10 de enero de 2020

MEMORABILIA GGM 903

Gaceta de Colcultura

Bogotá – Colombia
N° 22
Junio de 1994

LA EDAD DE LAS PALABRAS
ENTREVISTA A GABRIEL GARCIA MARQUEZ

Por Mateo Cardona Vallejo y Miguel Angel Flórez Góngora

Todos los cartageneros son amigos de García Márquez. Más que eso, son los celosos protectores de su tranquilidad. Y a veces, cuando aparecen esas molestas ladillas –los inevitables periodistas– a montarle asedio, no hay ninguno que no esté dispuesto a prestarle una ayuda desinteresada: así, si el reportero de turno se atiene a la información recibida de boca de alguno de ellos, bien puede terminar siguiendo la procesión de la Virgen de Chiquinquirá –de veraneo por el cerro de La Popa–, desayunando en La Boquilla o interrogando los dibujos del salitre en lo profundo de las mazmorras de la fortaleza de San Felipe, a kilómetros de distancia del escritor, a quien los cartageneros han dotado finalmente de los mágicos dones de la presencia ubicua y la invisibilidad.

Y es que para encontrar a García Márquez de nada sirven los recursos usuales de la paciencia y el sentido común. Hace falta, en cambio, retroceder al juego de escondidas de la infancia, y entregarse a él con el dulce abandono de sí que exige todo verdadero juego. Una vez depuesta toda esperanza, no es raro verlo aparecer de pronto, sonriente y vestido de blanco, como una especie de duende burlón, preguntando qué pasó con la entrevista. En una habitación del hotel que sirve de sede al Festival de Cine nos sentamos al cabo, resueltos a sacarle al mago sus secretos.

La huella de Nostradamus

En Cien años de soledad se alude reiteradamente al arte de la alquimia. ¿Cuál ha sido su relación con esta tradición?
La poesía es alquimia pura, de manera que mi relación con la alquimia viene desde mi interés por la poesía. En el caso de Cien años de soledad, me interesaba entrar a la novela con una ciencia, la Opera Magna, que trataba de encontrar la piedra filosofal, el medio para convertir en oro todos los metales, la literatura pura; pero ante todo lo que decían los alquimistas: que la finalidad última de la alquimia era la transformación de su propia alma. Entonces, de paso establecía de una vez el ambiente, todas las posibilidades y, sobre todo, la libertad con que el libro iba a ser hecho. Al principio pensé simplemente en la alquimia como una cita en la novela; luego me di cuenta que para hablar de ella tenía que ir estudiando, y me entusiasmó hasta el punto que me costó muchísimo trabajo salir de la etapa de Melquíades.

¿Su interés por la tradición hermética obedece a una vocación por lo oculto?
Lo único que le reprocho a la pregunta es la palabra "oculto", porque no veo eso como ciencias ocultas. Creo que todo eso es verdad, que todo es posible y que así debe ser; es el racionalismo el que ha acabado con todo. Esto lo he discutido mucho con los europeos, y les he dicho que su mundo es igual al nuestro, que allí suceden cosas tan maravillosas como acá, sólo que ellos pueden estarlas viendo y no las creen, porque les han enseñado qué se puede creer y qué no. Nosotros estamos abiertos a todo; para nosotros la realidad es todo. Voy a dar un ejemplo: estaba trabajando en un taller –yo hago talleres sobre cómo se cuenta un cuento, y la primera condición que pongo es "no tengan límite de ninguna clase, ni les dé pena; digan lo que se les ocurra; después veremos si lo criticamos o lo evaluamos, pero suéltense…"– y, casualmente, ese día llevamos unos tés con galletitas. Una galletita se me cayó de la boca, y me acorde que cuando yo estaba chiquito me decía mi mamá: "Mijo, cuando a ti se te caiga el pan de la boca, acuérdate que tu mamá tiene hambre". Sin saber que era me dio mucha risa y cogí inmediatamente el teléfono y llamé a Cartagena a contarle el cuento a m mamá. Me contesto mi hermana Margarita y le pregunté si mi mamá estaba ahí. "–No está aquí, porque hoy es el día de su cumpleaños. Llegaron Jaime y Enrique de Santa Marta, y la comida se estaba demorando y ellos tenían mucha hambre. Y se la llevaron a un restaurante". Les conté esto a los muchachos del taller y creyeron que me lo había inventado.

¿Eso podría sugerir que en alguna de sus obras ha podido anticiparse a los hechos reales?
En mil novecientos sesenta y dos publiqué Los funerales de la Mamá Grande, cuento en el que el Papa venía a Colombia. Después, cuando Pablo VI vino a Colombia, dijeron que yo me había anticipado... Lo que pasa es que era perfectamente factible que el Papa viniera a Colombia, sólo que en esa época los Papas no viajaban, y parecía imposible que se metiera por los caños de La Mojana. Porque, además, en el momento en que a un escritor se le ocurre que el Papa puede venir, de ahí en adelante ya puede hacer lo que le dé la gana con el Papa. Entonces, así me han ido sucediendo muchas cosas. La más preocupante de todas para mí es que en Cien años de soledad yo digo que Alvaro Cepeda "compró un pasaje eterno en un tren que nunca acababa de viajar". Alvaro estaba en Nueva York cuando, en Barranquilla, nosotros empezábamos a escribir, y nos enviaba postales donde nos hablaba de "la hierba azul de Kentucky", y todas esas citas que yo hago en esa frase eran la pura realidad. Yo me di cuenta que Alvaro se iba a morir: el problema es que si no se hubiera muerto, nadie lo habría pensado.


¿A qué peligros lo ha expuesto este tipo de sabiduría?
Todos los intérpretes de Nostradamus y de cuantos han hecho predicciones saben que toda profecía es cifrada, para que no se derrote a sí misma. No sé si es verdad o es mentira; yo escribo lo que creo, pero me da mucho miedo cuando estoy escribiendo y descubro una cosa que puede ser interpretada en determinado sentido en relación conmigo, con mi familia o con mis amigos, y la cambio.

¿Lo fantástico en su producción literaria es resultado del ejercicio total de la imaginación o de experiencias visionarias?
Yo creo que es un mayor cuidado en la observación de la realidad, una cosa puramente profesional. Dentro de mi vocación y aptitudes está la manía de la observación, de observar con más atención la realidad que lo circunda a uno, de modo que ve cosas que los otros no ven, pero que verían también si tuvieran el mismo interés, porque ellas están allí.

¿Dentro de su imaginación creadora, es más determinante la tradición hispano-católica o las formas sincréticas del misticismo caribe?
No hay duda que es caribe, Yo soy bastante espontáneo en ese aspecto, y no trato de intelectualizar en absoluto sino que me dejo a ver dónde me llevan las corrientes culturales que me atraviesan. Estoy del todo convencido, inclusive por el análisis de mis propios libros, que la mayor formación mía es el sincretismo del Caribe.
A mí me ha sucedido una cosa muy curiosa. Uno habla mucho de lo blanco, de lo español y de lo indio, a pesar de que en el Caribe dejaron muy pocos indígenas. Yo viví esto muy de cerca, por la Guajira: la casa de Aracataca estaba llena de guajiros –de indios guajiros, no de habitantes del departamento de la Guajira–. Eran gente distinta, que aportaba un pensamiento y una cultura a esa casa, que era de españoles, y que los mayores no apreciaban ni creían. Pero yo vivía más a nivel de los indios, y ellos me contaban historias y me metían supersticiones, ideas que yo notaba que no tenía la abuela –porque ella tenía otras, pero eran completamente católicas, muy ligadas a ese culto católico de la muerte, porque es una religión que está hecha para no ser feliz sino en la muerte, y no hay que preocuparse de cuándo se arregla esto–.
A pesar de todo, nunca tomé en cuenta el elemento negro. Además, en el Magdalena se veía menos que aquí en Cartagena. Ya a principios del setenta fui a Angola, y descubrí que estaba en mi casa de Aracataca. La conmoción cultural que tuve fue primero muy fuerte, y enseguida me paró las orejas y todos los sentidos: allí estaba el pilón, la mano del pilón, las totumas, el ñame, la yuca, pero unas matas de yuca tan grandes –aquí las cortan cuando llegan a cierta altura, y yo no sabía que pudieran crecer tanto– que metían los tanques de guerra y los camiones a su sombra, y eso sí era para mí el colmo de la fantasía, no encontrarme con matas de yuca sino con árboles de yuca, y entonces me di cuenta hasta qué punto tenía yo un ingrediente negro en mi cultura, del cual no había sido consciente. Y además está la música: esas vainas que hay en Cartagena, donde siempre está sonando un tamborcito... Uno se despierta por la madrugada y le pregunta a alguien de dónde proviene el sonido, y si sabe te explica y, si no, sales, lo vas buscando, y resulta que unos se quedaron trasnochados en La Boquilla... Pero ese tamborcito está en todo el Caribe; lo he oído en la Martinica, en la Guadalupe, en las inglesas, en las francesas, en las holandesas, en las españolas, en todas las islas del Caribe tú despiertas y suena un tamborcito.

En términos místicos, ¿se considera a sí mismo un mago, un aprendiz de mago o un iniciado? Soy un ser humano hecho y derecho, y es lo único que he querido ser en este mundo.

El poder de la poesía

El mito de Orfeo prescribe el descuartizamiento final del poeta. ¿Cómo cree usted que la sociedad occidental castiga hoy al artista?
No, yo creo que cuando menos ha sido castigado el artista en toda la historia de la humanidad es hoy. Antes tenían el terror de que cambiáramos la vida, la sociedad; ya no nos toman tan en serio...

¿Cree que la literatura puede ser más eficaz en la tarea de consolar a los hombres que la filosofía?
Creo que la literatura es el mejor instrumento, el ungüento mágico para hacer pasar todo. Cuando digo literatura pienso también en el cine y la televisión como una extensión creativa...

¿Qué es lo que sólo puede decirse a través de la literatura?
Más específicamente a través de la poesía... La poesía es un arte que informa sobre todo. La fuerza de la poesía es su capacidad de comunicarlo todo. Como pertenezco a la comisión de Ciencia, Cultura y Educación, he tenido que investigar cómo se podría realizar la educación informal de las artes y las letras –porque evidentemente no es en los colegios, del modo en que se están enseñando la aritmética, la química, la física y las demás ciencias, como se lograría esto–, y en el camino de mi investigación he llegado a darme cuenta que en la formación artística la familia es lo determinante. Me encontré con una señora, que era como el caso extremo, que quería que su hija fuera pintora. Y ella estaba tan preocupada por esto que una tarde salió, vio el sol y le dijo a la amiga que la acompañaba: "Caray, mira el atardecer que le hizo a la niña". No se daba cuenta de la cantidad de poesía que le metió a esa frase. ¡Qué bello atardecer!

¿Escribir es realmente ser otro?
Entiendo que se diga, o que se piense, porque yo creo en la inspiración. No en la forma en que lo decían los románticos, que era como una especie de soplo divino. Tal vez sería un poco más materialista en el sentido de que uno tiene un tema y empieza a atizarlo, y llega un momento en que hay tal identificación entre uno y el tema, que es casi un milagro que estalla y empieza uno a flotar y a escribir como si alguien le estuviera soplando por dentro. Ese dominio de la narración a veces no se logra, y lo mejor es no escribir a la fuerza. Pero a ese punto se llega, y ése es el verdadero momento de felicidad... Es un orgasmo, que es lo que uno busca todos los días cuando se sienta a trabajar. Llegado a ese punto, entonces, claro, uno se siente otro, pero no es otro, es uno mismo.

Desde sus primeras obras usted ha insistido en la urgencia de reescribir la historia. ¿Piensa hoy que la historia humana tenga algún sentido que no sea literario?
En el caso concreto de Colombia, yo traigo el tema de que hay que reescribir y reinterpretar la historia. Nosotros no sabemos en qué país vivimos. Nosotros vivimos en un país que nos definieron probablemente a fines del siglo pasado o principios de éste, –los letrados; nos enseñaron que Colombia era de un modo, nos acostumbramos a creer que así mismo era, y de pronto nos damos cuenta que estamos viviendo en un país -tratando de gobernarlo, de arreglarlo o de acabarlo– sin saber qué país es.
Hay que reescribir la historia. Ustedes se dan cuenta que lo que enseñan en las escuelas no es la historia del país sino la historia de las administraciones. Y si queremos encontrarla, probablemente la verdadera historia ha ido quedando a pedazos en la literatura. Los mismos costumbristas, normalmente tenidos por menores, dejaron una imagen de la vida de su tiempo que no está en la historia. Cordovez Moure dice más del Santafé de su época que todos los historiadores juntos. Y yo, sin darme cuenta, he caído en la trampa de tratar de interpretar lo que yo creo es la historia a través de la literatura; y ése, en cierto modo, es el valor de Cien años de soledad: es una metáfora de la historia de este país, para no tener que meterla en los moldes de la cronología y los sistemas de pensamiento. Se identifica más este país en una obra de ésas que en un trabajo de historia académica. La trampa consiste en esto: después me meto en El amor en los tiempos del cólera, que está ubicada en una Cartagena entre finales del siglo pasado y principios de éste. Luego me pregunto: ¿qué habrá más atrás? , y acabo de escribir una novela, Del amor y otros demonios, que sucede en el siglo XVIII, con una ventaja sobre los historiadores: que hay elementos que no son del siglo XVIII sino del siglo XVII, sin especificarlo. Si yo digo que este es el siglo XVIII, inmediatamente aparecen los académicos diciendo: éste no es el siglo XVIII sino el XVII. No, yo no digo qué siglo es; trato de presentar un mundo del pasado que yo, por razones de pura carpintería, he decidido que es 1750, por ejemplo, para poder tener un punto de referencia.

El oficio de inventar la vida

En Del amor y otros demonios usted basó su investigación en la exploración léxica del momento histórico, ¿Cómo concilió esta exigencia con las expectativas del lector moderno?
El único límite que tuve fue el lenguaje, porque a mí me habría gustado que la historia ocurriera en el siglo XVII, pero en ese siglo el idioma que se hablaba aquí todavía era demasiado español, sobre todo en las formas de trato: el vos, el vosotros; y me encontraba que mis personajes empezaban a hablar de ese modo y yo no creía en ellos, los veía como de cartón-piedra o de plástico, y así no me servían... Entonces empecé a hacer una investigación del lenguaje a ver cuándo cambiaban esas formas de trato. Comenzaban a cambiar ya a mediados del siglo XVIII. Los diálogos los he escrito como hoy, con un cierto tono del siglo XVIII, pero sin usar las formas del trato de esa época. Hablando de anacronismos, sólo he tenido cuidado de no usar palabras que no existieran en ese momento. Es el problema de la edad de las palabras. Digo "problema" por facilidad, porque en realidad no es un problema sino un gusto, un placer. Es una parte del trabajo empezar a descubrir eso. A última hora se me iba la palabra "inmunizar", que no existía. Tengo la impresión de que muchos escritores y mucha gente que comienza a escribir no son conscientes del trabajo que implica hacerlo seriamente. A mí me ha tomado por lo menos un año buscar todos los datos y la información para mi último libro. Tengo un obispo que de pronto dice, "Mujeres, las había a manta". "A manta" significa exactamente la cosecha que se deja tirada en grandes cantidades. Alguien me dijo que esa forma de hablar, que ese giro era ya del siglo XIX. Iba a dejarlo así, pero me fui a buscar la edad de la palabra. No sólo sí existía en el XVII, sino que se decía más todavía: "a manta de Dios". Pues claro: gané, y di un salto. Entonces, siempre hay que seguir esa preocupación, porque a lo mejor te mejora. Es un trabajo de orfebrería, complementado por el trabajo adicional de que no se note el esfuerzo que costó. No hay un mejor oficio que el de inventar la vida como a uno se le da la gana.

Su obra ha contribuido a formar un nuevo tipo de lector y de crítico en el mundo hispánico actual ¿Cuál es su balance de esta nueva crítica?
Me parece, realmente, que ellos ayudan a acentuar y a mejorar la comunicación entre el autor y el lector. Pero no hay que dejar que lo confundan a uno: porque ellos hacen una lectura intelectualista, y yo he logrado que me lean desde el más bajo nivel cultural y el mínimo alfabetismo. Yo lo he descubierto porque la gente me para y me habla. Toda esta preocupación porque una palabra sea del siglo XVIII, y no del XIX o del XVII, todo esto es por la conciencia moral que tiene uno de que su trabajo debe estar bien hecho, y no por el temor de que lo entiendan o no. Porque es claro que lo que está limpiamente escrito y contado para la gente es bien recibido: lo que la gente quiere es que le cuenten cosas de otra gente, identificarse con ellos en el sufrimiento y en la alegría. Es lo que he pretendido siempre, más allá de segundos significados. Los críticos son unos intelectuales que buscan relaciones estéticas y culturales que yo francamente no entiendo porque para mí es un misterio qué es lo que quieren.

¿No es el crítico un lector que responde?
El crítico es un lector que no cree que lo que se le dice es lo que se dice, sino que hay otra cosa que no está dicha. Y entonces trata de buscarla y hace que el relato sea lo que él cree que se dijo y no lo que se está diciendo. Esto puede parecer simplista, pero ésa es mi cultura, yo soy un autodidacta: a los autodidactas se nos va la vida tapando huecos, porque no tenemos una estructura cultural, mental, sistematizada. Pero estoy absolutamente convencido que es lo mejor para las artes.

¿Correspondió el despertar de su vocación literaria con el descubrimiento del erotismo en la pubertad?
Nunca he pensado en eso. Cuando descubrí el erotismo ya me sabía de memoria casi todo lo que valía la pena de los clásicos españoles. A los once, doce años, era un lector desaforado de poesía. Mucha de la poesía romántica colombiana, Julio Flórez, y sobre todo una gran cantidad de poetas populares que había y que ya nadie recuerda; porque en las casas se recitaba mucho: no había televisión, no había radio, y la música se transmitía de forma oral, igual que la poesía, pero menos. Vendían cancioneros, pero también vendían antologías en cuadernitos, y lo que leía dos, tres veces, me lo aprendía de memoria y todavía me lo sé. Después perdí esa facultad. No me acuerdo ya de lo que leí ayer... Pero ahora, recordando esa época, puedo decir que aprendí el erotismo después que la poesía.

El amor es el gran tema de su obra, ¿Es posible rescatarlo de la degradación a que lo somete el tiempo?
Yo no siento el amor en el tiempo. El amor no transcurre en esa dimensión.

William Burroughs sostiene que el amor es un engaño inventado por el sexo femenino, y que hombres y mujeres no se entenderán jamás porque sus intereses son opuestos. ¿Cree en esa fatalidad?
No, la dificultad para entenderse es que tienen sexos opuestos. Son sexos distintos; ¿puede imaginarse el inmenso misterio que significa ser de otro sexo? De todas maneras ha habido puntos de contacto, y la prueba está en la explosión demográfica que nos está ahogando. Una de las cosas que más me interesa a mí es la mujer, porque claro, yo he creído saber cómo son los hombres, pero se me ha ido la vida tratando de averiguar cómo son las mujeres. Y lo más misterioso que puede resultar es un ser de otro sexo, de otro género. Uno cree conocer muchísimo a una mujer; un día abres una gavetita por equivocación, porque uno no sabe a qué se debe pero las mujeres tienen unos estancos donde uno no penetra, y buscando algo te encuentras con una tijeritas, con un cuadernito y con un mundo totalmente insondable, que a mí me enternece mucho.

Cuando usted escribía Cien años de soledad en México, dijo que en cierto modo sentía que estaba inventando la literatura, ¿Indica ello que el libro que creaba desbordaba su propio conocimiento literario en aquel momento?
Verdaderamente, el origen de Cien años de soledad es que yo sentía que ni los libros que leía, ni los libros que había escrito antes –que eran cinco– no se atrevían lo suficiente. Y me preguntaba: ¿Por qué a las Mil y una noches les creemos que las alfombras vuelan y que sale un genio de una botella, que fue para mí el descubrimiento más fantástico de la literatura; por qué esto se lo han creído, y a nosotros no nos creen si decimos que una estera vuela, si una estera es una alfombra de yute? Entonces dije: "Yo me voy a atrever", y me atreví porque veía que en la realidad de mi infancia todas esas cosas parecían normales. Hubo un momento en que empezaron a parecerme inverosímiles, cuando ya tuve una cierta formación racional. Lo que logré con Cien años de soledad fue atreverme, y cuando uno se atreve entonces se le amplía el universo creativo en una forma extraordinaria. Fue lo que sucedió.

Usted ha dicho que El otoño del Patriarca es una cantaleta. ¿Existe una relación concreta entre Su discurso y la tradición oral?
En mi caso sí. Mis puntos de partida siempre son como ése. Es algo que me quedó, que me viene dando vueltas. Ojalá la literatura pudiera ser una forma de la tradición oral. Yo no creo que mi gusto por el vallenato sea simplemente casual. Ahora hay vallenato comercializado y lo que se quiera, pero la creación dentro de la tradición oral ha existido siempre. Los cuenteros antioqueños son una cosa maravillosa.

¿Cuál es su aporte a la literatura utópica?
Yo no propongo mundos posibles. Trato de contar mundos inclusive imposibles, deseables o necesarios. Pero, ¿proponerlos?


Cartagena de Indias, 7 de marzo de 1994



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Quienes son las personas que hicieron esta entrevista a García Márquez:


* MATEO CARDONA VALLEJO Escritor colombiano, profesor de la Universidad Javeriana.

* MIGUEL ANGEL FLOREZ Periodista colombiano. En GACETA No. 18 publicó su entrevista al fotógrafo colombiano Leo Matiz.

Las ilustraciones de este número de GACETA son de FABIAN RENDON (1953), dibujante y grabador colombiano. Ha participado en exposiciones colectivas y expuesto individualmente en Colombia y en el extranjero (Washington, San Juan, Caracas, Ankara). Representó a Colombia en la X Bienal de Arte de Valparaíso. Ha realizado dos libros de grabados, con textos poéticos de Juan Manuel Roca, Del Lunario Circense y Cuaderno de mapas





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29 de diciembre de 2019

MEMORABILIA GGM 902




Confidencial
Managua – Nicaragua
1 de diciembre de 2019

Opinión

Gabo visto de derecho y de revés
En sus memorias aparecen nombres, personajes y
lugares que entran y salen de su largo caminar como escritor.

Por Guillermo Rothschuh
 “Cada lector suyo no solo leía un libro diferente si no
a un autor distinto. Es más aun si el libro era el mismo
cada uno de nosotros estaría leyendo otra novela”.
Julio Ortega.

I. Gabo, Borges y Proust

El peruano Julio Ortega convocó a cuarenta y dos escritores a participar en un Taller de Leer e invitó a los lectores de Gaborio Artes de releer a Gabriel García Márquez (2003), a recorrer el gabinete de versiones ofrecidas y sumarse a la memoria colectiva que lo postula. El pretexto para su iniciativa fue la publicación de Vivir para contarla (2002), bajo el argumento que en sus libros hemos pulsado nuestra identidad de lectores. Las memorias de Gabo constituyen para Ortega “un verdadero taller de lectura: el sánscrito del origen, las cartas y telegramas del amor, el periodismo de la vida cotidiana recomienza en el cuarto iluminado donde siempre es lunes”. Es uno de los primeros en dictaminar que Gabo hizo de su vida una creación de sus novelas. En sus memorias aparecen nombres, personajes y lugares que entran y salen de su largo caminar como escritor.

Al verme la cara con tantos ensayistas y críticos literarios de variadas procedencias, primó el desconcierto. Temía que esa marejada de escritores terminara ahogándome en la diversidad de sus propuestas. La única posibilidad era hacerme un plan de lectura. Ortega puso ante mis ojos el hilo que me permitía meterme a la cueva sin temer a extraviarme. En el braceo desesperado fui descubriendo ciertas constantes, las coincidencias que algunos autores encontraron entre las memorias de García Márquez y el yo insistente de Jorge Luis Borges. Otros más acuciosos formularon cierto paralelismo entre Gabo y Marcel Proust. El hecho que varios escritores hayan coincidido en estas similitudes enaltece y ubican a Gabo como autor de primerísima importancia, como en verdad lo juzga la crítica contemporánea.

El narrador español Juan Francisco Ferré, se metió de cabeza para ofrecernos un ensayo prodigioso: Un viento utópico- Magias parciales y mitos fundacionales en Cien años de soledad. Para Ferré existe una innegable dimensión proustiana en la escritura temporal de Cien años de soledad, a la que convendría aplicar el juicio de Paul de Man sobre el sentido irreparable de la busca del tiempo perdido: “Proust es aquel escritor que sabe que la hora de la verdad, igual que la hora de la muerte, nunca llega a tiempo, puesto que lo que llamamos tiempo es precisamente la incapacidad de la verdad para coincidir consigo misma”. Su afirmación parte de considerar a Macondo como territorio mítico, geográficamente aislado y relativamente emancipado de las servidumbres de la lógica donde el tiempo gira sobre sí mismo en trayectorias irregulares, desprendido de la realidad circundante.

Sobre un eje similar se desplaza la venezolana Violeta Rojo, destaca que Vivir para contarla sigue un esquema proustiano. El olor y los sabores son elementos sustanciales en En busca del tiempo perdido. La cita que introduce para asentar el paralelismo con las memorias de Gabo es muy conocida: “Desde que probé la sopa tuve la sensación de que todo un mundo adormecido despertaba en mi memoria. Sabores que habían sido míos en la niñez y que había perdido desde que me fui del pueblo reaparecían intactos en cada cucharada y me apretaban el corazón”. El día que Luisa Santiago llegó a invitar a su hijo para que le acompañara a vender la casa en Aracataca, fue providencial. “… ese paseo de solo dos días iba a ser tan determinante para mí, que la más larga y diligente de las vidas no me alcanzaría para acabar de contarla”. El sustrato resulta idéntico en ambos escritores.

La crítica uruguaya Lisa Block de Behar, subraya las analogías entre Gabo y Borges y sus afinidades puesto que frecuentaron autores similares: Cervantes, Faulkner, Quevedo, Conan Doyle, James Joyce, Virginia Woolf, Nathaniel Hawthorne, Herman Melville, etc. Ambos escribieron sus memorias. Borges concentró su intensa vida literaria en un ensayo escueto, dictado o en colaboración y García Márquez lo haría “a través de un copioso libro, de varios cientos de páginas, en donde se confunden en un mismo discurso el acontecimiento de ser, de hacer y decirlo”. Los dos sobreviven gracias a la pasión de prolongar sus vidas en historias. Cuentan para vivir una aspiración común entre quienes ejercen el oficio de cambiar las palabras o de vivir para contarla, con el ánimo de justificar “otras razones de las que la memoria no suele acordarse”.

II. Sus novelas predilectas

Un texto parecido al de Ortega fue incubado por su coterráneo José Miguel Oviedo, con una diferencia sustantiva, todos los ensayos (ocho en total) están concentrados en la trayectoria literaria y política de Mario Vargas Llosa. La obra publicada por Taurus en 2007 —Dossier Vargas Llosa— incluye un trabajo sobre su condición de erotómano (Historia de un libertino), otro a su afición por el teatro (Vargas Llosa, actor) y en otro analiza su participación como crítico político (Vargas Llosa, testigo del mundo). Oviedo no requirió de auxilio para ofrecernos una visión exultante de un novelista que alza vuelo con La ciudad y los perros (1962), y en cuyo discurrir ha convalidado sus grandes dotes creativos. Como acostumbra, conmemoró los cincuenta años de Conversación en la catedral (1989), con una obra con idéntico acento. Hombres (sic) recios (2019), narra la caída de Árbenz y el ascenso de los dictadores en Guatemala.

El libro de Ortega ofrece versiones y visiones encontradas, afirmaciones, negaciones y sobresaltos acerca de las valoraciones de las obras del portento. La mayoría de sus críticos expresó el impacto que marcaron sus libros en su devenir como escritores. Otros construyeron su relato contando el entusiasmo provocado por la primera lectura de Cien años de soledad. Dasso Zaldívar —su biógrafo— expresa que lo que le cautivó fue lo mismo que exaltaron desde un principio la mayoría de sus lectores. Cien años de soledad ofrece “la captación y comunicación de la más profunda realidad colombiana y latinoamericana”. Muchos los ensayistas divergen a la hora de escoger su obra predilecta de Gabo. Algo legítimo. Todos somos esclavos de nuestras predilecciones. Depende como hemos forjado nuestros gustos y fuimos depurándolos.

El costarricense Carlos Cortés considera Crónica de una muerte anunciada como su mejor libro. Todos los años lo lee. Después de haber concluido su lectura —durante dos horas corrosivas— resurgió de la vigilia para preguntarse: ¿Quién fue? ¿Quién le robó la virginidad a Ángela Vicario y a mi generación la inocencia literaria? El español Germán Sierra afirma que El otoño del patriarca posee tres condiciones que lo vuelven más trascendente que El recurso del método y Yo, el supremo. Primero, es una novela panamericana, no remite a una nación o personaje; segundo, la aplicación de recursos audiovisuales la conecta con los lectores y escritores más jóvenes; y, en tercer lugar, su aproximación a una teoría de la autoridad extremadamente moderna: “el poder del tirano moderno solo existe a causa de y durante su extinción”. Son seres antediluvianos.

Existe un denominador común entre quienes se metieron a enjuiciar Vivir para contarla.  El español Fernando R. Lafuente, considera que las memorias de un escritor son sus obras. “Las biografías pueden ser fascinantes, pero sin el misterio de la creación literaria, se convierten en mera agenda”. Coincide con Zaldívar, las memorias son un género de ficción. Lafuente recuerda lo que Gabo dijo en 1998, al dar a conocer el primer capítulo; sus memorias iban a ser “su gran libro de ficción, van a ser al fin la novela que siempre quise escribir y que he estado buscando toda la vida”. Dentro de este mismo territorio se desplaza el argentino Tomás Eloy Martínez. Las memorias “exhalan una alegría que se ha vuelto la sustancia misma del lenguaje de Gabo”. “Lo mejor que puede decirse de Vivir para contarla es que, de todos los libros de García Márquez, es el que más se le parece”.

Sobre la misma ruta transita Violeta Rojo; al interrogarse acerca de la diferencia entre cualquier libro de memorias y Vivir para contarla, concluye que las reglas del juego están claras desde el principio: es un libro ficcional bajo la apariencia de ser autobiográfico. Aunque el autor tiene un nombre, vive su vida y la comparte con su familia, “todas sus peripecias han sido recordadas y vistas a través de ese filtro difuminador de contornos, suavizador de aristas, curador de dolores, idealizador de sentimientos que son el tiempo y la nostalgia”. El hispanista Alberto Moreiras, además de insistir en la influencia de Faulkner en Gabo, replica que “Vivir para contarla es ficción de la ficción”. Asegura que lo que el novelista “cuenta en la autobiografía es lo no biográfico”. Al escribir sus memorias, Gabo se esmera en hacer creernos que sus personajes son de carne y hueso, ¡qué no los inventó!

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EL TIEMPO
Bogotá - Colombia
18 de diciembre 2019

Noticia
Colombia ya bautizó a
una estrella y a un exoplaneta
Los nombres, escogidos para la iniciativa NameExoWorlds,
rinden homenaje a Gabriel García Márquez.


Foto: Unión Astronómica Internacional

Por: Redacción Ciencia

Como parte de una de las actividades con motivo de los cien años de la Unión Astronómica Internacional (UAI), esta organización dio a conocer, este martes, el listado con los nombres ganadores de su iniciativa NameExoWorlds, que buscaba que cada país bautizara a un sistema planetario conformado por una estrella y un exoplaneta orbitando en torno a ella.

En el caso de Colombia, la propuesta ganadora hace un homenaje al escritor y ganador del premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez; así, el nombre seleccionado para la estrella es el de ‘Macondo’, en referencia al pueblo en el que transcurre la historia de 'Cien años de Soledad'; y el del planeta es el de Melquíades, en alusión a uno de los protagonistas de la obra.

Estos nombres fueron propuestos por estudiantes del club de astronomía del Colegio Abraham Maslow, en Bogotá.

Ellos estuvieron liderados por la profesora Karina Sepúlveda, y su propuesta tuvo que competir contra otras 214 que hicieron otras personas y organizaciones en todo el país.

"Inicialmente, se exploraron cosmogonías, personajes de la mitología colombiana y surgieron algunas propuestas inspiradas en culturas indígenas. Ya que nos encontrábamos en el año de la lectura en el Colegio, un grupo de estudiantes estaba muy motivado leyendo en ese momento 'Cien Años de Soledad'. Al comprender el vínculo existente entre la estrella y el planeta, lo asociaron a Macondo y Melquíades", explicó Nohora Janneth Guerra, directora del colegio.

."Macondo como el pueblo alrededor del cual gira toda la historia, y Melquíades como el alquimista que orbita permanentemente a Macondo y trae los inventos y descubrimientos del mundo exterior. Además, la constelación Antlia o bomba neumática, en la cual se encuentran la estrella y el exoplaneta, lleva el nombre de un invento, lo cual favorecía aún más la asociación con Melquíades. Este vínculo nos pareció genial y por este motivo nos lanzamos con esta propuesta al concurso", agregó la educadora.

De acuerdo con la UAI, que dio la noticia durante una rueda de prensa celebrada en París (Francia), los nombres seleccionados sirven para designar a una estrella tipo enana naranja, identificada como HD93083 y ubicada en la constelación de la Bomba Neumática,  o Antlia, 94.26 años luz de distancia.

HD 93083b (el planeta) le da una vuelta a su estrella a cada 144 días terrestres. Fue descubierto a través del método de velocidad radial que consiste en observar el cambio en el espectro de luz de una estrella producido por el jalón gravitacional de un posible planeta que la orbite.

El cosmólogo Camilo Delgado, quien hizo parte del comité evaluador de la iniciativa para Colombia, explicó que al recibir las propuestas se dividieron entre los miembros del comité nacional para que cada uno revisara alrededor de 10 propuestas y les diera una calificación basada en los criterios de puntuación previamente establecidos.

"Las propuestas que estuvieron sobre 80% en una escala de 0 a 100 fueron sometidas a votación interna por parte de los miembros del comité hasta seleccionar las tres mejores propuestas, que fueron puestas a votación general por parte de toda la ciudadanía durante un mes hasta llegar al nombre ganador", indicó Delgado.

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 La República
Lima - Perú
1 de diciembre de 2019

Última foto. En 1974, Vargas Llosa y García Márquez se despiden en Barcelona. Luego, vino el derechazo del peruano.

Sociedad
García Márquez y Vargas Llosa:
El último instante de una amistad
y, luego, el puñetazo
XAVI AYÉN. El periodista de Barcelona, en la reedición de Aquellos años del boom, confirma que el alejamiento de los dos escritores lo desencadenó aquel incidente ocurrido el 12 de febrero de 1976 en México. Pero todo habría sido un malentendido.

Por Juan Carlos Soto

Cuando al premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa le preguntan por qué golpeó a su colega y también nobel Gabriel García Márquez, responde: “Que lo investiguen mis biógrafos”.

El periodista catalán Xavi Ayén publicó Aquellos años del boom. La segunda edición del libro dedica un capítulo detallado al puñetazo más famoso de la literatura universal.

Ayén aclara que su libro no es una colección de chismes, tampoco un tratado de literatura, pero era inevitable no abordar el asunto. La edición publicada en Perú por Debate añade hechos omitidos en la primera versión del libro, que solo podían contarse tras la muerte de ciertos personajes; por ejemplo, Carmen Balcells, la famosa agente literaria que lanzó al estrellato a Mario y Gabo. Se trata de una investigación sobre el boom de la literatura latinoamericana, que hizo mundialmente conocidos a narradores de esta parte del continente.

Ayén admite que el libro le trajo algunos problemas. Balcells le dijo que 12 páginas no podían publicarse, sino perdería la amistad de los Vargas Llosa. No le hizo caso y, desde entonces, no ha tenido contacto con el nobel peruano ni su familia. Directamente de ellos, no conoce una supuesta molestia.

Lo narrado se remonta a 1974. Vargas Llosa abandona España para volver al Perú con su familia. En ese viaje, en barco, conoce a Susana, se enamora y deja a su familia por ella. No obstante, fue una relación muy breve que desembocaría en la riña con García Márquez.

Ayén aclara que este suceso es menor y no empaña la trayectoria del escritor peruano, muy íntegro y coherente con sus principios. “En el mundo latinoamericano, tratamos a los escritores como dioses y yo he querido tratarlos como humanos explicando luces y sombras”, justifica durante la entrevista que concedió a este medio en el Hay Festival de Arequipa.

García Márquez y Vargas Llosa eran muy amigos, el último instante de esa amistad ocurrió en el puerto de Barcelona en 1974, cuando el peruano se embarca rumbo a Lima. La fotografía la tomó Carmen Balcells y aparece como una de las novedades de Aquellos años del boom.

Cuando Patricia retorna a Barcelona —tras la separación con Mario—, sale a cenar con Carmen Balcells, los García Márquez y Jorge Edwards. Toman unas copas y, en una conversación, Gabo bromea con Patricia diciéndole que, para que vuelva con Mario, “deberíamos liarnos”. Bromean con la idea, pero delante de testigos. Según Carmen Balcells, cuando Patricia le cuenta a Mario, exagera para justamente provocar una reacción y esta es la que todos conocemos. (…) Hay un peruano, Francisco Igartua, que luego del puñetazo acompañó a Mario al hotel y ahí Patricia le arroja una lámpara y le dice: “Estúpido, ahora sí que van a creer todos que era verdad”. Esa frase creo que es la prueba definitiva de que no era verdad. De eso podemos deducir que si no hubiera existido el puñetazo, habrían continuado siendo amigos, porque nunca pasó nada. (…) Yo les pregunté a los dos por la reconciliación y, al final, me dio la impresión de que eran las esposas de ambos las que no querían.

¿Qué le dijo García Márquez sobre el suceso?
Le quitaba importancia, le sorprendió mucho el puñetazo y lo vio como una reacción desmesurada, pero su versión de los hechos era que no pasó nada.

¿Cuándo usted entrevistó a Gabo ya estaba perdiendo la memoria?
Lo entrevisté en diciembre del 2005. Luego, lo vi el 2007 en Barcelona, ahí ya no reconocía a nadie. El 2005, yo no noté estar delante de un enfermo, sino de una persona adulta, pero el 2007 sí claramente era Mercedes quien tenía que hacerle recordar. Se acercaba alguien a saludarlo y, cuando se iba, Gabo decía: ¿Este quién es? Entonces, Mercedes Barcha (su esposa) le daba un resumen de la persona. En 2005, sí tuve una entrevista de tres horas que él no me dejó grabar, no le gustaba. En su escuela de Cartagena, tienen esa norma de que las entrevistas no se graban. Ahí me anunció que ya no escribiría más. Me dijo que le diagnosticaron la enfermedad (alzhéimer).

Usted también menciona que, cuando le preguntaban sobre Vargas Llosa, él decía: ¿Quién es ese señor?
No, era como decir que no era importante. En 2005 sabía perfectamente quien era. Le dije que había muchos intentos para que se volvieran abrazar.

Y tampoco creo que recordaba lo que había escrito…
Eso yo no lo vi, pero sí hubo gente que me dijo que le ponían Cien años de soledad y él empezaba a leerlo en voz alta y decía: “Caray, ¿eso lo he escrito yo? ¡Qué bueno!".

La tesis es que el boom se rompe por el puñetazo…
En una entrevista que di, titularon: “El boom se rompe por el puñetazo”. Más bien, lo correcto era: “El boom se rompe por el puñetazo y otros motivos”. A finales de los años 60, los principales escritores (del boom) vivían cerca, hacían cosas juntos. Después se dispersan, cada uno se va a un país distinto y eso los distancia. Luego, hay autores del boom coronados con el éxito. García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar se hacen ricos con sus libros. Sin embargo, hay otros que ganan poco, que no pueden pagar ni el alquiler, como José Donoso, quien se marcha de Barcelona y se muda a un pueblecito. Se crean celos, los ambientes que frecuentan son distintos, unos siguen el ámbito bohemio y a otros les descuelgan el teléfono jefes de Estado. Otra razón importante es la política, lo de Cuba.

¿Los escritores se aprovecharon de la revolución de Cuba?
Es mutuo. (...) En realidad le decimos boom, pero es un big bang. Crean el mundo de ahora. Antes cada autor publicaba libros en su país y lo leían los lectores de ese país. Mucho antes del Internet, ellos crean un mercado global de la literatura en español; cuando los autores publican una novela, sale en todos los países y eso antes de ellos no pasaba. Es la primera generación de escritores que se profesionalizan, que viven de sus novelas. Cuando se hablaba de los mejores escritores vivos, se pensaba en Europa o en Norteamérica, con el boom se pensó en Latinoamérica. Fue como ganar un mundial de fútbol en literatura. Eran los Dan Brown de la época, vendieron mucho. Además, los académicos los reconocían. Fue una inyección de autoestima brutal para América Latina, con problemas económicos y de dictaduras.

¿Se habla también de que los escritores del boom eran machistas?
No podemos ver a ese grupo con los ojos de hoy. Es raro que ahora las esposas de los escritores sean sus secretarias o amas de casa. El mundo funciona de modo distinto. Hubo grandes escritoras en esa época: la brasileña Nélida Piñón, la peruana Alba Lucía Ángel, la argentina Luisa Valenzuela, etc., pero no las incluyeron. La mujer del boom es Carmen Barcells, ella les hacía de todo; ella quiso que solo se dedicaran a escribir y les organizaba sus viajes, hoteles... compraba el papel, la cinta para la máquina de escribir, etc.

Y hoy ese tipo de literatura en España como envejece...
Hay un debate muy interesante; por ejemplo, con Rayuela han salido muchos críticos a decir que no aguanta el paso de los años, otros dicen que sí. No obstante, hay un debate, están cuestionando algunas obras de referentes clásicos y, sin embargo, nadie cuestiona todavía las grandes obras de García Márquez o Vargas Llosa.

¿En su libro, habla del veto a La ciudad y los perros en España?
Eso lo investigué, fui a los archivos de la censura. Hay un libro muy bueno de Carlos Aguirre.

¿En la versión de Armas Marcelo, Juan Goytisolo hizo un informe desfavorable de la novela?
Eso mi libro lo desmiente. Hablé con Goytisolo, me explica que su mujer Antonia leyó el manuscrito de La ciudad y los perros, entonces se llama Los impostores. Le dijo: “Luis, lee esto, que aquí tienes una gran novela”. Entonces, Goytisolo lo lee y hace un informe muy favorable sin firmar, lo redacta y termina en manos de Carlos Barral. Este último, con el informe, sin haber leído el libro, se comunica con Vargas Llosa y le dice: “Leída su novela es fantástica, quiero que se presente al Premio Biblioteca Breve, espéreme, que voy a ir a verlo a París”. Luego, Barral, en sus memorias, coquetamente dice que esta novela había sido descartada por un informe.


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EL TIEMPO
Bogotá – Colombia
10 de noviembre de 2019

Lecturas Dominicales

El debut literario de
Mateo García Elizondo
El escritor mexicano, nieto de García Márquez
y Salvador Elizondo, lanza 'Una cita con la Lady'.

Mateo Garcia
La primera novela de Mateo García está editada por Anagrama
y llegó esta semana a las librerías del país. Foto: Jaime Navarro

Por Redacción LECTURAS

En esta novela el protagonista llega a un pueblo para encontrarse con la muerte. Ha dejado atrás todo lo que era, todas sus señales de identidad. En sus bolsillos lleva solamente un kit de droga con la que espera hacer más rápido su viaje al otro lado. Pero antes de que eso suceda –o durante, o después; los lectores estamos todo el tiempo divagando con el personaje entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte– muchas cosas le van a pasar. Una cita con la Lady es la primera novela de Mateo García Elizondo, mexicano de 32 años, guionista de cine, autor de cómics, periodista y también nieto de Gabriel García Márquez (aunque él quisiera que ese fuera un dato aislado, que los lectores se acercaran a su novela sin tener en cuenta sus lazos familiares). Pero es difícil obviarlo, y él lo sabe. Mateo es hijo de Gonzalo García Barcha y de Pía Elizondo. Su abuelo materno fue el escritor mexicano Salvador Elizondo, así que la herencia le viene bien fuerte por ambos caminos. Pasó su adolescencia en Francia, donde terminó el colegio, y luego viajó a Londres a estudiar Letras Inglesas y Escritura Creativa. Su obsesión desde niño ha sido contar historias. Empezó por el periodismo, llegó al cine, también al cómic. Pero todo este tiempo estuvo a la espera de lo que más quería: escribir una novela.

¿Cómo nació la idea de Una cita con la Lady?
Llevaba cierto tiempo formándose en mi cabeza. Quería hablar de un pueblo fantasma y sabía que alguien iba a llegar a ese lugar, pero todavía no sabía quién ni cómo. Y un día, saliendo de cine, se me ocurrió la historia de golpe. La entrada y algunos puntos de la trama aparecieron muy claros. De ahí fue fluyendo todo. La escribí el año pasado.

La editorial la presenta como una obra influenciada por Juan Rulfo. ¿Cómo se siente con eso?
Lo entiendo. Cuando la estaba escribiendo no pensé en esa relación, pero en algún momento me di cuenta de que la novela tiene mucho que agradecerle a Rulfo. Y a muchos más, como Burroughs, Camus o Welsh. Incluso, cuando yo platicaba la historia con otros escritores y con directores amigos, todos me decían ‘ay, estás escribiendo Trainspotting en Comala’. Creo que va más allá de eso. Pero no me molesta la manera en que la están presentando: sencillamente como la historia de un drogadicto que va a un pueblo a morir. Para mí es importante que no revelen detalles de la trama.

El personaje llega al pueblo y allá todos comienzan a llamarlo ‘El Muertito’...
Ese personaje se me apareció muy claramente. Desde el momento en que se me ocurrió el concepto de lo que iba a hacer, tuve una relación muy orgánica con él. Lo escuchaba hablar, entendía cómo se sentía, qué quería. Por lo general, para escribir guiones, soy de los que planean muy bien todos sus plot points y saben a dónde van a llegar, cuándo, en qué página. Para esta novela solo tuve una vaga idea de cuatro momentos repartidos en la historia y sabía que tenía que llegar a ellos, pero sin planear nada. Me fue llevando la voz del personaje, y quisiera que les sucediera lo mismo a los lectores.

¿Siente que la novela tiene que ver con su trabajo en cine o en periodismo?
Mi interés siempre ha sido contar historias. Pasé por el periodista freelance durante un tiempo, luego el cine me fue atrapando. En especial escribo guiones de ciencia ficción, de terror, que es lo que más me gusta. Y en ese sentido la novela sí tiene alguna relación, de alguna manera es una historia medio terrorífica.

¿Quiénes fueron los primeros lectores de la novela?
Cuando tuve una versión más o menos lista se la mostré a mi papá, Gonzalo, a mi primo Jonás –con el que escribí el guion del largometraje Desierto, y que ha sido mi rebote de historias–. Se la mandé, o más bien la interceptaron, mi mamá y mi ex, mi chica del momento, pero no la pudieron leer. El hecho de que mi mamá no pudiera leerla era un punto de orgullo para mí, de cierta manera. Un amigo escritor dice que por más malo que sea lo que escribes siempre lo va a leer tu mamá. Yo podía decir que esta novela ni mi mamá… pero hace poco la leyó. Así que ya no.

Usted ha dicho que prefiere que no le pregunten mucho por su familia…
Supongo que yo, como cualquier escritor primerizo, quisiera que la gente leyera la novela y la juzgara, buena o mala, por lo que es y por lo que está leyendo, por lo que tienen en las manos. Qué padre es tomar el libro de un escritor que uno no conoce, leer la historia y que te guste, sin saber más. Lo que me molesta un poco de todo esto… y no es que me moleste, digo, es mi familia, no lo voy a ir negando, pero lo que no me gusta es que, por ejemplo, las promociones de los libros vayan alrededor de ese eje porque me falsea mi apreciación de qué tanto les gustó o no les gustó la novela a los lectores. Muchos pueden llegar a ella con expectativas, quizás injustas o innecesarias, que la pueden afectar, a veces positivamente y otras veces no de esa forma. Quisiera que la gente pudiera leer y juzgar mi primera novela por lo que es, sin que en ese juicio entren las consideraciones de que soy nieto de tal o de tal otro. Creo que son novelas muy diferentes, escritores muy diferentes.

Pero además usted tiene universos literarios que le vienen por ambos lados de la familia…
Sí, así es. Me parece que lo que termina afectando de todo esto es crecer en una familia que se lee, se platica, se cuentan historias. Y en la que no es descabellado considerar el dedicarse a contar historias, como oficio de vida, que creo que es algo con lo que la mayoría de los escritores sí luchan, que las familias te digan: estás loco. Supongo que mi familia lo pensó cuando les dije que quería ser escritor, pero era algo que estaba como concebido. A mí los libros siempre me han encantado.

¿A qué edad llegaron esas lecturas que fueron centrales para su novela, como las novelas de Rulfo o Camus?
A muchas edades. Pedro Páramo lo había leído en la secundaria. Me pareció una lectura complicada y pesada. Soy gran seguidor de Rulfo, pero más de El llano en llamas. A Camus lo leí hace unos diez años, tampoco lo tengo muy fresco. Muchas cosas que he leído hace tiempo florecieron en esta novela.

¿Y cuándo tuvo claro que iba a dedicarse a contar historias?
Híjole, desde muy chiquito. De niño lo hacía muy informalmente, pero ya en la adolescencia tenía claro que esto era lo que quería. No lo hacía con mucha disciplina ni con mucha habilidad, pero sabía que me interesaba. Todavía no definía si iba a ser periodista o novelista. En ese momento ni siquiera había considerado ser guionista, eso vino más tarde. Aunque me han interesado muchas otras cosas, el eje han sido los libros. Hoy estoy dedicado a la literatura, que es lo que siempre había querido hacer. Tengo novelas encajonadas que no salieron. Esta es la primera que cuajó.

¿Esas novelas que tiene guardadas iban por un camino similar a Una cita con la Lady?
Son diferentes. Aunque, bueno, sí hay temas que se repiten. Pueblos mágicos, fantasmas, enfermedad mental, drogas. Temas como Dios, el diablo, la muerte. Pero esas novelas están encajonadas porque son proyectos fallidos y no creo que vayan a salir a luz.

¿Por qué le interesan esos temas?
Híjole… es complejo. Siempre me ha interesado escribir cosas que exploran estados de conciencia alterados. Sueños, viajes, drogas, locura. En el caso de esta novela, me interesaba particularmente la heroína porque es una droga que permite el acceso a estados alterados de conciencia que no son solo el sueño y la vigilia, o el viaje de drogas, sino que es una puerta a otro estado de conciencia más vasto y misterioso, que es la muerte. La heroína es una droga de fin de vida –los opiáceos, en general–, se la dan a la gente cuando ya no hay mucho más que hacer, solo quitar dolor. Y si decides empezar a tomártela en la mitad de la vida y no la dejas pronto, probablemente el final de tu vida llegue más rápido. Eso era lo que me parecía interesante de esta droga y del estado de conciencia que produce. Esa cosa onírica, de ya no tener contacto real con la existencia. La novela habla mucho de la heroína, pero en realidad es un pretexto para hablar de otras cosas. Lo mismo pasa con la muerte: puede que la historia esté centrada en la muerte, pero es una excusa para pensar en la vida.

El personaje cita 'El libro tibetano de los muertos'. ¿Qué tanto importó la lectura de ese libro para la novela?
Ese libro lo he leído en varios momentos de mi vida y, al igual que mi personaje, no he entendido gran cosa. Me parece que fue importante su lectura. A pesar de toda la referencia cristiana que tiene la novela, al fin y al cabo yo creo que es una novela muy budista. A lo largo de la historia trato de dejar abiertos varios niveles de interpretación de lo que pasa con el personaje. Y son válidos todos. Dependen del lector y de lo que cada uno crea.

La muerte es vista también desde una óptica muy mexicana, con esa relación tan especial que tienen ustedes con ella.
Sí, una visión como más ligera. Para escribir este libro siempre tuve en mente imágenes de calaquitas, muy mexicanas. El personaje principal siempre me daba la impresión de que era una calaquita, aunque en otros momentos parecía un espectro. El lenguaje que uso también es muy mexicano. Traté de mantenerlo porque así fue como llegó la historia. Me gustó que en la editorial me dejaron guardar mis mexicanismos. Era algo honesto. Así prácticamente hablo yo.

Y uno se encuentra con humor en la novela.
Qué bueno. Porque cuando estaba terminando de escribirla me preocupaba que la gente dijera, oye, esto es una pesadilla desde la página uno hasta la última. Y lo es, de cierta manera. Pero precisamente por lo que te decía de la relación que tenía con el personaje, un tipo como cínico, con cierto desapego, vi que también podía ser divertido. Tener que estar lidiando con todo un pueblo que no te quiere también daba lugar a situaciones que me parecían divertidas. Espero que los demás lo vean así.

Zapotal, donde sucede todo, es un pueblo que puede estar en cualquiera de estos países latinoamericanos…
Sí. El pueblo es ficticio, pero está basado en toda una serie de lugares en los que he pasado un tiempo, en México, en Centroamérica, en Suramérica. He estado en muchos pueblos como Zapotal, pero para la novela no quería centrarme en uno solo, sino hacer que fuera un poco sintético de cómo funcionan las cosas allí.

¿Colombia tiene alguna relación en sus historias?
Sí y no. Mi familia paterna es colombiana y siempre ha habido una cosmovisión colombiana ahí. He estado en Colombia muchas veces, en lugares muy interesantes que sin duda también han inspirado cosas. Pero, para serte sincero, he vivido la mayor parte de mi vida en México, he viajado mucho más por México, entonces creo que hay una relación inevitable con este país porque  es lo que traigo en la cabeza. Pero al fin y al cabo somos una cultura. Entre México y la Patagonia somos muy parecidos.

¿Ha pensado que la historia de la novela llegue al cine?
Me la puedo imaginar en cine, pero como me la imagino me parece aburrida. Puedo estar equivocado, y algún muy buen guionista me lo puede demostrar y me encantaría. Yo no lo haría. Siento que gran parte de la historia la lleva la voz del personaje y en una película es muy molesto tener un personaje que te habla y te hace comentarios. No estoy en contra de que llegue algún cineasta  me diga “oye, yo quiero hacerlo y te muestro el guion y te dejo opinar”. Y es lo único que yo haría: opinar. Pero la verdad, no veo bien cómo le haría.

Al final, ¿qué sensación le dejó Una cita con la Lady?
Disfruté muchísimo escribirla. Me sucedió algo que casi nunca me pasa, y es que me gustaba lo que estaba haciendo. Generalmente cuando escribo estoy luchando para que me guste así sea un poquito más de lo que me está disgustando. Este oficio requiere terquedad, constancia, resistencia a la frustración, porque las cosas no salen siempre como uno quiere, y si no estás echándole muchas ganas pues no te puedes quejar de que no te vaya bien. Pero con esta novela disfruté. Y uno se vuelve un poco adicto a esa sensación. Ya quisiera estar escribiendo de nuevo, encontrar algo que me prenda mucho, que pueda entender, que sepa por dónde agarrar. En esta novela todo confluyó.


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El Espectador
Bogotá – Colombia
16 de septiembre de 2019

Actualidad

Pescaditos de oro inspirados en Macondo
Son hechos totalmente a mano por artesanos ubicados en regiones afectadas por el conflicto, como un aporte a la paz desde el emprendimiento rural.

Por María Alejandra Castaño


Tal vez nunca serán suficientes los halagos, referencias e inspiraciones de Cien años de soledad, la novela de Gabriel García Márquez, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982 y considerada una obra maestra de la literatura hispanoamericana y universal, y una de las más traducidas (49 idiomas) y leídas en español. Sin embargo, muchos también coinciden en que en Colombia no se le ha dado la importancia suficiente, y, en cambio, otros países aprovechan su valor. En Japón, por ejemplo, han entendido el poder del valor simbólico que a través de la literatura se les incorpora a los productos y se vende una bebida inspirada en Cien años de soledad que tiene un precio de US$129,99.

En España algunas calles tienen el nombre de esta obra y de sus protagonistas, en China una pintora, inspirada en Macondo, vende sus obras y las expone en importantes museos del mundo; mientras que la BBC Culture, inspirada en escritores de todo el mundo, eligió a Cien años de soledad como una de las “diez mejores historias que dieron forma al mundo”.

Por lo tanto, los caldenses Wílmar y Carlos Alberto Duque, expertos trabajadores del turismo literario y cultural en Colombia, a través de su proyecto Paz Apporte, crearon Artesanos de Macondo, donde están haciendo pescaditos de oro inspirados en Cien años de soledad con el apoyo de artesanos jóvenes, de regiones afectadas por el conflicto, especialmente de Barbacoas, Nariño, en el Pacífico colombiano.

“A través de nuestros productos y servicios generamos vínculos emocionales derivados del valor simbólico literario; de esta forma brindamos lecturas de las diversas regiones de Colombia, ya que por medio de sus expresiones materiales e inmateriales cuentan historias”, asegura Wílmar.

El valor material de los pescaditos está representado en elementos de gran identidad de Colombia, como son el oro de El Dorado, las esmeraldas, las mariposas amarillas y el realismo mágico, todo esto fusionado con fina técnica filigrana, pero lo más especial es su valor simbólico, centro de las industrias creativas y culturales, porque a través de estas piezas artesanales Macondo logra su transformación, prosperidad y paz.

Los pescaditos de oro son hechos totalmente a mano por artesanos jóvenes ubicados en regiones afectadas por el conflicto, como un aporte a la paz desde el emprendimiento rural.

Además, han diversificado la oferta con otras joyas en filigrana, como mariposas amarillas y llaves, así como con otras prácticas artesanales de diferentes regiones del país. Artesanos y artesanías derivadas del realismo mágico de Macondo, descritas y puestas en valor por Cien años de soledad.

“El lienzo de modelo de negocios Canvas, que da base al valor simbólico del proyecto, está construido también de forma simbólica con frases textuales de la obra; son nueve en total. Si me preguntaran cuál de todas es la más representativa, diría: ‘Consiguió imponer en Macondo el ambiente de paz rural con que soñaba el coronel Aureliano Buendía para morirse de viejo fabricando pescaditos de oro’”, añade Wílmar.

¿Qué buscan?
Hacer artesanías totalmente a mano y contribuir con la paz rural de Colombia.

“Consiguió imponer en Macondo el ambiente de Paz Rural con que soñaba el coronel Aureliano Buendía para morirse de viejo fabricando pescaditos de oro”.

¿A quiénes están dirigidos?
A todos los que valoran el arte y la literatura, y cómo a través de estos se puede construir país.

“Los examinó uno por uno y entonces se humanizó por completo. Quisiera llevarme uno, si usted me lo permite —dijo—. En un tiempo fueron clave de subversión, pero ahora son toda una reliquia”

.¿Cuál es la relación con los clientes?
Todos los que quieran aportar a la paz desde el emprendimiento rural y la literatura.

“No me hables de política —le decía el coronel Aureliano Buendía—. Nuestro asunto es vender pescaditos de oro”.

¿A través de cuáles canales?
A través de piezas artesanales hechas a mano para lograr prosperidad y paz.

“Macondo estaba transformado, la aldea de otro tiempo se convirtió muy pronto en un pueblo activo, con tiendas y talleres de artesanía”.

Fuentes de ingreso

Todo está en el valor de una pieza que representa elementos de gran identidad, como el oro de El Dorado, las verdes esmeraldas, las mariposas amarillas y el realismo mágico

.“Seguía fabricando dos pescaditos de oro al día hasta completar veinticinco”.

¿Cuáles son los recursos claves?
El talento y los recursos naturales de Colombia permiten crear piezas únicas.

“Le hacía falta tanta concentración para engarzar escamas, incrustar minúsculas esmeraldas en los ojos, laminar agallas y montar timones, que no le quedaba un solo vacío para llenarlo con la desilusión de la guerra”.

¿Cuáles son los socios claves?
Artesanos ubicados en regiones afectadas por el conflicto que quieran aportar al país en la construcción de la paz y el sentido de pertenencia.

“Todos eran artesanos hábiles, hombres de su casa, gente de paz”.

¿Cuáles son las actividades claves?
A través de la técnica de la filigrana, construir piezas únicas.

“Sus únicos instantes felices, desde la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo, habían transcurrido en el taller de platería donde se le iba el tiempo armando pescaditos de oro”.

¿Cuál es la estructura de costos?
Uno de los principales objetivos, además de dar valor a la obra a través de sus simbolismos, es ofrecerles un trabajo digno y bien remunerado a los artesanos.

“Declinó la pensión vitalicia que le ofrecieron después de la guerra y vivió hasta la vejez de los pescaditos de oro que fabricaba en su taller de Macondo”.

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14 de septiembre de 2019

MEMORABILIA GGM 901

REVISTA DINERS
Bogotá – Colombia
No. 593

Zona Libros

Caminos divergentes
Una mirada alternativa a la obra de Gabo
Roberto Burgos Cantor – Compilador
Universidad Central
Bogotá, 2019
197 páginas

Por Redacción

Antes de fallecer el novelista cartagenero Roberto Burgos Cantor tuvo la idea de realizar en la Universidad Central una cátedra anual sobre García Márquez.

El rector, Rafael Santos, acogió con generosidad la idea y en 2018 se realizó la primera. Un año después aparecen estos Caminos divergentes, una mirada alternativa a la obra de García Márquez que reúne una docena de ponencias al respecto.

Se destacan las del recién fallecido Alberto Abello. Una inmersión en el mar Caribe, horizonte ineludible de toda la obra de García Márquez en contrapunto con el paisaje andino, rígido y represivo Pero el Gran Caribe se amplía en islas regadas por todo el mar y figuras históricas como sir Francis Drake, Simón Bolívar, Juan Bosch y el poeta de Martinica que escribía en francés, Aimé Césaire. Así se logra visualizarla compenetración vital y cultural qué en definitiva cubre el golfo de México, el sur de Estados Unidos y el norte de Brasil, en la voz de Jorge Amado. Allí donde el aporte negro del africano se funde con la raíz indígena y las sucesivas olas de inmigrantes de todo el mundo, de Francia y Holanda, de Líbano y China, en el hervor del mestizaje.

“Asi enseña Gabo a leer y escribir" del cronista de El Espectador Nelson Fredy Padilla es un muy valioso testimonio con pruebas del modo de trabajar y corregir de Gabo en tiempos de la revista Cambio. Su rigor, su confrontación de fuentes, su consulta del diccionario, su preocupación por la gramática y la búsqueda de la palabra a la vez rigurosa y melódica. Una cátedra magistral, sin lugar a dudas.

Ariel Castillo, a su vez, detecta muchas de las vetas populares que alimentan la obra, como el caso de las canciones de Guillermo Buitrago, “el toque de queda", un leitmotiv de toda la obra marcada por esa situación política, de control y censura.

También es muy valioso en este aporte el rescate de escritores como Antonio Bruges Carmona o José Francisco Socarrás, que anticiparon una visión renovada de ese mundo de pueblos sumidos en el sopor del trópico y padeciendo el drama de esas tragedias ancestrales.

Caroline Lepage, a partir del primer párrafo de El general en su laberinto, nos anuncia la totalidad de la novela, su decrepitud y su fracaso político, en el diálogo entre Bolívar y José Palacios. “su servidor", confidente e interlocutor.

Lisandro Duque se refiere el cine de Gabo, y se precisan en otros trabajos la génesis de La langosta azul, donde un agente secreto rastrea la radiactividad de unas langostas. Un ensayo de Alessandro Secomandi sobre Cepeda Samudio y el rescate editorial de su obra cierra este útil y variado volumen.


Portada del libro- Ilustración: Fotografía del Maestro Guillermo Angulo

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INFOBAE
Buenos Aires – Argentina
2 de julio de 2019

Cultura

Xavi Ayén: "Vargas Llosa 
siempre fue cercano; 
García Márquez 
parecía estar en lo alto 
de una montaña, en un castillo 
y rodeado de soldados"
Infobae Cultura dialogó con el autor de "Aquellos años del boom", el libro que refleja la historia de cómo los dos Nobel de literatura, Cortázar y otros autores "pusieron a América Latina en el mapa", bajo el comando de la agente literaria catalana Carmen Balcells. "Estos escritores abolieron las fronteras nacionales", dijo

Por Guillermo E. Pintos

La agente literaria Carmen Balcells posa sonriente con García Márquez, Jorge Edwards, Vargas Llosa, José Donoso y el guionista español Ricardo Muñoz Suay. Faltan Julio Cortázar y Carlos Fuentes

"La historia de un grupo de amigos que cambió la literatura para siempre" suena perfecto y tentador para sumergirse en ella. En verdad es mucho más que eso. Se trata de una extensa investigación periodística que involucra profundas entrevistas con varios de los protagonistas, más de 300 fuentes consultadas y una depurada, obsesiva recopilación de datos que confluyen en Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que cambió todo. Escrito por el periodista cultural catalán Xavi Ayén -redactor del diario La Vanguardia de Barcelona-, el libro ganó el premio Gaziel de Biografías y Memorias en 2013 y ahora tiene una segunda edición (Debate) que incluye declaraciones que la súper agente y DT de la selección del boom Carmen Balcells pidió no hacer públicas antes de su muerte (ocurrida en septiembre de 2015) y nuevos testimonios que contribuyen a retratar en detalle el fenómeno que, no solo en cifras de ventas, conmovió el universo cultural de Occidente.

Finalmente parece haber coincidencia en afirmar que la palabra "boom" surgió de un texto del chileno Luis Harss ¿Cómo podría explicar el origen del término que terminó definiendo a este fenómeno?
Este es un tema sobre el que había bastante confusión pero ahora está claro que "boom" se utilizó por primera vez en la revista Primera Plana, en agosto de 1966, y que lo utilizó precisamente Luis Harss. Para aclarar su significado añadió entre paréntesis: "Auge". Harss tomó el término de unos reportajes en los que se referían al boom económico de Italia y decidió aplicarlo a la literatura. En un congreso, el crítico Rodríguez Monegal reconoció públicamente que Harss era el padre del concepto. A mí parece apropiado, como si hubiera sido un big bang a partir del cuál se creó el universo que ahora habitamos. Estos escritores abolieron las fronteras nacionales y posibilitaron que sus obras fueran publicadas en muchos países a la vez. Así se multiplicó la cantidad de lectores en español en todo el mundo. Hoy es habitual, pero antes cuando se citaba a los grandes escritores vivos del momento se hablaba de europeos y estadounidenses. Ellos pusieron a América Latina en el mapa.

–El término define no solo a un grupo de escritores, sino a un fenómeno editorial.
–Sí, es un término que cuaja, en parte, porque el boom ya había comenzado cuando se acuñó. Harss habló por primera vez del boom cuando faltaba un año para que Cien años de soledad -la novela que generó todo- se publicase en 1967. Muchas de las grandes obras del boom, desde Rayuela a La ciudad y los perros, nacieron sin que el movimiento hubiera sido bautizado todavía.

Durante los años 60 y principios de los 70 sucedió esta revolución que comenzó de manera más o menos silenciosa en Buenos Aires con la primera edición de Cien años de soledad, y que sirvió de marco para la publicación de algunas de las novelas capitales de la literatura hispanoparlante en el siglo XX – y de la cual emergieron los premios Nobel de literatura Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. En paralelo, cambiaron las reglas del negocio editorial para siempre. "Carmen Balcells creó el oficio en España. Cambió las normas de los contratos, poniéndoles límite temporal y geográfico, y se convirtió en una especie de madre para los escritores, con los que tuvo una enorme intimidad", afirma Ayén.

El papel de Carmen Balcells es, a lo largo del libro, "determinante". Aunque su autor aclara que "cuando ella empezó a trabajar con los autores la ola ya existía". Para Ayén "lo que hizo Balcells fue subirse y dirigir esa ola. Ningún agente, y Carmen tampoco, podía conseguir que comiencen a comprarse masivamente determinadas novelas. Fue necesaria una confluencia de elementos y lo que consiguió ella fue que los escritores se ganaran la vida escribiendo, algo que hoy no es nada fácil. Balcells creía que la escritura no es un hobby y puso a los escritores a trabajar profesionalmente, liberandolos de todas las cargas incluso las familiares. Se ocupó de que no les faltase de nada, de que tuvieran cinta para la máquina de escribir, la escuela para los hijos, médicos, una casa donde vivir… Cuando no tenían dinero, se lo adelantaba".

La foto de tapa del libro es emblemática al respecto: rodeada de "sus muchachos" y con un objeto esférico en sus manos (¿el mundo?), la agente literaria Carmen Balcells posa sonriente con García Márquez, Jorge Edwards, Vargas Llosa, José Donoso y el guionista español Ricardo Muñoz Suay. Faltan Julio Cortázar y Carlos Fuentes (que deberían reemplazar a Edwards y Muñoz Suay), y allí estaría formado el dream team del boom. "Apoyaban a la revolución cubana, vivían en Barcelona o bien realizaban visitas periódicas a la ciudad (Cortázar por ejemplo)", enumera como características afines al grupo.

¿Cuáles serían, a su entender, otros rasgos característicos comunes del grupo?
Es un tema delicado porque cuando hablamos de otros movimientos artísticos-literarios lo que une es una estética común, no sé… Los surrealistas, los románticos por ejemplo. En cambio éstos no tienen una estética común aunque actúan como colectivo. Vargas Llosa no es realismo mágico, pero sí hay un rasgo común definitorio y todos lo creían a ciegas: una idea trascendente de la novela. La novela era aquello capaz de expresar la verdad profunda de la existencia humana y no había nada superior a eso. No hay poetas, es narrativo. Un novelista estaba calificado para hablar de los grandes temas de la humanidad. Pero claro, cada uno aplica esa idea de una forma muy distinta, y por eso a la larga hubo peleas.

Le propongo un juego. Pensemos a los escritores del boom como Los Beatles: tenemos a Lennon y Mc Cartney (García Márquez y Vargas Llosa), Cortázar -el que no vivía en Barcelona ni era representado por Balcells- como Harrison, y Fuentes -el más simpático y seductor de la banda- como Ringo Starr. Pero hay un "quinto" beatle que no llegó al cielo de la masividad ni los millones, un Pete Best: José Donoso. ¿Coincide?
(Risas). Donoso es el quinto beatle, efectivamente… Les dio conciencia de grupo y escribió un libro maravilloso que retrató el fenómeno (N. de la R: Historia personal del boom). Él no tuvo el éxito comercial de los otros, algunos amigos bromeaban con él diciéndole que había escrito el libro para asegurarse que, cuando hubieran pasado los años, la gente supiera que él había estado ahí. Aparte de sus problemas de salud, él veía cómo iban triunfando comercialmente todos sus compañeros y, cuando Balcells le dijo que había conseguido una traducción de una de sus obras, se alegró mucho. "¡Qué bien! Podré cambiarme de casa!" cuentan que exclamó. Balcells, sin embargo, no tardó en contestarle: "Nada, nada, solo te llega para una nueva máquina de escribir". Donoso vivió muy mal esta ausencia de éxito.

Obviamente hay centralidad en su libro para Vargas Llosa y García Márquez, su amistad, sus desencuentros sobre Cuba, su famosa pelea a las trompadas…
Bueno siguiendo el juego diría que Patricia Llosa fue Yoko Ono, la que los separó. No me extraña que se hubieran hecho amigos, los dos compartían la misma pasión por la novela (aunque cada uno a su manera). También compartieron el compromiso político con la izquierda, e incluso Vargas Llosa en algún momento le reprochó a Gabo ser "un poco tibio". Pero su carácter era radicalmente diferente: los entrevisté a ambos y mis experiencias no pudieron ser más distintas. Vargas Llosa siempre fue, al menos conmigo, abierto, cercano y bien dispuesto. García Márquez más bien parecía estar en lo alto de una montaña, en un castillo y rodeado de soldados. Sin embargo, debo decir que una vez que me concedió una entrevista fue también muy amable y colaborador, y sin límite de tiempo.

En el libro usted cita a Carmen Balcells que los definió como "el mejor alumno de la clase" (Vargas Llosa) y "un genio" (García Márquez).
Es así, aunque ella se enfadaba porque enseguida quería aclarar que cuando decía que Gabo era un "genio" no quería decir que fuera mejor… A García Márquez y lo he visto así, le ponías un micrófono delante y temblaba, dudaba qué decir. Vargas Llosa es magistral en su oratoria y en cómo expone su inmenso conocimiento. Lo he visto dando clase en Princeton sobre Borges y, hombre, fue el mayor espectáculo que haya visto en mi vida. Magistral, propio de un completísimo intelectual.

Hay una interesante historia sobre él y el momento en que ganó el Premio Nobel, del que usted participó como observador ¿Podría contarla?
Era 2010 y yo no sabía cómo terminar el libro. Le pedí una entrevista y me invitó a presenciar unos ensayos de una obra de teatro que él dirigía, que protagonizaba Aitana Sánchez Gijón… Allí estuve durante tres días. La tarde anterior al anuncio del Nobel, le pedí me prometiera que si se lo daban a él, me permitiera estar en su casa durante esa mañana. Él me respondió "Ya estoy viejo para eso, no me lo van a dar…" Pero aceptó. Bueno, lo cierto es que al día siguiente sucedió, lo llamé y me recibió. Llegué a la puerta de su edificio, en donde ya estaban todas las cadenas de televisión del mundo, guardé discretamente mi libreta de anotaciones y me anuncié en recepción. Me hicieron pasar y ahí estuve. Mientras se sucedían los llamados de personajes relevantes de todo el mundo y su familia festejaba, yo pasaba como silencioso testigo. De vez en cuando, el hombre sentía tanta euforia por lo que estaba sucediendo que emitía un grito muy agudo, casi un alarido… Mira, hace poco vi la película de Glenn Close y Jonathan Pryce (N. de la R: La esposa) y se acerca bastante a eso que viví esa mañana en el departamento de Vargas Llosa en Manhattan. A él lo único que le preocupaba realmente era la vanidad que podía invadirlo. "Es una enemiga muy poderosa y temida por mí", me dijo.

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EL TIEMPO
Bogotá – Colombia
9 de agosto de 2019

Columna de opinión

Gabo y Netflix
“Mientras yo esté vivo, Cien años no se filma;
ni siquiera Kurosawa, que ya la empezó”.

Por Salvo Basile

Cuando supe de buena fuente que Netflix había adquirido los derechos de Cien años de soledad, experimenté una sensación terrible de desasosiego que las viejas cartageneras bautizan ‘muerte chiquita’. Sí, porque yo había asistido hace 30 años a un tête à tête de Sergio Leone y Gabriel García Márquez, y mientras Leone le suplicaba a Gabo que le concediera los derechos de su obra más preciada, Gabo salió con una de sus frases lapidarias: “Mientras yo esté vivo, Cien años no se filma; ni siquiera Kurosawa, que ya la empezó”.

Estaba yo de asistente de dirección de Leone en la película Érase una vez en América y Gabo, que se hallaba de paso por Roma, me llamó desde la zapatería más elegante de Via Veneto. Y ese fue mi momento de gloria, porque todo Cinecittá supo, por las operadoras chismosas, que García Márquez había llamado a Salvo Basile.

Mientras yo hablaba con Gabo, Sergio Leone, mi gran jefe y maestro, me hizo seña de invitarlo a comer. Gabo me dijo que lo consultaría con Mercedes, que afortunadamente al final dio su placet y organizamos una mesa estelar que se volvió todavía más estelar cuando llegó el personaje más rutilante, que ahora les cuento.

La mesa estaba compuesta por Gabo, la Gaba, Robert de Niro, Dalila di Lazzaro, Sergio Leone, Salvo Basile y una pareja venezolana familiar de Carlos Andrés Pérez. El resultado fue un acto de comedia a la italiana, porque así sonaba: Gabo chapuceando un italiano aprendido en el Centro Sperimentale de Cinematografia, Robert de Niro se expresaba en un italiano de mafioso de Little Italy y Sergio Leone, un idioma de cowboy; pero lo único que sobresalía era la ‘jeremiades’ de Sergio pidiendo, y la testarudez de Gabito que no aflojó ni siquiera cuando me pareció oír una suma estratosférica, en esos años estrafalaria: algo como 700.000 dólares. Una barbaridad en los años 80.

Y a todo esto hay que sumarle la llegada de la verdadera estrella de la noche: Muhammad Ali, en todo su esplendor y ya con comienzos de párkinson. De esa noche, hay una foto memorable que Gabo atesoraba en su estudio. Los hijos de Gabo, especialmente Rodrigo, siempre me preguntan: ¿y por qué no estás en la foto? Y siempre respondo: ¿Y quién crees que la tomó?

Mi desasosiego se debe a que conociendo a Rodrigo García Barcha, que ni él ni Gonzalo se meterán en la realización de la serie, tal como Gabo no se metió ni en Crónica de una muerte anunciada ni en El amor en los tiempos del cólera. Y ojalá se hubiera metido.

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EL HERALDO
Barranquilla – Colombia
17 de mayo de 2019

Sobre el libro La cueva

Columna de Opinión
El Escalona del grupo

Por Heriberto Fiorillo

Roberto Prieto era pianista, Orlando Rivera gran bailarín, Gabriel García Márquez cantante y tocador de dulzaina, Germán Vargas le jalaba también al canto, pero el único músico idóneo del emblemático grupo de Barranquilla fue Rafael Escalona, quien se conoció con Gabo el 23 de marzo de 1950.

Lo escribí en mi libro La Cueva, crónica del Grupo de Barranquilla, pero con mucho gusto lo repito:

Escalona había llegado esa vez a Barranquilla con el fin de comprar repuestos de maquinaria para trasladar a Valledupar, pero su motivo ulterior era conocer a García Márquez, el escritor y columnista que, a juicio de su amigo Manuel Zapata Olivella, cantaba al pie de la letra todas sus canciones.

“Está en EL HERALDO”, le había dicho. Y allá lo llamó el compositor.

“No me fue difícil reconocer –dijo Gabo– al otro extremo de la línea, la misma voz discreta, mesurada, que tantas noches de buena fiesta he admirado en la letra y en la música de El Trajecito, El Cazador, El Bachiller y en otras canciones nuestras incorporadas al patrimonio popular”.

Pero cuando lo citó y lo encontró en el Café Roma, fue Gabito quien tarareó El Hambre del Liceo, una canción de Escalona que el escritor cataquero identificaba con sus penurias de Zipaquirá.

Pocas horas después, Escalona le hablaba de su gente y de aquella novia inolvidable a quien una tarde le pidió, con palabras de música, que se pusiera el mismo traje, ese que tiene flores pintadas, dos mariposas y un pajarito...

Cosas como las que Escalona cantaba, eran las que Gabo quería escribir. “Creo que más que cualquier libro –reflexiona García Márquez– lo que me abrió los ojos fue la música, los cantos vallenatos. Me llamaba la atención, sobre todo, la forma como ellos contaban, como se relataba un hecho, una historia”.

Los dos amigos se siguieron viendo, cada vez que Escalona venía a Barranquilla, en el mismo lugar, y fue así como el compositor se volvió miembro esporádico del grupo al que pertenecía el escritor de Aracataca. “A veces aparecía Escalona –contó Germán Vargas– y nos íbamos al Café Roma, y era él quien nos cantaba en tono muy bajo las últimas canciones que había compuesto y Gabito se las aprendía enseguida”.

Alfonso Fuenmayor, que solía describir a Rafael Escalona como el más vanidoso de los hombres, sostuvo que el compositor había creado sin duda una música perdurable, en la que alentaba el alma de su pueblo.

“A Escalona –comentó Fuenmayor– le gustaba oír cantar a Gabito, con su cara de cantante mexicano”.

De diciembre de 1952 a marzo del 53, Gabito estuvo vendiendo enciclopedias y libros de medicina por la provincia de Valledupar, donde vivió una larga temporada con Escalona, Nereo y Manuel Zapata Olivella. El escritor aprovechó para tomar notas que le ayudarían en la escritura de sus libros. “Estudiábamos a fondo el vallenato. Escalona me ayudó mucho. Yo asistí al parto de muchos de sus cantos. Componía seguido. Uno detrás de otro”. (Continuará).

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EL HERALDO
Barranquilla – Colombia
24 de mayo de 2019

Sobre el libro La cueva

Columna de Opinión

El Escalona del grupo II

Como decíamos, en aquellos años cincuenta, Gabo vendía libros de medicina y enciclopedias por el Valle de Upar. Manuel Zapata Olivella, que lo veía con frecuencia, recordó su “obsesión por olerlo todo: las ciruelas jobas, las almojábanas, los sancochos de chivo y las parrandas de acordeón”.

Escalona contó que “Gabito comía huevo de iguana y arepa criolla, y le gustaban las salamandras y las lagartijas como los bellolíes y los arcoíris”. Que a él le pedía caracoles, caballitos del diablo, animalitos extraños. “Cazaba chicharras que amarraba y hacía mover sobre su cabeza, hasta que un día una le metió las alas en un ojo y duró un mes poniéndose pañitos calientes de agua de sal y de manzanilla”.

Gabo discutía con Escalona sobre la existencia de Francisco el Hombre. Gabo sostenía que aquel no había existido. Escalona que sí, que se llamaba Francisco Enrique Moscote Daza y que era de la provincia de Padilla y Valledupar. Gabo y Escalona se lo preguntaban todo y el compositor colmaba a su amigo de regalos: peinillas, jabón de Reuter, pañuelos morados, lentes de fantasía y zapatos Faitala.

“Cuando Escalona compuso ‘La vieja Sara’ –recuerda García Márquez– estábamos en una parranda. Rafael no alcanzó a terminar la canción porque se la silbó a un acordeonero que estaba por ahí. El tipo agarró música y letra de una sola oída. Fue viernes o sábado de carnaval. Cuando la parranda terminó, Escalona, que iba de Villanueva para Valledupar tuvo un accidente, una cosa leve, pero que lo obligó a suspender la parranda de carnavales. El tipo a quien él le silbó la canción empezó a regarla y fue el éxito de las fiestas en toda la provincia. Cuando Rafa se levantó, ya la canción se le había ido de las manos, ya no tenía control sobre ella, ya estaba en todas partes y él, que trató de efectuarle algunas correcciones, no pudo hacerlo porque los acordeoneros no le paraban bolas sino a la versión inicial”.

Gabo supo bien cuánto hubo de vallenato en su saga literaria y cuánto de forma, ritmo y contenido pusieron la letra y la música de acordeón en sus cuentos y novelas. Sobre las dotes narrativas del más grande compositor vallenato dijo alguna vez su amigo común, Álvaro Cepeda Samudio:

“Escalona, el gran romancero de este tiempo, relata en sus cantos la geografía de su región; nombra su topografía, anota sus ríos, enumera sus municipios, indica el modo de viajar de un sitio a otro, cataloga su fauna, determina sus cultivos, establece sus orígenes históricos, cuenta su vida diaria, exalta las realizaciones de sus hombres y se burla de sus necedades; amorosa e indiscretamente, ventila en público su vida pasional y puebla sus valles y montañas de los personajes que habrán de perpetuarlo”.

¿Acaso no hace lo mismo un escritor de novelas? En Barranquilla, Gabo se dio cuenta de que tenía que irse por el Magdalena hasta La Guajira. “El camino contrario al recorrido por mi familia. El viaje de regreso. El viaje a la semilla”. (Continuará).

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EL HERALDO
Barranquilla – Colombia
24 de mayo de 2019

Sobre el libro La cueva

Columna de Opinión
  
El Escalona del grupo (III)

En marzo de 1966, en plena escritura de Cien años de soledad, García Márquez se dio un respiro y viajó desde México al Festival de Cine de Cartagena, acompañando la película en blanco y negro Tiempo de morir, escrita por él con Carlos Fuentes y dirigida por Arturo Ripstein. (Jorge Alí Triana realizaría la versión a colores de esa historia casi 20 años después).

“Tenía siete años de no venir a Colombia -recordaba Gabito-. Entonces Escalona me visitó y yo le pregunté qué se había hecho en el país, en materia de vallenatos, durante aquellos años. Me dijo que muchas cosas y me invitó a Aracataca para que oyera a los conjuntos que él pudiera convocar en toda la provincia”. Gloria Pachón, que estaba con ellos en esa ocasión, escribió una nota para El Tiempo, titulada Festival vallenato en Aracataca.

“Cuando llegamos -dijo Gabito- mi pueblo estaba lleno de acordeones. Ese día oímos vallenato en cantidad”.

Él había viajado de Cartagena a Barranquilla y de allí enrumbado a Aracataca en el Land Rover de su compinche Álvaro Cepeda Samudio. También fueron Kike Scopell, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor. El pretexto de García Márquez era reunir en su tierra lo mejor del folclor para intentar llevarlo en corto tiempo al celuloide mexicano en el que él ya trabajaba. “Macondo está casi igual –fue lo primero que dijo Gabito al llegar a Aracataca–. Los almendros polvorientos siguen allí. Las casas de madera circundan la plaza”.

Esa tarde de marzo, Escalona llegó tarde. “Recuerdo –añadió Gabito– que Armando Zabaleta no fue invitado pero se presentó con su conjunto y, como siempre, echándole vainas a Escalona. (…) Así empezaron los festivales vallenatos”.

Gabito, por su parte, había escuchado música de acordeón desde su infancia, había aprendido a cantar con sentimiento los vallenatos de Escalona y había escrito sobre todo ello, desde una columna del 22 de mayo de 1948 en El Universal de Cartagena. En alguna Jirafa de marzo de 1950, en EL HERALDO de Barranquilla, diría: “No hay una sola letra en los vallenatos que no corresponda a un episodio cierto de la vida real, a una experiencia del autor. Un juglar del río Cesar no canta porque sí ni cuando se le viene en gana, sino cuando siente el apremio de hacerlo después de haber sido estimulado por un hecho real. Exactamente como el verdadero poeta, exactamente como los juglares de la mejor estirpe medieval”.

Del buen vallenato pues, Gabito lo supo todo sobre su música y las historias que narraba. Conoció a los legendarios compositores, cultivó una bella amistad con el más grande y escuchó a sus mejores intérpretes. Cantó como uno de ellos las canciones que le llegaron al alma, las aprendió a tocar en dulzaina y memorizó las tonadas que le arrugaron el sentimiento. Sólo le faltaba componer una pieza y lo hizo: un vallenato de 500 páginas. Cuando uno sabe esto entiende por qué es Rafael Escalona la persona que Gabito más admiró en su vida. El creador que siempre quiso ser.

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