26 de febrero de 2012


MEMORABILIA GGM 557


Un texto de GGM para coleccionistas


VOZ Proletaria
Bogotá – Colombia
Febrero de 2012


El muro que nunca cayó

Gabriel García Márquez



La existencia de Gilberto Vieira resume el paso de las ideas comunistas por la historia de Colombia. Su historia es la historia del Partido Comunista Colombiano. Porque a él estuvo unido desde su adolescencia hasta su muerte. Gilberto Vieira White nació el5 de abril de 1911 y murió el pasado 10 de marzo (2000), ochenta y nueve años dedicados a las ideas izquierdistas.

Comunista convencido desde su juventud, Vieira fue un fogoso defensor de las causas del proletariado. Por cuenta de sus ideales se ganó problemas de toda índole: desde la expulsión del colegio donde estudiaba el bachillerato hasta estar a punto de ser fusilado. Ingresó en la Universidad del Cauca, pero no avanzó mucho en sus estudios debido a una fuerte razón, se le atravesó en su vida lo que terminó siendo su gran causa: el Partido Comunista (PC), que nació en los años treinta. En 1947 asumió la secretaría general del movimiento y en ella estuvo hasta 1991, cuando se retiró de la política activa. "Tengo la bicoca de 80 años, es tiempo de dejarles el camino a los jóvenes", dijo en aquel momento.

GGM y Vieira

Ya para entonces había recorrido un largo camino: fue concejero municipal de Bogotá, representante a la Cámara por Cundinamarca, miembro de varios concejos de diversos pueblos y ciudades, director del Diario Popular, que antecedió a VOZ proletaria. Fue uno de los fundadores de la Central de Trabajadores de Colombia, CTC, y representó al PC en congresos comunistas realizados en Rusia, Checoslovaquia y Bulgaria, entre otros países. Nunca aspiró a la Presidencia de la República. Según dice su hija, Constanza Vieira, no lo hizo porque era un "político zorro". "Mi padre sabía que si se lanzaba perdía, y él no era un perdedor". Por eso decidió más bien impulsar figuras como Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo Ossa y José Antequera, todos asesinados en medio de la guerra sucia que se desencadenó contra la Unión Patriótica y que Vieira siempre denunció con vehemencia. 

Pero ni en las épocas más duras de controversia política, Gilberto Vieira abandonó sus convicciones. Pasó momentos difíciles, como cuando tuvo que ir a la clandestinidad por cuenta de la persecución vivida durante la hegemonía conservadora y la dictadura militar, tiempo en el que el comunismo fue declarado ilegal. Años después también recibió amenazas y aunque muchos le aconsejaron salir del país, él no quiso dejar Colombia. Amigo de la paz, cumplió papel importante con sus opiniones en los diálogos con la guerrilla adelantados por los Gobiernos de Belisario Betancur, Virgilio Barco y César Gaviria. Fue un convencido de que las negociaciones debían continuar y así lo dejó claro en uno de sus últimos escritos. "Su principio fundamental era respetar las ideas de los otros", dice su hija. 

Podría decirse que Vieira era un representante de esa estirpe que hoy parece estar en vía de extinción: la de los políticos que no centran su acción en buscar el éxito en las urnas, sino en la promoción de ideas. "Políticos a lasque les cabe el país en la cabeza y tienen una inmensa sensibilidad", agrega Constanza. Por eso, aunque estuvo involucrado en la lucha partidista y apoyó la insurrección armada. Vieira va a quedar en la memoria del país como un pensador y un intelectual. Culto, pausado, con una imagen que coincidía más con la de un profesor universitario, Que con la de una imagen que coincidía más con la de un profesor universitario que con la de un líder popular, Gilberto Vieira murió defendiendo las causas que iban contra el establecimiento pero que para él eran las de la mayoría, Y murió convencido, además, de que la principal forma de lucha era la armada. "Admiraba a las Farc, aunque no compartía sus métodos", afirma su hija. Siempre le causaron risa aquellas opiniones según las cuales las ideas izquierdistas ya no tenían cabida después de la caída del muro de Berlín. Para él sus utopías seguían tan vivas como nunca. Genio y figura. al fin y al cabo.


Tomado de la Revista Cambio,
abril de 2002.
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LA VOZ DE RUSIA
Moscú – Rusia
16 de febrero de 2012           

Las pecadoras y dictadores 
del gran Gabo
           
Con el intrigante nombre Pecadoras y dictadores de Gabriel García Márquez, Rusia prepara la edición un libro del periodista y escritor ruso Serguei Márkov, especialista en literatura latinoamericana e investigador de las obras del gran Gabo, como llaman en su patria al gran prosista colombiano.

Para Márkov el interés de los lectores por la prosa de Márquez (sic) con el tiempo se convirtió en algo más, y ahora es investigador de la obra del escritor, autor de un libro biográfico de Márquez en la serie de Vida de hombres notables y traductor al ruso de sus memorias Vivir para contarlo (sic). Todos estos libros saldrán a la luz en marzo de este año, en ocasión del 85º aniversario de Márquez.  Mientras tanto, en entrevista a nuestra radio Serguei Márkov recuerda su primer encuentro con el escritor:

−Tuve la ocasión de entrevistarme con Márquez en 1980, en La Habana, donde yo estudiaba. Siendo estudiante de periodismo me armé de coraje, me acerqué a él en una recepción. Hablamos unos diez minutos, pero no me concedió la entrevista que solicitaba.  Él era ya un gran escritor, autor de Cien años de soledad, aunque   todavía no había recibido el Premio Nóbel. Al enterarse de que yo era de la URSS, hizo muchos cumplidos sobre las mujeres rusas y nada más.

Más tarde, me encontré una vez más con él, pero Márquez, otra vez evitó la entrevista, dando preferencia a una conversación sobre el ordenador que comenzaba a utilizar, y sobre los pormenores en la preparación de cócteles cubanos, la belleza de las mujeres y la naturaleza. De esta forma, Márkov comenzó a recopilar materiales para su ibro sobre el gran Gabo de memorias de amigos y amadas del escritor.




Serguei Márkov © Foto: Сергей Марков



−A su manera, creo que este libro es una sensación, dice el autor.  Trata de cómo vivía Márquez en su juventud, como escribía, se enamoraba… A Gabo lo abandonaron, él abandonó, fue infiel… En el libro hay elementos de una novela detectivesca e, incluso, de una novela erótico-detectivesca…Cuenta, por ejemplo, de su primer amor por la española Tacha (sic). Lo que ocurrió entre Gabo y Tacha en París está descrito en muchos episodios amorosos de sus novelas. O bien, el famoso encuentro de dos genios: Márquez y Mario Vargas Llosa, escritor peruano, también Premio Nóbel. Sus familias eran amigas y de repente, en el estreno de una película con libreto de Llosa (sic), este, en vez de abrazar amistosamente a Márquez, le dio un golpe en el ojo, según rumores, por un romance con su esposa.

El autor del libro Pecadoras y dictadores de Gabriel García Márquez afirma que este título tan provocativo no es sólo un truco comercial, si bien esto también importa. “La cosa está, −explica Márkov− en que el estudio de la naturaleza del poder es uno de los temas centrales de la obra de Márquez. Y las pecadoras figuran casi en todas las obras del escritor, adquiriendo rasgos de personajes bíblicos”.

−El propio Márquez considera que su principal obra no es Cien años de soledad sino El otoño del Patriarca, que trata de un dictador. Ya en su juventud trató el tema del poder, pero lo abordó activamente tras el primer viaje a la URSS en 1957, cuando asistió al Festival de la Juventud y los Estudiantes. Tres veces Márquez trató de visitar el Mausoleo y entró allí tan solo en el tercer intento. Le interesaba mucho ver a Lenin y, sobre todo, a Stalin, que entonces también yacía en el Mausoleo. Prestó atención a las manos de Stalin: le parecieron unas manos de mujer. Y después, describió estas manos femeninas en El otoño del Patriarca, porque el personaje central consta, como un mosaico, de rasgos de varios dictadores, incluido el
nuestro.

−Muchos no lo han comprendido, −lamenta el estudioso ruso− a pesar de ser un libro altamente moral y muy triste sobre la vida, el amor, sobre lo no realizado, lo desperdiciado, sobre todo… Como ocurre siempre con Márquez.

18 de febrero de 2012

MEMORABILIA GGM 556



A Botero no le cae bien García Márquez. Es un hecho constatable en diferentes entrevistas que el pintor antioqueño ha dado, la más reciente en la revista Soho, en la que su editor preguntó lo que siempre se le ha preguntado, y Botero contestó tal y como siempre lo ha hecho: defendiendo su obra y explicando su procedimiento y labor artística cada vez que aparece la figura del nobel colombiano. No entiende por qué el obvio (y frívolo) discernimiento del público que relaciona los dos estilos creativos: el realismo mágico de Gabo y el uso de la exageración, y la "volumetría gastronómica" (según Cobo Borda) que hace que sus formas aparenten ser gordas. Es molesto y entendible la agobiante explicación a los periodistas y la incorregible precisión al público. Ambos no escuchan. Averiguan lo mismo. En tanto Botero también manifiesta lo suyo, al contrario de lo que muchos creen, Gabo le cae pesadísimo.

Suena duro, claro. Pero las desavenencias han alimentado la historia del arte. La célebre rivalidad entre el elegante, lúcido y bello Leonardo en contraste con el escabroso y de salvaje espíritu Michellangelo. Aquel señalaba con sorna su desprecio por la escultura, y éste respondía con altaneros reclamos sobre la constante inconstancia del hombre de Vinci. O la que protagonizaron en pleno siglo XX dos escritores norteamericanos célebres: Ernst Hemingway y Scott Fitzgerald. Uno le criticaba (y celebraba en ocasiones) su estilo de escritura, sus modales artificiosos y hasta su mujer, la remilgada Zelda Fitzgerald. Éste siempre señaló el injustificado prestigio del autor de "Felicidad", llegando incluso a comentar con inquina, ante la descomunal proyección de masculinidad de Hemingway, que éste "se ponía pelucas en el pecho". O la que enfrentó a Mozart con Salieri, la de Picasso con Matisse o Modigliani, o la lucha ideológica latinoamericana entre García Márquez y Vargas Llosa.

Para entender un poco las idiosincrasias que repercuten en la apreciación mutua, es bueno revisar las ocasiones en que pudieron haberse cruzado, es decir, las oportunidades en que estuvieron hablando, compartiendo escenarios o ámbitos puntuales. En esta exploración surge el nombre de Álvaro Mutis, conocido relacionista público y hombre de cultura, es difícil encasillarlo pues como señalaba Gabo en un artículo "la mayoría de sus amigos -a quienes Mutis les parece un hombre fabulosamente simpático- no pueden explicarse a qué horas escribe sus libros". Fue él quien apoyo a Gabo desde que se conocieron en 1949 de diferentes formas: citas con editores, recomendación con jefes de diarios, presentación de poetas bogotanos y hasta viajes de inspiración al extranjero. En 1954 Gabo entra a trabajar en el diario capitalino El Espectador, en un acuerdo de última hora entre Guillermo Cano y Mutis.

Por su parte, Mutis pudo conocer muy bien a Fernando Botero. Pues vivió con el joven pintor y su esposa Gloria Zea, en la capital mexicana entre 1957 y parte de 1958, después de una temporada en prisión por asuntos financieros. Estadía en medio de dificultades económicas del matrimonio colombiano (él se dedicaba exclusivamente a pintar y ella se encargaba de la crianza de su primer hijo, Fernando). Es muy probable por la admiración que siempre profesó Mutis por Gabo que lo nombrase en alguna conversación, y pidiese a Botero su opinión, pero no hay mayor constatación. En una charla con Gloria Zea hace poco más de un año comentó que "se trataban todos los temas de Colombia, México y el mundo, pero Botero nunca dijo nada particular sobre Gabo". Quizás porque no conocía su obra, que consistía en cuentos publicados, su novela La Hojarasca y la reconocida serie por entregas del Relato de un Náufrago. En su estadía en Nueva York años después, según un amigo "hizo apuntes positivos sobre Cien años de Soledad".

En 1960 Botero hizo algunas ilustraciones del cuento de Gabo La Siesta del Martes para El Espectador, pero como él mismo lo señala "este era un oficio diario que no representaba mis gustos o predilecciones literarias". Era bien pago su trabajo, simplemente, en aquellos años en que comenzaba a figurar con fuerza en el medio artístico colombiano.

Ahora, si pensamos en Bogotá hace cincuenta años, es una ciudad que resurge de las cenizas del Bogotazo (1948), en medio de tensiones políticas: el golpe de Estado de Rojas Pinilla (1953), el período de la dictadura, la guerra civil y su epítome de La Violencia (1948-1958). En aquella ciudad la Avenida Jiménez (Hoy Eje ambiental) era el centro la vida política, cultural y económica. A sus cafés acudían las figuras de la poesía, el arte, las narrativas, son muchos los recuerdos de aquellas célebres tertulias y sus participantes. En Bogotá se conversaba mucho. La oficina de Gabo quedaba en el segundo piso y la de Mutis en el quinto del mismo edificio. La sede de El Tiempo estaba en los estudios de la Carrera Séptima, el Parque Santander reunía a los jóvenes empresarios bogotanos.

 En los años ochenta los dos viven en Paris, cerca del barrio Latino. Allí residen el hermano de Gabo, Eligio, artistas como Luis Caballero, Luciano Jaramillo, Darío Morales o el cineasta Luis Ospina, y otros más. En esta época se hicieron reportajes y entrevistas a Gabo desde París, recordando sus tiempos de hambre y bohemia, o sus visiones de Latinoamérica, sus amistades, sus sueños. Es significativo que por estos años muchos le hicieran saber a Gabo su alegría o satisfacción por su Premio Nobel: Morales le regaló un retrato gigantesco, Plinio Mendoza le hizo un par de buenos reportajes, Caballero le envío una sentida


Darío Morales pinta a GGM

felicitación. Algunos se acercaron a su casa para darle su saludo cortés y amable, otros lo atiborraban en fiestas y comidas. Botero nunca se acercó a su casa ni tuvo el disimulo (como buen relacionista público que siempre ha sido) de enviarle sus saludos o felicitaciones. Nada. Se puede ser suspicaz si recordamos que a Vargas Llosa le regaló un óleo que el escritor peruano conserva -según un escrito suyo- en su estudio en Europa. Pero con Gabo, nada, cada quien en lo suyo: Botero en su estudio y Gabo al frente de su computador, como niño curioso que estrena juguete. Revisar los posibles encuentros conduce a una inocuidad. Un desgaste innecesario. La respuesta, o al menos la explicación está en


Vargas Llosa y su cuadro de Fernando Botero

lo que señala el crítico e historiador de arte colombiano Álvaro Medina: "Botero es un artista celoso". Celos que nacen de la rivalidad con los artistas de su generación, con sus compatriotas o con pintores y escultores del mundo. Celos por ser el protagonista. En diversas entrevistas en su juventud señalaba su "admiración por el trabajo de Obregón, su manejo del color...", su estilo que, hay que señalar, muchos artistas de la época intentaban imitar o introducir como pauta pictórica. O las alabanzas al muralismo mexicano y sus cabezas visibles, Diego Rivera, Orozco y Siqueiros, incluso el renovador Rufino Tamayo. Al final dijo que Obregón nunca lo había influenciado, o que "Siqueiros era el peor pintor del mundo y Rivera, una mera derivación del expresionismo alemán". La defensa por su identidad que se entreteje con el mito y con el célebre afán de trabajo lo lleva a este tipo de afirmaciones, comprensibles, claro, pues a la larga el artista intenta desligarse de su pasado, afincarlo y proyectar su futuro, precisamente apelando a una historia de sí mismo.

Le cae pesadísimo, no ha leído con entusiasmo su obra, nunca se cruzan y es probable que no lo hagan. La relación nunca nació ni llegó a crecer. Hubo varios puentes que pudieron haberlos comunicado. Pero el asunto al fin de cuentas, está en las personalidades, en identificar la frontera entre el mito o la invención de la realidad y la verdad, al menos la verdad convertida en cotilleo. Son muchas las diferencias que los separan, pero son a mi parecer más los puntos de encuentro, las semejanzas en temas, tratamientos: en su creación artística. Aquí reside la importancia de la relación entre las cabezas visibles del arte y la literatura colombiana. Por ahora nos quedamos entre la antipatía de uno y la indiferencia del otro.


16 de febrero de 2012

MEMORABILIA GGM 555

MEMORABILIA GGM
Cali – Colombia
17 de febrero de 2012

Con nuestros agradecimientos a Marco Tulio Aguilera G. por su gentileza

Escenas de amor y eros
en las obras de García Márquez

Conferencia inaugural del Congreso de Literaturas Hispánicas en la Universidad de Indiana 2009. Fragmentos cedidos en exclusiva para MEMORABILIA GGM.

Marco Tulio Aguilera Garramuño

En la mayoría de las obras de García Márquez eros, entendido como la relación estrictamente erótica o física, domina sobre el amor, entendido como una relación en la que están involucrados los sentimientos, el espíritu o ese no sé qué que no termina por definirse. No pretendo entrar en sutilezas teóricas, que harían más difícil este problema. Comencemos casi al azar. El problema fundamental del patriarca de García Márquez se halla en la incapacidad de amar, o por lo menos de tener un amor “normal”. La posesión del poder absoluto y eterno mueve su vida como una obsesión. En realidad El otoño del patriarca es un largo, larguísimo monólogo, que incluso supera en extensión al famoso monólogo de Molly Bloom en el Ulises de Joyce; es un tour de force sometido a las azarosas, caprichosas leyes de lo que el mismo Joyce llamó “la voz interior”. El fracaso de su vida erótica y amorosa es el lastre que arrastra por la vida, como arrastra desde su nacimiento un enorme testículo, imagen desagradable y propia de la desmesura de un autor que se ha caracterizado por la desmesura. Veamos las escenas de eros en esta novela. Según el patriarca el amor es algo que le sucede a los hombres cuando están “estreñidos de mujer” y la solución a este estreñimiento es el uso violento, veloz y sin sentimientos de la hembra. Primera tesis: en general las criaturas femeninas de García Márquez son más hembras que mujeres. El patriarca le propone solucionar el problema de tal estreñimiento a su mejor amigo y compadre, Patricio Aragonés, de la siguiente forma:  ·“…te la pongo a la fuerza en la cama con cuatro hombres de tropa que la sujeten por los pies y las manos mientras tú te despachas con la cuchara grande, qué carajo, te la comes barbeada, hasta las más estrechas se revuelcan de rabia al principio y después te suplican que no me deje así mi general como una triste pomarrosa con la semilla suelta…”

[...]
El sustantivo que usa con más frecuencia al describir la forma en que un personaje se apropia de una mujer es “zarpazo”. Veamos cómo llega a poseer a una de las niñas impúberes de la escuela cercana a su casa. Dice la niña: Él acechaba por las claraboyas del establo a las niñas de uniforme azul de cuello marinero y una sola trenza en la espalda pensando madre mía Bendición Alvarado cómo son de bellas las mujeres a mi edad, nos llamaba, veíamos sus ojos trémulos la mano con el guante de dedos rotos que trataba de cautivarnos con el cascabel de caramelo del embajador Forbes, todas corrían asustadas, todas menos yo, me quedé sola en la calle de la escuela cuando supe que nadie me estaba viendo y traté de alcanzar el caramelo y entonces él me agarró por las muñecas con un tierno zarpazo de tigre y me levantó sin dolor en el aire y me pasó por la claraboya con tanto cuidado que no me descompuso el vestido y me acostó en el heno perfumado de orines rancios tratando de decirme algo que no le salía de la boca árida porque estaba más asustado que yo, temblaba, todas corrían asustadas, todas menos yo. A esta niña y a otras niñas, que andando el tiempo se descubre son prostitutas, el patriarca las somete a sus rituales seniles: utiliza sus sangres menstruales para ensopar el pan y baña en ella los espárragos que come, las contempla largamente, las acaricia con la lengua por horas, les cuenta sus cuitas… Y sin embargo las olvida casi inmediatamente. Tal comportamiento se repetirá en Memoria de mis putas tristes

El falo del patriarca es llamado en todas las ocasiones “potra”(1), y es una especie de animal independiente de la voluntad del anciano, un órgano descomunal que no el da sosiego, que silba como un pájaro y que permanece en una erección interminable. El patriarca es descrito como “un bisonte de lidia”. Se enamora, o más que ello se obsesiona por Manuela Sánchez, “la reina de los pobres”, una reina de belleza a la que endiosa como don Quijote endiosó a Dulcinea, pues un habitante del vecindario de ella que la ve con ojos aparentemente lúcidos la describe como “una tetona nalgoncita que se cree la mamá del gorila”. Veamos la mitificación que hace el patriarca de la humanidad triste de la reina de los pobres: La vio aparecer en la puerta interior como la imagen de un sueño reflejada en el espejo de otro sueño con un traje de etamina de a cuartillo la yarda, el cabello amarrado de prisa con una peineta, los zapatos rotos, pero era la mujer más hermosa y altiva de la tierra. (Aquí hay que anotar que en las obras de García Márquez hay más de una decena de “mujeres más bellas de la tierra”: Remedios La Bella, Fernanda del Carpio, etc.) Se da en el patriarca el típico esquema del amor machista: hay mujeres para el amor y hembras para la cama. Las primeras son intocables y las segundas son una especie de muebles de placer que hacen agradable la vida de los machos. De hecho cuando el pueblo quiere alabar al patriarca, lo llama “macho”. Los fornicios del patriarca son “amores de gallo”, amores de pisa y corre, irresponsables, egoístas, narcisistas, veloces, sin más encanto que el vahído del orgasmo correspondiente y el suspiro de desilusión de la hembra en turno. La reina de los pobres, tras ser asediada por el patriarca durante años, tras recibir los obsequios más inverosímiles, desaparece intacta, como desaparecerá Remedios La Bella en Cien años de soledad.

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Las escenas del más puro erotismo cercano al amor son precisamente aquéllas que no involucran posesión del objeto de deseo. Veamos ésta, en la que se manifiesta una sutileza ajena a las violaciones mediante zarpazos y violencia. Está incluida en El amor en los tiempos del cólera y corresponde al instante en que el doctor Urbino logra un vislumbre del cuerpo semidesnudo de Fermina Daza: No era fácil saber quién estaba más cohibido, si el médico con su tacto púdico o la enferma con su recato de virgen dentro del camisón de seda, pero ninguno miró al otro a los ojos, sino que él preguntaba con voz impersonal y ella respondía con voz trémula (…) Al final el doctor Juvenal Urbino le pidió a la enferma que se sentara, y le abrió la camisa de dormir hasta la cintura con un cuidado exquisito: el pecho intacto y altivo, de pezones infantiles, resplandeció un instante como un fogonazo en las sombras de la alcoba, antes de que ella se apresurara a ocultarlo con los brazos cruzados. Imperturbable, el médico le apartó los brazos sin mirarla, y le hizo una auscultación directa con la oreja contra la piel, primero el pecho y luego la espalda.

Gabriel García Márquez establece en El amor en los tiempos del cólera una clara distinción entre los “amores de planta” y los “amores de paso”: los primeros son serenos, sin arrebatos, sujetos a rituales establecidos; los segundos son de alguna manera artísticos, libres, arrebatadores y fugaces. El caso más ejemplar de los amores de planta se presenta entre el doctor Juvenal Urbino y su esposa, Fermina Daza. Veamos el primer acercamiento conyugal y la forma tan poco pasional, tan calculadora en que se da el desfloramiento de Fermina: ya en la cama permanecieron un rato callados e inmóviles, él acechando la ocasión para dar el paso siguiente, y ella esperándolo sin saber por dónde, mientras la oscuridad iba ensanchándose con su respiración cada vez más intensa. Él la soltó de pronto y dio el salto en el vacío: se humedeció en la lengua la yema del cordial y le tocó apenas el pezón desprevenido y ella sintió una descarga de muerte, como si le hubiera tocado un nervio vivo. (…) Entonces él supo que habían doblado el cabo de la buena esperanza (…) la agarró de la muñeca y le fue llevando la mano a lo largo de su cuerpo con una fuerza invisible pero muy bien dirigida, hasta que ella sintió el soplo ardiente de un animal en carne viva, sin forma corporal, pero ansioso y enarbolado. Al contrario de lo que él imaginó ella no retiró la mano, ni la dejó inerte donde él la puso, sino que se encomendó en cuerpo y alma a la Santísima Virgen, apretó los dientes por miedo de reírse, y empezó a identificar con el tacto al enemigo encabritado, conociendo su tamaño, la fuerza de su vástago, la extensión de sus alas (…) El doctor Urbino la vio agarrar otra vez sin remilgos el animal de su curiosidad, lo volteó al derecho y al revés, lo observó con un interés que ya empezaba a parecer más que científico, y dijo en conclusión: “Cómo será de feo, que es más feo que lo de las mujeres” El cuerpo de Fermina tiene “olor a animal de monte” y este tipo de característica animalística se repite en la caracterización de las otras mujeres. El acto entre el doctor y su esposa se consuma casi atléticamente y termina en una imagen poética, “hasta que se gastaron en el beso todo el aire de respirar”.

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 En El amor en los tiempos del cólera se destilan filosofías de la vida, del amor, del matrimonio, de la fidelidad, de la lealtad. Termina siendo una novela romántica y hasta decimonónica: los amantes someten el mundo al imperio de su capricho, pues deciden vivir el resto de sus vidas en un eterno ir y venir por el río Magdalena, amparados en el cólera.

Florentino fue un hombre de paso para muchas mujeres (Leona Cassiani, Sara Noriega, la viuda de Nazareth, Prudencia Pitre, Prudencia Arellano, Ángeles Alfaro, Andrea Varón, Bárbara Lynch, Ausencia Santander, América Vicuña). Su consigna parece ser: mi alma la guardo intacta para el amor, pero mientras tanto mi cuerpo lo abandono a la sensualidad. Amor y erotismo están separados en esta novela: el amor sólo está presente como emanación misteriosa, como una especie de mentira que ayuda a morir. Mientras que el erotismo, parece sostener García Márquez, es una verdad que ayuda a vivir. Y es por eso que mientras los personajes masculinos, como el Odiseo clásico, se aventuran por los mares procelosos de las aventuras galantes, a las mujeres en general les queda vivir la vida como una novela romántica. De ahí la violencia de la pasión de tantos protagonistas masculinos que quitan virginidades con zarpazos, sin despojarse de las ropas; que toman por asalto a las sirvientas en los patios de lavado y arremeten como bisontes contra mujeres desprevenidas. Ejemplo acabado de estos polvos de gallo, de estas violaciones consentidas, tan propias de las obras de García Márquez es la que se ofrece casi al inicio de Memoria de mis putas tristes. En esta novela un anciano decide “regalarse una noche de amor loco con una adolescente virgen” para celebrar su cumpleaños. Negocia la consecución de su objetivo con una alcahueta. A partir de entonces pasa las noches al lado de una jovencita, a la que llama Delgadina, por la que concibe un amor imaginario que lo hace feliz. Tal es el argumento de la polémica novela de García Márquez. Gran parte de Memoria de mis putas tristes se ocupa de escenificar la vida ritual de un periodista a quien apodan Mustio Collado. Comparte este personaje con el patriarca y con Florentino Ariza la costumbre de coleccionar aventuras sexuales y soñar algún tipo de paraíso en el que estén incluidos el amor, la pureza, la inocencia o algo así. Y al igual que los otros dos personajes, el anciano ejerce una sexualidad desaforada (anota en un cuaderno las 514 mujeres con las que ha yogado, tal como lo hacía Florentino en sus registros de fornicaciones). Su sexualidad es frugal, apresurada y a veces violenta; tal violencia es ejemplificada casi al inicio de la novela, cuando acomete súbitamente a su sirvienta Damiana así: Recuerdo que yo estaba leyendo La lozana andaluza en la hamaca del corredor, y la vi por casualidad inclinada en el lavadero con una pollera tan corta que dejaba al descubierto sus corvas suculentas. Presa de una fiebre irresistible se la levanté por detrás, le bajé las mutandas hasta las rodillas y la embestí en reversa. Ay, señor, dijo ella, con un quejido lúgubre, eso no se hizo para entrar sino para salir.

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 Otra de las frases célebres en las que se desnudan las ocultas convicciones del personaje, suena también a confesión cínica y a justificación de la impotencia: El sexo es un consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor. De nuevo tenemos la idea de que sexo y amor son dos mundos que coexisten pero que no están necesariamente conectados. El sexo es una cosa que está ahí y con la que hay que cumplir porque está en la naturaleza humana, particularmente en la masculina, pero lo que en realidad importa es el amor.

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Faltaría revisar las escenas de amor y eros en Cien años de soledad y en otras obras. Provisionalmente diremos que García Márquez no termina por darnos certezas sino apenas acercamientos, vislumbres, como los que podría darnos un ciego iluminado. Y podemos agregar lo que ya se sabe: los escritores, particularmente los novelistas, no viven en el mundo de las verdades, sino en el de las hipótesis, las posibilidades, los tanteos. Y en verdad que esta suerte de buscar un gato negro en un cuarto oscuro, no es sólo la de los escritores, sino la de todos los seres humanos, que viviremos sin entender qué es el amor, cuál es el sentido de la vida, qué quieren las mujeres (aparte de comprar todo lo que se les ponga al frente), qué nos espera después de la muerte, existe o no Dios… y así hasta el infinito.

Cien años de soledad podría leerse como una especie de peregrinación de un narrador, que podría ser el gitano alquimista Melquiades, el sabio catalán que estimuló las ansias epistemológicas y literarias de los cuatro amigos (Alvaro, Germán, Alfonso y Gabriel) o el mismo García Márquez: peregrinación en búsqueda de al amor, que culmina, casi siempre en la soledad, el desconsuelo y el desamparo. El sabio catalán, antes de abandonar Macondo, como terminarían abandonándolo casi todos los habitantes antes de que Macondo fuera “arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres” les deja un mensaje a los cuatro amigos: les dice que “en cualquier lugar en que estuvieran recordaran siempre que el pasado era mentira, que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable, y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera”. Hay abundantes escenas del eros ordinario en Cien años y muy pocas de amor: hay muchas hazañas sexuales, descripciones de desmesuras y características descomunales tanto de machos como de hembras ( la mulata adolescente que inicia en la sexualidad a Aureliano cumple con una cuota de setenta fornicaciones por noche; el coronel Aureliano Buendía hace visitas nocturnas a muchas mujeres en cada una de las pausas de sus incontables guerras perdidas y engendra 17 bastardos; el penúltimo Aureliano, equilibra una botella de cerveza sobre su descomunal miembro; la tía pinta el falo de su sobrino con carboncillo, le pone ojos y moñitos; Petra Cotes y la prostituta Nigromanta, son auténticas atletas del amor mercenario; José Arcadio Segundo se acostumbra al comercio con burras en complicidad con el sacristán Petronio; el último Aureliano tiene entre las piernas un descomunal “moco de pavo”. Macondo es un pueblo de una lubricidad exaltada, de la que sólo se libran Remedios La Bella, Fernanda del Carpio y Úrsula, la matriarca. Escenas de amor hay pocas en Cien años, y en general son protagonizadas por parejas clandestinas, maridos infieles o parientes cercanos. Los dos casos más evidentes de relaciones que son o parecen el amor son los perpetrados por Aureliano Segundo y la prostituta Petra Cote; también las relaciones que establece Aureliano con Amaranta Úrsula, su tía, amores éstos que culminan con el nacimiento de un varón con cola de cerdo y con la destrucción de Macondo por un viento. Esta última relación está caracterizada por una especie de impulso casi irracional, obsesivo, que obliga a tía y sobrino entregarse a los regocijos del cuerpo y a alejarse del resto de la humanidad en una especie de desesperación antes del fin del mundo.

Perdieron el sentido de la realidad, la noción del tiempo, el ritmo de los hábitos cotidianos. Volvieron a cerrar puertas y ventanas para no demorarse en trámites de desnudamientos, y andaban por la casa como siempre quiso estar Remedios, la bella, y se revolcaban en cueros en los barrizales del patio, y una tarde estuvieron a punto de ahogarse cuando se amaban en la alberca. En poco tiempo hicieron más estragos que las hormigas coloradas: destrozaron los muebles de la sala, rasgaron con sus locuras la hamaca que había resistido a los tristes amores de campamento del coronel Aureliano Buendía, y destriparon los colchones y los vaciaron en los pisos para sofocarse en tempestades de algodón (…) Mientras ella cantaba de placer y se moría de risa de sus propias invenciones, Aureliano se iba haciendo más absorto y callado, porque su pasión era ensimismada y calcinante. Sin embargo, ambos llegaron a tales extremos de virtuosismo, que cuando se agotaban en la exaltación le sacaban mejor partido al cansancio. Se entregaron a la idolatría de sus cuerpos, al descubrir que los tedios del amor tenían posibilidades inexploradas, mucho más ricas que las del deseo.

Aquello es más que amor, una especie de esquizofrenia compartida que conlleva no sólo la destrucción de la pareja sino del mundo: En aquel Macondo olvidado hasta por los pájaros, donde el polvo y el calor se habían hecho tan tenaces que costaba trabajo respirar, recluidos por la soledad y el amor y por la soledad del amor en una casa donde era casi imposible dormir por el estruendo de las hormigas coloradas, Aureliano y Amaranta Úrsula eran los únicos felices, los más felices sobre la tierra.

No me parece aventurado afirmar que tal felicidad, vedada a la mayoría de los seres humanos, estaba basada en la presencia de dos ingredientes: trasgresión y falta de testigos que juzgaran los actos de la pareja. En aquella casa aislada del mundo tía y sobrino hacen un estropicio de amor en el que se concilian eros y amor romántico, conciliación prohibida, que de alguna manera desencadena el fin. De nuevo verificamos la vieja verdad del Eclesiastés: no hay nada nuevo bajo el sol. Síntesis: el amor auténtico no sólo es inconveniente sino extremadamente perjudicial, solo se puede dar de manera clandestina y está destinado a la muerte. Algunas conclusiones: todos los auténticos amores son desventurados; el amor no existe sino como experiencia efímera o de infatuación; el erotismo fino lo practican los personajes heterodoxos por medio de rituales sofisticados y es bastante excepcional. Las relaciones con sexualidad tormentosa y feroz son las más frecuentes en Cien años de soledad. El caso de las relaciones de amor puro entre Fermina Daza y Florencio Ariza es verdaderamente excepcional en la obra de García Márquez. En efecto, ellos se aman en el tramo final de sus vidas con una especie de amor platónico… pero se aman porque ya se ha extinguido el fuego sexual, aunque siguen jugando a tener prendida la llama, lo que llama Octavio Paz, “la llama doble”. Los dos transitaron por relaciones difíciles y al final de sus vidas, se entregan a más espirituales que físicos.
El amor, o eso que llaman amor, y el erotismo se seguirán practicando hasta el fin de la humanidad, ya sea de manera “real” o como en la actualidad, de manera virtual. Se seguirá hablando sobre ellos sin llegar a puerto alguno. La obra de García Márquez sin duda alguna ha contribuido a enriquecer y a enrarecer este diálogo con una de las partes más delicadas de la naturaleza humana: aquélla que al acercarnos al animal, nos diferencia de él. De nuevo: no hay nada nuevo bajo el sol. Somos animales que disfrutamos del sexo, nos inventamos el amor y alcanzamos fugaces momentos de felicidad. Creo que eso justifica nuestra existencia sobre la tierra. Que en la obra de GM exuda machismo, no hay duda; pero también el hembrismo: hay mujeres duras, implacables, tozudas, entusiastas y hasta excesivas en el amor y el sexo. Úrsula y Amaranta Úrsula, no ceden jamás, como tampoco ceden Petra Cotes y Pilar Ternera y en general, cuando se trata de grandes decisiones y de iniciaciones, las mujeres mantienen la entereza, mientras los hombres se acercan al templo del amor con terror, desazón e inseguridad.

Xalapa, México  mayo de de 2011

(1) Anota Juan Gossain
Tengo la sospecha de que, en el texto que acabas de publicar, Aguilera Garramuno cree que potra y falo son lo mismo.
No, de ninguna manera. "Potra" llaman en el Caribe a una hernia de los testículos que los hincha como un balón de fútbol. Por razones que se desconocen, hubo en Cartagena una epidemia de potra por allá entre los años 30 y 40.
Hay quienes afirman que ciertas potras eran tan descomunales, que sus dueños iban por la calle cargando las en una carretilla.
Los barranquilleros, tan mamagallistas como son, dicen que a los cartageneros les sale potra porque desayunan arepa de huevo caliente con Kola Román helada. Vergajos que son.
Juan Gossain

15 de febrero de 2012

MEMORABILIA GGM 554

EL ESPECTADOR
Bogotá – Colombia
13 de febrero de 2012 

¿Quién defiende a G.G.M.?

Por: Santiago Montenegro

En su libro Redentores, Enrique Krauze hace una reseña muy crítica de la actitud de Gabriel García Márquez con relación al poder.

Según Krauze, nuestro premio Nobel siempre se sintió atraído hacia los dictadores, a quienes concibió como unos seres tristes, solitarios, humanamente vulnerables e incomprendidos y que se ven obligados a gobernar a sus pueblos por circunstancias de la historia.

Naturalmente, entre todos los dictadores, el que ha estado más cerca del corazón de García Márquez es Fidel Castro. Pero, por más conocida que sea, esta relación no deja de sorprender. Primero que todo, fue García Márquez quien buscó a Castro y no al revés. Incluso, Castro le tenía cierta desconfianza y, sólo por la insistencia de García Márquez, le concedió finalmente una cita en 1976. A partir de allí, comenzó una relación que se extendió por tres décadas y en la que Castro trató a nuestro premio Nobel como a un rey, le dio una mansión en La Habana, lo paseó en yate por los cayos y, juntos, organizaron fiestas y recepciones que envidiarían los sibaritas y vividores más sofisticados del planeta. Mientras el pueblo cubano seguía con la tarjeta de racionamiento y pasaba verdadera hambre, Castro y García Márquez y sus numerosos invitados —por supuesto, connotados izquierdistas de todo el mundo como Régis Debray o Manuel Vásquez Montalbán— bailaban, comían caviar y langosta y saboreaban Viuda de Clicquot. Esto puede parecer extravagante y hasta vergonzoso, pero lo más duro y devastador que comenta Krauze es esa permanente admiración y arrobamiento de García Márquez por el poder y por el dictador, una actitud que es consistente con su convicción de toda la vida según la cual “el poder absoluto es la más alta y más completa realización de un ser humano”.

Fundamentada en esa convicción, esa amistad superó todas las denuncias de violaciones a los derechos humanos, los encarcelamientos, las torturas y ejecuciones de disidentes por parte del régimen castrista.

Esa amistad ni siquiera se resquebrajó con el juicio y la posterior ejecución en 1989 de Tony de la Guardia, amigo íntimo de García Márquez y de Mercedes, su mujer. De la Guardia, junto a su hermano Patricio, el héroe de la revolución Arnaldo Ochoa y el general José Abrantes, fueron acusados en 1989 de haber estado involucrados en actividades de narcotráfico. Según Krauze y otros analistas, si esto fue verdad, Fidel Castro tenía que estar al corriente de lo que sucedía, pues nada en la isla se movía a sus espaldas y sin su consentimiento. Cuando estalló el escándalo y se inició el proceso contra los acusados, la hija de De la Guardia y su esposo visitaron a García Márquez en su villa de La Habana y le imploraron interceder ante el comandante. García Márquez les respondió en términos vagos, aparentemente no hizo nada para ayudarlos, asistió al proceso junto a Fidel y, posteriormente, en declaraciones a la prensa justificó el proceso y las condenas que implicaron las ejecuciones de su amigo Tony de la Guardia y de Arnaldo Ochoa.

Como admirador de García Márquez —el colombiano más conocido en el mundo en toda nuestra historia— este capítulo de Krauze me dejó perplejo y triste. Sabiendo que García Márquez está muy enfermo y no puede defenderse, qué bueno sería que los académicos, pero también sus amigos colombianos, refuten, maticen, pongan estos hechos en contexto o le den la razón a Krauze. Pero que no se queden callados.


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EL ESPECTADOR
Bogotá - Colombia
14 de febrero de 2012


El poder de Gabo

Una exitosa mediación 
de García Márquez

Por: José Gregorio Guerrero
Especial para El Espectador

Esta historia se suma al debate abierto por el libro
‘Redentores’, de Enrique Krauze,
en el que se acusa a G.G.M. de negligencia.


En enero del 80, la familia Peña Guerrero envía a Adalberto, el menor de los hijos, a estudiar Derecho en la Universidad Libre de Bogotá, una universidad de mucho prestigio para los costeños, ya que allí varios coterráneos brillan por su sabiduría y son dignos de imitar. En ese momento, la marimba es la forma más rápida y fácil de conseguir plata. Es entonces cuando al joven universitario le proponen ganarse unos pesos, y sin dudarlo da un sí irreversible: “¿Qué tengo que hacer?”, les pregunta Adalberto a los amigos samarios que le plantean la propuesta. “Pues, muy fácil, sólo tienes que ir a Santa Marta y allí te vas en un barco nuestro, full de marihuana, para los Yunay”. Adalberto emprende la travesía.

Pasa el tiempo sin noticias de Adalberto. Es un misterio. Parece que el frío capitalino se lo hubiera tragado sin saborearlo aún. Pero como entre cielo y tierra no hay nada oculto y mucho menos en la creación vallenata, un pajarito sin alas ni pico le dice a la familia que Ada ha caído en el embarque de una familia de Santa Marta y está preso en Cuba. La noticia cae como caen los mangos sobre los tejados con las brisas de febrero. La familia Peña, en cabeza de su hermana Clara, inicia la construcción de un puente firme y directo para llegarle al comandante Fidel Castro. Clarita busca a Consuelo Araújo Noguera, amiga del futuro Nobel, para que ésta le dé las coordenadas para encontrarlo, ya que piensa enviarle una carta, y Gabo es muy amigo de Fidel. Pero le dice la Cacica: “Clari, es difícil que te conteste Gabo esa carta, porque él en medio de su sabiduría filantrópica es fregao”.

A Clarita las palabras de la Cacica le entran por un oído y le salen por el otro. Inmediatamente le escribe una carta a Gabo. Se la escribe por escribírsela, porque la fe del perturbado es terca y majadera. En la carta le dice lo acontecido, con puntos y comas para mayor identificación, y manda señales escritas de dónde puede estar Adalberto.

A los tres meses, una mañana cualquiera, suena el timbre de la casa Peña Guerrero. Gabo ha respondido a la carta de Clarita, diciéndole que aún no da con el paradero de Adalberto, pero que con toda seguridad seguirá buscándolo. Una mañana cubana de esas en que las faldas quieren salir volando como cometas sin rabo de las caderas de las bronceadas isleñas que caminan por Varadero, un guardián de la cárcel saca a Adalberto con 31 colombianos más, por orden directa de Fidel, y se los llevan a una casa en La Habana (por lo que me contaron, debe ser la de Fulgencio Batista). Allí los presos desayunan como gente, y entre miradas de duda y pánico esperan la orden para ser fusilados (al menos eso piensan ellos, inocentes de todo lo que hierve por dentro).

De repente, un hombre canoso, de espesa bigotada, baja las escaleras vestido completamente de blanco y los mira a todos uno por uno, con una mirada tierna de padre molesto, y pregunta: “¿Quién es Adalberto, el hermano de Clarita Peña, el vallenato?”. Uno de los 32 grita: “¡Yooooooo!”.

“Me la saludas y mañana temprano se van todos para Colombia. Soy Gabriel García Márquez, un colombiano más, jodido como ustedes pero con el peligro de escribir lo que vive para poder comer. Tomen esta platica para que les lleven regalos a sus hijos y sus esposas ¡Sinvergüenzas!”, les dice con cierta sonrisa pícara y de felicidad ajena.

Ese mismo día, Clarita Peña recibe una llamada internacional: es Gabo, para preguntarle en qué lugar de Colombia quiere que le ponga a Adalberto. Clarita responde con los ojos en invierno: “Doctor García, me lo puede dejar desde Punta Gallina en La Guajira hasta Leticia en el Amazonas, donde mejor le parezca”. “Entonces, Clara, te lo envío a Bogotá”. Ella, con un nudo en la garganta, le pregunta: “Doctor, ¿qué le debo?”. Gabo guarda silencio por un segundo y después del sonido grato de una sonrisa le dice: “Claro que me debes algo. Yo lo único que quiero es un sancocho de tres carnes, con ron caña, música vallenata, y debajo de un palo de mango para yo hacer de las mías”. Clara le pregunta que para cuándo puede ser, y Gabo vuelve a guardar el segundo silencio, y suelta la misma carcajada inicial. “Cuando tu presidente me deje entrar nuevamente a Colombia” (se refiere a Turbay Ayala).

Pasan más de dos años, cuando Clara vuelve a recibir una llamada internacional. “Clarita, soy yo, Gabo. No he olvidado tu deuda conmigo. Voy para este festival”. Clarita le pregunta cómo hacer para prepararle la invitación. “Háblate con Consuelo y ve al aeropuerto y lleva en la mano un ramo de rosas rojas con mariposas amarillas, para identificarte y poder saber que eres Clarita Peña y darte un fuerte abrazo”.

Así fue. Clara va adonde Consuelo, pero la Cacica le dice que es casi imposible porque ya Gabo es Nobel y las invitaciones se le han aumentado. A Clara las palabras de Consuelo vuelven a transitarle el oído sin freno alguno. El día de la llegada del Nobel se va Clara para el aeropuerto con un inmenso ramo de rosas rojas, adornado con inmensas mariposas amarillas, en papel de celofán y se dirige a la escalera del avión. Primero asoma la cara Alfonso López, el Pollo, luego la barba de un hombre guardado en guayabera blanca (Juan Gossaín) y por último, Gabo, que se detiene un poco, observa el paisaje humano que rodea el avión, identifica a Clarita, y es él quien se acerca y la abraza.

“Recógeme al mediodía en la casa de María Lourdes”. A las 12 en punto está Clara en la puerta de la casa de los Araújo Castro, y en medio de los escoltas logra colarse y encontrar a Gabo. En seguida él la aborda: “Clara, lo prometido es deuda, soy todo tuyo”. Sale sin escoltas, sin pedir permiso, se monta al pichirilo de Clarita y emprenden la marcha. Clara le advierte: “Doctor, yo vivo allá, al pie del río”. “No importa, dale que yo respondo. Lo que quiero es lo que te dije”.

Cuando van llegando a la casa, ya todos los medios de comunicación están allí, y Mercedes, su esposa, Juan Gossaín y medio pueblo más. Gabo se come el sancocho a sus anchas. De la vecindad traen abanicos de todos los tamaños y marcas para bajar la temperatura de los cachacos que bailan sin cansancio. En ese momento el Nobel es del pueblo. Toma ron caña, el del comandante del buen sabor, y bajo una fronda de mango baila, ríe, goza junto a Mercedes y su séquito de amigos. Los acordeones se retuercen como quieren y son las tres horas más felices de ese viaje a Macondo, perdón, a Valledupar. Al fin y al cabo es lo mismo. El tiempo también baila por el reloj sin decir nada, y al terminar la parranda Mercedes mira a su marido a los ojos: “Gabo, 25 años después entiendo por qué tú eres así”.

14 de febrero de 2012

MEMORABILIA GGM 553
LA JORNADA
Mexico D.F.
14 de febrero de 2012 



PALACIO DE BELLAS ARTES. La escritora Ángeles Mastretta, el empresario Carlos Slim Helú, Gabriel García Márquez, premio Nobel de Literatura, y su esposa Mercedes Barcha, ayer en el concierto con que la cantante Tania Libertad festejó 50 años de carrera. Foto Cristina Rodríguez


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TERRA
México D.F.
13 de febrero de 2012

Gabriel García Márquez
y Mercedes Barcha, amor mágico


Ciudad de México, México.- Mientras él escribía la novela que lo convertiría en un talento inmortal, ella buscaba la forma de que el carnicero le fiara los alimentos para subsistir un día más… al menos hasta el día en que él escribiera la palabra Fin a esa historia que decidió bautizar Cien años de soledad.

El resto fue historia. La fama que le trajo su talento hizo de Gabriel José de la Concordia García Márquez un hombre reconocido en el mundo de las letras. Pero hicieron falta más que una prosa rica y un estilo literario único para lograr esta novela. Detrás de esta historia se ocultaba el amor de su esposa: Mercedes Barcha.

Y de ese nombre tan largo se redujo a Gabriel García Márquez. Y de éste a simplemente Gabo, uno de los autores más significativos del siglo XX. Obtuvo el Nobel literario porque, en palabras de la Academia Sueca, “sus novelas e historias cortas reúnen la fantasía y la realidad que se combinan en un tranquilo mundo de imaginación rica, reflejando la vida y los conflictos de un continente“.

Todo nació con una mirada y terminó en el altar. En 1958, Gabo se casó con Mercedes Barcha. Tienen dos hijos, Rodrigo y Gonzalo.

Lo cierto es que esa imaginación rica y ese tranquilo mundo no pudieron ser creados si no por la magia del amor. De un amor real, de un amor mágico. Un realismo mágico. Y es que el amor bien logrado es en realidad una extensión del realismo mágico.

Sin duda, un amor que llevó a ambos enamorados de la mano a donde fuera. Después de escribir Cien años de soledad, García Márquez se fue a Europa. Esta vez se instaló en Barcelona, donde viviría durante siete años estableciendo relación con numerosos intelectuales. Pero siempre acompañado de su amada Mercedes.

Dos amores que pese a los zarandeos de la vida nunca se soltaron la mano. Tras la persecución política que ocasionó su libre pensamiento, García Márquez decidió vivir en México. En 1999, le fue diagnosticado un cáncer linfático y esto lo llevó a escribir sus memorias, donde no han faltado las referencias a su esposa, como cuando dice “Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma” o “Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría te quiero y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes”.

Amar intensamente es como vivir cien años… y Gabo y Mercedes se amarán en siguientes vidas, como Úrsula amaba a José Arcadio Buendía en los pasillos de su Macondo del alma… Un amor que habrá de vivir cien años… pero sin soledad.

13 de febrero de 2012

MEMORABILIA GGM 552
SEMANA
Bogotá – Colombia
11 de febrero de 2012


“El periodismo impreso
tiene el papel asegurado”

Juan Villoro es el autor de ‘Dios es redondo’ y ‘Efectos personales’, entre otros libros.
.
ENTREVISTA a Juan Villoro, quien inauguró un nuevo semestre de la Maestría en Periodismo de Publicaciones Semana y la Universidad del Rosario, defiende el oficio y piensa que el más auténtico es el deportivo.


Alos que auguran la muerte irremediable del periodismo impreso, les sale ahora al paso el escritor y periodista Juan Villoro (México, 1956), para quien la prensa de calidad existirá. Así lo dice en esta entrevista con Luis Fernando Afanador y Juan Carlos Iragorri, de SEMANA, en la que también habla de política mexicana y de una de sus grandes pasiones: el fútbol.

[...]

SEMANA: ¿Por qué cree que el periodismo más auténtico es el deportivo?

J.V.: Porque no puede falsear los hechos y todo mundo conoce la información. El periodista deportivo sabe que sus lectores han visto por televisión los goles o los encestes. Crear asombro a partir de lo que todo mundo conoce es uno de los mayores desafíos narrativos. Obviamente, solo los grandes logran esto.

SEMANA: Lo hizo Hemingway, lo ha hecho García Márquez. ¿Cuál es el secreto para cruzar la puerta giratoria del periodismo a la literatura?

J.V.: Demostrar que la eternidad de los sucesos depende de la forma como se miran. Cuando García Márquez narró la historia de una vaca que interrumpía el tráfico de la ciudad, no entregó una exclusiva política ni histórica. Pero el mundo no volvió a ser el mismo después de esa crónica. Lo más simpático del texto es su título, que proviene de un eslogan publicitario: "No era una vaca cualquiera". Si el que ordeña es García Márquez, la vaca merece estar en un museo.

[...]

Entrevista completa en

El 4 de julio de 2008, Juan Gossaín dictó una conferencia en la Universidad Tecnológica de Bolívar, en Cartagena de Indias. Era uno de los actos que clausuraban la VI Escuela de Verano y del Diplomado Cartagena de Indias, conocimiento vital del Caribe: II travesía garciamarqueana, nombre abreviado que le dieron los organizadores. Estaban reunidos en el diplomado a lo más excelso de los escritores que de una u otra manera hubieran tenido contacto con la obra de Gabriel García Márquez. Gossaín dio una clase magistral sobre periodismo costeño y su influencia en el periodismo del país. Al terminar contó que una de las piezas de periodismo que más lo impactaban por su certera redacción era una columna escrita por “Gabito” sobre una vaca que se había encontrado en el Paseo Bolívar de Barranquilla. Hoy repite esa afirmación Juan Villoro en la entrevista de arriba en este blog.

Aquí esta la columna, publicada en El Heraldo de Barranquilla el 3 de abril de 1951, en la página editorial con el subtitulo de La Jirafa, escrita por Septimus, seudónimo de Gabriel García Márquez, a sus 24 años de edad.
(N del E.)

NO ERA UNA VACA CUALQUIERA

Una vaca en el centro de la ciudad es una de las pocas maneras que se han descubierto para anticipar el domingo. En una ciudad donde cada esquina es, desde hace veinticinco años, un serio problema para el tránsito y cuyos habitantes no tienen otra noticia del campo que la botella de leche que todos los días amanece a la puerta de sus casas, la sola presencia de una vaca en la vía pública constituye una alegre y alborotada anticipación del domingo. La última semana, en virtud de milogrosa intervención vacuna, tuvimos un martes reposadamente dominical.

En medio de los automóviles paralizados, de los innumerables transeúntes que a esa hora se dirigían al trabajo; corridas las cortinas metálicas de los almacenes y mientras un altavoz anunciaba, a todo volumen, las excelencias de una droga insustituible, se registró la pequeña conmoción cronológica. y allí estaba la vaca, seria, filosófica, inmóvil, como la simbólica estatua de un Ministro Plenipotenciario

Gracias al cine y a la propaganda de los productos lácteos, los niños de la ciudad están capacitados para diferenciar una vaca de un tigre. Y hasta de un toro. Por eso cuando el agente de tránsito se acercó al animal, físicamente sembrado al pavimento, como un árbol de cuatro patas (y cola) y trató de persuadirlo por todos los medios conocidos, de que prosiguiera la marcha, los chicos se esforzaban en los balcones por evitar que las autoridades echaran a perder el único espectáculo vivo que se ha ofrecido en muchos años. Y como la vaca parecía estar radicalmente de acuerdo con los niños, el profundo desprecio con que respondió a las sugerencias del agente de tránsito marcó el principio en una hora de fiesta brava, improvisada, que aplazó para el día siguiente la reapertura de las actividades comerciales.

A las cuatro de la tarde no había un solo almacén abierto. La administración pública, en sala plena, le sacaba partido al espectáculo desde uno de los balcones del edificio nacional, como desde una contrabarrera burocrática. Todo, desde ese momento, estaba aceptado oficialmente. Y el martes se transformó en domingo, con todas sus consecuencias de invitaciones a comer y cambios de programa de los cines. El altavoz pasó entonces recordándoles a los habitantes de la ciudad que el incendio de Chicago se inició cuando una vaca le dio una patada a una lámpara. Alguien trató de demostrar que no era buey sino vaca, el evangélico rumiante que calentó el pesebre de Belén. Las muchachas, en coro, cantaron "La Vaca Lechera". Y a las cinco de la tarde la vaca era el personaje más importante de la ciudad, el que habría podido subirse a una tribuna, a dar bramidos demagógicos, en la seguridad de que habría conquistado los votos necesarios para ingresar al parlamento.

En un hotel, unos boxeadores que recorren el país ofreciendo espectáculos de fuerza, estaban almorzando cuando oyeron la gritería. A esa hora todo el mundo sabía, aunque no se hubiera movido de su casa, que una vaca estaba plantada en el centro de la ciudad. Y los boxeadores, con su saludable alegría de niños enormes y bien alimentados, salieron con sus sacos vistosos y sus zapatos de caucho a tomar parte en la vertiginosa fiesta de la vaca.
De todas las casas salieron sobrecamas, cortinas, gallardetes. Una mujer protagonizó un número de entreacto, porque su marido se echó a la calle a sacarle verónicas a la vaca con una camisa de dormir. De los balcones cayeron sombreros y serpentinas. Y cayó un hombre. Porque no hay domingo, por muy santo que sea, en que un borracho no dé un traspié en un segundo piso y se rompa la crisma en el pavimento. El martes se había convertido en domingo intempestivamente; no hubo tiempo para que los borrachos profesionales se pusieran a tono con las circunstancias. Pero como las cosas debían suceder a cabalidad, como en los mejores domingos, un hombre se cayó de un balcón, en el más improcedente estado de sobriedad, y cumplió así con el deber de romperse la crisma en aquel alborotado martes dominical.

Cuando se encendieron las luces la vaca seguía en su lugar, impasible, indiferente a la gritería. Nadie pudo moverla de allí. Ni siquiera los boxeadores. Y allí estuve hasta la media noche, cuando uno de los borrachos oportunistas le dio un viva al partido liberal y desapareció. Entonces vino un pelotón de policía y a físicos trompicones, arrastraron el animal hasta el patio de la cárcel.

11 de febrero de 2012

MEMORABILIA GGM 551


EL TIEMPO
Bogotá – Colombia
10 de febrero del 2012


                'Gabo no sería Gabo
         sin la generosidad de Vieco':
                    Álvaro Castaño



Vieco, con una maqueta que se quedó en proyecto 
y que sería un museo de ciencias.


Hernán Vieco Sánchez, que murió el miércoles pasado, fue sobre todo un maestro de arquitectos.

"Como un diseñador, antes que un constructor. Un diseñador que utilizó materiales modernos para adelantarse al tiempo". Así quería ser recordado, según dijo en una entrevista hace un par de años.

El pasado miércoles, el arquitecto Hernán Vieco murió en Bogotá y ahora empezará a recordársele, también, como uno de los maestros por excelencia de la profesión, como uno de los que trajeron la arquitectura moderna al país y uno de los primeros en abrirle camino a la vivienda social.

[...]

Durante la década del 50 vivió en Europa, tiempo que resultó fundamental para su formación y que él aprovechó para presentar la nueva arquitectura colombiana, entonces desconocida en en el medio cultural europeo.

"Mi trabajo tiene influencia de Le Corbusier y del español Josep Lluís Sert", afirmó en una ocasión. En París, junto a los prestigiosos arquitectos Marcel Breuer y Bernard Zehrfuss, participó en el proceso de diseño del edificio de la Unesco. "Durante este periodo, estuvo en contacto con grandes artistas, como Joan Miró y Alexander Calder", dice su esposa, Ana Gutiérrez.

Su temperamento alegre y su interés intelectual lo llevaron, además, a ser parte de un grupo de amigos en el que estaban, entre otros, Gabriel García Márquez, Plinio Apuleyo Mendoza, Álvaro Mutis y Álvaro Castaño Castillo. Mendoza, en efecto, recordaba en un artículo las fiestas que, con guitarra en mano, se hacían "en el apartamento de Hernán Vieco, en la rue Guenegaud" de París. "Gabo no hubiera sido Gabo sin la calma que le dio la generosidad de Hernán Vieco", afirma Álvaro Castaño, y se refiere a los tiempos cuando García Márquez no tenía cómo sostenerse en la capital francesa, mientras escribía. "De todo el grupo, el único que tenía un poquito de plata era Hernán y él decidió pagarle los gastos para que escribiera cómodamente". Tiempo después, fue uno de los invitados a acompañar a Gabo en la recepción del Nobel en Estocolmo.
[...]

Vease la nota completa en
http://www.eltiempo.com/gente/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-11114004.html


Vease tambien este video
http://www.youtube.com/watch?v=8qHCc2tn9Qg


Asi narra Gerald Martin el momento de la ayuda que Vieco
 le dio a García Márquez en 1956,
cuando este estaba en dificultades económicas en Paris
(GGM: una vida, página 253).



Fue por entonces cuando Hernán Vieco, que gozaba de una situación económica muy distinta, el mismo que había acogido a Tachia en su casa después de que abortara, resolvió la mayor parte de los problemas de García Márquez al prestarle los ciento veinte mil francos que necesitaba para pagar a madame Lacroix en el Hotel de Flandre. Una noche en que volvían de una fiesta, ebrio pero en perfecto uso de sus facultades, Vieco le dijo a García Márquez que era el momento de que se sinceraran. Le preguntó a cuánto ascendía ya la cuenta de su hotel. García Márquez se negó a hablar del asunto. Como se sabe, una de las razones por las que la gente solía ayudarlo en su juventud era porque siempre advertían que, sin importar lo mal que lo estuviera pasando, nunca se compadecía especialmente de sí mismo y jamás reclamaba ayuda. Al final, tras una escena de histrionismo beodo, Vieco blandió una pluma, rellenó un cheque sobre el techo de un coche aparcado junto a la acera y lo metió en el bolsillo del abrigo de su amigo. Era el equivalente a trescientos dólares, una suma nada despreciable en aquel momento. García Márquez se sintió embargado de gratitud y humillación al mismo tiempo. Cuando le llevó el dinero a madame Lacroix, la señora reaccionó poniéndose a tartamudear, roja de vergüenza ella también -aquello era París, a fin de cuentas, el hogar de la bohemia y de los artistas que luchaban por abrirse camino-: «No, no monsieur, esto es demasiado, págueme ahora una parte y otra más adelante».

4 de febrero de 2012

GGM y el ajedrez

MEMORABILIA GGM 550

MEMORABILIA GGM
Cali - Colombia
4 de febrero de 2012


                                              Publicamos la siguiente nota por cortesía de su autor 
                                                                             y con nuestros agradecimientos.




   Gabito pasa al tablero… del ajedrez



Por Óscar Domínguez G.



Apertura

A los seis años – cumple 84 el 6 de marzo– García Márquez logró su primer triunfo literario gracias a un imaginativo tsunami de belleza llamado ajedrez. Tal vez por esta feliz circunstancia, personajes de algunas de sus ficciones mueven las piezas. Lo hacen con más ardor que técnica. Se les perdona.

Seguramente, el descubrimiento del juego en el que se debaten el “tenue rey, sesgo alfil, encarnizada reina, torre discreta y peón ladino”, según la descripción de Borges, tuvo en el niño Gabito impacto similar al que sufrió el coronel Aureliano Buendía cuando conoció el hielo.

Claro que para conocer intimidades del juego de los escaques, el ex niño prodigio de Aracataca tuvo que esperar hasta cuando hizo cursillo de cachaco en Bogotá. Las primeras letras ajedrecísticas se las impartió en medio del humo del café El Automático un poeta que jugó con Philidor “a los escaques. En escaques soy ducho y en las damas un hacha”. ¿Su nombre? Sí, lo sé y sí lo digo: el maestro León de Greiff.



El pequeñín caribe que cambiaría la v de escritor novel por la b larga de Nobel, paraba la oreja para pescar en la cháchara de los iluminados, pistas que mejoraran su formación literaria.

Apenas ocho palabras tiene la frase del crío que se puede considerar, “torciéndole el cuello al cisne”, la primera piedra de lo que sería su Nobel de Literatura: “El Belga ya no volverá a jugar ajedrez”.

La pronunció un domingo al abandonar con su alcahueta abuelo la casa donde habían visto el cadáver del suicida europeo que había pasado a peor vida gracias a una sobredosis de cianuro después de ver la película Sin novedad en el frente. Para no desertar solo, su perro despachó idéntico menú.

El Belga y el coronel disputaban partidas de ajedrez “mudas e interminables” en presencia del niño que en el fondo debió celebrar el suicidio del rival de su alcahuete pariente. De regreso a casa, el coronel contó la salida de su nieto como una genialidad.

“Hoy me doy cuenta, sin embargo, de que aquella frase tan simple fue mi primer éxito literario”, escribió Gabo en su autobiografía.

La familia del coronel no sólo aplaudió la metáfora, sino que a medida que la repetía ante familiares y visitantes, le iba sumando arandelas. Las versiones fueron tantas y tan disímiles que “terminaban por ser distintas de la original”, cuenta el fabulista.

Esa capacidad de distorsionar la realidad, sería básica en su formación de narrador, o sea, de “mentiroso que siempre dice la verdad”, dicho sea con don Jean Cocteau.

“Me aburrían las partidas de ajedrez con el belga y las conversaciones politicas”, garrapateó el de Aracataca.

Medio juego

No se aburrían moviendo las 32 piezas en 64 escaques los dos primeros personajes de su novela El amor en los tiempos del cólera. Como la ficción se enriquece lícitamente con migajas de realidad, el primer protagonista es una reencarnación del belga de sus años tiernos. Se trata del antillano Jeremiah de Saint-Amour quien se suicidó apurando cianuro de oro que deja arena en el corazón, según su retador, el médico Juvenal Urbino.

Como los lectores podemos meter la cucharada en las novelas, digamos que el médico incurriría luego en el extraño enroque de morir para endosarle su viuda a su rival de siempre, Florentino Ariza.

Como todo buen médico, Urbino acompañó a su ex paciente hasta la tumba aunque en vez de examinar su cuerpo, se dedicó a reconstruir la última partida.

Tal vez Urbino sabía más del juego que vino a lomo de cobra desde la India, que de las artes hipocráticas, porque pronto descubrió que de Saint-Amour perdería cuatro jugadas más tarde la partida que disputaba contra su amante. Nadie sabía del ajedrez como sinónimo de viagra, si aguanta la interpretación de que la pareja intercambiaba jaques antes de entregarse a horizontales cabriolas de alcoba.

Otro eterno enamorado, el Libertador Simón Bolívar, dedicó sus últimos ocios a jugar ajedrez. Supo de su estremecedora y sutil belleza y de las emboscadas que entraña, en su segundo viaje a Europa.

La historia quedó consignada en El general en su laberinto. Cuando Dios no viene manda el muchachito. Esta vez lo hizo en la persona del fraile Sebastián de Sigüenza quien le prestaba a Bolívar “una ayuda encubierta. El fraile aceptó de buen grado, y lo hizo bien, dejándose ganar al ajedrez en las tardes áridas en que esperaban a los enviados de Urdaneta”.

Como la historia dizque se repite porque carece de imaginación, en el Macondo de hoy, para trepar, los subalternos-sacamicas suelen dejarse ganar del presidente de turno al tenis. O al póquer, en este movido cuatrienio.

Acostumbrado a las trapisondas que hay detrás de los enroques del bobo sapiens, a los falsos gambitos y fianchetos de los criollos liberados del yugo chapetón, el general caraqueño casi se vuelve un hacha jugando contra el general O’Leary en las noches muertas del Perú.

Al final, no fue más lejos porque “el ajedrez no es un juego sino una pasión… y yo prefiero otras más intrépidas”. No tiene razón, ¿pero quién le discute a quien liberó cinco naciones?

Visionario hasta en la lúdica, Bolívar fue más allá en ajedrez de lo que han ido todos sus sucesores juntos. Con excepción, tal vez, de Belisario Betancur, quien jugaba en casa de María Cano para distraer el hambre y mejorar la dormida.

El general Bolívar incluyó el ajedrez entre sus programas de instrucción pública, “entre los juegos útiles y honestos que debían enseñarse en la escuela. La verdad es que nunca persistió porque sus nervios no estaban hechos para un juego de tanta parsimonia y la concentración que le demandaba le hacía falta para asuntos más graves”.

Final

Precisamente, un bisnieto del anfitrión del Libertador en las minas de plata en Honda, Mr. Edward Nicholls, el maestro Boris de Greiff, fue uno de los protagonistas de una partida de ajedrez cubierta por el Nobel García Márquez, en casa de Fernando Gómez Agudelo. (García Márquez no da el nombre del anfitrión, lo que en su momento “enfureció” a los Nicholls que lo tienen bien averiguado y salieron al rescate de Mr. Edward. Palabra de Boris).

Al frente del hijo de Leo Legris se apoltronó el pianista vienés Paul Badura Skoda, también versado en las artes de la diosa Caisa, patrona de este esperanto de la imaginación.

“La larga noche del ajedrez de Paul Badura Skoda”, tituló don Gabo la crónica que escribió para El Espectador dando cuenta del triunfo de Boris en esa ocasión. Badura, regresó, pidió revancha y con sus manos de pianista versado en Mozart, ganó una de las dos partidas.

Anfitrión, el mismo Gómez Agudelo. Otto de Greiff, tío de Boris, anotaba las partidas y era el que “alcaponía” la música. El cronista García Márquez no estuvo en la velada.

Badura le regalaría a García Márquez la sonata Hammerklavier, de Beethoven, con la siguiente dedicatoria en español, uno de los cinco idiomas que domina: “En recuerdo de la noche más larga, le envío la sonata más larga”.

Este “Manos Brujas” me explicó en una charla que “una sonata tiene su primera parte, desarrollo y final”. El sabio hindú que inventó el ajedrez para el rey Bahir tal vez se inspiró en algún Beethoven oriental pues el ajedrez, como la vida, también tiene apertura, medio juego y final.

Los saben bien los secuestrados que han hecho del ajedrez su polo a tierra con la vida. Casi no hay liberado que no hable de sus recreos ajedrecísticos tan pronto regresa a casa.

En Noticia de un secuestro el de Aracataca recuerda (páginas 63, 68, 140 y 87) cómo el ajedrez ayudaba a los cautivos de los extraditables a no desfallecer.

La carátula, diseñada por el cineasta Rodrigo, el hijo del Nobel, es una torre, tal vez aludiendo a la pesadilla de babel que padeció el país. El ajedrez para los cautivos es una extraña forma de ejercer la libertad. Todos le dan gracias al hindú por haberlo inventado. Hay numerosas leyendas a la hora de adjudicar la paternidad responsable del juego.

 La leyenda cuenta que el rey Bahir quiso pagar recompensa por semejante creación para distraer sus ocios, y pidió la cuenta. Su súbdito le cobró un grano de maíz por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera y así… El buenazo del monarca se totió de la risa con la bicoca, pero perdió el insomnio cuando sus matemáticos, computadora de piedra en mano, hicieron cálculos y le pasaron la factura: 1.844.674.403.709.551.615 granos de maíz. La cuenta se quedó sin pagar. Pero gracias al ajedrez, regalo de los dioses, habemus Nobel colombiano.

DOS OPINIONES

José Luis Díaz-Granados y Óscar Alarcón opinaron sobre la frase del Nobel relacionada con su primer triunfo literario:

Lo que pasa es que al pronunciar esa frase lapidaria y literaria, el niño precoz intuyó la muerte del belga. De alguna manera, el niño presentía que el hombre iba a morir, pero lo expresó como la hubiera escrito un novelista adulto: "El belga no volverá a jugar ajedrez", en lugar de decirlo en el lenguaje común: "Lo que pasa es que el belga no va a vivir mucho" o "Estoy seguro que el belga se va a morir"... (Díaz.Granados)

Me parece que ese es otro realismo mágico del maestro. Esa "simple frase" no es más de cómo las cosas que ha contado en sus libros obedecen a versiones de cada persona que se las ha contado en forma distinta y él, a su vez, la ha puesto en su propia versión. Cuando el abuelo la contó, quien sabe en qué forma, se dio cuenta de su imaginación. Esa es mi opinión. Creo que no hay que buscarle más pelo al gato porque se convierte en fe de rata. (Oscar Alarcón)