7 de agosto de 2018

MEMORABILIA GGM 889

EL TIEMPO
Bogotá – Colombia
4 de agosto de 2018

Cultura
Un tesoro bibliográfico de Gabo
se queda en Colombia
La Biblioteca Luis Ángel Arango acoge la colección de ediciones
en todos los idiomas del autor.

Alberto Abello Vives, director de la BLAA, recorre la colección que recibió de Gabo y Mercedes Barcha. Foto: Claudia Rubio/EL TIEMPO

Por: Carlos Restrepo 
@Restrebooks

En mayo del año pasado, Alberto Abello Vives, el director de la Biblioteca Luis Ángel Arango (BLAA), recibió desde México una llamada sorpresiva que lo llenó de alegría.
Era Mercedes Barcha de García, la viuda de nuestro nobel de literatura, para anunciarle que ella y su familia habían tomado la decisión de donarle a la BLAA la colección privada de libros traducidos de Gabo a otros idiomas, de su biblioteca privada.

“Ella misma indagó en distintas partes de Colombia dónde se encontraban las mejores condiciones técnicas para la conservación de una colección privada que tenían ella y su esposo en la calle Fuego de Ciudad de México. Y luego de analizarlo tomó la decisión de ofrecérsela a la BLAA”, dice Abello.


EL TIEMPO tuvo acceso a las bodegas de la biblioteca capitalina, donde ya se encuentran los más de 3.000 volúmenes, que corresponden a 1.104 ediciones de las obras de Gabo traducidas a más de 50 idiomas. “La gran mayoría son primeras ediciones”, acota.

En enero pasado se iniciaron los procesos técnicos para el traslado e importación de los libros, que finalmente llegaron a la BLAA en abril.

Uno de los detalles que más sorprendió a Abello y su equipo de la Luis Ángel Arango fue el cuidado con que venían empacados los volúmenes, cubiertos con papeles especiales y embalados en cajas particulares.

Edición de 'Doce cuentos peregrinos' en japonés.
Foto: Claudia Rubio/EL TIEMPO

“Creo que muy pocas donaciones o archivos llegan a una biblioteca organizados de esta manera. Cada libro venía envuelto con una ficha que decía qué obra era, en qué idioma y cuál era su año de edición. Cada caja traía un listado detallado de la obra que contenía. Lo que quiero señalar es que el trabajo que hizo Mercedes con sus colaboradores en México fue maravilloso”, comenta el director de la BLAA.

Recuerda que la primera caja que abrieron fue la de 'El coronel no tiene quien le escriba, que venía en más de 30 idiomas, meticulosamente organizados.

Ahora, los libros se encuentran en proceso de catalogación interna para pasar luego a lugares especializados, donde podrán ser consultados por los investigadores, pues, por su valor patrimonial e histórico, ingresan a aquellas colecciones de libros raros y curiosos de la BLAA.

Abello comenta que uno de los primeros sentimientos que atravesaron su corazón cuando comenzó a abrir las cajas fue el de orgullo y admiración.

“El listado de 42 países nos hace imaginar esa proeza de un colombiano entrando a los millones de hogares de ese número de países. Es que no es una obra de arte que tú ves temporalmente en un museo sino que en 42 países, millones de personas han leído 'La hojarasca', 'Cien años de soledad', 'El coronel…' y eso también une al mundo”, comenta el directivo.

Abello explica el portal especial que creó la Luis Ángel Arango para que todos los colombianos puedan mirar esta colección.
Foto: Claudia Rubio/EL TIEMPO

A un clic de distancia

De manera paralela, uno de los objetivos de la BLAA desde que esta joya de colección bibliográfica llegó a sus bodegas fue mirar de qué manera esto podía ser un regalo al que pudieran acceder todos los colombianos.

Por eso, el equipo de desarrollo virtual de la BLAA comenzó a trabajar en un portal dedicado a esta colección, que les permite a los lectores mirar en un gran mapa del mundo de dónde viene cada libro publicado, con información de contexto. Por ejemplo, si el usuario busca Corea, podrá darse cuenta de que llegaron once obras de Gabo publicadas en ese país.

El portal, que ya se encuentra al aire, permite navegar sobre el mapa o por obras escogidas. Al ver el mapa, llama la atención la fuerte presencia de la obra de García Márquez en toda Europa, donde su influencia como intelectual fue muy reconocida.
Así mismo, Abello anota que está prevista en el futuro una posible exposición para que la gente pueda ver las obras de manera física.

“Esta colección no solamente permite ver las traducciones del castellano a las otras lenguas del mundo sino que nos permite ver otras cosas. Las cajas de los libros, las tipografías, los diseños, las ilustraciones y cómo ellos se imaginan la obra de García Márquez”, explica Abello.

Es decir que este material se convierte en una valiosa fuente de consulta para investigadores de muchas disciplinas no solo literarias sino del diseño o de otras lenguas.

El director de la BLAA pone ejemplos tan sutiles como la elegancia y sencillez de algunas carátulas en Oriente de la obra del autor de 'Crónica de una muerte anunciada', que reflejan también la cultura de esos países. “Entonces, esto es absolutamente emocionante”, anota mientras se le ilumina la cara con una sonrisa.

Se trata, por primera vez, de la posibilidad de entrar a uno de los espacios más personales e íntimos que fue cuidado con celo en su residencia por el propio Gabo y su señora, la querida ‘cocodrilo sagrado’, como él la llamaba cariñosamente. “Es acceder al mundo de su obra que él había guardado como registro de su producción intelectual y mundial”, anota Abello.

Tesoro informativo

Además, se trata de un regalo muy importante que Mercedes Barcha y sus hijos se reservaron para el país, si se tiene en cuenta que todo el archivo personal de García Márquez se fue para el Harry Ransom Center, de la Universidad de Texas (Estados Unidos).


“Gabo es un patrimonio latinoamericano, y los mexicanos se lo disputan a la par con los colombianos. Y Mercedes, creo yo, tenía claro que quería que acá también quedara algo importante de Gabo”, anota el director de la BLAA.


De esta manera, esta colección se convierte en un nuevo referente mundial de obligatoria visita para los investigadores. Y, de paso, se une a la máquina de escribir de Gabo, al diploma y a la medalla del Premio Nobel de Literatura, que su familia le donó a la Biblioteca Nacional de Colombia, junto con obras que enriquecieron su fondo sobre el autor, de más de 1.200 libros y archivos audiovisuales. Así como la Gaboteca virtual.

La primera edición de 'Cien años de soledad', la segunda y una curiosa edición en cuero vacuno con letras repujadas.
Foto: Claudia Rubio/EL TIEMPO

El director de la BLAA destaca el valor de esta donación para futuras investigaciones sobre el nobel literario, para artículos especializados, para hacer exposiciones, y “para construir anécdotas alrededor de los imaginarios que el mundo construyó sobre el autor, sobre Macondo y sobre el país”.

Por su parte, Diana Restrepo, directora técnica de la BLAA, destaca otro punto interesante de lo que se recibió, que permite dimensionar el mérito de la información que contiene. Por ejemplo, muchos de estos libros fueron publicados en países que hoy ya no existen.

"El listado de 42 países nos hace imaginar esa proeza de un colombiano entrando a los millones de hogares de ese número de países", anota el director de la BLAA.
Foto: Claudia Rubio/EL TIEMPO

“Hay muchas ediciones de los años 70 y 80 que corresponden a la antigua Unión Soviética o a Yugoslavia. Entonces, una edición venía referenciada con el idioma yugoslavo, que es el serbo-croata. Varios de estos libros los estamos referenciando con sus ciudades de publicación. O también hemos encontrado ediciones en tártaro, que no es fácil ubicar”, explica la investigadora, al frente de la catalogación.

Vale la pena recordar que el tártaro es un idioma muy puntual de pequeñas zonas del mundo.

También hay ediciones numeradas o especiales que se les hicieron en algunos países a las obras.

Pero las sorpresas siguen apareciendo.

Abello comenta que al abrir los libros se han encontrado anotaciones manuscritas de algunos de los editores que publicaron la obra en determinado país, cartas dirigidas al autor, tarjetas personales y hasta rizos de cabello.

“En una de las ediciones de Oriente encontramos una tarjeta del editor que le decía: ‘Don Gabriel: acá le dejo la primera edición del Colonel”, anota con humor el director de la BLAA.

Hay también una curiosa edición de 'Cien años de soledad' cuya portada es en cuero vacuno con letras repujadas e incluye una emotiva carta en papel de seda de su editor.

Y algunas traducciones al árabe dejan ver palabras que no tienen traducción al castellano.

Hace pocos días, cuando Abello viajó hasta México, en compañía de Ángela María Pérez, subgerente cultural del Banco de la República, para expresarle su agradecimiento, Mercedes los esperaba con otro regalo. Un grupo de doce nuevos libros que ella acababa de recibir de las primeras ediciones legales al mandarín de Gabo, porque las que circularon durante muchos años fueron las no autorizadas.

Este es sin duda el mejor regalo que la Luis Ángel Arango recibe este año, con motivo de la celebración de sus 60 años de existencia.


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Entretantomagazine.com
España
16 de julo de 2018

Fuego, 144

Fuego, 144, Ciudad de México
Foto: Consuelo De Arco

Por Antonio Costa Gómez

Allí vivió Gabo durante treinta años mientras no estaba dando vueltas por el mundo entero. En ese México del que quedó fascinado desde que Álvaro Mutis le hizo leer “Pedro Páramo” y le presentó a Juan Rulfo, el escritor callado que habla del fuego de la memoria. Y luego su gran libro empezará por convertirlo todo en memoria y refracción en el tiempo desde esa primera frase que es casi tan famosa como la del Quijote. Iba con su familia hacia Acapulco y de pronto en el coche le vino la historia entera a la cabeza y tuvo que regresar y se pasó tres meses escribiendo en su habitación mientras su mujer vendía hasta los electrodomésticos para que pudieran comer.

La casa está detrás del Estadio Olímpico Universitario que decoró con relieves Diego Rivera. Muy cerca de la Universidad Nacional de México, cuya biblioteca parece una caja gigantesca cubierta de cosmogonías rojas. En el barrio del Pedregal, bajando por la infinita avenida Insurgentes, al sur de la ciudad inmensa. Fue una de las primeras cosas que quisimos ver en Ciudad de México, a pesar de que no se podía ir en transporte público. Tuvimos que ir en un taxi, pero valía la pena. No era una atracción turística, nadie iba allí, pero para nosotros era apasionante, y nos gustan las cosas que no son turísticas.

La casa es modesta, de una sola planta, no como los palacios de los poderosos, aunque Gabo llegó a alcanzar un poder considerable, desde que pasaba hambre en Barranquilla. Hay una buganvilla desbordada como el estilo de “Cien años de soledad” que cubre los ventanales enrejados del suelo. Encima cuelga un farol enorme para dar iluminación de novela a la casa. Más arriba hay una especie de pequeña grúa para izar paquetes como la de las ciudades bálticas que no sé qué sugerencias novelescas ponía allí. Encima del garaje unos jarrones enormes sugieren borracheras de literatura o abundancias tropicales o generosidades. La hiedra se come todo el muro lateral lleno de hojas. Macetas desbordantes se disparan en el suelo. O sea, es una casa sencilla pero apasionante y llena de reminiscencias.

Consuelo llama al timbre, insiste en que salga alguien como siempre, no se resigna a no entrar. Contesta una empleada que dice que está sola, que no está autorizada a abrir la puerta. Consuelo estaba dispuesta a conversar con la viuda de Gabo, a contarle un montón de anécdotas macondianas, a decirle que estuvimos hablando con la familia en Cartagena de Indias. Cuando planeaban matar a Gabo él se refugió en México y aquí urdió su literatura espléndida y mágica. Y encima en Colombia le echan en cara que se fuera. E incluso querían que arreglara las miserias de su pueblo natal, como si era fuera la labor de los escritores.

Estamos allí, estamos emocionados, estamos en la casa del autor de Cien años de soledad. Muchas veces yo planeé entrevistar a Gabo en México, teníamos contactos familiares para conseguirlo, teníamos promesas de revistas. Aunque él estaba ya harto de esas cosas, ni siquiera le hacía mucho caso a su biógrafo Gerald Martin. Pero se ha muerto y ahora hemos llegado tarde, como me ocurre con tantas cosas, y esta visita es una nostalgia, y tiene tanto de emoción como de lamento. Pero siempre la nostalgia en realidad es una pasión.

Un árbol gigantesco extiende sus brazos a la izquierda, como para abrazar con sus ramas la casa o entrar en conversación febril con ella. Y más jarrones se esconden en lo alto del muro, jarrones de color cárdeno, de color de carne o de tierra, hechos de carne del tiempo como sus novelas. Gabo, a diferencia de su coronel, sí que consiguió que le escribieran, que le escucharan en todas partes. Y en la casa se nota la pasión de él y la reserva de su mujer , Mercedes Barcha que parece mirar por los visillos tras las ventanas con rejas. Su mujer fue un personaje novelesco, más misterioso y fascinante que los personajes de Cien años de soledad o El amor en los tiempos del cólera o los atrapados por el destino en Crónica de una muerte anunciada. Ella sola es una novela que apenas se ha escrito.

Y después nos vamos un momento a la universidad, en la Biblioteca Universitaria se despliega todo el dramatismo cósmico de las culturas mexicanas. No hay lugar para el vacío en ese tumulto de figuras que claman desde la enorme caja. Unos ojos sin rostro parecen mirarnos sin límites desde lo alto de la pared, y en ese potente bunker con pequeñas aberturas parece atrincherarse la Cultura, como diciendo: no acabarán con nosotros. Con razón la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad.

Vagamos un poco entre los árboles y hay unas enormes piedras con ojos tiradas por el suelo. Como diciendo que la cultura de verdad está conectada con el cosmos, como insinuando que la creación está engarzada con la naturaleza y crece como los árboles. Al atardecer parece un misterio la infinidad de piedras tiradas y silenciosas en mitad de los árboles, como palabras contundentes depositadas en el suelo, como avisos del universo caídos sobre la universidad de México. Como para subrayar la conexión inveterada de México con los dioses trágicos que inspiraban a los vivos y los muertos. Y miramos la biblioteca detrás de los árboles dibujada delante del firmamento para indicar el impulso del hombre debajo de las estrellas. Y el dinamismo infinito de México. Ese dinamismo que atrajo e inspiró a Gabo, que al final fue tan mexicano como colombiano. Porque ya Juan Rulfo lo había convencido de que allí incluso los muertos están vivos, incluso la memoria late tanto como la experiencia.

 
Foto: Consuelo De Arco

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12 de junio de 2018

MEMORABILIA GGM 888

HUB LITERARIO
Blog de Lucia Benavides
Barcelona – España
Junio de 2018

Viviendo con el fantasma
de Gabriel García Márquez
Cuando descubres que Gabo una vez habitó tu apartamento en Barcelona

Por   Lucia Benavides*

No fue hasta un año después de mudarme a mi apartamento en Barcelona cuando supe que Gabriel García Márquez también vivió aquí.

Era principios de marzo, en lo que habría sido su 91 cumpleaños. Un amigo periodista estaba investigando una pieza sobre los años que García Márquez pasó en Barcelona cuando se encontró con un viejo artículo de 2014 que mencionaba las dos casas donde vivió durante su tiempo aquí. Mi teléfono sonó con las noticias.

Lo primero que sentí fue la presencia de Gabo. Por supuesto, lo estaba buscando; como escritora que constantemente narra su propia vida, en busca de historias intangibles detrás de lo que está físicamente a mi alrededor, quería pensar que el lugar estaba obsesionado por el fantasma de Gabo. En términos de películas de terror menos, quería creer que mi habitación estaba conmovida por algún tipo de magia que se filtraría en mi propia escritura. Quería dejar que me inspirara, usarlo como una excusa para canalizar las musas que ya había sentido a lo largo de mi vida, en los otros lugares menos encantados que había vivido.

Pero luego Gabo cruzó la línea.

Algunos días después de enterarse de la noticia, me levanté en medio de la noche y pensé que era el sonido de la puerta de mi habitación al abrirse. Cuando abrí los ojos, la puerta estaba cerrada. Debe haber sido muy temprano en la mañana; todavía estaba oscuro afuera, pero la pesadez en mi pecho me hizo pensar que había estado durmiendo durante muchas horas. Luego oí, fuera de mi habitación, el cierre de otra puerta -una oficina que usa mi compañero de cuarto- y pasos.

A la mañana siguiente, ambos compañeros de habitación juraron que habían dormido toda la noche.

Si los pasos habían sido reales o simplemente un sesgo de confirmación, una cosa estaba clara: Gabo estaba aquí para quedarse.

Gabriel García Márquez se trasladó a Barcelona en 1967 con su esposa Mercedes y dos hijos pequeños, Rodrigo y Gonzalo. Pasaría siete años en la capital catalana. Fue donde escribió El otoño del patriarca, una novela sobre la vida de un dictador arquetípico del Caribe; o como el mismo Gabo lo describió, un "poema sobre la soledad del poder". Algunos meses antes de su mudanza, Cien años de soledad había sido publicado en América del Sur con gran aclamación, y ganó rápidamente el estatus de celebridad allí. Una vez en España, donde el libro aún no se había publicado, ese éxito le permitió, por primera vez en su carrera, centrarse exclusivamente en ser un escritor a tiempo completo.

Cincuenta años más tarde, en 2017, me mudé a Barcelona, no con un compañero y niños, sino por mi cuenta. No publiqué la novela latinoamericana más aclamada por la crítica o introduje un nuevo tipo de género literario en la corriente principal, pero llegué con un propósito similar: ser un periodista de tiempo completo.

Y por un golpe de suerte de escritor, o tal vez alguna guía más alta del universo, aterricé en el mismo lugar exacto donde Gabo pasó el primer año en Barcelona en la Avenida de la República Argentina, hasta la unidad.

Lo primero que me llevó al departamento había sido el nombre de la calle. Soy originario de Argentina, y cuando vi el anuncio en la versión en español de Craigslist, pensé: es una señal. Fue el primer lugar que miré, después de escuchar varias veces que tomaría semanas encontrar una habitación decente a un precio decente, e inmediatamente supe que era el indicado. La habitación que iba a alquilar estaba llena de luz natural, más grande que mi habitación anterior en los Estados Unidos, y tenía una gran ventana que daba a la avenida principal. El lugar aún no estaba completamente amueblado, pero no me costó imaginar un escritorio debajo de esa ventana, donde pasaba horas leyendo, soñando y escribiendo.

 La habitación del autor. Foto de Lucía Benavides.

En ese momento, no tenía idea de que otro escritor había tenido una vez la misma visión. Xavi Ayén, periodista del diario catalán La Vanguardia, habló con Gabo en 2005 para investigar su libro Aquellos años del Boom , que narra la historia de los escritores latinoamericanos en Barcelona durante los años sesenta y setenta. Confirmó, para sorpresa de los míos o de cualquiera que haya leído su obra, que García Márquez creía en los espíritus y lo sobrenatural, y en el poder de los hogares y sus historias. Ayén también me dijo que es muy probable que Gabo comenzara a escribir El otoño del patriarca en la misma habitación desde la cual estoy escribiendo esta historia.

"Estoy seguro de que él creería que algo de su presencia y de lo que escribió allí se quedó atrás en el espíritu del departamento", dijo Ayén. "No hay duda al respecto."

Galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez es mejor conocido como el padre del realismo mágico y el más famoso por Cien años de soledad y amor en el tiempo del cólera. Pero él era más que solo un novelista. Era un "izquierdista comprometido" políticamente activo que se rodeó de revolucionarios como Fidel Castro y camaradas antifascistas en España. También fue periodista y continuó escribiendo artículos incluso después de lograr el éxito como escritor de ficción.

Cubrió la revolución cubana en la década de 1950. Escribió sobre un naufragio naval colombiano que expuso un escándalo militar y causó un alboroto nacional. Y tal vez lo más familiar para mí, un fan obsesivo de los Beatles, publicó un obituario de John Lennon después de su asesinato en 1980. En él, dijo que Lucy in the Sky with Diamonds, por la que me nombraron, fue una de las más hermosas canciones.

Antes de morir, García Márquez fundó una organización sin fines de lucro que invierte y apoya a periodistas hispanohablantes. (Otra coincidencia: busqué la Nueva Fundación de Periodismo Gabriel García Márquez, y la página principal del sitio web mostraba una foto de tres periodistas que incluía a un ex profesor mío). Cuando le pregunté a Ayén si a Gabo le hubiera gustado que viviera un periodista su antiguo hogar, él respondió con una expresión claramente española, " Hombre, sí”. Por supuesto.

García Márquez fue el primero de una serie de escritores latinoamericanos en llegar a Barcelona a fines de la década de 1960, un momento de la historia literaria conocido hoy como el boom latinoamericano. La mayoría de estos escritores -incluidos Mario Vargas Llosa, José Donoso y Julio Cortázar- fueron traídos a Barcelona por Carmen Balcells, una agente literaria catalana a quien se le atribuye el cambio de cara de la publicación en el mundo de habla hispana. (Cortázar realmente vivió en París, pero visitó Barcelona a menudo.) Una vez en España, el mercado para el trabajo de los autores se expandió; de repente tuvieron acceso a toda Europa, y no solo a los países de habla hispana.

Leticia Escario y su esposo Luis Feduchi se encontraron en medio de esta tormenta literaria. La pareja española, ella psicóloga y él psiquiatra, conocieron a Gabo y Mercedes en una cena organizada por un amigo en común durante sus primeros meses en Barcelona. Al instante dieron en el blanco, y la amistad demostró ser importante en la vida de Gabo; las parejas se mantuvieron en contacto a lo largo de las décadas y con frecuencia se visitaban entre sí.

"Fue una alegría escucharlo contar historias", dijo Escario cuando la conocí para tomar un café en una lluviosa mañana de primavera. "Hablando y escribiendo, él era encantador".

Una de las primeras cosas que le pregunté, mientras seguía pellizcándome a mí mismo que la mujer que tenía delante era una de las mejores amigas de Gabo, era si alguna vez había visitado su-ahora mi-apartamento en Avinguda Argentina. Escario dijo que no; aún no se conocían bien durante su tiempo allí, y ella no cree que Gabo y Mercedes tuvieran mucha gente durante ese primer año. Pero recuerda haberlos dejado frente al departamento la noche que se conocieron.

Incluso el biógrafo de García Márquez, Gerald Martin, sabe poco de su tiempo en Avinguda (Avenida) Argentina. Después de varios intercambios de correos electrónicos y una larga conversación por Skype, Martin -quien solo había visto mi departamento desde la calle- visitó el lugar, con la esperanza de también "sentir a Gabo", durante un viaje de trabajo a Barcelona.

Mientras tomaba el té en la misma sala de estar donde alguna vez se sentó Gabo, posiblemente también tomando té con su familia, Martin me contó sobre los años que pasó con García Márquez mientras escribía su biografía, Gabriel García Márquez: Una vida. Se reunió con Gabo en todo el mundo: en Colombia, en México y una vez en Cuba, donde también se encontró con Fidel Castro.

"Fue increíblemente intuitivo", dijo Martin. "Realmente podía leer a la gente". Y era supersticioso: García Márquez una vez decidió no comprar una casa simplemente porque afirmaba que estaba embrujada. Me pregunté, entonces, si él se abstendría de atormentar el mío.

Las noticias sobre García Márquez originalmente me metieron en un frenesí de investigación: ¿Cómo era su vida en mi departamento? ¿Qué pensó, escribió y soñó mientras estuvo aquí? ¿Vio el mismo árbol afuera de la ventana de mi habitación perder sus hojas en otoño, solo para verlas crecer nuevamente en la primavera?

Sin embargo, más allá de conocer a Leticia Escario y Gerald Martin, mi interrogatorio sobre su vida en mi departamento no me llevó demasiado.

Sé que vivió aquí desde noviembre de 1967 hasta febrero de 1969, un poco más de un año. Sé que el lugar era demasiado pequeño para que él y Mercedes tuvieran compañía. Ninguna de las personas con las que hablé recordó haber visitado el departamento, ninguno de mis vecinos actuales fue hace unos 50 años, y no hay fotos, que yo sepa, de su tiempo aquí.

Los propietarios de los diversos cafés de mi barrio, lugares llenos de ancianos que leen periódicos en rincones oscuros y gente que se pone al día con las cervezas, me miraban con la mirada perdida cuando les pregunté si sabían si Gabo alguna vez visitaba su conjunto.

"¿Sabías que vivía justo en la calle?", Le pregunté, señalando por la ventana.

Se encogieron de hombros y fruncieron el ceño, diciendo que nunca habían escuchado tal cosa. Y además, agregarían, el bar más antiguo de la calle ha existido por solo 33 años. El único café que podría haber dado lugar a alguna revelación es un elemento básico del vecindario que cerró en octubre pasado después de más de 80 años. Incluso entonces, el padre del dueño había fallecido; su hijo apenas recordaba los años en que García Márquez vivía a solo dos edificios de distancia.

Pero aunque mi barrio parece haberlo borrado de su memoria colectiva, dejando solo un débil fantasma para los que vienen a buscarlo, en el vecino barrio de Sarrià, las historias sobre él todavía circulan por el aire.

Gabo se trasladó a Sarrià en 1969 con su familia y pasó el resto de su tiempo en Barcelona hasta su partida a la ciudad de México en 1974. Sarrià es un barrio exclusivo y de pueblo que todavía conserva la sensación de ser un pueblo independiente: fue anexado por Barcelona en 1921, con sus calles estrechas y ventosas, cafés al aire libre y antiguas plazas de piedra. Estar allí me sentí como transportado a otro tiempo, a otro mundo. Cada vez que bajé del autobús, me encontré inmerso en los años pico de Gabo en Barcelona.

Luis Miguel Palomares, el agente literario del hijo de Carmen Balcells, creció visitando el apartamento de Gabo en Sarrià casi a diario con su madre.

"Recuerdo cada rincón de esa casa, puedo contarte todos los detalles", dijo desde su oficina en el centro de Barcelona. Después de la muerte de su madre en 2015, Palomares se hizo cargo de la Agencia Literaria Carmen Balcells, que sigue representando a escritores como Vargas Llosa e Isabel Allende. "Íbamos a la casa de los Gabos, y jugaba con Rodrigo y Gonzalo".

A lo largo de nuestra conversación, Palomares a menudo se refería a García Márquez como "tío Gabo". Hablaba de él con ternura, diciendo que era muy generoso y afectuoso; Palomares heredó muchas cosas de Gabo, incluida su primera cámara y su primer automóvil. Dijo que creció rodeado no solo por García Márquez, sino por todo el grupo de autores que pasarían horas hablando de política e ideales.

"Madre de Dios, qué privilegio", dijo Palomares. "Al solo escuchar esas conversaciones hubiera sido suficiente. Incluso antes de cumplir los 16 años, de tantas conversaciones, ya tenía muchos títulos”.

Hoy, el edificio de apartamentos de Gabo en Sarrià se parece mucho a lo que era entonces. Es una estructura pequeña de cinco pisos con un patio delantero en la esquina de dos tranquilas calles peatonales. Quería hablar con su residente actual, a quien había escuchado que era un oceanógrafo, alguien que pasa más tiempo bajo el agua que en tierra, como un personaje inventado en una novela de García Márquez. Tenía curiosidad: ¿también se sentía inspirado por su espacio? ¿Oyó o vio algo sobrenatural? ¿Se preguntó si acaso no fue una coincidencia que terminara donde vivió García Márquez?

Me quedé fuera del edificio, no estoy seguro de qué número de apartamento zumbar, cuando una mujer mayor con un bastón comenzó a caminar por la rampa. Le pregunté cuánto tiempo había vivido allí, y ella respondió: "Tengo 81 años, y he vivido demasiado tiempo para recordar". No estaba muy seguro de si ella quería decir en este mundo o en este apartamento. Muy pronto, otro vecino se unió a la conversación, ninguno de ellos sabía dónde había vivido exactamente García Márquez, pero los dos habían escuchado historias de él "viniendo por estas partes".

Nunca tuve la oportunidad de hablar con el residente actual, pero a unas pocas cuadras del apartamento, encontré el puesto de periódicos donde Gabo con frecuencia compraba papel para su máquina de escribir. El nuevo dueño de la tienda me dijo que Gabo ayudó a los propietarios anteriores a instalar la tienda cuando se mudó por primera vez al vecindario. El lugar es pequeño, atestado de libros y diarios. En el muro de la derecha cuelga un enorme retrato en blanco y negro de García Márquez, como si fuera el rey del país o algún tipo de líder religioso.

Hay una parte de la ciudad de la cual García Márquez parece haberse desvanecido por completo. Caminando por Las Ramblas ahora, es difícil imaginar a Gabo allí. La calle peatonal turística en el corazón de Barcelona era su parte favorita de la ciudad, una calle que una vez estuvo llena de puestos de libros y mercados al aire libre que venden aves y mascotas pequeñas. Pero 50 años más tarde, es un lugar incómodamente lleno de autofotos, grupos de turistas que recorren toda la calle y personas en segways que pasan velozmente.

En teoría, el lugar debería tener algún tipo de magia: además de los paseos de García Márquez, Las Ramblas tiene una rica historia de revoluciones, disturbios y otros escritores, como George Orwell, que pasan un tiempo significativo allí. Pero a medida que pasaba junto a un grupo de turistas deteniéndose frente a mí para tomar fotos de Las Ramblas, comencé a cuestionar mi antiguo romanticismo. Quizás los lugares no tienen nada que ver con las personas que los habitaron, que pasaron un tiempo dentro de ellos, que caminaron por sus tierras.

Desde que descubrí que Gabo alguna vez vivió donde vivo hoy, cada hombre de mediana edad con bigote que paso por las calles de Barcelona es, por una fracción de segundo, él. Sin embargo, antes de enterarme de la historia de mi departamento, nunca lo habría visto dos veces.

Lo mismo ocurre con las historias que mis dos compañeros de cuarto y yo ahora les contamos sobre nuestro departamento. Después de esa primera noche, cuando Gabo intentó abrir la puerta de mi habitación, el ascensor de nuestro edificio dejó de funcionar, pero solo en nuestro piso. Nuestro vecino anciano se quedó atrapado dentro por varios minutos hasta que los bomberos llegaron y la ayudaron a salir. El equipo de mantenimiento del edificio vino a repararlo varias veces, pero el ascensor se quedó atorado. De nuevo, solo en el cuarto piso. (Innecesario decir, todavía tomo las escaleras, por las dudas.) Otra noche, después de que finalmente se arregló el ascensor, mi compañera de cuarto nos despertó gritando de terrores nocturnos.

Si todo esto hubiera sucedido hace meses, no habría juntado las historias, tratando desesperadamente de tejer una narración coherente. Es, con toda probabilidad, parte de mi tendencia a ver la vida como si alguien estuviera escribiendo estos eventos desde otro plano. Para encontrar temas y motivos y prefiguración. Para insertar el fantasma de un escritor en mi departamento.

La energía de Gabo puede estar allí, de una manera inexplicable que los físicos aún no han descubierto (estoy contando los segundos hasta que mi hermano físico me envíe un mensaje, argumentando en contra de esto). O puede no serlo Puedo elegir creerlo, o no puedo. Entonces, ¿cuál es la diferencia?

Nada cambia, al final; mi habitación sigue siendo una plaza blanca de cuatro paredes con una bandera argentina y una ventana que da a una calle del mismo nombre. Lo único que cambia es mi perspectiva. Mientras sienta a Gabo allí, él está allí, al menos a través de mis ojos y mi experiencia. Me gustan las historias, después de todo. ¿Y cuál es la mejor historia que el fantasma de García Márquez en mi habitación?

*Lucía Benavides es una periodista actualmente con base en Barcelona, España. Originaria de Argentina, sus intereses giran principalmente en torno a los problemas y la identidad de las mujeres. Antes de España, trabajó como reportera / productora en la estación de NPR en Austin, Texas.
Ha pubicado en NPR, Teen Vogue y Al Jazeera English, entre otros medios.
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Madrid – España
8 de junio de 2018

Literatura

Memoria de mis putas tristes

Por Andrea Carrasco

Y yo qué voy a contar de uno de los más grandes escritores de la literatura latinoamericana, ganador del Nobel, y exponente del realismo mágico. Pues de él poco, pero sí de ‘Memoria de mis putas tristes‘. No es la obra más conocida de Gabriel García Márquez pero tampoco es una desconocida.

Entre otras cosas, iba a decir (y voy a decir), juega a su favor que sea un texto de poco más de 100 páginas, pero lo que realmente lo empuja es que sea un libro de 100 páginas que resume la esencia pura de los últimos anhelos de un nonagenario que, visto lo visto, hoy día pueden no distar mucho de la realidad. Esta historia podría haberse alargado hasta las 300 páginas entrando en más detalles, pero no hacen falta más pistas para entender o disfrutar con lo que nos cuenta nuestro querido Gabo.

He de reconocer que siempre he sido muy de leer esos libros que todos conocen pero que no muchos leen. Este, por ejemplo. Como podría ser Niebla de Unamuno, La Busca de Pío Baroja (que me cautivó desde que descubrí El árbol de la Ciencia) o Los Pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán (y es que empiezo y no paro). Aunque es cierto que esa forma de escribir no era tan directa y nuda como puede ser ahora (odio generalizar, pero suele ser así) y si realmente quieres conectar con Márquez en ‘Memoria de mis putas tristes’, aunque apenas esperan por delante 100 páginas, hay que tomarse un tiempo para analizar lo que estás leyendo.

Hablar de estas obras me retrotrae a los años de colegio y los comentarios de texto. Cómo cada uno interpretábamos lo que le leíamos. Y, muchos años después, ahí va el mío. ‘Memoria de mis putas tristes’ es una impresionante reflexión sobre la vejez que muestra los vicios más ocultos y repugnantes y los secretos más oscuros que uno guarda, pero que analiza con total naturalidad. La historia de un hombre que, sino me equivoco, no tiene más nombre que “sabio”, “maestro” o “profesor Mustio Collado”; como le llamaban sus alumnos cuando se dedicaba a la docencia.

Todo empieza con el noventa cumpleaños de Don Mustio Collado que, se quiere dar un homenaje pasando la noche con una joven inmaculada. Sí, si tomas este texto como algo real suena repugnante. Pero acabas entendiendo que nos habla de la soledad fruto de la vejez de un hombre que no se ha enamorado nunca y que quiere seguir sintiendo.

“Era la misma que andaba por mi casa: las mismas manos que me reconocían al tacto en la oscuridad, los mismo pies de pasos tenues que se confundían con los del gato, el mismo olor del sudor de mis sábanas, el dedo del dedal (…) La casa renacía de sus cenizas y yo navegaba en el amor de Delgadina con una intensidad y una dicha que nunca conocí en mi vida anterior”

Cuando se llega a la ancianidad se es consciente de ciertos detalles que el resto no perciben. Uno es consciente de los pensamientos de quienes le rodean sobre su aspecto ajado y sus actos incomprensibles. Algo inaceptable a esa edad, porque la profesión va por dentro pero no acompaña la fachada. Una etapa vital en la que sobra tiempo para descubrir cosas de uno mismo en las que, probablemente, no habrías reparado con veinte años menos.

“Descubrí que no soy disciplinado por virtud, sino como reacción contra mi negligencia, que parezco generoso por encubrir mi mezquindad, que me paso de prudente por malpensado, que soy conciliador para no sucumbir a mis cóleras reprimidas, que sólo soy puntual para que no se sepa cuán poco me importa el tiempo ajeno”

‘Memoria de mis putas tristes’ está salpicada de bellísimas descripciones que despiertan sentimientos; no necesariamente buenos, cosa buena. Son los últimos deseos de un hombre que los convierte en obsesión para agarrarse a una última esperanza de no morir solo. Y son tan pocas páginas cargadas de sentimiento que no quiero desvelar nada de la historia.

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EL PAÍS
Madrid – España
5 de junio de 2018

Cultura

Los secretos de las cajas 26
de Bioy Casares y Ocampo
Pruebas de galera de Borges, primeras ediciones corregidas y una carta de Gabriel García Márquez son algunas de las joyas donadas a la Biblioteca Nacional de Argentina

Por Redacción

En 1999, la biblioteca de los escritores argentinos Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo quedó huérfana. Al morir Bioy Casares, cinco años después que su mujer, el librero Alberto Casares dividió los 17.000 volúmenes en diez lotes. Uno por heredero. Incluyó 33 cajas en cada lote y las más valiosas eran las número 26, guardianas de las joyas de la colección. Pero nunca llegaron a repartirse. En 2017, la biblioteca íntegra fue adquirida por patrocinadores por 400.000 dólares y donada a la Biblioteca Nacional de Argentina. Después de meses de restauración y estudio, los secretos de las diez cajas 26 fueron desvelados hoy: está la prueba de galeras del cuento El jardín de senderos que se bifurcan, de Jorge Luis Borges; primeras ediciones corregidas a mano que dieron pie a nuevas reediciones, una carta de Gabriel García Márquez dirigida a Bioy Casares y una respuesta manuscrita de Silvina Ocampo a Alejandra Pizarnik, entre otras maravillas.

 Exposición de material de las cajas 26 de la biblioteca de Silvina Ocampo y Bioy Casares en la sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional Marcelo Huici / Biblioteca Nacional Mariano Moreno

Borges fue durante años el invitado más asiduo a la vivienda del matrimonio. El genial lector y cuentista llevaba libros para comentar con su amigo Bioy Casares y los dejaba allí, lo que explica todo el material borgeano presente en la colección. "Los libros muestran los vínculos entre Bioy Casares y Borges y son un testimonio más para conocer sus procesos de escritura", declaró el director de la sala del Tesoro, Juan Pablo Canala, en la presentación. Entre los ejemplares seleccionados figuran dos ediciones, una en inglés y otra en alemán, de Las mil y una noches, uno de los libros favoritos del autor de El Aleph. Borges leyó las dos versiones y las confrontó -llenándolas de notas con su minúscula caligrafía- para preparar el ensayo Los traductores de las mil y una noches.

Los investigadores Laura Rosato y Germán Álvarez rastrean desde hace años los vínculos literarios borgeanos para reconstruir su universo creativo y se nutrirán de los hallazgos localizados entre los 17.000 volúmenes. "Borges imaginó en el cuento de El Congreso un grupo de gente que hace una enciclopedia del universo. Fallan. Esta va a ser una enciclopedia de la obra de Borges y no va a fallar", dijo el director de la Biblioteca Nacional, Alberto Manguel, ante la titánica tarea que tienen por delante.

Las cajas 26 muestran también las amistades literarias que la pareja tejió a lo largo de sus vidas. En una carta fechada en México, en junio de 1991, el premio Nobel Gabriel García Márquez se dirige a su "querido Adolfo". "Mi asombro por tu resistencia descomunal ante los embates de once discursos", comienza la misiva, en la que habla de una "cena inolvidable" junto a su mujer, Mercedes Barcha. "Mercedes -que amaneció queriéndote más que a mí- no me perdona mi heterodoxia", le dice a Bioy Casares.

En un ejemplar dedicado de La soledad de América Latina, el colombiano escribe: "Para Adolfo Bioy Casares, con el terror compartido por los discursos (dichos y oídos); y la admiración y la amistad". El libro de García Márquez es su escrito de aceptación del Nobel de Literatura en 1982 y debía conocer muy bien el rechazo del autor de La invención de Morel a dar entrevistas y su temor a hablar en público. "Cuando le concedieron el Cervantes, pasó meses preparando ese texto aterrado porque pensaba que todo eran lugares comunes", recuerda Manguel.

Correspondencia con Pizarnik

Es posible leer también una carta de Silvina Ocampo a la poeta argentina Alejandra Pizarnik como respuesta al libro en francés La mort, de George Bataille, que le había prestado. "Querida Alejandra: escatológica. Qué horrible libro. Me da miedo tenerlo en mi cuarto porque nunca como dulce de leche", le dice la menor de las hermanas Ocampo a Pizarnik. Admite que "es bueno conocer cosas repugnantes" y le asegura que se dará cuenta en un poema suyo "muy próximo". "En los diarios de Pizarnik también se aprecian estos intercambios, le gustaba provocar", cuenta Rosato.

Ejemplar de La mort, de George Bataille, con anotaciones de Pizarnik y una carta de Ocampo.

De la biblioteca nacerán decenas de investigaciones que arrojarán luz sobre la biografía de estos dos grandes escritores y de otros cercanos, asegura Álvarez. Entre los libros infantiles que Ocampo conservó estaba Gollywogg, de Florence Kate Upton, publicado en 1895 y considerado hoy un ejemplo de racismo. El título, que da nombre también al protagonista, se ha convertido en un insulto para referirse a personas de origen africano, pero los estudiosos creen que ayuda a entender la formación literaria de esa generación de las élites porteñas.



Los investigadores se han asomado a las 345 cajas que quedan por abrir. En ellas hay, por ejemplo, las guías Michelín que consultaban Bioy Casares y Ocampo en sus paseos por Europa y las revistas francesas que la poeta traía de vuelta a casa, que servirán para reconstruir esos viajes. También una colección completa de la revista Sur. Álvarez está convencido de que aguardan ocultas grandes sorpresas: "Hemos visto el 1%, el tesoro dentro del tesoro. Creemos que puede haber cartas, manuscritos, correcciones... Son 17.000 volumenes de expectativas".

 
Autógrafo de García Márquez a Bioy Casares. Foto Ruben Digilio.CLARIN.

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EL ESPECTADOR
Bogotá - Colombia
5 de junio de 2018

Cultura

“El Presidente ha desaparecido”
(Sello Editorial Planeta)

Bill Clinton escritor,
según García Márquez
El expresidente de Estados Unidos publicó su primera novela, pero pocos saben que en su escritura influyó una amistad de 20 años con el nobel colombiano.
  
Por Nelson Fredy Padilla
 
Gabo y Clinton en Cartagena, en el homenaje al Nobel de parte de las academias de la lengua en 2007. / Getty Images.

Esta semana, por el lanzamiento mundial de su primera novela, El presidente ha desaparecido, y cada vez que puede, Bill Clinton le da crédito a Gabriel García Márquez como el autor del libro “más importante” en su vida como lector: Cien años de soledad. Fue el impacto que le causó el mundo macondiano mientras estudiaba leyes, y luego conocer al nobel de Literatura colombiano y hacerlo su amigo, lo que condujo al expresidente estadounidense a los primeros borradores que ahora lo convierten en novelista junto al famoso escritor James Patterson. (La presentación del libro).

De esta amistad nos enteramos los periodistas que trabajábamos en la revista Cambio, en Bogotá, en enero de 1999. García Márquez, dueño, director y redactor, trabajaba en su investigación sobre el escándalo sexual entre Clinton y Mónica Lewinski, practicante de la Casa Blanca, publicada bajo el título El amante inconcluso. Se había conocido con Clinton en una cena en la casa de verano del escritor estadounidense William Styron, en Marttha’s Vineyard, en agosto de 1995.

Las ventas de Cien años de soledad estaban disparadas porque Clinton declaró: “Desde que la leí, hace más de 40 años, siempre me asombraron sus dotes únicas en cuanto a imaginación, claridad de pensamiento y honestidad emocional… una obra poética, maravillosa y mística”. García Márquez creyó que se trataba de una pose de político para ganarse a la comunidad latina en EE. UU. Sin embargo, la noche en que compartió con el “cabeza de cepillo”, como lo apodó de entrada, le atribuyó un “poder de seducción” basado en la estatura y “el fulgor de su inteligencia”. Eso le contó a su hermano Eligio García Márquez, quien fuera asesor editorial de Cambio: “tú sabes que con cualquier gringo no se puede hablar en una misma noche de literatura, cine, música y mujeres”.

Hablaron hasta de la Rapsodia para saxofón de Debussy, pues el presidente interpretaba el instrumento y el escritor lo usó como fondo de cuentos y novelas. El propio Gabo escribió después que en aquella velada en casa de Styron, con la diplomacia del escritor mexicano Carlos Fuentes de por medio, comprobó que la opinión de Clinton sobre el realismo mágico era genuina, además de su conocimiento de la literatura universal, empezando por El Quijote –que confesó no haber leído completo–, deteniéndose en El conde de Montecristo y terminando a medianoche con Las meditaciones de Marco Aurelio.

La afinidad mayor fue William Faulkner. El colombiano consideró al autor de Luz de agosto inspirador de su poética y el norteamericano le respondió recitando el monólogo de Benji, nuez de la novela El sonido y la furia. Así, pasar a hablar del narcotráfico en Colombia y EE. UU. resultó tan natural que Clinton admitió que las mafias norteamericanas son las más poderosas. De brindis en brindis desembocaron en el tema de Cuba y García Márquez le dijo: “Si Fidel y usted pudieran sentarse a discutir cara a cara no quedaría ningún problema pendiente”.

Los dos valoraron sus puntos de vista “como si fueran oro en polvo” y eso los llevó a reencontrarse varias veces, por ejemplo en la Oficina Oval de la Casa Blanca, a finales de 1997, en presencia de Samuel Berger, jefe del Consejo Nacional de Seguridad. Para que ese encuentro se produjera, Clinton ordenó otorgarle a su amigo el visado de entrada al país, que le había sido negado años antes por su cercanía con el régimen de Fidel Castro. Enterado de la conexión, quien le sacó provecho político un año después fue el presidente cubano, quien a través de García Márquez envió una carta a Clinton pidiéndole flexibilizar el bloqueo económico a la isla. (Lea "El Mensajero").

Uno de los intermediarios de la amistad fue Thomas McLarty, asesor y mejor amigo de Clinton, a quien García Márquez conoció en Washington a través del expresidente colombiano y secretario de la Organización de Estados Americanos César Gaviria. Más allá de la política, entre García Márquez y Clinton se mantuvo una relación sincera a través de la literatura. Según Eligio García –fallecido autor de una gran investigación sobre Cien años de soledad titulada Tras las claves de Melquíades–, el político le preguntaba por lecturas detectivescas y el escritor le respondía recomendándole la prolífica obra del belga Georges Simenon, y aprovechaba para reclamarle que los estadounidenses “perdieron el sentido del misterio” instaurado por Edgar Allan Poe.

Intercambiaban libros, más porque la hija de Clinton, Chelsea, también se obsesionó con la obra del colombiano y él se encargó de regalarle las ediciones en inglés y autografiadas por él. Clinton asistió al homenaje que las academias de la lengua española le rindieron al nobel en Cartagena en 2007. La última vez que se vieron fue el 17 de mayo de 2013, en la casa de García Márquez en Cartagena. Él, disminuido por el alzhéimer, y su esposa, Mercedes Barcha, recibieron a Clinton, que a su salida dijo: “Ya no luce joven como antes, pero sus ojos brillan”. El 17 de abril de 2014, día de la muerte del autor, se comunicó con la familia y luego publicó: “Tuve el honor de ser su amigo y de conocer su gran corazón y mente brillante durante más de 20 años”.

Imposible no recordar esto cuando el sello editorial Planeta publica en Colombia El presidente ha desaparecido, novela escrita por Clinton, de 71 años de edad, junto con la pluma de James Patterson, también de 71, un Simenon estadounidense que ha vendido más de 350 millones de libros en todo el mundo con sagas en las que el personaje más conocido es el agente del FBI Alex Cross. Tiene el récord Guinness por ser el autor que más obras ha mantenido en el número uno de la lista del New York Times.

Por la formación literaria que tiene, hay que creer en Clinton como coautor del thriller, aunque fue presentado el lunes pasado con un punto de vista trillado en la literatura y el cine: “La presidencia de los EE. UU. pende de un hilo. El presidente, Jonathan Duncan, está a punto de ser destituido y es presa fácil de los tiburones de Washington cuando, acorralado por la prensa, cuestionado por la opinión pública y sus propios colaboradores, se enfrenta al mayor ataque que EE. UU. haya sufrido nunca. Sin nadie en quien confiar, el presidente Duncan deberá desaparecer para actuar en la sombra, aun a riesgo de que le consideren sospechoso y traidor. Tres días de infarto en los que el hombre más buscado del planeta se verá inmerso en un juego de estrategia política sin precedentes para poner a salvo el futuro de la nación”.

Sin importar su calidad narrativa, será un best seller con versión de serie de televisión producida por Showtime y tal vez de cine. Clinton, que fue presidente estadounidense durante dos mandatos consecutivos desde 1993 hasta 2001, había escrito otros libros, incluido el autobiográfico My life y el de pensamiento político Entre la esperanza y la historia, pero hasta ahora no se había atrevido con la ficción. Ahora hizo realidad el sueño que le insinuó a García Márquez, su inspiración.

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Infobae
Buenos Aires / Argentina
11 de junio de 2018

Noticia


Las alusiones a García Márquez
en Los Simpsons que nadie vio

 
 Gabriel García Márquez, nobel de literatura colombiano.
© THX Medios S.A. Gabriel García Márquez, nobel de literatura colombiano.

Redaccion

El Springfield de Los Simpsons bien podría ser un Macondo posmoderno, y las odiseas diarias de Homero podrían compararse -guardando las proporciones- con las del patriarca José Arcadio Buendía en Cien años de soledad. O eso piensa el Centro Gabo, que analizó algunos de los episodios de la famosa serie animada estadounidense para encontrar las alusiones que han aparecido sobre Gabriel García Márquez, el nobel de literatura colombiano.

La referencia más explícita la hace Homero en el décimo episodio de la octava temporada, llamado The Springfield Files, y en su versión en español, Los expedientes secretos de Springfield en Latinoamérica. Bebiendo cerveza en la taberna de Moe, como de costumbre, el cabeza de familia habla con los agentes del FBI Fox Mulder y Dana Scully, quienes le preguntan sobre su encuentro con un extraterrestre, a lo que él les responde: "Todo comenzó en el club de caballeros donde charlábamos sobre García Márquez jugando al dominó".

Anteriormente, en el segundo episodio de la sexta temporada hacen alusión a uno de sus libros más famosos, El amor en los tiempos del cólera, estrenado en 1994, nueve años después de la publicación de la novela. Sucede cuando Marge lee una novela romántica titulada 'Love in the time of scurvy' (El amor en los tiempos del escorbuto) en la que aparecen barcos y piratas. Al igual que la de García Márquez, donde el amor contrariado de una pareja tiene varias escenas en embarcaciones del mar Caribe colombiano.

Y la última alusión que resalta el Centro Gabo ocurre en el octavo episodio de la novena temporada, en el que Lisa encuentra un supuesto fósil de un ángel en una excavación arqueológica realizada en terrenos donde se construye un gran centro comercial. El hallazgo causa conmoción en Springfield y Homero termina cobrando 50 centavos por verlo en su garaje.

"Estos acontecimientos son similares a los ocurridos en el cuento de García Márquez Un señor muy viejo con unas alas enormes, publicado en 1970 en la revista Cuadernos Hispanoamericanos, donde un ángel decrépito cae en el patio de una casa y cientos de personas en la región pagan 5 centavos para verlo", describe el centro.

Estas no serían las únicas alusiones culturales que los guionistas de Los Simpsons hacen de escritores de la literatura universal. Ya han hecho referencia a Edgar Allan Poe, Mark Twain y William Faulkner, cuando Bart se convierte en el cuervo de Poe y Nelson en el personaje Huckleberry Finn de la novela de Twain.

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