23 de julio de 2026

MEMORABILIA GGM 951

LA NACION

Buenos Aires – Argentina

20 de julio de 2026

 

Espectáculos

 

Un día en Macondo: un tren real y

70.000 piezas de vestuario,

así se filmó la segunda parte

de Cien años de soledad

LA NACION viajó a Colombia para recorrer el set de la serie de Netflix

basada en la novela de Gabriel García Márquez,

que el 5 de agosto estrena su segunda y última temporada

 

Por Florencia Falcone

Fotografía: Mauricio González A - @MauroGon Mauricio González A - @MauroGon

 

Una escena de la segunda temporada con la eximia Marleyda Soto a la cabeza, la encargada de interpretar a la matriarca de la familia Buendía: Úrsula Iguarán

Una escena de la segunda temporada con la eximia Marleyda Soto a la cabeza, la encargada de interpretar a la matriarca de la familia Buendía: Úrsula Iguarán


ALVARADO, Colombia.- “Lo que se hizo acá con Cien años de soledad nunca se había hecho antes. Esto ha implicado, básicamente, construir un estudio de filmación desde cero: desarrollar todo el vestuario (casi 70.000 piezas) y levantar un pueblo entero. Todo lo que ven en pantalla tiene una razón de ser, tiene una investigación minuciosa detrás y un proceso de manufactura detallado para cada escena y para cada plano”, dice Carolina Caicedo, productora general y ejecutiva de la serie, a modo de resumen de la empresa en la que se embarcó el equipo detrás de la adaptación de Netflix de la obra maestra de Gabriel García Márquez, que el 5 de agosto próximo estrena su segunda y última parte. En tanto, para ver el último capítulo habrá que esperar hasta el miércoles 26.

En marzo de 2025, un grupo de medios de distintos países de América Latina, entre ellos LA NACION, tuvo la oportunidad de recorrer, en exclusiva, el set principal del rodaje donde el Macondo de las páginas de García Márquez cobró vida por primera vez y atravesó un siglo de transformaciones hasta su inexorable destrucción. “El Macondo que van a conocer ahora tiene 50 años de historia. En el diseño estético de toda la serie, la idea era mostrar cómo este lugar envejece ante nuestros ojos. Aunque llegan nuevas tecnologías y va cambiando en el tiempo, el pueblo también entra en decadencia. Esa descomposición profunda es parte esencial del relato”, señala Bárbara Enríquez, diseñadora de producción de la serie y encargada del tour por el set de 560.000 metros cuadrados que se montó en la Finca Arizona, dentro del municipio de Alvarado, en el departamento de Tolima, a cuatro horas en auto desde Bogotá.

Vista aérea de la estación del tren que se construyó para la segunda temporada de Cien años de soledad

Vista aérea de la estación del tren que se construyó para la segunda temporada de Cien años de soledad

Frente a la consulta de algunos periodistas respecto al uso de inteligencia artificial en reemplazo de la hazaña en la que se embarcaron, Caicedo explica que el desarrollo del diseño de producción de la serie se remonta a la pandemia, motivo por el cual no contemplaron, en ese momento, el uso de esa tecnología. “Desde el principio, la idea fue construir el pueblo físicamente”, afirma. Así, emprendieron una ardua búsqueda de locaciones por Colombia, debido a que la familia del Premio Nobel de Literatura pidió que se filmara íntegramente en español, que se rodara principalmente en el país andino y que el proyecto estuviese integrado en su mayoría por lugareños. “Al ser una producción tan grande, tan pesada, tan difícil de mover, necesitábamos encontrar un punto intermedio, que estuviera cerca de Bogotá, pero que también ofreciera toda esta belleza natural con montañas, vegetación y paisajes impresionantes”, cuenta.

Los cuatro Macondos

El Macondo de la serie se construyó con dos procesos paralelos y distintos. Primero, se realizaron durante dos meses todas las estructuras del pueblo. La obra civil incluyó las veredas, vaciados de cemento y la nivelación de las calles en el espacio. Sobre esa base se anclaron todos los edificios. A su vez, cada edificio tiene detrás una estructura metálica muy sólida que sostiene una malla sobre la que se aplicó una mezcla que ellos mismos inventaron de cemento, jabón y cáscara de arroz, que les dio la textura ideal de tapia para que las casas y tiendas no se vieran muy lisas ni perfectas.

Así se ve Macondo por dentro

A lo largo de la primera y la segunda parte de la serie, el equipo creó cuatro Macondos. El primero, al momento de la visita de la que formó parte este medio, fue desmontado. El dos y el tres, como el equipo de producción los denomina, sigue formando parte del mismo set y es donde construyeron el tren y su respectiva estación, donde ocurre la masacre de las bananeras. El cuarto y último es el más grande en tamaño: creció con aproximadamente 18 nuevos espacios, dos calles nuevas y varias zonas transformadas. “Macondo 4 es donde se cuenta el final”, destaca Enríquez.

La adaptación de la novela de García Márquez se dividió en dos partes de 8 episodios cada una

La adaptación de la novela de García Márquez se dividió en dos partes de 8 episodios cada una

Camino a la destrucción

La transformación y decadencia de Macondo –que es un personaje más en la historia– es uno de los grandes indicadores del paso del tiempo en Cien años de soledad. “En esta segunda parte ya no es ese lugar perfecto y pulido que conocimos, ahora el desgaste se nota en las paredes, en los espacios, como también en los personajes”, explica Juliana Flórez, productora ejecutiva de la serie. “Será una parte mucho más caótica que la primera, tanto en lo visual como en lo narrativo”, adelanta.

Para los visitantes temporales que constituimos este grupo de periodistas convocados por Netflix, pensar en la destrucción de este Macondo que tantas veces imaginamos –cada uno a su manera, porque esa es la magia de la literatura– se siente como una daga en el corazón, o como si José Acardio Buendía nos atravesara con una lanza como cuando mató a Prudencio Aguilar antes de la fundación de Macondo.

Caminamos por las calles polvorientas, protegidos del sol con unos sombreros de paja proporcionados por la producción, guiados no solo por Bárbara Enríquez, sino también por la ilusión y el asombro infantil que genera presenciar en tiempo y espacio la materialización de las exquisitas descripciones de García Márquez. Cada detalle representa el talento, la dedicación y la pasión con la que el equipo detrás de la serie encaró este proyecto. Hasta la maleza que se asoma en las veredas o las paredes descascaradas fueron pensadas, diseñadas y ejecutadas con precisión.

"Todo ha tenido distintos niveles de dificultad. Desde lo más grande, como construir el pueblo, con toda su logística, los tiempos, los materiales y elegir los adecuados, porque esto debía mantenerse en pie durante años. La escenografía normalmente no está hecha para durar tanto", destaca Enríquez

"Todo ha tenido distintos niveles de dificultad. Desde lo más grande, como construir el pueblo, con toda su logística, los tiempos, los materiales y elegir los adecuados, porque esto debía mantenerse en pie durante años. La escenografía normalmente no está hecha para durar tanto", destaca Enríquez

De hecho, transitamos un Macondo que cobró vida propia. No solo porque creció nueva vegetación a raíz de las casi 19.000 plantas que se sembraron allí. A este pueblo-set de filmación que se levantó desde cero también llegaron pájaros como los que guiaron al gitano Melquíades y los suyos a encontrar la aldea fundada por el patriarca Buendía. “El tiempo también ha pasado aquí. Lo que hace un año y medio era nuevo, ahora está invadido por la vegetación, que se ha mezclado con los elementos del set. Macondo ha cobrado una vida que antes no tenía y eso nos ha favorecido mucho, porque hoy se siente como un pueblo con historia, con capas. Todo esto, por supuesto, reforzado por el trabajo de nuestros equipos de pintura escénica, escultura y ambientación”, señala Juliana Flórez.

“¿Cómo van a ejecutar la inundación?”, pregunta uno de los presentes sobre el diluvio de cuatro años, once meses y dos días que marca la ruina del pueblo. “Ese es uno de los grandes retos de esta temporada. Por ejemplo, la casa de Petra Cotes, que ya estaba diseñada desde el principio, tiene una piscina integrada. Todo el patio central es una piscina de cemento, construida específicamente para la escena de la inundación”, relata Enríquez. Y agrega: “También se inundarán otras calles y la casa Buendía. Por supuesto, son cosas que después se complementan con efectos visuales. Trabajamos con efectos especiales para hacerlo físicamente, y luego entra el equipo de efectos visuales que amplía las escenas, extiende el set y multiplica el impacto del agua. Es uno de los mayores retos y aprendizajes de esta serie: integrar escenografía física con efectos visuales de forma orgánica”.

El jardín de la casa Buendía y su icónico castaño durante el diluvio de cuatro años, once meses y dos días que azotó a Macondo

El jardín de la casa Buendía y su icónico castaño durante el diluvio de cuatro años, once meses y dos días que azotó a Macondo

Clases de historia

“Creo que la novela es tan inspiradora y tan compleja, cada vez que la lees te suelta algo diferente. Por eso, mi llamado fue todo el tiempo a cómo hacer para estar un poco a la altura de la novela, sabiendo que la novela siempre va a ser superior a nosotros”, dice a LA NACION Laura Mora, directora de los episodios 1, 2, 5, 6 y del Gran Final de la segunda parte de Cien años de soledad. Por eso, su propuesta se basó en un estudio exhaustivo tanto del libro de García Márquez como de la historia de Colombia.

“Una de las cosas que pedí cuando me llamaron como cabeza creativa de esta temporada fue meternos a clases de historia”, destaca, algo que ella misma había hecho para los tres episodios que le tocó dirigir en la primera temporada (los otros estuvieron a cargo del argentino Álex García López). “Me di cuenta de la potencia que había en que García Márquez finalmente cuenta 100 años que atraviesan el contexto del Caribe, el contexto colombiano, el contexto latinoamericano, y que teníamos que entenderlo para entender mucho más a fondo lo que nos está hablando”. El historiador y escritor Javier Ortiz Cassiani fue quien los guio en este camino que, para la directora, le proporcionó a su equipo “un acervo intelectual y creativo muy grande para poder construir esta nueva etapa de Macondo”.

Tour por Macondo

En la misma línea, Bárbara Enríquez señala que el proceso de investigación histórica “fue enorme” desde que el proyecto comenzó en 2020, cuando se empezó a pensar cómo hacer la serie y Eugenio Caballero inició los primeros diseños. Ella, formada en Historia del Arte, llegó en 2022 para continuar con ese proceso. “Lo que verán es el resultado de una exploración profunda: desde la arquitectura hasta los colores, pasando por las artes. Estudiamos en qué año llegó la electricidad y qué tecnologías estaban presentes en cada época. Aunque Cien años de soledad no es una novela histórica, muchos de sus elementos tienen un trasfondo temporal que se enmarca entre 1850 y 1950. Tratamos Macondo como si fuera el escenario de una serie de época, aunque no lo es: la casa Buendía, el vestuario, los objetos, todo fue diseñado con ese rigor. Analizamos cómo se colgaban las lámparas, cómo se introducía la luz en las casas, cómo funcionaban el teléfono o las comunicaciones”, detalla la diseñadora de producción nacida en la Argentina y criada en México.

El equipo buscó homenajear a García Márquez con guiños emplazados a lo largo del set; por ejemplo, placas que señalan los nombres de las calles Papalelo, Tranquilina y Santiaga, en honor a sus abuelos y a su madre, respectivamente

El equipo buscó homenajear a García Márquez con guiños emplazados a lo largo del set; por ejemplo, placas que señalan los nombres de las calles Papalelo, Tranquilina y Santiaga, en honor a sus abuelos y a su madre, respectivamente

Un tren real

Cuando el equipo de la serie dice que levantó “un pueblo entero” en el set de Alvarado, muchos se sorprenden al enterarse que eso también incluye un tren y su respectiva estación, lugares cruciales en el desarrollo de la historia de Macondo y donde transcurre la masacre de las bananeras. 

“Es uno de los sets nuevos más importantes y de mayor tamaño que se han hecho para esta segunda parte”, dice Enríquez, y agrega un dato que deja a más de uno boquiabierto: “Es un tren funcional, que avanza y retrocede, con un tramo de 180 metros de vía operativa”. 

Para el desplazamiento, el equipo optó por usar llantas en lugar de ruedas de tren, ya que eso resultaba demasiado complejo técnicamente. También fabricaron varios vagones: la locomotora (con un motor interno); el tender (donde va el carbón); un vagón de segunda clase (con interiores completos para las escenas que allí debían filmarse); otro de uso exclusivo para los altos ejecutivos de la bananera, la United Fruit Company (solo fue construido por fuera), y dos vagones de carga. “Todo ese conjunto se mueve y luego, mediante efectos visuales, se hace que el tren luzca mucho más largo en pantalla”.

El humo típico de una locomotora a vapor también fue contemplado. “El humo sale hacia abajo, como el vapor de las calderas, y fue diseñado por el equipo de efectos especiales”. El sonido, en cambio, se agregó en posproducción.

La estación del tren en Macondo

La estación del tren en Macondo

Durante seis meses, alrededor de 150 personas trabajaron en el proyecto, que contó con el diseño de Phillipe Legler (presente en el recorrido), director de arte de la serie. También, ingenieros especialistas en ferrocarriles colaboraron en la planificación de la vía, que fue lo más difícil de lograr. 

La gran pregunta, una vez más, es por qué no filmaron en una estación real. “Lo pensamos. Buscamos todas las estaciones posibles alrededor, pero muchas estaban deterioradas y otras estaban dentro de pueblos. Filmar dentro de un pueblo es inviable: cerrarlo y vestirlo de época es imposible”. 

El vestuario

Otra de las formas de dimensionar la magnitud de este proyecto es a través del área de vestuario: para esta segunda entrega se confeccionaron 30.000 prendas (34.000 en la primera) y 2482 pares de zapatos (6049 en la primera). 

El equipo estuvo conformado por aproximadamente 60 personas entre asistentes de diseño, patronistas para el trabajo de moldería con experiencia en vestuario del siglo XIX, sastres dedicados a confeccionar las prendas del elenco principal y de los extras, entre otros. Adicionalmente, trabajaron con unos 30 talleres de Colombia que produjeron zapatos, ropa, accesorios y sombreros, entre otros elementos, y un grupo especializado en aging, la técnica que se les aplica a las prendas para lograr un acabado y textura de época. 

Puesta a punto de Catherine Rodríguez, diseñadora de vestuario de Cien años de soledad, en una escena en la estación de tren

Puesta a punto de Catherine Rodríguez, diseñadora de vestuario de Cien años de soledad, en una escena en la estación de tren 

“Uno de los grandes desafíos fue la búsqueda de referencias que fueran coherentes tanto con el contexto cultural como con el espacio temporal de la narrativa”, explica Catherine Rodríguez, la diseñadora de vestuario de Cien años de soledad. “Hemos tenido que documentarnos lo más posible para representar un Caribe que se perciba real y auténtico, pero no siempre ha sido posible debido a la falta de fuentes y referencias de la época”.

En ese sentido, el tipo de telas utilizadas fue otro elemento clave para aportar veracidad. “En el momento histórico representado en la serie, los textiles con bases en poliésteres u otras fibras sintéticas aún no existían. Por eso, trabajamos exclusivamente con materiales que corresponden a la época, como textiles proteicos (lanas y sedas) y otros de fibras naturales”, enumera. El 95 por ciento del material empleado fue de producción nacional, a excepción de algunos muy específicos que se importaron desde Perú.

La casa Buendía

Uno de los lugares principales de Macondo y de la historia narrada en Cien años de soledad es la casa de la familia Buendía. Dentro del set, la propiedad se montó en dos espacios diferentes. Uno de ellos, integrado en las callecitas del pueblo, corresponde a la fachada y las primeras dos habitaciones. El otro, con una extensión aproximada de 1750 metros cuadrados, es el interior de la casa, de dos plantas, y está ubicado en una carpa de 3000 metros cuadrados. Es una estructura que permite, entre otras cosas, controlar la iluminación para simular tanto el día como la noche.

La fachada de la casa de la familia Buendía en Macondo

La fachada de la casa de la familia Buendía en Macondo 

En ese sentido, el tamaño considerable se pensó para permitir el movimiento fluido de cámaras y actores. “Todas las habitaciones están interconectadas y vestidas en 360°, lo que facilita la realización de planos secuencia extensos que conectan distintos espacios de manera continua”, comenta Enríquez. 

La casa fue construida con una estructura robusta, similar a la de un edificio de oficinas, para soportar el triple de peso que un hogar convencional, teniendo en cuenta que podían tener hasta 60 personas dentro de una sola habitación. 

“Muchas veces nos preguntan por qué no usamos una locación real. Por un lado, las casas históricas son frágiles y no se pueden usar de una manera tan ruda como se utiliza en un set cinematográfico. Y por el otro, ninguna iba a cumplir con las expectativas de todo lo que tenemos que contar a lo largo de cien años de historia”, apuntó Óscar Tello, director de arte de la Casa Buendía.

Al momento de la visita de la que formó parte LA NACION, la casa Buendía estaba  ambientada en el año 1924

Al momento de la visita de la que formó parte LA NACION, la casa Buendía estaba ambientada en el año 1924 

Todo en este set es funcional: se puede cocinar en el horno y usar las canillas. Incluso, las ollas de cobre son auténticas. Como todo en la serie, detrás hubo un enorme equipo que se encargó de pensar hasta el más mínimo detalle de ambientación y decoración. La mayoría de los cuadros fueron hechos por pintores, mientras que otros son reproducciones autorizadas. Además, el 85% de las piezas son antigüedades auténticas, y las restantes fueron reproducidas por ebanistas del equipo. “Lograr la verosimilitud desde lo más grande hasta lo más mínimo fue un verdadero reto”, remarcó Enríquez. Y lo cierto es que el tour por la casa podría, si se quisiera, demorar una jornada completa para llegar a observar y apreciar cada uno de esos cuidados detalles.

 

En la segunda parte de la serie, la casa se oscureció respecto de la primera parte

En la segunda parte de la serie, la casa se oscureció respecto de la primera parte 

“El último plano que filmamos fue la destrucción de la casa, que había sido nuestra casa también en 191 días que duró esta segunda temporada. Yo me demoré mucho, me acuerdo que mi asistente de dirección se me acercó diciendo: ‘¿queda?’ [la toma]. Yo dije: ‘sí, queda’ y todos lloramos. Fue muy fuerte, pero también ese es el libro, así que era lo que había que hacer”, cierra Laura Mora en diálogo con LA NACION en la previa al estreno de la segunda parte de Cien años de soledad. 

Laura Mora, directora de la serie, en una escena con el actor Claudio Cataño, quien interpreta al coronel Aureliano Buendía 

Laura Mora, directora de la serie, en una escena con el actor Claudio Cataño, quien interpreta al coronel Aureliano Buendía

 

Enlace del avance de la serie

https://www.youtube.com/watch?v=dSUV4FN89rg


** ** ** 

21 de mayo de 2026

MEMORABILIA GGM 950


Centro Gabo

Cartagena de Indias

21 de mayo de 2026

 

 

10 propuestas de

Gabriel García Márquez

sobre la identidad y unidad

de Latinoamérica

Un decálogo para entender la idea de unidad latinoamericana

propuesta por el Nobel colombiano.

 

Foto: Nereo López

 

Por: Centro Gabo

 

A lo largo de su actividad política, Gabo siempre insistió en la integración cultural de todos los países de América Latina. Aquí te presentamos diez argumentos en torno a este "nacionalismo continental":

 

1. Para unirnos hay que conocernos

Una característica que nos unifica y nos singulariza, con respecto a los demás continentes, es la creciente necesidad de saber quién carajo somos.

"¿Quién carajo somos los latinoamericanos?".

El Mundo, febrero de 1982.

 

2. El error de los esquemas ajenos

La interpretación de nuestra realidad [latinoamericana] con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios.

La soledad de América Latina (1982)

 

3. Nosotros: sacos llenos de sorpresas

Los latinoamericanos nos atrevemos a más. Somos menos académicos y tenemos menos trabas. Somos inventores y hasta jodones. Todo eso se nota. Creo que los europeos, por ejemplo, se dan cuenta que, sobre muchos aspectos, nuestro continente es virgen y que tiene muchas cosas que decir al mundo. Somos en realidad sacos llenos de cosas inéditas y sorprendentes

"¿Quién carajo somos los latinoamericanos?". El Mundo, febrero de 1982.

 

4. Hacia un nacionalismo continental

Sin renunciar a nuestros sentimientos nacionales, los latinoamericanos nos sentimos concernidos en una especie de nacionalismo continental. Personalmente he llegado a un punto en que siendo colombiano y sin renunciar a serlo, me daría lo mismo ser de cualquier país siempre que fuera latinoamericano. Es que si nos pusiéramos a hablar de las diferencias entre nuestros países, nos tocaría ponernos a cortar más delgado y hablar entonces de las diferencias entre una región y otra. Somos y nos sentimos cada vez más latinoamericanos.

"¿Quién carajo somos los latinoamericanos?". El Mundo, febrero de 1982.

 

5. En busca de la originalidad

¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de un cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes?

La soledad de América Latina (1982)

 

6. Pareciéndonos a nosotros mismos…

Nuestros países son jóvenes. Hay, sin embargo, un claro proceso de descolonización cultural en el continente latinoamericano. Cada vez nos parecemos más a nosotros mismos. Cada vez imitamos menos. Eso hace parte del proceso de búsqueda de nuestra propia identidad.

"¿Quién carajo somos los latinoamericanos?". El Mundo, febrero de 1982.

 

7. La fama al servicio de la revolución

¿Qué hago con toda esta fama? ¿En qué forma utilizarla? ¿Qué debo hacer para darle una función útil a esta cosa de que me conocen en la calle, de que las cosas que digo tienen cierta importancia, de que a la gente que conozco le gusta conversar conmigo? Creo haber encontrado la solución correcta: poner esa fama al servicio de la revolución en América Latina. Es decir, que si lo que digo tiene una cierta importancia, voy a decir cosas políticas. Voy a poner esa fama al servicio de la liberación de los países en América Latina. Creo que es el deber de todo latinoamericano, mucho más de un latinoamericano conocido.

"El empleo de ser famoso". Radio Habana, julio de 1976.

 

8. Conociendo a Latinoamérica desde Europa

Europa me enseñó, primero, que era latinoamericano, porque cuando fui sólo conocía Colombia. Tenía 24, 25 años, y sólo conocía Colombia. No había tenido posibilidades de viajar por el resto de América Latina y por consiguiente no tenía una concepción geográfica, ni emocional, ni cultural de la América Latina. Pero en los cafés de París conocí a los argentinos, conocí a los mexicanos, a los guatemaltecos, a los bolivianos, a los brasileños, y me di cuenta de que pertenecía a ese mundo, que no era solamente colombiano sino que era latinoamericano.

"El barco donde estaba el paraíso". Revista Nexos, diciembre de 1993.

 

9. Luchando juntos para conseguir más amor

¿Qué más podemos hacer sino vivir y luchar juntos, aunque sea como perros y gatos? Es el sueño de Bolívar más actual que nunca: la integración del continente. Para seguir peleando juntos contra la muerte en las trincheras de la felicidad, luchando por ser nosotros mismos, por más paz para siempre, por más tiempo y mejor salud, más comida caliente, más rumbas sabrosas, más de todo lo bueno para todos. En una palabra: más amor.

"Gabo: ¿Otro dinosaurio?". Semana, diciembre de 1989.

 

10. Un sueño a cien años

Dentro de cien años la América Latina será la América Latina de Bolívar: una unidad regional afirmada sobre los valores de cada país. Hasta el Brasil se habrá entregado del todo a esa América Latina y su portugués será una de las lenguas hermanas de la región. A pesar de las diferencias existirá un castellano con el que nos entenderemos todos. Y, en cuanto a España, no hay razones para alarmarse, porque con ella nos hemos entendido siempre, incluso en español, y acabaremos entendiéndonos también dentro de cien años.

"Nos entenderemos aunque sea en español". Cambio 16, mayo de 1988.

 

 

** ** **

1 de mayo de 2026

MEMORABILIA GGM 949

Centro Gabo

Cartagena de Indias

24 de abril de 2026

 

 

El prólogo que

Gabriel García Márquez

inventó para engañar a sus lectores

La historia detrás del prólogo ficticio de Del amor y otros demonios.

 

Por: Centro Gabo

 En la década de los noventa, Gabriel García Márquez escribió tres libros que correspondían a tres géneros distintos: Doce cuentos peregrinos (1992), un conjunto de relatos; Del amor y otros demonios (1994), una novela corta, y Noticia de un secuestro (1996), un libro periodístico. Aunque fueron concebidas para ser obras diferentes en cuanto a su temática, estructura y estilo, García Márquez se encargó de que todas tuvieran un prólogo escrito por él mismo en Cartagena de Indias, y eso se convirtió en su principal rasgo común.

 

Foto archivo Gabriel García Márquez, Harry Ransom Center

 

Cada uno de estos prólogos contiene el contexto necesario para entender las historias que narra su autor. Por ejemplo, en el de Doce cuentos peregrinos, Gabo explica el proceso de selección de los relatos y el tópico general del que parten sus doce tramas (la vida y peripecias de los latinoamericanos en Europa). En el de Noticia de un secuestro, bajo el título de “Gratitudes”, hace algo similar: narra la fecha exacta en que se origina el reportaje y los retos técnicos que supone su redacción a lo largo de tres años.

En el prólogo de Del amor y otros demonios, la necesidad de ofrecer un contexto se mantiene: allí, el autor colombiano rememora sus años como periodista de El Universal a mediados del siglo XX y relata la mañana del 26 de octubre de 1949 en que Clemente Manuel Zabala, su jefe de redacción, lo envía a cubrir el vaciado de las criptas funerarias del antiguo convento de Santa Clara, en donde el joven reportero acaba por encontrar la hornacina colonial en la que reposan los restos de varias abadesas y de Sierva María de Todos los Ángeles, la protagonista de la novela. Sin embargo, la gran diferencia de este prólogo con el de Doce cuentos peregrinos y el de Noticia de un secuestro es que todo lo que ahí se cuenta es producto de la imaginación de su autor. Es decir, García Márquez se lo inventa para crearle un punto de partida a la narración, un detalle que miles de lectores han pasado por alto desde que fue publicado el libro.

“Si alguien se pone de reportero activo y perspicaz, y se va a averiguar la historia de todo esto, se va a encontrar con que no había tumbas en el hospital de Santa Clara y que jamás se sacaron obispos de ahí. Todo eso sucedió en la novela, lo que es en cierto modo una manera de suceder en la realidad”, afirmó Gabo en una entrevista televisiva concedida al periodista Ernesto McCausland en 1994.

 Ese mismo año, durante una conversación con El Espectador, el escritor dio más información sobre la naturaleza ficticia de su prólogo. “Es natural que no exista ningún registro en El Universal, de Cartagena, que corresponda a la comisión que me dio el maestro Zabala en torno al convento de Santa Clara”, dijo. “Y es natural porque el prólogo es lo único que es ficción absoluta en la novela. Lo demás es la cruda realidad. Como la novela es la cruda realidad, es natural que todos los demás personajes tengan un asidero en ella. Ahora, sería muy largo enumerarlos. Los críticos ya se encargarán de ello, es decir, cuáles personajes corresponden a los personajes de la vida real. Cualquier parecido de estos personajes con personajes de novela o de ficción será pura coincidencia”.

La idea de un prólogo literario surgió gracias al poeta Álvaro Mutis, a quien García Márquez enviaba sus manuscritos antes de llevarlos a la imprenta. Mutis, que ya había aportado al novelista el nombre del marqués de Casalduero (padre de Sierva María), apoyó la inclusión de un texto introductorio, ambientado en el siglo XX, que diera una perspectiva al resto de la historia que sucedía a principios del siglo XVIII. Sólo Rodrigo García, el primogénito de García Márquez, se opuso a esta recomendación, pues creía que el prólogo le sobraba al libro. Al final, Gabo le hizo caso a su amigo. “Rodrigo en todo lo que me decía tenía razón”, explicó el escritor colombiano en una entrevista con Caracol Radio, “el conoce muy bien mi obra atrás, pero no conoce mi vida atrás como la conoce Álvaro”.

 

** ** **

 


13 de enero de 2026

MEMORABILIA GGM 948

CLARIN

Buenos Aires – Argentina

9 de enero de 2026

Opinión

El revés y el derecho

 Álvaro Santana: “La solidaridad latinoamericana está en crisis”

El académico canario, tal vez quien más sabe sobre la vida y la obra de Gabriel García Márquez, analiza los acontecimientos de la región y la crisis en Venezuela tras la captura del dictador Maduro por parte de los EE.UU.

Ilustración de Fidel Sclavo

Por Juan Cruz

Profesor titular de sociología en el Whitman College, Washington, Estados Unidos, Álvaro Santana nació en Tenerife, Canarias, no conoció a Gabriel García Márquez, pero ahora es quien más sabe (quizá) de la vida y los milagros (literarios) del autor de Cien años de soledad. Ha puesto en marcha (en Bogotá, irá a otras capitales) la mayor exposición sobre la vida y obra de Gabo, ha escrito libros sobre él y ahora está consternado por lo que pasa en la región del mundo que tanto importó al escritor que más admira: América Latina.

 -Imaginemos a Gabo ahora. ¿Qué imágenes crees que le llamarían más la atención?

-Era un latinoamericanista convencido. Perteneció a una generación de escritores que supieron celebrar su identidad regional y nacional (era caribeño y colombiano) y construir una identidad latinoamericana abierta al mundo. Por eso, sus libros se leen como historias caribeñas y colombianas y como historias latinoamericanas y universales. Como sus grandes compañeros en la aventura de unificar las letras de toda región, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y otras tantas voces, Gabo demostró que a partir de un conocimiento detallado de una realidad local se podía conversar todos los pueblos del mundo, como logró en Cien años de soledad.

 –¿Cuál es, para ti, el mérito que ha hecho que ese libro siga vigente como si lo hubiera escrito hoy?

–García Márquez decía que era tan solo un “notario” de las cosas que veía o que le contaban desde niño. Por eso, lo que nos cuenta en Cien años de soledad sí “ocurrió”. Uno de los momentos más increíbles de la novela, el ascenso de Remedios la Bella al cielo, era una historia que había escuchado sobre una joven que se fugó con su novio, pero su familia, avergonzada, prefirió contar el cuento de que ella había subido al cielo. Gabo le dio un giro literario en la novela a esta anécdota real. Él insistía en que no había ni una sola línea de esta novela que no tuviera una base real. Ese realismo es clave en la vigencia de la novela. Pero al mezclarlo con situaciones que parecen increíbles Gabo introdujo el componente maravilloso que, gracias al éxito de la novela, se popularizó con el nombre de “realismo mágico”.

–Eres canario. Le escuché a Gabo hablando de las islas como si fueran una prolongación de América Latina.

–Canarias fue durante siglos la puerta de entrada al Nuevo Mundo. Todo lo bueno y lo malo que salió de España y llegó a América Colón pasó antes por Canarias, donde a menudo se experimentó como si las islas fueran un primer laboratorio, desde los cultivos como la caña de azúcar hasta las ideas de la Ilustración europea. Esa relación especial incluye la literatura. Por eso, hay referencias a Canarias en las obras de García Márquez, como en la manera en que describe en El general en su laberinto a Simón Bolívar, que “hablaba con la cadencia y dicción de las islas Canarias”.

–Vives ahora donde estudiaste, pero ya como profesor en Estados Unidos. ¿Cuáles serían hoy las diferencias con otros periodos de ese país?

–Llegué por primera vez a Estados Unidos once días antes del atentado a las Torres Gemelas. Esa tragedia cambió el país para siempre y creo que explica mucha de su realidad actual, dominada por la polarización política y moral y por el miedo al otro y la xenofobia. No vivo con miedo en el país, pero conozco personas cercanas que sí viven atemorizadas con ser detenidas y deportadas. Algunas son estudiantes de mi universidad.

–América Latina ya es una región que vive, de arriba abajo, novedades peligrosas. ¿Qué hecho te ha llamado más la atención?

–Me preocupa que la polarización política y moral y la xenofobia que veo está enfermando el día a día de muchos países de América Latina. Es muy triste escuchar a ciudadanos de un determinado país latinoamericano estigmatizando y comportándose de manera racista hacia ciudadanos de un país hermano que huyen de dictaduras o de la pobreza y tan solo buscan una vida digna. La solidaridad latinoamericana ésta en crisis.

–¿Cómo ves el porvenir de esos países?

–Quiero ser optimista y creer que lo que estamos viviendo no es más que una triste situación coyuntural.

–”Cien años de soledad” fue un título profético. ¿En qué parte de la profecía seguimos?

–Creo que estamos en el momento de la novela cuando la expedición liderada por José Arcadio Buendía está atravesando una selva tan tupida que todo se oscurece a su alrededor y el mundo se vuelve triste. Aguardo el momento en que la expedición, nuestro mundo actual, saldrá de la selva y encontrará la luz y conocerá nuevas maravillas.

–Gabo era un cosmopolita de la lengua española. ¿Cómo se le premió esa preocupación?

–Sobre la mesa de su despacho en la Ciudad de México llegó a tener hasta tres teléfonos. Se rumoreaba que uno de ellos era una línea directa con La Habana. Era un cosmopolita político que hizo muchas cosas en secreto en favor de la paz en Colombia y de la democracia en América Latina. Sin embargo, su preocupación democrática fue criticada por muchos, incluido Vargas Llosa.

–Ha sido imposible dar por finalizado el boom… ¿Qué lo ha marcado como una literatura para siempre?

–El boom es uno de los movimientos culturales más influyentes del siglo XX. Si su influencia perdura se debe a la enorme calidad de las obras escritas por autores en los que cada vez, y con justicia, se reconoce la presencia de numerosas mujeres. Actualmente, vivimos un boom de adaptaciones de obras del boom al cine: Cien años de soledad, Pedro Páramo…

–Sorprende que no se rompieran las lenguas hispanoamericanas. ¿De dónde proviene esa fortaleza?

–Que un español pueda entenderse hablando con un peruano y viceversa o un mexicano con un paraguayo o un descendiente hispanohablante de migrantes en Estados Unidos con un ecuatoriano y así en una suma infinita de combinaciones es una de las maravillas culturales del mundo.

–Vives pendiente de varios países. Ahora, además, tienes casa en Madrid. ¿Qué te dicen ahora este país y esta ciudad?

–Sí, por trabajo y familia, vivo pendiente del día a día en seis países en dos continentes. Al migrar desde Canarias a Estados Unidos nunca hice ese ritual de los canarios que se iban fuera y primero vivían en Madrid. Durante años, Madrid fue para mí una escala de aeropuerto entre Canarias y América. Por los extraños designios del amor, ha sido una colombiana quien consiguió que Madrid sea hoy otro hogar. Pero por desgracia es un lugar donde la política está también polarizada, donde se popularizan discursos xenófobos y donde la creciente desigualdad social está haciendo imposible para miles de personas el acceso a una vivienda digna.

–¿⁠Cómo viviste la noticia de la detención de Maduro?

–En Canarias y con el corazón en un puño. Estaba escribiendo en una cafetería y una mujer, que luego supe que era venezolana, me vio con el ordenador y me preguntó “¿podrías mirar si Estados Unidos está atacando Venezuela?” La vi perplejo, sin hablar. Mientras buscaba en Internet, rogué que estuviese equivocada y que lo del ataque fuera un fake news. Pero el titular de un periódico nos golpeó en la cara: “EE. UU. ataca Venezuela”. Sentí entonces un vacío en el estómago y se me puso la piel de gallina. No creo que la mía haya sido una reacción especial. Para un canario, Venezuela es como una isla más del archipiélago. Desde el siglo XIX, decenas de miles de canarios emigraron a ese país y, desde los comienzos del Chavismo, han sido miles los descendientes de canarios que se han afincado en las islas.

¿Cómo lo hubiera narrado Gabo?

–Quizás como hizo en El otoño del patriarca. Llegó a Caracas a comienzos de 1958 y vivió en carne propia la caída del dictador Pérez Jiménez. En el Palacio de Miraflores vio una escena que jamás olvidó: un militar temeroso salió de golpe, fusil en mano, de una estancia rumbo al exilio. Esa imagen del militar huyendo capturó tanto su imaginación que le inspiró su libro sobre la soledad del poder. En esas imágenes de un Maduro capturado, y solo Gabo acaso reconocería de nuevo las desventuras de los poderosos ya solos y sin poder.

 

 ** ** **


PARES

Bogotá, Colombia

8 de enero de 2026

 

Guillermo Angulo, el último

de los amigos vivos de García Márquez

Guillermo Angulo. Picture of  Iván Gallo

Por Iván Gallo

Guillermo Angulo tiene 97 años y es la persona más joven que conozco. Tiene un jardín lleno de orquídeas en Choachí. Entre los nenúfares y las astromelias está una casa victoriana que alguna vez perteneció a Miguel Abadía Méndez. A veces, cuando la bruma baja de la montaña, alcanza a ver el fantasma del expresidente salir perezoso al río que besa la propiedad y allí se agacha a tomar de esa agua espesa. Más de una vez ha querido sacar su Leica y tomarle una foto, pero el espectro se deshace en átomos. Guillermo Angulo ha vivido tanto que ya no le teme a los fantasmas, todo lo contrario, los ha aprendido a querer. “Todos sus amigos están muertos” me dice su hijo Alessandro, y mentalmente hace una lista de los que alguna vez abrazó: Manuel Mejía Vallejo, escritor potente y profuso bebedor de ron, Rodrigo Arenas Betancur, con quien viajó a Venezuela a sus veinte años cuando todos los caminos terminaban en Caracas, Alberto Aguirre, con quien compartió Piel Rojas y cervezas con Fernando González en Otra parte, Alejandro Obregón y su gripa eterna y Gabriel García Márquez. Todos tenían algo en común: le decían maestro desde que era un muchacho.

 Hay una foto de Guillermo Angulo a los treinta años que está colgada en la amplia sala de su casa en Choachí. Tiene un bigote de bufón de Velásquez y está vestido como un mozalbete del siglo XVI. A su lado está Vianna, la italiana a quien conoció mientras estudiaba cinematografía en Roma. Ella parece una chica de los años veinte. Es la foto oficial del matrimonio. He visto la foto de mis abuelos, de todos sus abuelos y parecen siempre la misma foto, las mismas costumbres, los mismos gustos. Angulo rompe todos los moldes. En realidad, son tan sofisticados que parece una pareja del siglo XXII en una fiesta de disfraces. Vianna murió hace unos años después de padecer largamente la enfermedad del olvido. Murió en esa casa llena de fantasmas que tanto miedo le daba a Gabriel García Márquez, su amigo, su mejor amigo.

Cuando conocí a Guillermo me invitó a un almuerzo que organizó en la Orquidiocesis de la Teguada en Choachí. Él era un muchacho de 88 años. Compartimos un porro y dimos una vuelta por su jardín. Nos acompañó Carolina Sanín quien siempre sorprende al que la conoce en persona por ser completamente diferente a como se describe en sus columnas o sus publicaciones en redes sociales. Con un bastón en una mano y un porro en la otra el maestro nos iba descubriendo sus tesoros: “Esta es una Victoria amazónica” – nos decía señalando una inmensa hoja redonda que flotaba encima de un pequeño lago, lo suficientemente gruesa como para soportar el peso de un sapo. Luego nos señaló con su bastón (o con el porro) una foto que parecía emitir un resplandor debido a sus colores furiosos “Lo que ven es una Cattleya violácea, quien muchos creen se da sólo en Brasil pero eso es mentira, esto es privilegio de los llanos orientales colombianos”. Una abeja se posó justo en una flor blanca, con pétalos aerodinámicos, como si la hubiera construido Calatrava “La Stanhopea reichenbachiana es de las plantas más difíciles de conseguir” y empezó a contar una historia mientras la dama de los cabellos ardientes me abrazaba.

 


Anguleto -apodo que le puso la familia García Barcha hace muchos, muchísimos años- nació en Anorí, Antioquia, en 1928. Una vez me dijo que él nunca se preocupó por la plata porque venía de una familia que era dueña de minas de oro. En Anorí, como en Titiribí, el oro brotaba de la tierra como si fueran detritos. Alessandro, su hijo mayor, destacado productor y director de cine, me cuenta otra cosa, acaso la verdad: “Mi papá era hijo de un alcalde. En esa época ser alcalde era una profesión. A usted lo llamaban para ser alcalde de cualquier municipio y tenía que arrancar a establecerse en un pueblo. Mi papá nació en Anorí por azar. Siempre me ha dicho que en su casa nunca había un peso porque su papá era funcionario y su mamá ama de casa. No entiendo como hizo para viajar tanto. En México trabajó, pero en Roma estudió cine y se la pasaba en cine. Nunca supe de donde sacaba la plata”. A esto hay que agregarle que tenía amigos gotereros como Gabriel García Márquez. Cuando Anguleto llegó a México, en 1954, le mostró unas fotos a Rodrigo Arenas Betancur quien estaba cómodamente establecido en el DF. Varias de esas fotos se convirtieron en íconos como la de esa mujer mexicana cargando un hijo en una manifestación

Foto mujer mexicana

Arenas Betancur creyeron que eran magistrales las fotos así que le dio una recomendación que terminaría cambiándole la vida “Mándaselas a García Márquez, un periodista de El Espectador que vive en Bogotá y es muy bueno. El las puede publicar”. Así que se las envió y al mes apareció un artículo titulado Fotógrafo colombiano hace cine neorrealista en México. Angulo, agradecido, le escribió y Gabo le respondió que, cuando regresara a Colombia lo buscara. Así lo hizo un año después pero el periodista se había ido a Europa. En 1956 el maestro se fue a Roma a estudiar cine en el Centro sperimentale di cinematografía, en donde tenían de profesor a Cesare Zavattini, el hombre que escribió Ladrón de bicicletas y las obras cumbres del neorrealismo. Gabo también estaba matriculado, pero se había ido a Paris. Angulo lo persiguió hasta allá. Se encontraron en el Hotel de Flandre y en la noche en que se conocieron- por fin- le tomó estas fotos que hacen parte de la historia del arte colombiano

Eran los tiempos en los que Rojas Pinilla cerró El Espectador. Gabo quedó aislado en París, como un náufrago, lo único que tenía era a una catalana, llamada Tachia Quintanar, y una novela, El coronel no tiene quien le escriba, la historia de un hombre que, como él, esperaba un cheque que nunca llegó. La casera del hotel, recuerda el fotógrafo, se llamaba madame Lacroix. A ella le pidió la habitación más barata que tuviera y allí vivió tres meses. Muchas veces Angulo tuvo que pasarle plata a su amigo que vivía de la caridad de colombianos que creían en él y tenían plata como Hernán Vieco. “Además de plata Gabo se llevaba libros y revistas como la París Match o los Cahiers du cinemá que compraba”. El cine se llevaba buena parte de la conversación, más que las discusiones que después tendría sobre Faulkner y Virginia Wolf en las interminables noches de la Cueva, el mítico bar de Barranquilla. Aunque Angulo me dice que es mentiras eso de que García Márquez era cliente asiduo de ese lugar. Al futuro creador de Cien años de soledad le gustaba más ir a la Tiendecita, un restaurante de comedores de chicharrones y bebedores de Águila que fundó en 1961 Álvaro Cepeda Samudio. “Con Gabo pasábamos tardes enteras en la cinemateca francesa, atiborrándonos de cine, incluso una vez conocimos al director de la cinemateca, Henri Langlois, y nos contó cómo había escondido buena parte del cine europeo de la voracidad destructiva de los nazis durante la ocupación”.

Los amigos se la pasaban entre Roma y París, desplatados y felices. Angulo se graduó de cineasta y Gabo terminó en México, cobijado entre otros amigos por Álvaro Mutis quien le consiguió un muy bien pago trabajo como publicista. Allí se volvieron a ver. Fue en 1966 cuando, rumbo a un viaje a Acapulco, mientras conducía el Opel blanco que compró después de ganarse el premio Esso por su novela, La mala hora, tuvo una epifanía: por fin había encontrado el tono para narrar la historia que llevaba taladrándole la cabeza durante años. Así que se encerró en su casa en la calle del Fuego, le dijo a Mercedes Barcha que se ocupara de los niños y de la renta -en realidad Gabo tenía suficientes ahorros como para dejar de escribir por un año- y se sentaría a escribir la novela que había soñado sin que “nadie me jodiera la vida”. Angulo llegó en 1966 y pudo captar este momento histórico: García Márquez está corrigiendo un capítulo de su novela Cien años de soledad. “Esta, sin duda, es mi foto más pirateada”

Cincuenta millones de ejemplares ha vendido Cien años de soledad desde su publicación hasta la fecha. Todos los esfuerzos, las privaciones, valieron la pena. Gabo no sólo podía vivir de escribir ficción, sino que se había vuelto millonario. Hubo un momento, a finales de la década del sesenta en Latinoamérica, que todos en el metro, en los buses, en la calle, tenían abierto un ejemplar de Cien años de soledad. Se convirtió en la novela más citada e importante en español, era un Quijote contemporáneo. La fama por supuesto que afectó a Gabo quien pasó de ser un personaje tímido, casi que insignificante, al rey de todas las fiestas. La fama también modificó la lista de sus amigos. Los de sus comienzos como periodista en el Universal y el Heraldo fueron perdiendo importancia, desplazados por personajes de primera línea mundial como Felipe González, Fidel Castro u Omar Torrijos. Uno de los pocos que no perdió contacto con él fue Anguleto. Al contrario, Angulo fue ganando todavía más importancia.

En octubre de 1982 García Márquez fue notificado por la academia sueca de que se había ganado el premio Nobel. Sólo podía invitar a doce de sus amigos. Si él hacía la lista muchos se iban a quedar odiándolo. Así que le dejó esa misión a Guillermo ya que “tu tienes el cuero duro” le dijo. Y si, muchos le dejaron de hablar.

El contacto siempre se mantuvo. Alessandro fue a estudiar cine en la escuela de San Antonio de los Baños y en Cuba se vieron varias veces en la década del ochenta, una vez en una misión crucial para el país: en 1988 fue secuestrado por el M-19 el líder conservador Álvaro Gómez Hurtado y Angulo fue escogido por otro de sus amigos, el ex presidente Belisario Betancur, para que fuera el intermediario entre Fidel Castro y el M-19. Su amistad con García Márquez fue crucial para esta designación. En la isla se quedó en la casa de huéspedes número 6, el lugar donde se quedaba Gabo en La Habana y allí vio la imponencia absoluta de Mercedes Barcha quien era capaz incluso de regañar al mismísimo Fidel. Una noche, el presidente cubano intentó darle un consejo sobre cómo hacer un arroz con camarones y la Gaba le respondió muy a su manera: “Comandante, usted podrá mandar en su isla, pero en mi cocina se hace lo que yo diga”.

La relación sólo la rompió el Alzheimer. La enfermedad comenzó a manifestarse en el escritor a comienzos de este siglo. Siempre se creyó que la radioterapia que tuvo que hacerse para combatir el cáncer linfático que lo atormentaba aceleró la pérdida de la memoria. Uno de los secretos que tiene Guillermo Angulo para ser un muchacho a sus 97 años es dormir. “Tengo una técnica que me enseñó un agente de la CIA -me dice entre la verdad y el mito- voy durmiendo cada parte de mi cuerpo en un ejercicio de meditación. Puedo hacerlo cuando me plazca. Por eso siempre duermo ocho horas diarias. Ese es el secreto para no perder la memoria”.

Angulo admira al neurólogo antioqueño Francisco Lopera, el científico que más cerca ha estado de encontrar una cura para el Alzheimer. Lopera le contó que, la primera vez que leyó Cien años de soledad, hizo un gran descubrimiento: Gabo, por intuición, o tal vez por un profundo conocimiento de la medicina, había descubierto la relación que hay entre no dormir y la pérdida de la memoria. Cuando llega a Macondo Rebeca trae consigo la peste del insomnio. Al principio José Arcadio Buendía vio en esto una bendición, si no se duerme se puede trabajar más. Pero pronto la gente empezó a olvidar hasta cómo se llamaba. En su libro, Gabo + 8, Angulo transcribe una conversación que tuvo con Lopera sobre esta parte de la novela “García Márquez describió en Cien años de soledad una especie de peste de la memoria en Macondo, causada por un insomnio fatal colectivo. Da la impresión de que el autor se hubiera inspirado premonitoriamente en el conocimiento de una enfermedad incurable, descrita en la literatura médica años después de su novela como “insomnio fatal familiar” que se presenta en grupos familiares de forma heredada, comienzo con insomnio y severos trastornos de la memoria y termina con demencia, llevando fatalmente a la muerte”.

La enfermedad de la memoria atormentó a varios miembros de la familia García Márquez. A Gabo lo sorprendió justo cuando se encontraba redactando sus memorias. William Ospina, su albacea, tuvo que terminar esta labor, al menos en un primer tomo que todos conocimos con el hermoso nombre de Vivir para contarla. Guillermo visitó varias veces a su amigo cuando este era sólo un cascaron vacío. El 16 de abril del 2014 Rodrigo García Barcha llamó al apartamento que tiene en las Torres del Parque -fue el primer habitante que tuvo el icónico complejo arquitectónico diseñado por otro de sus amigos ilustres, Rogelio Salmona- y le avisó que ya no había nada qué hacer, Gabo se estaba muriendo. Angulo tomó un avión hasta México pero cuando llegó a la casa de la calle del fuego su amigo acababa de morir. Mercedes, desde lejos, le advirtió “en esta casa no se llora”. El fotógrafo se mordió los labios y la única respuesta que dio fue darle un beso en la frente a su amigo.

Once años después Angulo no quiere hablar de nada de eso. Nos estamos tomando un café no en su jardín de Choachí sino en la panadería que queda debajo de su apartamento, viendo la fachada de los edificios art decó que quedan aún en pie en la Macarena. De la nada me dice, con su voz aflautada “no me gustó para nada la adaptación esa de Cien años de soledad que hizo Netflix”. No quiero contradecirlo. Me gustaría soltarle la lengua, que hable del respeto que se le debe a una obra maestra, a la labor de la fundación Gabo, de la que ha sido tan crítico, hablar de Mercedes y su altivez, hablar mal de la gente, el sabroso y único deporte nacional, pero prefiero no achisparle el genio y más bien le cambio el tema y le digo que hace poco volví a ver Los Soprano y el hombre entonces extiende una sonrisa y se pone a hablar de la simpatía que le generan los gánsteres en la pantalla y recuerda sus tardes en París viendo películas hasta quedar ciego siempre con su amigo el escritor cuando eran felices e indocumentados, cuando lo único que importaba era el cine.

 

 ** ** **

 

31 de diciembre de 2025

MEMORABILIA GGM 947

KIENYKE

Bogotá – Colombia

13 de diciembre de 2025

 

Entretenimiento

 

¿Qué esperar de la segunda parte

de la serie de Cien años de soledad?

Netflix anunció recientemente la fecha de estreno de la segunda parte de la galardonada serie basada en Cien años de soledad.



 

Creado Por Kienyke.com

 

Un año después del lanzamiento de su primera entrega, la adaptación televisiva de Cien años de soledad —la obra monumental de Gabriel García Márquez— se prepara para regresar. La segunda y última parte de la serie, que llegará en agosto de 2026, promete mantener el nivel de rigor, ambición y fidelidad literaria que la convirtió en una de las producciones más aplaudidas del último año.

 

La primera temporada obtuvo un reconocimiento unánime por parte de la crítica y el público, tanto en Colombia como en escenarios internacionales. Su puesta en escena, su respeto por la novela y el nivel de detalle con el que recreó Macondo la posicionaron como una de las obras audiovisuales más importantes jamás producidas en la región.

 

Una producción colombiana de escala épica.

 

Dirigida por Laura Mora y Carlos Moreno, la serie refuerza su compromiso con la esencia de García Márquez al estar filmada íntegramente en Colombia y contar con el acompañamiento cercano de la familia del Nobel. Cada locación, cada textura y cada rostro que aparece en pantalla fue elegido para honrar el universo del autor y su realismo mágico.

 

La segunda parte busca cerrar el relato con la misma contundencia visual y narrativa que caracterizó la primera entrega, elevando aún más el estándar de las producciones latinoamericanas.

 

Sinopsis oficial: la tragedia de Macondo avanza hacia su destino.

 

La segunda parte retoma la historia después del armisticio y la firma del Tratado de Neerlandia. Sin embargo, la paz sigue siendo esquiva para Macondo.

 

Los conservadores, temerosos del poder y la influencia del coronel Aureliano Buendía, preparan un atentado que, por azar del destino, traerá al pueblo a Fernanda del Carpio, una bogotana cuya llegada cambiará el linaje de los Buendía para siempre. Su matrimonio con Aureliano Segundo, uno de los indomables gemelos descendientes de Arcadio, le dará a Úrsula Iguarán los primeros herederos legítimos de la estirpe.

 

Mientras tanto, José Arcadio Segundo, el otro gemelo, continúa atrapado en la obsesión por los manuscritos de José Arcadio Buendía. Con su estudio y constancia hará realidad los sueños del patriarca: conectar a Macondo con el resto del mundo.

 

La llegada del tren traerá consigo a la poderosa compañía bananera, la cual detonará una serie de fuerzas que conducirán al inicio de la ruina del pueblo. Así, la profecía de Úrsula comienza a cumplirse: las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra.

 

 

** ** **