caribe colombiano, con una historia digna de Macondo, el pueblo ficticio de García Márquez en Cien años de soledad . Galeano, autor de El fútbol a sol y sombra , uno de los libros más maravillosos sobre fútbol, habló en la Feria de Manuel Alba Olivares, un colombiano que perdió la vista a los 11 años y cuya última gran imagen, dijo el escritor uruguayo, fue el célebre gol de Diego a los ingleses. Alba hoy es entrenador de fútbol. "Pide prestados los ojos de sus amigos", escribió Galeano en Los hijos de los días, su última obra. El fútbol tiene fuerte presencia en esta Feria del Libro.

El abogado Gustavo Abreu presentó su formidable El fútbol y su ordenamiento jurídico (Marcial Pons). Sudamericana armó una mesa con diversos autores (Román Iucht, Gustavo Grabia, Andrés Burgo, Alejandro Wall y Juan Sasturain). Dunken presentó La caída de River , de Gastón Corti. Capital Intelectual, el último trabajo de Alejandro Fabbri ( El nacimiento de una pasión continental ). Hubo también una mesa sobre Mitos y leyendas del fútbol uruguayo, con los autores Luis Prats y Ana Laura Lisardy. En el stand de Corregidor lucen una biografía de Osvaldo Zubeldía (de Nicolás Morente), un libro del Racing de Pizzuti (de Natalio Arbiser) y un gran trabajo de Julio Macías sobre todos los jugadores que pasaron por la selección argentina. Siglo XXI tiene, entre otros, Historia social del fútbol (Julio Frydenberg), y Aguilar, el Todo pasa , sobre Julio Grondona (Hernán Castillo). La Feria, que incluyó una charla de Jorge Valdano, presenta hoy Héroes igual (Marcelo Gantman) y Leyendas del rugby (Daniel Dionisi). Y mañana Mary Terán de Weiss (Roberto Andersen), una biografía de la ex tenista despreciada tras el golpe del 55 e ignorada aún hoy cuando se omite que el Estadio de Parque Roca lleva su nombre. En paralelo, la fabulosa Ediciones Al Arco lanzó su enésimo libro (Aventuras en las pistas , de Luis Vinker); Beto Rodríguez, el gran atleta en silla de ruedas, presentó el jueves en Escobar Sueños sin barreras ; Sebastián Etcheverry escribió Fútbol siempre juego ; Marcelo Roffé presenta el viernes 11 un nuevo libro sobre sicología y deporte, y librofutbol.com, oportuno, ofrece, entre otros, Mourinho, los secretos de su éxito y Senda de Campeones. De La Masía al Camp Nou , de Martí Perarnau. El deporte, está claro, tiene quien le escriba.

García Márquez, tardío homenaje en esta columna (en marzo cumplió 85 años), no amaba inicialmente el fútbol. Una paradoja para el popular autor cuya obra, dicen los críticos, rompió en Colombia un cierto elitismo literario que dominaba desde Bogotá. El día de su cumpleaños número 23, 6 de marzo de 1950, Gabo escribió "De la santa ignorancia deportiva", la primera de las siete columnas sobre fútbol que publicó en El Heraldo. "Con esta santa ignorancia de que me vanaglorio en materia de fútbol?", iniciaba el artículo. García Márquez se sorprendía del hecho de que "once caballeros vestidos de niños se empeñen en demostrarles a otros once, igualmente vestidos, que con las extremidades inferiores puede hacerse en determinadas circunstancias, mucho más de lo que habitualmente se hace con la cabeza". Gabo se declaraba "incapaz" de "descubrir el misterioso secreto del entusiasmo" de los hinchas. Pero Heleno lo llevó a la cancha. En "Abril de verdad" (1° de abril de 1950) se pregunta si el brasileño "está en capacidad de traducir al castellano toda la destreza con que juega en portugués". En "El doctor De Freitas" (18 de abril de 1950) admite que Heleno, tras su primer mes en el Junior, demostró que "debe ser un buen abogado" porque "redactó, con los pies, memoriales y sentencias judiciales, no sólo en portugués y español alternativamente, sino con citas de Justiniano, en purísimo latín antiguo". En "El juramento" (5 de junio de 1950), su artículo sobre fútbol más difundido, acepta haber perdido "el sentido del ridículo" al celebrar el triunfo del Junior de Heleno ante el Millonarios de Di Stéfano. El premio Nobel de Literatura 1982 dice haber ingresado, por fin, "a la santa hermandad de los hinchas".

En "El fútbol de las grandes potencias" (13 de diciembre de 1950), Gabo cree que "si los hombres de hoy tuvieran un sentido menos trágico y almidonado de la vida" Oriente y Occidente podrían dirimir sus diferencias con un partido de fútbol, con Stalin de centrodelantero de un lado y Truman del otro. Las dos últimas columnas fueron otra vez para Heleno. En "La nota anual" (24 de mayo de 1951), García Márquez recuerda que, a un año de su primera ida a la cancha, el Junior, al que desde esa tarde veía jugar cada 15 días, se empeñaba en decepcionarlo. "Más que fanatismo", escribe, lo suyo ya era "terquedad". Y pide la vuelta de Heleno, para tener al menos un "culpable oficial" de las derrotas. Finalmente, en "Heleno por punta y punta" (21 de junio de 1951) escribe sobre la vuelta del brasileño, pero habla de un Heleno más gordo, más "payaso" que "genio". "Hay que leer estas columnas en el orden cronológico, son un bello manifiesto de cómo un hombre que, para el caso, es el más grande escritor que tenemos, se hace hincha de fútbol". Me lo dice el colega colombiano Jairo Patiño, amplio conocedor de la obra de García Márquez. Gabo, se lamenta Patiño, no dejó "herencia" en el periodismo deportivo de su país. Peor aún, me agrega con ironía el colega Juan Fernando Rodríguez: "En Colombia, el país de Latinoamérica con más consumo de radio, García Márquez, una condensación de ambos mundos, una transposición de lo oral a lo escrito, no tiene quien lo lea".

Gabo, que hace unos años contó a la revista El Gráfico su amor por el fútbol, parecía aceptar que, a veces, a fin de "reforzar el efecto literario", el periodista tenía licenciapara "pintar una lágrima en los ojos de una viejecita triste", aunque ella no llorara. Lo cuenta Artur Domoslawski en su biografía sobre Richard Kapuscinski, un mítico periodista polaco que en algunos de sus textos también buscó "intensificar la realidad". Kapuscinski cambió de lugar algunos árboles, pero siempre supo describir el bosque. Escuchaba a los excluidos, no sólo al poder. Los periodistas que intentan hacer literatura con el fútbol saben que la gente jamás puede quedarse fuera de su relato. Tampoco la pelota. Y mucho menos si ese balón, como sucedió en el último partido oficial de la selección argentina -triunfo 2-1 ante Colombia, el 15 de noviembre pasado en Barranquilla- lleva el nombre de Macondo..

1 de mayo de 2012

MEMORABILIA GGM 577
EL TIEMPO
Bogotá - Colombia
29 de abril de 2012

Editorial:

Gabo en el metro

Exposición de poemas de Gabriel García Márquez en el metro de Moscú será una manera de homenajear al autor latinoamericano que más leen en Rusia


Gabriel García Márquez visitó Moscú por primera vez en julio de 1957. Llegó en tren con algunos amigos, invitado al VI Congreso Mundial de la Juventud. Para desembarcar allí tuvo antes que hacer un largo viaje y atravesar buena parte de ese país "de 22'400.000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de Coca-Cola", según comentó en una de sus crónicas. Su impresión de Moscú fue poco favorable. Dejó constancia de que "no está hecha a la medida humana" y agregó que "es agotadora, apabullante, sin árboles".

Entre las cosas que más le impresionaron se hallaban las avenidas, anchas, largas, despobladas. Y el metro, sumidero de millones de personas que "no se apresuran ni atropellan y parecen tomarse todo su tiempo para vivir". Escribió que era "la misma multitud bobalicona, buenota y saludable de las aldeas, pero aumentada en forma colosal". Una noche, García Márquez perdió el último metro, lejos de su hotel, y pasó la noche entre borrachos y policías.

Han transcurrido 55 años y casi todo ha cambiado en la antigua Unión Soviética y su capital. También en García Márquez. El entonces reportero de 30 años, bohemio y pobretón, escribió en ese lapso varias de las obras literarias más importantes del siglo XX -se lo compara con Cervantes- y fue laureado con el Premio Nobel.

A partir de esta semana, el tren moscovita y el autor de Cien años de soledad vuelven a encontrarse. No es una presencia física sino cultural. La organización del metro se ha asociado con la embajada de Colombia en Rusia para rendir homenaje a Gabo en sus 85 años, y ha destinado un convoy de ocho vagones a una exposición en ruso de la obra del escritor cataqueño. Es, además, la más extensa muestra de la poesía que escribió en su juventud GGM -escasa y casi secreta-, bajo la pertinaz influencia del movimiento piedracielista. La muestra de Gabo sobre rieles durará seis meses y la verán 40 millones de pasajeros. Será una manera de homenajear al autor latinoamericano que más leen en Rusia.

El puñado de poemas permitirá que García Márquez se incorpore al programa de 'Poesía en el metro'. Con los versos van también citas de sus novelas y cuentos; ojalá incluyeran apartes de sus crónicas, para así desplegar en el metro la opinión que dejó sobre el Moscú de 1957: "la aldea más grande del mundo".



 Gregory Arosev, traductor de los textos del metro de Moscú  


Fotografías de la inauguración de la exposición de Moscú. Presentación del Grupo Grenada.





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El Siglo de Durango
Durango - México
30 de abril de 2012

Gana en Málaga
adaptación de obra de Gabo

Por: Notimex / Málaga.(España)

Memoria de mis putas tristes, una coproducción mexicana,
se llevó el premio especial del jurado joven.

La coproducción mexicana Memoria de mis putas tristes, una adaptación de la novela homónima del escritor colombiano Gabriel García Márquez, dirigida por el danés Henning Carlsen, se alzó en el décimo quinto Festival de Cine de Málaga con el premio Especial del Jurado Joven.

El reconocimiento se entregó durante una ceremonia celebrada en el Teatro Cervantes, sede del evento, donde se distinguió a la producción cinematográfica filmada en Campeche y que fue proyectada en el festival que se consolida como uno de los más importantes de Europa.

Lenguaje poético

Entre algunos de los comentarios que honró a dicho filme, estuvo el de Melanie Martínez, quien presidió el Jurado Joven y dijo que las imágenes del fotógrafo Alejandro Martínez Solares, dotaba a la adaptación de la obra de García Márquez lenguaje poético, propio del realismo mágico.

Las obras en competencia se caracterizaron por el sentido social de los temas, y la mirada extranjera apuntó hacia África, donde las obras 'Kanimambo' una trilogía de historias, de Abdelalif Hwidar, Carla Subirana y Adán Alaga, fue distinguida con una mención especial.
otros premios

[...]

27 de abril de 2012

MEMORABILIA GGM 576

MEMORABILIA GGM
Cali - Colombia
27 de abril de 2012 

Gabo en el Metro de Moscú

Publicamos información adicional sobre el homenaje q ue los moscovitas estan haciendo a Gabriel García Márquez.

En el enlace de abajo puede verse el video del tren subterráneo de Moscú, con el homenaje al Nobel.


La tarjeta de ingreso al metro se ve de la siguiente manera.


Los banners que adornan los vagones del metro, con pescaditos de oro como los que fundía el coronel Aureliano Buendía,  son asi: 



Los vagones del tren de la linea “Celeste”, estan identificados de esta menera:





26 de abril de 2012

MEMORABILIA GGM 575

Qué!
Madrid - España
26 de abril de 2012

García Márquez tiene un tren
para pasear su obra
en el metro de Moscú

Gabriel García Márquez se hizo hoy con un tren
 del metro de Moscú que paseará su obra literaria
 para el deleite de sus millones de usuarios,
considerados entre los pasajeros más lectores del mundo.

Moscú, EFE 25 de abril de 2012

Por Bernardo Suárez Indart


Vista general de un tren temático dedicado al colombiano Gabriel García Márquez que fue inaugurado en el metro de Moscú (Rusia),
hoy, 25 de abril de 2012, para homenajear al autor de 'Cien años de soledad', que el pasado mes de marzo cumplió 85 años.

Vista de un vagon del Metro de Moscú con la poesia de GGM en lengua rusa.

"Quién hubiera podido imaginar que las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia y la alquimia literaria de García Márquez se convirtieran en protagonistas cotidianos, en interlocutores para los miles de moscovitas (...) que se desplazan a sus destinos en los vagones del metro de Moscú", dijo Amador en su discurso.

La iniciativa es un homenaje al escritor colombiano que el pasado marzo cumplió 85 años y que en 2012 celebra los 45 años de Cien años de soledad, 30 años de su Premio Nobel y diez de sus memorias Vivir para contarla.

El convoy con la exposición "Prosa y poesía de García Márquez" circulará por los túneles del metro moscovita durante seis meses, periodo en el que se calcula que sus vagones transportarán unos 40 millones de pasajeros.

El metro de Moscú emitió un tirada de medio millón de boletos diseñados especialmente para informar a sus pasajeros del lanzamiento del tren de García Márquez.
 Tarjeta de ingreso al metro de Moscú

En la ceremonia, Yermolenko recordó que no es la primera vez que el metro de Moscú presenta a sus usuarios obras y autores extranjeros y que el proyecto "Poesía en el metro" nació en 2010 con los poetas chilenos Vicente García Huidobro, Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Nicanor Parra.

El año pasado, el tren de la poesía albergó una exposición dedicada a ocho poetas italianos.

En un comienzo, la idea de organizar una exposición de García Márquez en el marco de "Poesía en el metro" chocó con el inconveniente de que su obra poética es prácticamente desconocida.

"Me dijeron que era sólo y exclusivamente para poetas. Comencé a investigar y localicé en unos viejísimos archivos de 1945, en el periódico del colegio, ocho poesías", dijo a Efe el embajador colombiano.
 

La ceremonia de inauguración del tren de García Márquez, amenizada con ritmos de salsa, fue presida por el subdirector del metro de Moscú, Ígor Yermolenko, (derecha) y el embajador de Colombia y promotor del proyecto, Rafael Amador.

Agregó que volvió a presentar el proyecto, que fue aprobado por el metro de Moscú. "Por eso estamos aquí celebrando este evento que une a Rusia y Colombia", destacó.

"Nos pareció un idea muy buena presentarle a nuestros pasajeros al García Márquez poeta y traducir especialmente para esta ocasión fragmentos de varias de sus obras", dijo a Efe la responsable del programa "Tren de la poesía" del metro moscovita Oxana Ustínova.

El pasado 6 de marzo, el mismo día en que cumplió 85 años, García Marqués, fue condecorado por el presidente ruso, Dmitri Medvédev, con la Orden de Honor por su contribución al fortalecimiento de la amistad entre los pueblos de Rusia y América Latina.

A pesar de ser el escritor latinoamericano más leído por los rusos, hasta finales de 2010, cuando la editorial moscovita AST compró los derechos para la publicación de sus obras, éstas se editaban en Rusia de forma ilegal.

Según anunció en su momento AST, las negociaciones para adquirir los derechos de publicación de las obras de uno de los máximos exponentes del realismo mágico duraron cerca de diez años, ya que García Márquez consideraba que el mercado ruso estaba plagado de ediciones piratas.



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De la selección recibida de Mario Ramírez con los agradecimientos de
MEMORABILIA GGM     

Cultura

El realismo mágico y la poesía
de Gabriel García Márquez
viajan en el metro de Moscú


Por RT / Henry Pinto
Publicado: 25 abr 2012 | 13:45 MSK

Descripción: El realismo mágico y la poesía de Gabriel García Márquez viajan en el Metro de Moscú

 “Si alguien llama a su puerta, amiga mía, y algo en tu sangre late y no reposa y en su tallo de agua, temblorosa, la fuente es una líquida armonía”, con estos versos de Gabriel García Márquez no sólo comienza el poema Si alguien llama a tu puerta, sino también el viaje del proyecto literario en homenaje al Nobel colombiano en la capital rusa. Enmarcado en la iniciativa ‘Poesía en el Metro’, la Embajada de Colombia en Rusia y el Metro de Moscú suscribieron un convenio para difundir la obra del máximo exponente del realismo mágico.
 
El viaje de Gabo en el suburbano moscovita comenzaba este mediodía y durante 6 meses millones de viajeros podrán seguir conectados a la literatura mientras viajan en los 8 vagones del convoy especialmente decorado para conmemorar el Año de Gabriel García Márquez en Rusia 2012, en el que el autor de Cien Años de soledad cumple 85 años. Esta ruta literaria se puede apreciar en la línea Filevskaya (línea 4, también conocida como la celeste) del Metro de la capital. Además se han emitido medio millón de tiquetes de metro conmemorativos y diseñados especialmente para esta ocasión.

Una veintena de poemas, fragmentos de las obras más célebres y datos biográficos del escritor colombiano deleitaran a los viajeros.

“Hemos elegido esta línea para el Tren de la Poesía dado que es una de las más concurridas por la juventud moscovita, para inculcarles además de la literatura, la cultura de otros países” comenta Oksana Ustínova, funcionaria del Metro de Moscú y una de las impulsoras del proyecto.

Además del citado poema, en los vagones se pueden encontrar otros como La muerte de la rosa, Elegía a la Marisela, Soneto matinal a una colegiala ingrávida, Espiga, Tercera presencia del amor, Canción; además de fragmentos de Cien Años de Soledad, El amor en los tiempos del cólera o Vivir para contarla.

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Gabo y Moscú


Por Rodrigo Vega .- MOSCU
Henry A. Pinto

El embajador de Colombia en Rusia, en uno de los vagones del metro de Moscú,
acompañado de las moscovitas que alegraron el acto de inauguración de la exposición.

El proyecto se puso en marcha hace meses en Colombia, cuando Rafael Amador fue designado como Embajador de Colombia en Rusia. “Lo primero que quería hacer era desarrollar un proyecto cultural y en el primero que pensé fue en García Márquez y en llevarlo al Metro. Hice esa propuesta al Metropolitano, pero ellos tenían el Tren de la Poesía, y claro todos piensan en Gabo como novelista”. A pesar del aparente revés, el diplomático colombiano no se dio por vencido: “Me sentí frustrado, pero me puse a investigar y había varios poemas de García Márquez, quién comenzó a publicar versos a los 17 años en diferentes revistas como la Gaceta Literaria del Liceo Nacional de Zipaquirá y así pudimos poner 8 poemas que están en el Metro, junto al resto de imágenes alusivas a sus personajes y otros fragmentos” comenta Amador.

Durante el acto de inauguración del convoy, se recordó el cariño y la vinculación que tiene el Nobel colombiano con Rusia y en especial con Moscú, donde estuvo en 1958 como periodista, siendo corresponsal de un rotativo colombiano. “Gabo nunca pudo imaginar que en el metro que viajó, más de medio siglo después, sus poemas y fragmentos de sus obras célebres compartirían la soledad y el viaje de los moscovitas” comentó emocionado el embajador ante los presentes.

Durante el emotivo acto Rafael Amador aseguró que es la mejor campaña de promoción que ha realizado Colombia nunca en la Federación de Rusia. “Queremos con este proyecto sirva para potenciar el conocimiento y aprecio mutuo”, sostiene el diplomático, quien agradeció el trabajo en equipo –en el que participaron distintos profesionales de Colombia y Rusia- realizado entre la Embajada y el Metropolitano de Moscú, un ejemplo del objetivo final de proyecto: Que Colombia y Rusia trabajen y cooperen juntos.

El vice gerente del Metropolitano de Moscú, mostró su satisfacción por la acogida entre los moscovitas del proyecto Tren de la Poesía, que en el año 2010 estuvo dedicado a los poetas chilenos –en especial a Pablo Neruda- y el 2011 a los poetas italianos, como Petrarca y Dante Alighieri.

Buena salud del español en Rusia

Para los embajadores de los países latinoamericanos que estuvieron presentes en el evento, Gabo es un escritor internacional, que ha dejado una gran huella en todo el mundo, en especial en su Colombia natal, Cuba, México, España y en la propia Rusia y con este acto también se promociona el español, idioma que goza de una gran aceptación y cariño entre los rusos, muestra de ello es que cada año se incrementa el número de estudiantes de esta lengua.

Desde la sala de control del convoy, el embajador Amador, emulando a Yuri Gagarin, con su célebre “Venga vámonos” dio la bienvenida a los primeros viajeros, quienes a ritmo de cumbia realizaron el primer trayecto, detallando los diferentes pasajes y personajes de las obras del genio de Aracataca, afanándose en leer sus poemas y fragmentos.

“Queremos con este proyecto impulsar lo que nosotros denominamos la diplomacia cultural, queremos que los rusos nos conozcan mejor, cómo pensamos y sentimos y que esto sirva para un aprecio mutuo”, apreciando las imágenes de la Galería que se ofrece con este artículo, el objetivo perseguido por el diplomático colombiano parece conseguido.

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Al mismo tiempo de la exposición en el Metro, en la Biblioteca de Lenguas Extranjeras de Moscú se exhibe una exposición con fotografías y libros de traducciones de las obras del Nobel colombiano. 

 Biblioteca de Lenguas extranjeras de Moscú


 Flores para adornar la expo de Gabo en Moscú

Discurso del señor embajador de Colombia en Rusia 
inaugura la expo de García Márquez en   
la Biblioteca de Lenguas Extranjeras