14 de septiembre de 2019

MEMORABILIA GGM 901

REVISTA DINERS
Bogotá – Colombia
No. 593

Zona Libros

Caminos divergentes
Una mirada alternativa a la obra de Gabo
Roberto Burgos Cantor – Compilador
Universidad Central
Bogotá, 2019
197 páginas

Por Redacción

Antes de fallecer el novelista cartagenero Roberto Burgos Cantor tuvo la idea de realizar en la Universidad Central una cátedra anual sobre García Márquez.

El rector, Rafael Santos, acogió con generosidad la idea y en 2018 se realizó la primera. Un año después aparecen estos Caminos divergentes, una mirada alternativa a la obra de García Márquez que reúne una docena de ponencias al respecto.

Se destacan las del recién fallecido Alberto Abello. Una inmersión en el mar Caribe, horizonte ineludible de toda la obra de García Márquez en contrapunto con el paisaje andino, rígido y represivo Pero el Gran Caribe se amplía en islas regadas por todo el mar y figuras históricas como sir Francis Drake, Simón Bolívar, Juan Bosch y el poeta de Martinica que escribía en francés, Aimé Césaire. Así se logra visualizarla compenetración vital y cultural qué en definitiva cubre el golfo de México, el sur de Estados Unidos y el norte de Brasil, en la voz de Jorge Amado. Allí donde el aporte negro del africano se funde con la raíz indígena y las sucesivas olas de inmigrantes de todo el mundo, de Francia y Holanda, de Líbano y China, en el hervor del mestizaje.

“Asi enseña Gabo a leer y escribir" del cronista de El Espectador Nelson Fredy Padilla es un muy valioso testimonio con pruebas del modo de trabajar y corregir de Gabo en tiempos de la revista Cambio. Su rigor, su confrontación de fuentes, su consulta del diccionario, su preocupación por la gramática y la búsqueda de la palabra a la vez rigurosa y melódica. Una cátedra magistral, sin lugar a dudas.

Ariel Castillo, a su vez, detecta muchas de las vetas populares que alimentan la obra, como el caso de las canciones de Guillermo Buitrago, “el toque de queda", un leitmotiv de toda la obra marcada por esa situación política, de control y censura.

También es muy valioso en este aporte el rescate de escritores como Antonio Bruges Carmona o José Francisco Socarrás, que anticiparon una visión renovada de ese mundo de pueblos sumidos en el sopor del trópico y padeciendo el drama de esas tragedias ancestrales.

Caroline Lepage, a partir del primer párrafo de El general en su laberinto, nos anuncia la totalidad de la novela, su decrepitud y su fracaso político, en el diálogo entre Bolívar y José Palacios. “su servidor", confidente e interlocutor.

Lisandro Duque se refiere el cine de Gabo, y se precisan en otros trabajos la génesis de La langosta azul, donde un agente secreto rastrea la radiactividad de unas langostas. Un ensayo de Alessandro Secomandi sobre Cepeda Samudio y el rescate editorial de su obra cierra este útil y variado volumen.


Portada del libro- Ilustración: Fotografía del Maestro Guillermo Angulo

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INFOBAE
Buenos Aires – Argentina
2 de julio de 2019

Cultura

Xavi Ayén: "Vargas Llosa 
siempre fue cercano; 
García Márquez 
parecía estar en lo alto 
de una montaña, en un castillo 
y rodeado de soldados"
Infobae Cultura dialogó con el autor de "Aquellos años del boom", el libro que refleja la historia de cómo los dos Nobel de literatura, Cortázar y otros autores "pusieron a América Latina en el mapa", bajo el comando de la agente literaria catalana Carmen Balcells. "Estos escritores abolieron las fronteras nacionales", dijo

Por Guillermo E. Pintos

La agente literaria Carmen Balcells posa sonriente con García Márquez, Jorge Edwards, Vargas Llosa, José Donoso y el guionista español Ricardo Muñoz Suay. Faltan Julio Cortázar y Carlos Fuentes

"La historia de un grupo de amigos que cambió la literatura para siempre" suena perfecto y tentador para sumergirse en ella. En verdad es mucho más que eso. Se trata de una extensa investigación periodística que involucra profundas entrevistas con varios de los protagonistas, más de 300 fuentes consultadas y una depurada, obsesiva recopilación de datos que confluyen en Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que cambió todo. Escrito por el periodista cultural catalán Xavi Ayén -redactor del diario La Vanguardia de Barcelona-, el libro ganó el premio Gaziel de Biografías y Memorias en 2013 y ahora tiene una segunda edición (Debate) que incluye declaraciones que la súper agente y DT de la selección del boom Carmen Balcells pidió no hacer públicas antes de su muerte (ocurrida en septiembre de 2015) y nuevos testimonios que contribuyen a retratar en detalle el fenómeno que, no solo en cifras de ventas, conmovió el universo cultural de Occidente.

Finalmente parece haber coincidencia en afirmar que la palabra "boom" surgió de un texto del chileno Luis Harss ¿Cómo podría explicar el origen del término que terminó definiendo a este fenómeno?
Este es un tema sobre el que había bastante confusión pero ahora está claro que "boom" se utilizó por primera vez en la revista Primera Plana, en agosto de 1966, y que lo utilizó precisamente Luis Harss. Para aclarar su significado añadió entre paréntesis: "Auge". Harss tomó el término de unos reportajes en los que se referían al boom económico de Italia y decidió aplicarlo a la literatura. En un congreso, el crítico Rodríguez Monegal reconoció públicamente que Harss era el padre del concepto. A mí parece apropiado, como si hubiera sido un big bang a partir del cuál se creó el universo que ahora habitamos. Estos escritores abolieron las fronteras nacionales y posibilitaron que sus obras fueran publicadas en muchos países a la vez. Así se multiplicó la cantidad de lectores en español en todo el mundo. Hoy es habitual, pero antes cuando se citaba a los grandes escritores vivos del momento se hablaba de europeos y estadounidenses. Ellos pusieron a América Latina en el mapa.

–El término define no solo a un grupo de escritores, sino a un fenómeno editorial.
–Sí, es un término que cuaja, en parte, porque el boom ya había comenzado cuando se acuñó. Harss habló por primera vez del boom cuando faltaba un año para que Cien años de soledad -la novela que generó todo- se publicase en 1967. Muchas de las grandes obras del boom, desde Rayuela a La ciudad y los perros, nacieron sin que el movimiento hubiera sido bautizado todavía.

Durante los años 60 y principios de los 70 sucedió esta revolución que comenzó de manera más o menos silenciosa en Buenos Aires con la primera edición de Cien años de soledad, y que sirvió de marco para la publicación de algunas de las novelas capitales de la literatura hispanoparlante en el siglo XX – y de la cual emergieron los premios Nobel de literatura Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. En paralelo, cambiaron las reglas del negocio editorial para siempre. "Carmen Balcells creó el oficio en España. Cambió las normas de los contratos, poniéndoles límite temporal y geográfico, y se convirtió en una especie de madre para los escritores, con los que tuvo una enorme intimidad", afirma Ayén.

El papel de Carmen Balcells es, a lo largo del libro, "determinante". Aunque su autor aclara que "cuando ella empezó a trabajar con los autores la ola ya existía". Para Ayén "lo que hizo Balcells fue subirse y dirigir esa ola. Ningún agente, y Carmen tampoco, podía conseguir que comiencen a comprarse masivamente determinadas novelas. Fue necesaria una confluencia de elementos y lo que consiguió ella fue que los escritores se ganaran la vida escribiendo, algo que hoy no es nada fácil. Balcells creía que la escritura no es un hobby y puso a los escritores a trabajar profesionalmente, liberandolos de todas las cargas incluso las familiares. Se ocupó de que no les faltase de nada, de que tuvieran cinta para la máquina de escribir, la escuela para los hijos, médicos, una casa donde vivir… Cuando no tenían dinero, se lo adelantaba".

La foto de tapa del libro es emblemática al respecto: rodeada de "sus muchachos" y con un objeto esférico en sus manos (¿el mundo?), la agente literaria Carmen Balcells posa sonriente con García Márquez, Jorge Edwards, Vargas Llosa, José Donoso y el guionista español Ricardo Muñoz Suay. Faltan Julio Cortázar y Carlos Fuentes (que deberían reemplazar a Edwards y Muñoz Suay), y allí estaría formado el dream team del boom. "Apoyaban a la revolución cubana, vivían en Barcelona o bien realizaban visitas periódicas a la ciudad (Cortázar por ejemplo)", enumera como características afines al grupo.

¿Cuáles serían, a su entender, otros rasgos característicos comunes del grupo?
Es un tema delicado porque cuando hablamos de otros movimientos artísticos-literarios lo que une es una estética común, no sé… Los surrealistas, los románticos por ejemplo. En cambio éstos no tienen una estética común aunque actúan como colectivo. Vargas Llosa no es realismo mágico, pero sí hay un rasgo común definitorio y todos lo creían a ciegas: una idea trascendente de la novela. La novela era aquello capaz de expresar la verdad profunda de la existencia humana y no había nada superior a eso. No hay poetas, es narrativo. Un novelista estaba calificado para hablar de los grandes temas de la humanidad. Pero claro, cada uno aplica esa idea de una forma muy distinta, y por eso a la larga hubo peleas.

Le propongo un juego. Pensemos a los escritores del boom como Los Beatles: tenemos a Lennon y Mc Cartney (García Márquez y Vargas Llosa), Cortázar -el que no vivía en Barcelona ni era representado por Balcells- como Harrison, y Fuentes -el más simpático y seductor de la banda- como Ringo Starr. Pero hay un "quinto" beatle que no llegó al cielo de la masividad ni los millones, un Pete Best: José Donoso. ¿Coincide?
(Risas). Donoso es el quinto beatle, efectivamente… Les dio conciencia de grupo y escribió un libro maravilloso que retrató el fenómeno (N. de la R: Historia personal del boom). Él no tuvo el éxito comercial de los otros, algunos amigos bromeaban con él diciéndole que había escrito el libro para asegurarse que, cuando hubieran pasado los años, la gente supiera que él había estado ahí. Aparte de sus problemas de salud, él veía cómo iban triunfando comercialmente todos sus compañeros y, cuando Balcells le dijo que había conseguido una traducción de una de sus obras, se alegró mucho. "¡Qué bien! Podré cambiarme de casa!" cuentan que exclamó. Balcells, sin embargo, no tardó en contestarle: "Nada, nada, solo te llega para una nueva máquina de escribir". Donoso vivió muy mal esta ausencia de éxito.

Obviamente hay centralidad en su libro para Vargas Llosa y García Márquez, su amistad, sus desencuentros sobre Cuba, su famosa pelea a las trompadas…
Bueno siguiendo el juego diría que Patricia Llosa fue Yoko Ono, la que los separó. No me extraña que se hubieran hecho amigos, los dos compartían la misma pasión por la novela (aunque cada uno a su manera). También compartieron el compromiso político con la izquierda, e incluso Vargas Llosa en algún momento le reprochó a Gabo ser "un poco tibio". Pero su carácter era radicalmente diferente: los entrevisté a ambos y mis experiencias no pudieron ser más distintas. Vargas Llosa siempre fue, al menos conmigo, abierto, cercano y bien dispuesto. García Márquez más bien parecía estar en lo alto de una montaña, en un castillo y rodeado de soldados. Sin embargo, debo decir que una vez que me concedió una entrevista fue también muy amable y colaborador, y sin límite de tiempo.

En el libro usted cita a Carmen Balcells que los definió como "el mejor alumno de la clase" (Vargas Llosa) y "un genio" (García Márquez).
Es así, aunque ella se enfadaba porque enseguida quería aclarar que cuando decía que Gabo era un "genio" no quería decir que fuera mejor… A García Márquez y lo he visto así, le ponías un micrófono delante y temblaba, dudaba qué decir. Vargas Llosa es magistral en su oratoria y en cómo expone su inmenso conocimiento. Lo he visto dando clase en Princeton sobre Borges y, hombre, fue el mayor espectáculo que haya visto en mi vida. Magistral, propio de un completísimo intelectual.

Hay una interesante historia sobre él y el momento en que ganó el Premio Nobel, del que usted participó como observador ¿Podría contarla?
Era 2010 y yo no sabía cómo terminar el libro. Le pedí una entrevista y me invitó a presenciar unos ensayos de una obra de teatro que él dirigía, que protagonizaba Aitana Sánchez Gijón… Allí estuve durante tres días. La tarde anterior al anuncio del Nobel, le pedí me prometiera que si se lo daban a él, me permitiera estar en su casa durante esa mañana. Él me respondió "Ya estoy viejo para eso, no me lo van a dar…" Pero aceptó. Bueno, lo cierto es que al día siguiente sucedió, lo llamé y me recibió. Llegué a la puerta de su edificio, en donde ya estaban todas las cadenas de televisión del mundo, guardé discretamente mi libreta de anotaciones y me anuncié en recepción. Me hicieron pasar y ahí estuve. Mientras se sucedían los llamados de personajes relevantes de todo el mundo y su familia festejaba, yo pasaba como silencioso testigo. De vez en cuando, el hombre sentía tanta euforia por lo que estaba sucediendo que emitía un grito muy agudo, casi un alarido… Mira, hace poco vi la película de Glenn Close y Jonathan Pryce (N. de la R: La esposa) y se acerca bastante a eso que viví esa mañana en el departamento de Vargas Llosa en Manhattan. A él lo único que le preocupaba realmente era la vanidad que podía invadirlo. "Es una enemiga muy poderosa y temida por mí", me dijo.

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EL TIEMPO
Bogotá – Colombia
9 de agosto de 2019

Columna de opinión

Gabo y Netflix
“Mientras yo esté vivo, Cien años no se filma;
ni siquiera Kurosawa, que ya la empezó”.

Por Salvo Basile

Cuando supe de buena fuente que Netflix había adquirido los derechos de Cien años de soledad, experimenté una sensación terrible de desasosiego que las viejas cartageneras bautizan ‘muerte chiquita’. Sí, porque yo había asistido hace 30 años a un tête à tête de Sergio Leone y Gabriel García Márquez, y mientras Leone le suplicaba a Gabo que le concediera los derechos de su obra más preciada, Gabo salió con una de sus frases lapidarias: “Mientras yo esté vivo, Cien años no se filma; ni siquiera Kurosawa, que ya la empezó”.

Estaba yo de asistente de dirección de Leone en la película Érase una vez en América y Gabo, que se hallaba de paso por Roma, me llamó desde la zapatería más elegante de Via Veneto. Y ese fue mi momento de gloria, porque todo Cinecittá supo, por las operadoras chismosas, que García Márquez había llamado a Salvo Basile.

Mientras yo hablaba con Gabo, Sergio Leone, mi gran jefe y maestro, me hizo seña de invitarlo a comer. Gabo me dijo que lo consultaría con Mercedes, que afortunadamente al final dio su placet y organizamos una mesa estelar que se volvió todavía más estelar cuando llegó el personaje más rutilante, que ahora les cuento.

La mesa estaba compuesta por Gabo, la Gaba, Robert de Niro, Dalila di Lazzaro, Sergio Leone, Salvo Basile y una pareja venezolana familiar de Carlos Andrés Pérez. El resultado fue un acto de comedia a la italiana, porque así sonaba: Gabo chapuceando un italiano aprendido en el Centro Sperimentale de Cinematografia, Robert de Niro se expresaba en un italiano de mafioso de Little Italy y Sergio Leone, un idioma de cowboy; pero lo único que sobresalía era la ‘jeremiades’ de Sergio pidiendo, y la testarudez de Gabito que no aflojó ni siquiera cuando me pareció oír una suma estratosférica, en esos años estrafalaria: algo como 700.000 dólares. Una barbaridad en los años 80.

Y a todo esto hay que sumarle la llegada de la verdadera estrella de la noche: Muhammad Ali, en todo su esplendor y ya con comienzos de párkinson. De esa noche, hay una foto memorable que Gabo atesoraba en su estudio. Los hijos de Gabo, especialmente Rodrigo, siempre me preguntan: ¿y por qué no estás en la foto? Y siempre respondo: ¿Y quién crees que la tomó?

Mi desasosiego se debe a que conociendo a Rodrigo García Barcha, que ni él ni Gonzalo se meterán en la realización de la serie, tal como Gabo no se metió ni en Crónica de una muerte anunciada ni en El amor en los tiempos del cólera. Y ojalá se hubiera metido.

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EL HERALDO
Barranquilla – Colombia
17 de mayo de 2019

Sobre el libro La cueva

Columna de Opinión
El Escalona del grupo

Por Heriberto Fiorillo

Roberto Prieto era pianista, Orlando Rivera gran bailarín, Gabriel García Márquez cantante y tocador de dulzaina, Germán Vargas le jalaba también al canto, pero el único músico idóneo del emblemático grupo de Barranquilla fue Rafael Escalona, quien se conoció con Gabo el 23 de marzo de 1950.

Lo escribí en mi libro La Cueva, crónica del Grupo de Barranquilla, pero con mucho gusto lo repito:

Escalona había llegado esa vez a Barranquilla con el fin de comprar repuestos de maquinaria para trasladar a Valledupar, pero su motivo ulterior era conocer a García Márquez, el escritor y columnista que, a juicio de su amigo Manuel Zapata Olivella, cantaba al pie de la letra todas sus canciones.

“Está en EL HERALDO”, le había dicho. Y allá lo llamó el compositor.

“No me fue difícil reconocer –dijo Gabo– al otro extremo de la línea, la misma voz discreta, mesurada, que tantas noches de buena fiesta he admirado en la letra y en la música de El Trajecito, El Cazador, El Bachiller y en otras canciones nuestras incorporadas al patrimonio popular”.

Pero cuando lo citó y lo encontró en el Café Roma, fue Gabito quien tarareó El Hambre del Liceo, una canción de Escalona que el escritor cataquero identificaba con sus penurias de Zipaquirá.

Pocas horas después, Escalona le hablaba de su gente y de aquella novia inolvidable a quien una tarde le pidió, con palabras de música, que se pusiera el mismo traje, ese que tiene flores pintadas, dos mariposas y un pajarito...

Cosas como las que Escalona cantaba, eran las que Gabo quería escribir. “Creo que más que cualquier libro –reflexiona García Márquez– lo que me abrió los ojos fue la música, los cantos vallenatos. Me llamaba la atención, sobre todo, la forma como ellos contaban, como se relataba un hecho, una historia”.

Los dos amigos se siguieron viendo, cada vez que Escalona venía a Barranquilla, en el mismo lugar, y fue así como el compositor se volvió miembro esporádico del grupo al que pertenecía el escritor de Aracataca. “A veces aparecía Escalona –contó Germán Vargas– y nos íbamos al Café Roma, y era él quien nos cantaba en tono muy bajo las últimas canciones que había compuesto y Gabito se las aprendía enseguida”.

Alfonso Fuenmayor, que solía describir a Rafael Escalona como el más vanidoso de los hombres, sostuvo que el compositor había creado sin duda una música perdurable, en la que alentaba el alma de su pueblo.

“A Escalona –comentó Fuenmayor– le gustaba oír cantar a Gabito, con su cara de cantante mexicano”.

De diciembre de 1952 a marzo del 53, Gabito estuvo vendiendo enciclopedias y libros de medicina por la provincia de Valledupar, donde vivió una larga temporada con Escalona, Nereo y Manuel Zapata Olivella. El escritor aprovechó para tomar notas que le ayudarían en la escritura de sus libros. “Estudiábamos a fondo el vallenato. Escalona me ayudó mucho. Yo asistí al parto de muchos de sus cantos. Componía seguido. Uno detrás de otro”. (Continuará).

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EL HERALDO
Barranquilla – Colombia
24 de mayo de 2019

Sobre el libro La cueva

Columna de Opinión

El Escalona del grupo II

Como decíamos, en aquellos años cincuenta, Gabo vendía libros de medicina y enciclopedias por el Valle de Upar. Manuel Zapata Olivella, que lo veía con frecuencia, recordó su “obsesión por olerlo todo: las ciruelas jobas, las almojábanas, los sancochos de chivo y las parrandas de acordeón”.

Escalona contó que “Gabito comía huevo de iguana y arepa criolla, y le gustaban las salamandras y las lagartijas como los bellolíes y los arcoíris”. Que a él le pedía caracoles, caballitos del diablo, animalitos extraños. “Cazaba chicharras que amarraba y hacía mover sobre su cabeza, hasta que un día una le metió las alas en un ojo y duró un mes poniéndose pañitos calientes de agua de sal y de manzanilla”.

Gabo discutía con Escalona sobre la existencia de Francisco el Hombre. Gabo sostenía que aquel no había existido. Escalona que sí, que se llamaba Francisco Enrique Moscote Daza y que era de la provincia de Padilla y Valledupar. Gabo y Escalona se lo preguntaban todo y el compositor colmaba a su amigo de regalos: peinillas, jabón de Reuter, pañuelos morados, lentes de fantasía y zapatos Faitala.

“Cuando Escalona compuso ‘La vieja Sara’ –recuerda García Márquez– estábamos en una parranda. Rafael no alcanzó a terminar la canción porque se la silbó a un acordeonero que estaba por ahí. El tipo agarró música y letra de una sola oída. Fue viernes o sábado de carnaval. Cuando la parranda terminó, Escalona, que iba de Villanueva para Valledupar tuvo un accidente, una cosa leve, pero que lo obligó a suspender la parranda de carnavales. El tipo a quien él le silbó la canción empezó a regarla y fue el éxito de las fiestas en toda la provincia. Cuando Rafa se levantó, ya la canción se le había ido de las manos, ya no tenía control sobre ella, ya estaba en todas partes y él, que trató de efectuarle algunas correcciones, no pudo hacerlo porque los acordeoneros no le paraban bolas sino a la versión inicial”.

Gabo supo bien cuánto hubo de vallenato en su saga literaria y cuánto de forma, ritmo y contenido pusieron la letra y la música de acordeón en sus cuentos y novelas. Sobre las dotes narrativas del más grande compositor vallenato dijo alguna vez su amigo común, Álvaro Cepeda Samudio:

“Escalona, el gran romancero de este tiempo, relata en sus cantos la geografía de su región; nombra su topografía, anota sus ríos, enumera sus municipios, indica el modo de viajar de un sitio a otro, cataloga su fauna, determina sus cultivos, establece sus orígenes históricos, cuenta su vida diaria, exalta las realizaciones de sus hombres y se burla de sus necedades; amorosa e indiscretamente, ventila en público su vida pasional y puebla sus valles y montañas de los personajes que habrán de perpetuarlo”.

¿Acaso no hace lo mismo un escritor de novelas? En Barranquilla, Gabo se dio cuenta de que tenía que irse por el Magdalena hasta La Guajira. “El camino contrario al recorrido por mi familia. El viaje de regreso. El viaje a la semilla”. (Continuará).

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EL HERALDO
Barranquilla – Colombia
24 de mayo de 2019

Sobre el libro La cueva

Columna de Opinión
  
El Escalona del grupo (III)

En marzo de 1966, en plena escritura de Cien años de soledad, García Márquez se dio un respiro y viajó desde México al Festival de Cine de Cartagena, acompañando la película en blanco y negro Tiempo de morir, escrita por él con Carlos Fuentes y dirigida por Arturo Ripstein. (Jorge Alí Triana realizaría la versión a colores de esa historia casi 20 años después).

“Tenía siete años de no venir a Colombia -recordaba Gabito-. Entonces Escalona me visitó y yo le pregunté qué se había hecho en el país, en materia de vallenatos, durante aquellos años. Me dijo que muchas cosas y me invitó a Aracataca para que oyera a los conjuntos que él pudiera convocar en toda la provincia”. Gloria Pachón, que estaba con ellos en esa ocasión, escribió una nota para El Tiempo, titulada Festival vallenato en Aracataca.

“Cuando llegamos -dijo Gabito- mi pueblo estaba lleno de acordeones. Ese día oímos vallenato en cantidad”.

Él había viajado de Cartagena a Barranquilla y de allí enrumbado a Aracataca en el Land Rover de su compinche Álvaro Cepeda Samudio. También fueron Kike Scopell, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor. El pretexto de García Márquez era reunir en su tierra lo mejor del folclor para intentar llevarlo en corto tiempo al celuloide mexicano en el que él ya trabajaba. “Macondo está casi igual –fue lo primero que dijo Gabito al llegar a Aracataca–. Los almendros polvorientos siguen allí. Las casas de madera circundan la plaza”.

Esa tarde de marzo, Escalona llegó tarde. “Recuerdo –añadió Gabito– que Armando Zabaleta no fue invitado pero se presentó con su conjunto y, como siempre, echándole vainas a Escalona. (…) Así empezaron los festivales vallenatos”.

Gabito, por su parte, había escuchado música de acordeón desde su infancia, había aprendido a cantar con sentimiento los vallenatos de Escalona y había escrito sobre todo ello, desde una columna del 22 de mayo de 1948 en El Universal de Cartagena. En alguna Jirafa de marzo de 1950, en EL HERALDO de Barranquilla, diría: “No hay una sola letra en los vallenatos que no corresponda a un episodio cierto de la vida real, a una experiencia del autor. Un juglar del río Cesar no canta porque sí ni cuando se le viene en gana, sino cuando siente el apremio de hacerlo después de haber sido estimulado por un hecho real. Exactamente como el verdadero poeta, exactamente como los juglares de la mejor estirpe medieval”.

Del buen vallenato pues, Gabito lo supo todo sobre su música y las historias que narraba. Conoció a los legendarios compositores, cultivó una bella amistad con el más grande y escuchó a sus mejores intérpretes. Cantó como uno de ellos las canciones que le llegaron al alma, las aprendió a tocar en dulzaina y memorizó las tonadas que le arrugaron el sentimiento. Sólo le faltaba componer una pieza y lo hizo: un vallenato de 500 páginas. Cuando uno sabe esto entiende por qué es Rafael Escalona la persona que Gabito más admiró en su vida. El creador que siempre quiso ser.

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7 de julio de 2019

MEMORABILIA GGM 900


EL ESPECTADOR

Bogotá – Colombia
24 de junio de 2019



Cuando el dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado
estaba secuestrado, el entonces expresidente Belisario Betancur realizó
contactos con el gobierno de Cuba y envió a la isla a su amigo
Guillermo Angulo, fotógrafo y humanista.
En este texto, 33 años después, el “Maestro” revela apartes
del diario íntimo que le entregó a Belisario sobre su misión.

Un secuestro

Por Guillermo Angulo

Este es el extracto de una especie diario inédito que cuenta una misión personal, que Belisario Betancur me encomendó cuando Álvaro Gómez Hurtado fue secuestrado.
Existe la falsa impresión de que Betancur y Gómez Hurtado eran enemigos. Al contrario: eran muy buenos amigos y Belisario le tenía gran admiración. En ocasiones fueron contendores políticos, pero eso es otra cosa.

El original fue escrito en Cuba y los comentarios –de ahora– van en itálicas y entre paréntesis cuadrados.

Viernes 10 de junio de 1988, Bogotá
Desayuno en casa de Belisario Betancur, quien me pregunta si estoy dispuesto a trasladarme inmediatamente a Cuba, para comprobar quién tiene detenido a Álvaro Gómez Hurtado, pedir al grupo que lo tenga que garanticen su vida y tratar de gestionar su liberación. Sin dudarlo le digo que sí, agregando: «¿Pero si tú ya hablaste con Fidel, para qué quieres mandarle un embajador personal?» «Para que vea que yo estoy de verdad muy interesado. Y tú amistad con Gabo será de gran utilidad».

Sábado 11 de junio. La Habana
Llego a La Habana a las dos de la mañana y en el aeropuerto me están esperando Gabriel García Márquez, Carmen Balcells y Alessandro, mi hijo, que está haciendo un curso de guiones en la escuela de San Antonio de los Baños.

Ese mismo sábado Gabo me invita a una ceremonia de condecoración a Juan Bosch, en el Palacio de la Revolución, donde me presenta a Fidel Castro, rodeado de personas que lo querían conocer. Una venezolana le pide un pelo de su barba y él le dice: «Sí, pero yo mismo me lo arranco». Había algo de fervor religioso en esa petición y en el deseo de muchas personas de simplemente estar cerca o tocarlo.

Luego, pasamos con Gabo a un buffet y ahí me presenta a Manuel «Barba Roja» Piñeiro, un cubano simpático y abierto, jefe del Departamento de Latinoamérica y experto en todos nuestros vericuetos, políticos y económicos.

Estamos de acuerdo en dos puntos obvios: que hay que saber con certeza qué grupo tiene a Álvaro Gómez, contactarlo y pedirle que le respeten la vida.

Fidel se acerca y me dice que él se va con Gabo a su casa y allá nos vemos. Gabo sugiere que localicen a Antonio Navarro y el Comandante inmediatamente le ordena a Piñeiro que lo invite, de parte suya, a venir a Cuba.

[Después Gabo me contó que Fidel lo había llamado aparte y le había preguntado: «¿Qué tan de confiar es Angulo? Porque conocerá muchos de nuestros secretos». A lo que Gabo le contestó en costeño: «Está bajado en mi casa».]

Domingo 12 de junio
Como a eso de las 12:30 Fidel lleva aparte a Piñeiro, conversan un rato a solas y luego nos invitan, a Gabo y a mí, a reunirnos con ellos. Luego, Gabo llama a Belisario y le informa de lo que va pasando.

INTERLUDIO
[Acompaño a mi hijo Alessandro a ver unas compañeras de la escuela de cine. Cuando llegamos tres de ellas están leyendo el tarot. Y Alessandro comenta sonriente: «Dicen que todos los cubanos saben leer y escribir. Pero ustedes lo que saben leer es el tarot». A pesar de mi escepticismo sobre los métodos de adivinación, por puro pasatiempo le pido a una de las jóvenes que le pregunte al tarot lo siguiente: «¿Está vivo, o muerto?». Va poniendo las cartas, una a una, con parsimonia, y veo con horror a un hombre colgado de un pie. La tarotera me dice: «Está vivo, pero inmovilizado». Quedé completamente sorprendido, y es obvio decir que estas bellas cubanas (al contrario de Piñeiro) no saben nada de lo que estaba pasando en Colombia, ni el motivo de mi visita.

Otra vez, en la noche llega a la casa de Gabo el Comandante, y nos hace una amplia disertación sobre diversos temas: desde la nueva apertura al turismo internacional hasta cómo cocinar un bacalao.

LUNES 13 DE JUNIO
Voy a la Fundación de Cine y Gabo me invita a participar en una sesión de sus famosos talleres. Ahí recibo una llamada de Belisario, quien me lee un comunicado del M-19, dado a conocer en Panamá, en el que reconocen tener en su poder a Álvaro Gómez Hurtado.

Por la noche, poco antes de las doce, llega Fidel, quien se ha interesado sobremanera en el asunto y ha estado viniendo y comunicándose con nosotros todos los días, a pesar de estar padeciendo un molesto resfriado. Nos dice: «Las cosas van por el lado positivo. Creo en la autenticidad del comunicado del M-19 y en él no dan indicios de que no quieran respetarle la vida. Sería absurdo que un grupo político dijera: «Lo tenemos, para luego matarlo. Sería, además de cruel, impolítico».

[En una conversación privada con Fidel, nos dijo –a Gabo y a mí–, que él estaba en desacuerdo con el secuestro: «Lo hicimos una sola vez, pero no por dinero sino por publicidad. Batista gobernaba y Juan Manuel Fangio había venido a competir en el Gran Premio de Cuba, que tenía lugar en el Malecón. Lo secuestramos con fines propagandísticos y el Gobierno decidió que, de todas maneras, se hacia la carrera. Pero la publicidad mundial fue para nosotros y el secuestro. Terminada la carrera lo regresamos indemne y tuvimos aún más publicidad. Luego Fangio regresó varias veces a Cuba y siempre nos buscaba».]

Martes 14 de junio
En la tarde llega Piñeiro y nos confirma que llegó Navarro y confirmó que el comunicado es auténtico. Tienen a Álvaro Gómez y han dado seguridades de que la vida del prisionero no está corriendo ningún peligro. [No se sabe por qué todos los guerrilleros rehúyen usar la palabra ‘secuestrado’]. Que el mismo Gómez Hurtado es consciente de que la solución puede ser larga y ha decidido ponerse a estudiar economía.

Hablo en la noche con Belisario y le hago llegar el resumen de lo ocurrido, incluyendo las seguridades que ofrece el M-19 de conservarle la vida.

Miércoles 15 de junio
A las 4:30 de la tarde pasa el Comandante por la casa buscando a Gabo, que había salido a ver a Navarro. Se queda un rato, va hasta la nevera de la cocina, saca un whisky de una sola malta, me ofrece (le cambio la oferta por un vaso de vino) y se sirve apenas dos dedos. Nos sentamos a conversar y al final me pregunta si he tenido alguna nueva noticia. Y agrego que, después de la intervención suya y lo dicho por Navarro, considero terminada mi misión. Me da la mano y me dice sonriendo: «Antes nos tenemos que comer el bacalao que trajo Carmen».

Más tarde me telefonea Gabo y me dice que Navarro me quiere ver. Voy a casa de Piñeiro y hablo a solas con Navarro (a quien no conocía). Me recibe muy bien y me trata de ‘Maestro’ y conversamos como si fuéramos viejos amigos. Me confirmó lo sabido sobre el secuestro, agregando algunas precisiones: «Está en perfecto estado de salud. En ningún momento fue herido o lastimado. En el momento del secuestro hizo repulsa, pero al saber que eran del M-19 se tranquilizó, y no opuso más resistencia. Se encuentra bien de ánimo, estudiando, porque piensa que la cosa puede durar». Agrega que ellos le garantizan la vida, dentro de la normalidad. Si los atacan, puede que en la balacera ocurra algún accidente o que de pronto las mismas Fuerzas Armadas puedan tener interés en matar a Álvaro Gómez, para achacarles a ellos su muerte.

Recomienda que el Gobierno suspenda por completo su búsqueda. Dice que está perfectamente vigilado por un comando élite, bien entrenado y adecuadamente armado; con alta capacidad de combate, y dispuesto a resistir y repeler el más fuerte ataque. Y puntualiza: «El encargado de todo el operativo es Carlos Pizarro. Con él debe hablar el Gobierno, y ellos saben cómo contactarlo».
           
Jueves 16 de junio
El Comandante llega puntual al almuerzo de despedida en casa de los Gabos. Vamos a comer el tan esperado bacalao. Como el Comandante, antes de pasar a la mesa, insiste en darle a Mercedes las instrucciones precisas para la preparación del bacalao, Mercedes le dice con cariño y firmeza, mientras sonríe: «Vea, Comandante: usted manda en la Isla, pero en mi cocina mando yo; y voy a hacer el bacalao a mi manera». ¡Y qué buena resultó la manera de la Gaba!

A la mesa estábamos Gabo, el Comandante, Mercedes, Piñeiro y yo. (Carmen Balcells había regresado a Barcelona). Mientras almorzábamos, Fidel hace un resumen de lo que hemos hablado en los días anteriores. Al terminar, aprovecho para darle las gracias, en nombre del Belisario Betancur y el mío, por toda la atención prestada a nuestras peticiones. No trascurrió un solo día sin que Fidel no hubiera llamado –o aparecido–, por la casa de los Gabos, enterándonos, o inquiriendo, sobre el desarrollo de los acontecimientos.

En medio del almuerzo, Fidel aborda uno de sus temas favoritos: la deuda externa y me dice: «Angulo: ¿Cuánto tiempo se demoraría un solo hombre (trabajando sólo ocho horas diarias y, naturalmente, descansando sábado y domingo), para contar a mano, en billetes de a dólar, la totalidad de la deuda externa de Latinoamérica?»

Al no tener ni idea del monto de la deuda externa, aventuro al azar un lapso que me pareció exagerado: «Treinta años, Comandante».

Y Fidel, con una sonrisa triunfal, me rectifica: «Once mil años. Hace una pausa dramática antes de agregar: ¡Y una deuda que no se puede contar, no se puede pagar!»

Antes de retirase, Fidel se despide de mí con un fuerte y cálido abrazo, mientras me dice: «Angulo: Dígale a Belisario que yo sigo esperándolo y disponible, para lo que se le pueda ocurrir».

EPILOGO
A mi regreso a Colombia, pasó lo siguiente:
Fuimos a visitar a la familia de Álvaro Gómez y Belisario los enteró de los buenos resultados de nuestra gestión.           

[Yo conocía a Mauricio «el Godo» Gómez. Por cierto, la primera vez que almorcé con los dos, le dije a Álvaro: Yo a su hijo lo llamo ‘Godo’. Y se lo cuento para que, cuando oiga el nombre, no volteen a ver los dos. Se rio y quedó roto el hielo].

Belisario le comunicó nuestra gestión al presidente Barco y al ministro de Gobierno de ese entonces, César Gaviria Trujillo, quien insistió en ir a entrevistarme a mi apartamento.

Otro que quiso enterarse de primera mano de lo sucedido, fue Carlos Ardila Lülle. Nos mandó su avión privado para que fuéramos a almorzar a Medellín, Belisario, Bernardo Ramírez y yo.

Durante el almuerzo, le conté lo de la deuda externa. Ardila, que es un genio de las matemáticas, con una computadora en la cabeza, se paró, dio una vuelta caminando torpemente apoyado en sus bastones, y regresó diciéndonos: «Fidel está equivocado. No son once mil años». [Claro, pensé yo; no pueden ser más de treinta]. Son veintidós mil años —continuó Ardila Lülle exultante—. Él está haciendo el cálculo contando de a tres dólares por segundo; y, a mano, no se pueden contar más de u


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CULTO
Santiago de Chile
5 de julio de 2019

La chilena que pintó
el amor en tiempos de
Gabriel García Márquez

Por Alejandro Jofré

Luisa Rivera se llama la ilustradora que pintó en tonos cálidos y casi otoñales la última edición de El amor en los tiempos del cólera, un romance narrado con la habilidad del Nobel colombiano y titulado como un tratado médico por la conclusión a la que había llegado su autor: los síntomas del cólera son iguales a los síntomas del amor. Acá habla sobre su trabajo gráfico y la serie de Cien años de soledad, basada en otra novela que también ilustró.

Publicada originalmente en 1985 —a la sombra de la alabada y sorprendente Cien años de soledad—, El amor en los tiempos del cólera cuenta las peripecias de dos personajes, Florentino Ariza y Fermina Daza. Desde muy joven, él se enamora de ella, pero no todo sale como imagina. Las complicaciones de la vida misma y el matrimonio de ella con el doctor Juvenal Urbino, terminan por volverlo una especie de “Quijote caribeño”.

 
En una de esas vueltas de la vida, Florentino, el personaje de Gabriel García Márquez, le promete un amor eterno, contradictorio e imponente a Fermina, en un modelo de amor atávico y cercano.

 “Trabajar con esta obra también implicaba entrar en su mundo personal”, comenta Rivera.

“La historia está basada en la experiencia de sus propios padres, Gabriel y Luisa Santiaga, así que fue maravilloso investigar ese contexto”, subraya.

Gabriel García Márquez pensaba que todo había nacido de la nostalgia y que “el amor se hace más grande y noble en los tiempos de peste”.

“Tuve una infancia extraordinaria rodeado de personas de una gran imaginación y cargadas de supersticiones”, justificó alguna vez su autor entrevistado para la promoción de la novela.

 

Allí habló de su abuela, la mujer que le contaba por las noches, de la manera más natural posible, cosas que lo aterraban.

 “El Caribe es una región en la que se da una perfecta simbiosis, o se da más claramente que en otras partes del mundo, entre el hombre, el medio natural y la vida cotidiana. Yo viví en un pueblo olvidado de la selva calurosa en la ciénaga caribeña de Colombia. Allí, el olor de la vegetación descompone los intestinos”, contó Gabriel García Márquez.

Su autor contaba que El amor en los tiempos del cólera “es la historia de un hombre y una mujer que se aman desesperadamente y que no pueden casarse a los 20 años porque son demasiado jóvenes, y no pueden tampoco casarse a los 80, después de todas las vueltas de la vida, porque son demasiado viejos”.

Algo de ese tránsito del tiempo tienen las acuarelas de Luisa Rivera, que piensa que “la ilustración no soluciona problemas de la realidad, pero ayuda a imaginar otros caminos”.

 “Creo que el colorido fue clave en ese proceso. Con la editorial queríamos una paleta diferente a la de Cien años de soledad, pero que además representara la atmósfera del relato”, asegura la artista al correo.

La ilustradora, a cargo de la nueva edición en tapa dura del clásico de García Márquez, dice que “utilizar tonos cálidos y casi otoñales para un contexto caribeño era una propuesta arriesgada, pero era la correcta porque en esos colores hay mucha información: el paso del tiempo, la nostalgia, la calidez de los personajes y el amor siempre vivo de Florentino”.
 
La edición ilustrada de El amor en los tiempos del cólera. Foto: Luisa Rivera.

-Como decía Carver, ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor?
-Una pregunta infinita, pero digamos que hablamos de múltiples maneras de querer, que a su vez están en perpetua mutación en un abanico ilimitado de escenarios. Fermina es un ejemplo de eso, porque en ella conviven el amor reposado, el amor romántico de adolescencia, amor de madre, de hija, de amiga, etc.

-Antes estuviste a cargo de ilustrar la edición conmemorativa del medio siglo de Cien de soledad. ¿Qué te parece el anuncio de una serie sobre la novela?
-Un desafío complejo, porque Gabo nunca quiso que Cien años de soledad se llevara al cine. Si la ilustración ya era una tarea ardua de “aterrizaje”, ponerlo en pantalla debe serlo aún más, pero quizás en el formato de serie y con todos los recursos que existen hoy puede surgir algo interesante.

 Luisa Rivera.

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Diario de León.es
León - España
2  de junio de 2019

Filandón
Durruti contado por García Márquez
El escritor colombiano abordó la figura del anarquista leonés en el cuento ‘María dos Prazeres’. Algunos consideran que la obra cumbre del Nobel colombiano Gabriel García Márquez fue un pequeño cuento dedicado al anarquista leonés Buenaventura Durruti.

 
El multitudinario entierro del anarquista leonés Buenaventura Durruti en Barcelona -

Por Alfonso García

Editado en España a principios de la década de los noventa del pasado siglo el libro Doce cuentos peregrinos del Nobel colombiano Gabriel García Márquez, algunos afirmaron que la cumbre de su obra literaria no era ninguna de sus novelas más conocidas, sino un pequeño cuento aparecido en el libro citado. Opiniones para todos los gustos. Lo cierto es que esta, trasladada al escritor por uno de sus amigos, venía a confirmar la obsesión de García Márquez de que su obra siempre fuese comparada con Cien años de soledad, en un contraste que, por supuesto, no hace justicia a la globalidad de su creación literaria. Muy recientemente, y en una edición primorosa, Random House ha seleccionado seis cuentos. No son infrecuentes las colecciones de cuentos de autores clásicos agrupados bajo criterios de diversa índole, sean temáticos, estructurales, vertebrados en torno a un hilo conductor o sometidos a la mirada artística de quien los ilustra. En este caso, media docena de relatos sorprendentes y mágicos de los más notables de su producción, provenientes de las colecciones publicadas en 1962, 1972 y 1992. En todos ellos la presencia de algún niño o en los que aparecen circunstancias o personajes de novelas anteriores o la influencia de las novelas de aventuras que tanta presencia tienen en su obra, cuyo conjunto forma un universo particular, único y compacto. Añádase en esta ocasión concreta las primorosas y abundantes ilustraciones a todo color firmadas por Carme Solé Vendrell, reconocida artista en todos los ámbitos del sector, que fue distinguida con el Premio Nacional de Ilustración y que «tiene el honor –leemos- de ser la única persona que dio vida a los cuentos de García Márquez con el permiso del autor».

Pues bien. En esta selección también aparece el pequeño cuento que algunos consideraron –no entro en valoraciones, por supuesto, que no comparto- la cumbre de su obra literaria. Se titula María dos Prazeres. La nueva lectura ha reavivado las notas que tomé en su momento y que no tienen más pretensiones que rememorar la presencia en este cuento del mítico leonés Buenaventura Durruti. Cada cual hará después su propia lectura, que de eso se trata. A mí se me antoja un relato en que a la historia se suman la crítica, la ironía, la ternura –sobre todo el final, porque «había valido la pena esperar tantos y tantos años»- y el homenaje. Homenaje a Buenaventura Durruti, que, junto a Ángel Pestaña y Diego Abad de Santillán, conforman el trío libertario leonés. «Ningún leonés de cualquier época –escribe Ernesto Escapa refiriéndose a Durruti- ha merecido la fascinación de escritores tan importantes». Sería prolija la enumeración, pero interesante sin duda.

Setenta y seis años tiene la protagonista en el momento de la narración. María dos Prazeres, que da su nombre al título del cuento y que «había recibido a tantos hombres a cualquier hora», es una prostituta brasileña que vive en Barcelona y que estaba segura de que iba a morir antes de Navidad. El destino, siempre imprevisible, fue otro. «Soy puta, hijo. ¿O es que no se nota?», le dice al hombre de la agencia funeraria con el que había concertado una cita en su casa para comprar una tumba «con cuotas anticipadas», puesto que «tres meses antes había tenido en sueños la revelación de que iba a morir».

Y había elegido Montjuïc «para descansar en paz», en un lugar «donde nunca lleguen las aguas», que me «entierren acostada sobre todo –«circulaba el rumor de que se estaban haciendo enterramientos verticales para economizar espacio»- y, «si es posible a la sombra de los árboles en verano, y donde no me vayan a sacar después de cierto tiempo para tirarme a la basura». Exigencias del pago al contado.

«Ella se orientó en el tablero de colores hasta encontrar la entrada principal –es la primera referencia explícita del relato a nuestro personaje-, donde estaban las tres tumbas contiguas, idénticas y sin nombres donde yacían Buenaventura Durruti y otros dos dirigentes anarquistas muertos en la Guerra Civil. Todas las noches alguien escribía los nombres sobre las lápidas en blanco. Los escribían con lápiz, con pintura, con carbón, con crayón de cejas o esmalte de uñas, con todas sus letras y en el orden correcto, y todas las mañanas los celadores los borraban para que nadie supiera quién era quién bajo los mármoles mudos. María dos Prazeres había asistido al
entierro de Durruti, el más triste y tumultuoso de cuantos hubo jamás en Barcelona, y quería reposar cerca de su tumba. Pero no había ninguna disponible en el vasto panteón sobrepoblado».

Aunque hay aún pasajes oscuros sobre algunos aspectos biográficos del leonés, no menos sobre su muerte no del todo aclarada, lo que sí se sabe es quiénes son los propietarios de esas sepulturas anónimas del relato, reconocidos de forma fehaciente y cuyos nombres llevó, entre otros, Chicho Sánchez Ferlosio a una canción, de la que reproduzco un breve texto: «Buenaventura Durruti, / Ascaso y García Oliver: / Tres hojas de trébol negro / contra el viento del Poder».

Con un generoso reportaje gráfico, más llamativo aún por las fechas, La Vanguardia (24 de noviembre de 1936) corrobora la masiva asistencia al entierro. Leemos en el periódico barcelonés: «Una multitud inmensa desfiló, durante muy cerca de seis horas, acompañando los restos del heroico Buenaventura Durruti, muerto en el frente del Centro. El duelo estuvo presidido por el Presidente de Cataluña y, como representante del Gobierno de la República, por el Ministro de Justicia, García Oliver».

Lo cierto es que María dos Prazeres «después de la visita del vendedor de entierros terminó por convertirse en uno más de los numerosos visitantes dominicales del cementerio. Al igual que sus vecinos de tumba sembró flores de cuatro estaciones en los canteros, regaba el césped recién nacido y lo igualaba con tijeras de podar hasta dejarlo como las alfombras de la alcaldía, y se familiarizó tanto con el lugar que terminó por no entender cómo fue que al principio le pareció tan desolado». Las razones se fueron fortaleciendo y concretando, tal como se narra en el párrafo siguiente: «En su primera visita, el corazón le había dado un salto cuando vio junto al portal las tres tumbas sin nombres, pero no se detuvo siquiera a mirarlas, porque a pocos pasos de ella estaba el vigilante insomne. Pero el tercer domingo aprovechó un descuido para cumplir uno más de sus grandes sueños, y con el carmín de labios escribió en la primera lápida lavada por la lluvia: Durruti. Desde entonces, siempre que pudo volvió a hacerlo, a veces en una tumba, en dos o en las tres, y siempre con el pulso firme y el corazón alborotado por la nostalgia». Uno de esos días en que ejerció el rito tantas veces repetido, una tarde fría de noviembre, se desató una tormenta al salir del cementerio. «Había escrito –leemos en el relato- los nombres en las tres lápidas y bajaba a pie hacia la estación de autobuses cuando quedó empapada por completo por las primeras ráfagas de lluvia». Lo que no sabía en aquel momento María dos Prazeres era que muy poco tiempo después su vida cambiaría de rumbo y que había merecido la pena «haber sufrido tanto en la oscuridad, aunque solo hubiera sido para vivir aquel instante».

Reavivar personajes y textos literarios de altura, más cuando se dan la mano, como es el caso, en un cuento, tiene una doble ventaja al menos: recordar y valorar en su medida al personaje en cuestión y disfrutar del alto nivel de la literatura pensada y escrita por García Márquez en esta ocasión.

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