31 de marzo de 2021

MEMORABILIA GGM 915

Página/12

Buenos Aires – Argentina

19 de marzo de 2021

 CULTURA

 La historia real, y mágica, de la primera edición de "Cien años de soledad"

La mujer escondida

 en la tapa

Por Julián Axat

 Iris Alba (1935-1993), pintora, escultora, artista plástica, diseñadora

Acaba de fallecer Vicente Rojo, a los 89 años. Vicente, mexicano por adopción, fue uno de los grandes artistas y diseñadores pertenecientes de las vanguardias estéticas de los 50/60. Como bien se señala en su homenaje en redes y diarios, a Vicente se lo conoce por su famoso diseño de tapa de Cien años de soledad, el libro cumbre de Gabriel García Márquez, editado por Sudamericana el 30 de mayo de 1967 y que rápidamente se transformó en un best-seller.

Pero aquí se comete una gran injusticia, pues en realidad, aquella portada de Vicente fue la segunda, y lo que casi nadie conoce y –en rigor de verdad– ha quedado en el más absoluto olvido, es que la tapa de la primera edición pertenece y fue realizada por una mujer: la artista plástica argentina Iris Alba, conocida entonces como Iris Pagano.

Iris nació en el barrio de Flores en 1935, hija de Pilar Losilla y Arturo Alba. Con una fuerte sensibilidad y vocación por la plástica, el diseño, la cerámica; luego de recibirse en el colegio de arte Fernando Fader y de algunos trabajos ocasionales, partió recién casada junto a su primera pareja, Humberto Pagano, rumbo a New York donde vivió entre 1957 y 1959. Allí vivió de cerca la “gran manzana” tomando contacto con muchos de los artistas del pop art, como Stuart Davis (1894-1964) y Andy Warhol (1928-1987) y tantos otros. Allí, logró ingresar en la agencia Walter Thompsom, en plena “época de oro” de la publicidad, que tanto la influyó en sus posteriores trabajos.

A principios de los 60´ Iris Alba se incorporó al staf de la editorial Sudamericana, con una propuesta de diseño de tapas más arriesgado y cercanas a la estética pop de la que se había nutrido en el norte. Así, entre 1966 y 1967 Alba compuso una veintena de tapas, entre ellas las de El banquete de Severo Arcángelo (1965), de Leopoldo Marechal, Nosotros dos (1966), de Néstor Sánchez, y Envíos (1966), del poeta Alberto Girri. La locura ante todo, de Violette Leduc, y Las pelucas, de Angélica Gorodischer, ambas de 1968. También compuso algunas tapas para la editorial Sur, entre ellas las de Los comediantes (1966), de Graham Greene, y La sabiduría del corazón (1966), de Henry Miller. ¡Hip… Hip… Ufa! (1967) de Dalmiro Sáenz, y Teatro (1971), de Francisco “Paco” Urondo, El libro del ello (1968), de Georg Groddeck; etc. La mayoría de esas tapas están firmadas con las iniciales de su nombre a secas: ia.

La Editorial Sudamericana, fundada por el grupo Sur de Victoria Ocampo en 1938 y dirigida desde 1939 por Antonio López Llausás –propietario de la librería Catalonia en Barcelona y exiliado durante la Guerra Civil española (1936-1939) en la Argentina- ya era hacia comienzos de la década del 60 la más importante del país y una de las más importantes de habla hispana. Sudamericana formaba parte del numeroso grupo de editoriales fundadas en la Argentina por exiliados españoles, como Losada, Aguilar, Emecé y otras más pequeñas, entre ellas Santiago Rueda y Botella al Mar

En el año 1967, la decisión del propio García Márquez será que su amigo Vicente Rojo sea el creador de la portada de Cien años de soledad. Ocurre que el artista deja correr el tiempo y la tapa se demora en la entrega. Por lo que la editorial Sudamericana, apurada en que el libro salga a la calle, le encarga a Iris Alba realizar un trabajo de tapa para la primera edición. Es así como Iris Alba (entonces conocida como Pagano) lleva a cabo el diseño del galeón, que rápidamente sale a la calle y se agota; por lo que –ya llegada la tapa de Rojo para sucesivas ediciones- hace que la primera tapa quede en el olvido.


Portada diseñada por Iris Alba,

para la primera edición Cien años de Soledad, 1967

En las páginas de Tras las claves de Melquíades (2001), la gran biografía de Cien años de soledad, Eligio García Márquez, su autor y hermano de Gabriel García Márquez, evoca las circunstancias que rodearon a la primera edición de la novela, en mayo de 1967. Dice Eligio: “… De manera que cuando los bonaerenses se acercaron ese lunes (y los siguientes de la semana) a las decenas, no menos de cien quioscos de la ciudad, en busca de las noticias (…) se encontraron también con un libro de portada exótica: la de un galeón español flotando en medio de una selva por encima de tres estilizadas flores anaranjadas. La vegetación más que verde era azulada, al igual que el galeón. Como alguien diría después, ni la idea ni la ejecución del diseño eran extraordinarias, pero allí estaba el libro, su tapa, como se dice en Argentina, intentando imponer su presencia en medio de esa otra selva, la de las diversas, variadas y agresivas publicaciones callejeras… De Iris Pagano nadie daba noticias por esos días, ni en la editorial, ni en Buenos Aires, ni en el resto de Argentina”.

De este modo, sin proponérselo, Eligio García Márquez ejecuta un acto de justicia al inscribir el nombre de Iris Alba en la historia de la primera edición de Cien años de soledad. En realidad, lo que hizo fue reinscribir el nombre de Alba en la historia del diseño gráfico y editorial en la Argentina. No podemos saber qué hubiera hecho la actual  Ramdom House Mondadori  de no haber existido la mención de Eligio al momento de publicar la edición homenaje por los 50 años de Cien años de soledad, en 2017, pero a la luz de ediciones conmemorativas anteriores, en donde no se cuenta la historia de las “dos tapas”, cabe pensar que muy probablemente el nombre de Alba (o Pagano) seguiría ausente.

La portada de aquella primera edición de Cien años de soledad, diseñada por Iris, retoma varios de los recursos empleados por ella en otras tapas, como el empleo de fotografías, grabados antiguos, y la inclusión del dibujo propio. Frente a otras tapas, la primera de Cien años de soledad ofrece una mayor superposición de elementos y planos, como si la autora hubiese buscado exponer todos los datos posibles sobre la novela, como intentando “una síntesis total de la obra”: el fondo de selva como elemento narrativo central; el galeón evidenciando la irrupción de lo mágico y, al mismo tiempo, el dato histórico de la conquista y la colonización; y las flores amarillas, en primer plano, emergiendo como desde el suelo, que evocan una de las metáforas más reconocibles del libro.

El trabajo de Alba es, particularmente singular por su condición de mujer en el contexto del diseño editorial de los años 60, y en términos más amplios, en un área como el diseño gráfico, que aún hoy sigue presentando importantes disparidades de género. Iris, es la mujer olvidada y escondida en aquella primera tapa del gran libro de García Márquez. En su trayectoria posterior, está también haber conocido al poeta y militante Miguel Angel Bustos (1932-1976), de quien se enamoró perdidamente, se volvió a casar y con quien tuvieron un hijo, el poeta Emiliano Bustos nacido en 1972 (gran parte de este texto lo he tomado prestado de su investigación inédita “Iris Alba: un arte de tapa ausente”).

Miguel Ángel Bustos desapareció en 1976, en su domicilio. Iris, como su compañera, sufrió en carne propia el terror de Estado y sus consecuencias. Este desconocimiento, “anonimato” o invisibilidad al que fue sometida tiene que tener algún tipo de relación con su condición de sobreviviente de la última dictadura cívico-militar argentina. Luego de ser despedida de Sudamericana, en 1976, después del secuestro y desaparición de su esposo Miguel Ángel, quien también padeció similar operación hasta que su obra fue reunida en 2008.

 

Portada diseñada por Vicente Rojo,

para la segunda edición Cien años de Soledad, 1968

Por estos días, todos los medios hablan del creador de las tapas de Cien años de Soledad, pero con suma injusticia, olvidan a Iris Alba (¿A esta altura, podemos decir que hubo –también– un arte de tapa desaparecido?).

Iris Alba, murió en 1993.

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Swissinfo.ch

Santiago de Chile

18 de marzo de 2021

 

Vicente Rojo, un artista fundamental

para el arte mexicano del siglo XX

 México, 17 mar (EFE).- El artista mexicano de origen español Vicente Rojo Almazán, fallecido este miércoles a los 89 años, fue un pintor y escultor fundamental para la evolución de la cultura en la segunda mitad del siglo XX que dejó una honda huella en México, su país adoptivo.

 Exiliado desde 1949, Rojo (Barcelona, 1932) fue uno de tantos españoles que gozó de un enorme prestigio y reconocimiento en este país, superior seguramente al de España y su Cataluña natal.

Rojo estudió pintura y tipografía poco después de llegar a México y se embarcó en numerosas actividades culturales, entre las que destaca la de fundar junto con José Azorín y los hermanos Neus, Jordi y Quico Espresate la editorial Era, de la que fue director artístico.

El sello marcó una época, pues en él publicó su primer poemario, "Los elementos del fuego" (1962), con 23 años, el mexicano José Emilio Pacheco, Premio Cervantes de Literatura en 2009, y el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez (1980) la primera edición de "El coronel no tiene quien le escriba"(sic) (1961).

Antes, en la década de los cincuenta, trabajó en el área de ediciones del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), en el suplemento "México en la Cultura" del diario Novedades y en la Revista de la Universidad de México.

Sobrino del general republicano Vicente Rojo Lluch (1894-1966), un destacado jefe republicano español que se opuso al alzamiento del dictador Francisco Franco, Rojo Almazán estaba casado con la escritora Bárbara Jacobs.

La obra de Rojo se ha desarrollado a partir de cinco series artísticas: "Señales", donde trabaja con formas geométricas básicas, "Negaciones", en la que cada cuadro negaba al anterior, "Recuerdos", un intento de fuga de una infancia difícil, "México bajo la lluvia, concebida un día que vio llover, y "Escenarios", varias miniseries juntas que repasan temas anteriores.

Autor de una amplia obra pictórica, de diseño gráfico y escultura desarrollada en la segunda mitad del siglo XX, desde 1980 comenzó a alternar pintura y escultura.

"En esta exposición quise enfrentar o combinar algo que no había hecho antes que es la delicadeza del papel con la presencia fuerte del bronce. Ese es un poco el sentido que tiene esta exposición", afirmó al respecto de su experimentación.

Los críticos consideran a Rojo un autor abstraccionista y lo sitúan en el movimiento artístico mexicano de "La ruptura", que ha buscado nuevos lenguajes formales y conceptuales, aunque él se consideraba más que nada un innovador en la forma y el color.

En el movimiento se encuentran artistas como José Luis Cuevas, Manuel Felguérez, Roger von Gunten, Enrique Echeverría, Lilia Carrillo, Brian Nissen y Fernando García Ponce.

A lo largo de los años su obra se ha expuesto en diversos recintos de México así como en la Universidad de Texas, en Austin, en el Círculo de Bellas Artes, la Biblioteca Nacional y el Museo Casa de la Moneda de Madrid (España), entre otros recintos.

En vida colaboró con numerosas revistas como "Artes de México", que fundó, "Nuevo Cine", "Diálogos", "¡Siempre!", y "La Gaceta" del Fondo de Cultura Económica (FCE), e hizo varias portadas de "Vuelta" (1978-1982), fundada por el poeta Octavio Paz en 1976.

Vicente Rojo se hizo acreedor en 1991 del Premio Nacional de las Artes que otorga el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), y ha recibido la Medalla al Mérito en las Bellas Artes que le otorgó el gobierno español.

En 1993 fue designado creador emérito por el Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Es además doctor "honoris causa" por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y muy conocido también como diseñador de la primera portada de "Cien años de soledad" (sic), la célebre novela del colombiano Gabriel García Márquez. EFE

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Rojo no fue diseñador de la portada de ninguna de las primeras ediciones de los libros de Gabo. El coronel lo diseñaron en Medellín para Aguirre Editor y Cien años, la diseñó Iris Pagano de Editorial Suramericana.

El nombre de la Editorial ERA, tiene por sigla a tres apellidos de sus fundadores: Espresate, Rojo y Azorín. Según se lee arriba.

N del E.

Vicente Rojo









25 de enero de 2021

MEMORABILIA GGM 914

MEMORABILIA GGM

Cali – Colombia

2 de enero de 2021

 

Tomado del libro

El cerebro y la rosa

De Julio Cesar Londoño

El Bando Creativo

Pág. 145 y ss.

Agosto de 2020

 

Cuando se le secó

el celebro a Gabo

 

Alonso Quijano fue un hombre sensato hasta que «la lectura de libros de caballería le secó el celebro».  Entonces se creyó el Quijote de la Mancha y salió a «desfacer agravios, socorrer viudas y amparar doncellas, en especial aquellas que andaban con toda su virginidad a cuestas». Al parecer a Gabo le sucedió lo mismo, solo que en este caso el origen del mal no fue la lectura sino la escritura. El suceso es comprensible. Lo maravilloso es que no le hubiese sucedido antes, que la composición de diez novelas, 47 cuentos y miles de artículos de prensa no le hubiese dejado exangüe el cerebro mucho antes. Hay que considerar, además, que sus libros no son rellenos descriptivos, como hacían los novelistas del siglo XIX, ni disquisiciones históricas como las que le gustaban a Walter Scott, ni reflexiones políticas, como estila Vargas Llosa, sino máquinas de fascinación capaces de cautivar al mundo, fábulas llenas de personajes tan vigorosos que ya han pasado a formar parte del imaginario colectivo contemporáneo, historias escritas con un lenguaje que es un arte combinatorio de exploración de las infinitas posibilidades del castellano, de sus innumerables maneras de decir.

Pero luego ese cerebro prodigioso dio muestras de inocultable fatiga. El primer síntoma de agotamiento se advirtió en Vivir para contarla, el primer tomo de sus memorias. Es un buen libro, sin duda, pero allí empezó a hacer algo que no había hecho nunca, rellenar. Al episodio del asesinato de Gaitán le dedicó demasiadas páginas, un número excesivo para un episodio tan manido, para una persona de la que tanto se ha escrito, para el caudillo que aspiraba a la Presidencia de la República luego de fracasar en el Ministerio de Salud, en el Ministerio del Trabajo y en la Alcaldía de Bogotá. Para un hombre que debe, como Galán, su mitológico tamaño a su muerte trágica.

E1 mismo reconoció que la «cuerda» se le estaba acabando A finales de 2005 le dijo a Xavi Ayén, del periódico La Vanguardia de México (sic); «Ya no me despierto por la noche asustado tras haber soñado con los muertos de que me hablaba mi abuela en Aracataca, cuando era niño,  y creo que eso tiene que ver con lo mismo, con que se me acabó el tema».

Su discurso en el Congreso de la Lengua Cartagena fue otra demostración de agotamiento. Era un momento que ameritaba la escritura de «aunque fuera un soneto», como decía mi tía lmelda para conminarnos a festejar el cumpleaños de algún pariente. Pero no, Gabo se limitó a «cortar y pegar» como cualquier chico desaplicado. Volvió a contar la historia de las joyas de Mercedes, que resultaron ser vidrio puro cuando las llevaron al Monte de Piedad; volvió a contar el drama del envío del original de Cien años por correo a Buenos Aires, un mamotreto que pesaba tanto que tuvo que quitarle la mitad porque la plata no le alcanzaba para sufragar los portes postales, y solo luego se percató de que había enviado la segunda parte. Todo el mundo celebró esos chistes porque Gabo es nuestro bienamado y porque era el dueño de casa, pero todos conocían esas historias y esperaban que el escritor vivo más importante del mundo se tomara la molestia de escribir algo original, siquiera un soneto, en lugar de asestamos esos venerables refritos.

«Lo que pasa -me explica un buen hombre- es que para Gabo estas cosas no son importantes. Está «ñato» de homenajes y el boato de las ceremonias lo aterra porque le da la impresión de estar asistiendo a su propio funeral. Por eso escribió cualquier cosa para salir del paso».

Disiento, buen hombre. Este no era un homenaje más. Era un momento «cabalístico», algo importante para un sujeto tan supersticioso como él, porque se celebraban tres aniversarios importantes en números redondos: los 80 años de su edad, los 40 de Cien años y los 25 del Nobel. Y estaban allí varios hombres de poder, gremio que lo fascinaba (Juan Carlos de Borbón, Bill Clinton, Álvaro Uribe) y escritores tan famosos como Carlos Fuentes, tan tiernos como Skármeta y tan talentosos como Antonio Muñoz Medina, y 300 notables más, y la Real Academia Española lanzaba un millón de ejemplares de Cien años. Definitivamente, no era un homenaje más.

Pero la prueba más contundente de su desfallecimiento creativo es Memoria de mis putas tristes. Desde Ojos de perro azul, ese tomito de cuentos surrealistas, atmósfera onírica y fantasía burda, Gabo no escribía nada tan malo. Aquí el problema no es de estilo. Su castellano sigue siendo vigoroso y camaleónico. Es decir, que toma siempre la coloratura exacta del entorno y la época, pero el argumento es desangelado. Que un viejito se agencie una niña pasa celebrar su cumpleaños número 90, que duerma con ella sin tocarla y se limite a olería y a contemplarla toda la noche, no es tema suficiente para una novela. A lo sumo daba para un cuento o para un poemita decadente, o para una anécdota de salón sobre las excentricidades sexuales de los millonarios japoneses viejos.

El libro no es erótico porque el protagonista, como el autor, están demasiado viejos, se encuentran más allá del bien y del mal y carecen del morbo necesario, y el tema no fue bien recibido porque el palo va no está para cucharas. Hace cincuenta año la pedofilia era de buen tono, una aberracioncilla que a nadie alarmaba. En 1955 Vladimir Navokov publicó Lolita el mundo lo ovacionó. En la película Novecento hay una escena de pederastia que los críticos ni siquiera mencionaron. En la misma Cien años hay dos niñas,  Rebeca y una gitanita, que son iniciadas en los misterios del sexo antes de cumplir los 12 años, y nadie se despeinó por ello.  Aureliano Buendía se compromete con Renata Remedios, la hija de don Apolinar Moscote (no confundir con Remedios, la bella) cuando la pequeña todavía se orinaba en la cama.

Pero esos tiempos ya pasaron. Ahora los niños son sagrados y la pedofilia es algo tan maloliente como la misma palabra.

Muchos dirán que no importa. ¿Qué tanto es un libro flojo en medio de tantos libros deliciosos? Estoy de acuerdo. Él ya tenía todo el derecho luego de dictamos esa clase magistral de literatura y de vida que es su obra, luego de regalamos tantas horas tantos años de felicidad de aburrimos un poco, y este desliz no alcanza a empañar su alto magisterio.

Aunque todo parecía indicar que ya estaba seco ese magín que creíamos infinito, ese corazón de donde brotaron las mil y una noches latinoamericanas, sus lectores aún esperábamos el canto del cisne el último milagro. Habría sido magnífico que se hubiera resuelto a escribir el segundo tomo de sus memorias, así tuviese que mencionar a Vargas Llosa, a Plinio Apuleyo Mendoza ya otros amigos que ya no amaba. Podría no mencionarlos. 0 mencionarlos de manera noble y discreta. O tirárselos, citarlos como actores de reparto, «poetas menores del hemisferio austral». O hablarnos de los presentimientos del general Omar Torrijos en la víspera de su misterioso accidente; o del día en que se quedó encerrado con el papa en la Biblioteca Vaticana; o de las diligencias secretas que realizó por encargo de sus amigos poderosos para buscarles salida a ciertos conflictos internacionales; o decimos si es verdad que vio llorar a Fidel Castro cuando tuvo que ordenar el Fusilamiento de su amigo del alma, el coronel Antonio de la Guardia, un héroe nacional involucrado, quizá por orden de! mismísimo «comandante», en el tráfico internacional de drogas. Si Gabo escribió ficciones memorables con el tema del poder, ¿qué no hubiera hecho con todo lo que sabía del poder real de los líderes con los que tuvo trato íntimo? ¿Estará ya escrito el volumen y guardado bajo siete vellos con instrucciones precisas para que se publique mucho después de mi muerte, cuando todos los involucrados sean polvo?

Si no Fuera así, si no hay más «memorias», o si el segundo tomo resultare más flojo que Memoria de mis putas tristes, no importa. De todas maneras, señor Gabriel García Márquez, usted ya tiene un lugar asegurado en la primera fila de la historia universal de la literatura y en la yema de los dedos de los lectores.

 

Un señor que nos

conocía a todos

 

¿Por qué tanto revuelo con la muerte de Gabo? La respuesta es obvia: porque era uno de los grandes de la historia de las letras. El Homero del Caribe, digamos. ¿Y cómo sabemos que era así de enorme? La respuesta ya no es tan obvia. Quizá ni él mismo lo sabía. Una tarde en La Habana, William Ospina se lo preguntó: «¿Cómo hace usted para atrapar con un mismo lenguaje y en la misma página a lectores tan distintos, a ingenieros, oficinistas, estudiantes, eruditos...?».

Gabo no necesitó ni un segundo para responder: «Ese es mi secreto, William», dijo sonriendo. Pero Ospina, que jamás ha reído a destiempo, no celebró el chiste malo del minotauro de Aracataca. Se quedó más serio que un tramposo, encuellándolo con la mirada. Entonces Gabo buscó la respuesta en las olas que rompían contra el malecón, y al fin dijo: «No sé, viejo, no sé... pero a veces tengo la sospecha de que todo se reduce a algo muy simple: hay que encontrar siempre la palabra justa para que el lector no se despierte». La respuesta me sorprendió. Siempre había pensado que el riesgo era que el lector se durmiera, y ahora salía el maestro a decir que debíamos velarle el sueño. Y tema razón. Es una respuesta que encierra, como todas sus declaraciones, una poética. Gabo entendía la narrativa como un acto de hipnosis, como un sueño matemáticamente controlado por el autor. Un solo error -una coma despistada, un vocablo impropio, una «narradez»- y el lector se despierta y el hechizo se rompe de manera irreparable.

También hay una estética en la definición de poesía que dio en 1982. «La poesía -explicó en su lección de Estocolmo- es la energía secreta que cuece los garbanzos en la cocina». No es una frase, es un credo. Para él, no había distancia alguna entre las palabras y las cosas. No pensaba, como creíamos algunos, que las rosas eran más rojas en Alejandría, ni que los ruiseñores cantaban mejor en Hungría, ni que la única literatura buena era la inglesa, ni que había que morir en París con aguacero. No. Creía, desde el fondo de sus huesos, en los méritos balsámicos y poéticos del cilantro y en el lenguaje de las mujeres y en los delirios de los hombres. Gilbert Keith Chesterton ya lo había explicado todo muchos años antes. «Hay autores que encuentran su inspiración en la historia o en alguna tradición ilustre, otros la encuentran en los libros, otros en la calle. Unos pocos son capaces de encontrar poesía incluso en su propia familia».

Gabo, sobra decirlo, era un hombre lo bastante atento como para descubrir lo literario en lo prosaico, la aguja en el pajar, la perla en la hojarasca. Y sabía editar, por supuesto, es decir, acuñar hipérboles poderosas, mantener tirante la cuerda de la tensión, derrochar adjetivos precisos, volver al barroquismo cuando la estética pedía austeridad, buscar maneras nuevas para decir cosas viejas, embromarse con algunas supersticiones pueriles (su aversión por los gerundios, las frases endecasílabas, los adverbios terminados en mente) y darle verosimilitud a los embustes más descarados. Siempre estaba buscando cómo lograr, por ejemplo, que un hilo de sangre corriera tres cuadras, doblara una esquina, cruzara la calle, subiera irnos escalones, atravesara un zaguán y llegara a los pies de una mujer que gritara: ¡Mataron a José Arcadio!

Una vez le pregunté a su mejor lector cuál era el secreto de Gabo, y Alejandro Almario ensayó esta respuesta:

Quizá fueron dos los secretos. El primero fue que lo educaron las maestras del lenguaje, las mujeres. El segundo estribó en que nos conocía perfectamente a todos. Por esto sabía siempre dónde herimos y cómo contar las historias con palabras que no pudiéramos olvidar nunca.

 Gracias, Alejandro. ¡Chapeau, Gabo!

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EL PAIS

Madrid – España

30 de diciembre de 2020

Cultura

Llueve sobre

‘Cien años de soledad’

Álvaro Santana-Acuña, de la Universidad de Austin, donde se guarda el legado de García Márquez, publica en inglés una reveladora biografía de la novela

1

Por Juan Cruz

Tenerife – 

Álvaro Santana-Acuña nació en La Laguna (Tenerife) hace 43 años. Probablemente esa es la ciudad canaria más lluviosa, pero fue en Harvard, en 2007, donde asoció el diluvio con Cien años de soledad, la principal novela de Gabriel García Márquez, en la que llueven hasta mariposas. Diluviaba sobre Harvard cuando él tenía que reunirse con la directora de su tesis y le vino a la cabeza el inmenso chubasco sobre Macondo, así que cuando la profesora le hizo esa sugerencia (“¿Por qué no trabajas en un proyecto sobre cómo Cien años de soledad se convirtió en un clásico?”) no pudo decirle que él ya había tenido la misma ocurrencia viendo llover en Harvard.

 

Gabriel García Márquez, en Roma, en 1969.

VITTORIANO RASTELLI / GETTY IMAGES

Lo cuenta en una atmósfera bien macondiana, el parque García Sanabria de Santa Cruz. Él entró en contacto con la literatura del Nobel mientras estudiaba con el profesor Daniel Duque en el Instituto Cabrera Pinto de La Laguna. Duque lo puso a trabajar sobre El coronel no tiene quien le escriba, y fue en una de aquellas clases donde escuchó por primera vez el nombre de Aracataca, donde suceden la lluvia, las mariposas, los grandes árboles, las piedras prehistóricas, la fábrica del hielo y otros milagros que conforman el mundo de Macondo y de Cien años de soledad. A partir de ahí leyó este libro cuya vida ha sido su obsesión como estudiante en Harvard y, ahora, como profesor e investigador en Austin (Texas), donde se guarda el inmenso archivo de Gabriel García Márquez.

Consecuencia de esa obsesión por lo que sucedió en Macondo es Ascenso a la gloria, biografía de ‘Cien años de soledad’, que acaba de salir en inglés (Columbia University Press) y cuya versión en español prepara ahora. “Del libro me fascinó la fluidez, y, en mi adolescencia, las descripciones de la vida sexual de los personajes, de los olores… En mi tierra es fácil tener esa sensación de que estás en lo que se cuenta en Cien años de soledad”.

Lectores concernidos

Alvaro Santana, escritor, en el parque García Sanabria de Santa Cruz de Tenerife.

Foto: Rafa Avero

¿No será que todo lector de esa novela ve en ese libro algo que le concierne? “Ese es el gran secreto de la novela y la gran dificultad de lo que supone escribir en literatura. En la entrevista que le dio a Luis Harss [autor de Los nuestros, primera indagación en lo que se acabaría llamando el boom] ya cuenta García Márquez, que aún no la había escrito, que se siente capaz de poder escribir una novela que integrase lo sensible, el héroe, las batallas, el amor, el drama, la comedia, la tragedia, la alegría. Son los elementos que hacen falta para lograr algo que llegue a muchos lectores… Como dice Natalia Ginzburg, en los años sesenta la novela burguesa estaba en crisis y García Márquez innova desde la vuelta al pasado. Como comenta Domingo Pérez Minik, Gabo propone un trabajo revolucionario porque devuelve la novela a su esencia más básica, que es el narrar”.

“Sufre cuando escribe la novela. Pasó miseria. Ya había cerrado su contrato con Carmen Balcells y sabía que el boom estaba en marcha. Trato de descifrar en mi libro ¿qué ocurrió en el verano de 1965 para que Gabo se sentase a escribir la novela? Carmen Balcells viaja de Barcelona a México y se reúne con todos los editores y escritores para cerrar contratos con ellos. [José Manuel] Caballero Bonald le había contado en 1962 que por ahí andaba ese joven escritor… Es visible. Sus libros se van vendiendo, y él está convencido de que ese que lo mantiene sin sueño será un trancazo. Y le dice a Plinio Apuleyo: ‘Este es nuestro momento”. Santana-Acuña relata los estados de ánimo de Gabo, su obsesión por no perder el tiempo, y en junio de 1966 hace en México una lectura. El periódico que da la noticia de esa lectura en la UNAM lo anuncia como Gabriel García. Él quería “que digan si les gusta o no aquellos que no me conocen..., y ahí fue cuando se convenció de que la novela era buena”. “Fabulosa”, le dijo el editor de Sudamericana, Paco Porrúa. Y empezó un boca a boca inmenso.

Sin un dato fuera de lugar, como un entomólogo pinchando mariposas, Santana-Acuña cuenta esa historia de éxito del clásico del siglo XX. “Es un libro rabiosamente humano. Gabo no solo escribió una novela buena. Es que publicó muchas novelas buenas. Y uno tiene donde elegir”. En ninguna, por cierto, llovió tanto, y eso es lo que él sintió, cuando se decidió a hacer su trabajo sobre el ascenso a la gloria de Cien años de soledad mientras llovía sobre Harvard como llovió una vez en Macondo. Y como tantas veces llueve sobre La Laguna.

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27 de noviembre de 2020

MEMORABILIA GGM 913

CAMINO A MACONDO

 

Acabo de analizar el contenido del libro Camino a Macondo que se encuentra en las librerías como último lanzamiento de Random House sobre la obra literaria de Gabriel García Márquez.

El libro trae una introducción de la escritora mexicana Alma Guillermoprieto y un comentario de Conrado Zuluaga sobre el significado de la compilación de textos que abrieron el camino a la creación de Cien años de soledad. Zuluaga es un gran estudioso de la obra de García Márquez y de las conexiones casi invisibles que existen entre unos escritos y otros.

A continuación el libro contiene una selección de textos de la obra periodística de Gabo especialmente aquellos que el mismo subtituló en su momento como apuntes para una novela, los mismos que ya fueron publicados en la obra periodística compilada por Jacques Gilard. Después vienen los textos completos de La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo y finaliza con una selección de cuentos sacados de Los Funerales de la Mamá Grande.

En una conversación que tuve con Jaime García Márquez, hermano de Gabo, este me puntualizó que la obra de Gabo está ambientada en diferentes pueblos. Así como El amor en los tiempos del cólera se desarrolla en Cartagena, aunque la novela no lo diga, Aracataca es el escenario de Cien años de soledad, de La hojarasca y de Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo. La mala hora, El coronel no tiene quien le escriba y, por supuesto, Crónica de una muerte anunciada transcurren en Sucre el pueblo del departamento de Sucre que está a orillas de una laguna.

Este es el texto de la nota escrita por Conrado Zuluaga:

 

 

EL ESPECTADOR

8 de noviembre de 2020

 

Cultura

El Camino a Macondo,

de Gabriel García Márquez

EN LIBRERÍAS BAJO EL SELLO LITERATURA RANDOM HOUSE

 

Por: Conrado Zuluaga *

Especial para El Espectador

Publicamos la investigación detrás del libro “Camino a Macondo. Ficciones 1950-1966”, que revisa desde borradores hasta novelas previas a “Cien años de soledad”, como “La hojarasca” y “La mala hora”.

 Gabriel García Márquez (1927-2014) y su esposa Mercedes Barcha (1932-2020) en su último viaje a Aracataca, Magdalena. Sobre Macondo dijo: “No es un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere”. Gabriel García Márquez (1927-2014) y su esposa Mercedes Barcha (1932-2020) en su último viaje a Aracataca, Magdalena. Sobre Macondo dijo: “No es un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere”.
Foto:William Fernando Martínez.

 García Márquez sostuvo en diversas oportunidades que para escribir cada libro primero había que aprender a escribirlo, y solo entonces enfrentarse a la máquina de escribir. A él le tomó casi 20 años “vivir” en Macondo para aprender a escribir su novela Cien años de soledad. Esta antología, realizada con el ánimo de rastrear el derrotero del escritor, le permitirá al curioso lector encontrar algunos momentos de ese trajinar. Al igual que un colono, debió desbrozar un camino, apropiarse de un espacio y perfilar, al menos, algunos rasgos de los personajes que lo habitarían. Por eso esta antología de textos completos –pero de dimensiones muy diversas– lleva por título Camino a Macondo.

 García Márquez se inició en la literatura y el periodismo casi al mismo tiempo. Su primer cuento, La tercera resignación, se publicó en septiembre de 1947; sus comienzos como periodista fueron ocho meses más tarde en Cartagena. Para 1950 ya era un columnista de planta del diario El Heraldo de Barranquilla. Su columna, “La jirafa”, iba firmada con el seudónimo de Séptimus.

También por esos días se había embarcado con sus amigos en la publicación de una revista, Crónica, un semanario deportivo-literario de vida efímera. En el número 6 (3 de junio de 1950) aparece un texto firmado por García Márquez bajo el título “La casa de los Buendía” y lleva de subtítulo una clara advertencia: “Apuntes para una novela”. Ahí están los primeros trazos públicos de lo que él alcanza a columbrar y rumia su cabeza. Y en ese mismo mes, apenas 10 días después, en la columna de El Heraldo, el texto titulado “La hija del coronel”, en donde se repite la aclaración “Apuntes para una novela” y no firma Séptimus, sino Gabriel García Márquez.

Esta “puesta en escena”, por llamarla de alguna manera, se repetirá ese mismo año en dos ocasiones, “El hijo del coronel” y “El regreso de Meme”, el 23 de junio y el 22 de noviembre, respectivamente. En el primer texto ya está el nombre de la estirpe y la figura de uno de sus más destacados personajes, Aureliano Buendía, quien regresa al pueblo terminada la Guerra Civil y solo le queda “el título militar y una vaga inconsciencia de su desastre”.

En “El regreso de Meme”, otro coronel –son varios los militares en la obra de García Márquez, unos con nombre propio, otros apenas con el distintivo genérico de su rango– será a la vuelta de unos años el personaje central de La hojarasca. Ya definido aquí con ese carácter que lo conducirá en la novela a una encrucijada: “Fue entonces cuando mi padre, que la había sostenido como sirvienta durante 15 años, la tomó por el brazo, sin mirar a la concurrencia, y la trajo por la mitad de la plaza con esa actitud soberbia y desafiante que tiene siempre, cada vez que hace algo con lo cual sabe que estarán en desacuerdo los demás”. El capítulo 2 de La hojarasca (1955) es en sus primeros párrafos una reproducción de esta cuarta columna de El Heraldo, con algunas leves variaciones.

La colaboración de García Márquez con el diario barranquillero terminó el 24 de diciembre de 1952 con “El invierno”, un texto que ocupaba toda la última página del periódico, antecedido por una breve nota en donde se informaba que se trataba de un capítulo de La hojarasca. Tres años más tarde, la revista Mito publicó (Nº 4, octubre-noviembre de 1955) el mismo texto con el título que se conoce en el mundo entero: “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”. En una columna, casi 30 años después, “¿Cómo se escribe una novela?” (1984), el escritor recuerda a Jorge Gaitán Durán rescatando del cesto de papeles rotos un texto que él cree publicable: “¿Qué título le ponemos?”, me preguntó, usando un plural que muy pocas veces había sido tan justo como en aquel caso. “No sé”, le dije. “Porque eso no era más que un monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”. Gaitán Durán escribió en el margen superior de la primera hoja casi al mismo tiempo que yo lo decía: “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”.

En esos primeros textos el pueblo es genérico, no tiene un nombre específico. Un poco más adelante, el lector descubrirá que hay dos escenarios muy similares y distintos a la vez. El pueblo, con sus calles polvorientas, es un lugar que solo dispone de una vía de comunicación, un río, adonde llega tres veces por semana una lancha con pasajeros y el saco del correo. Una lámina de acero en los días de calor, que en invierno se sale de madre y causa estragos en los barrios ribereños. El otro es Macondo, casi igual de incomunicado. Su río no es navegable, pues sus aguas corren “por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”, pero tiene un tren diario un inocente tren amarillo, y en sus años de prosperidad plantaciones de banano, oficinas con ventiladores y residencias con sillas y mesitas blancas.

La primera mención de Macondo puede pasar inadvertida. En el cuento Un día después del sábado, que apareció por primera vez en 1954 y forma parte del libro Los funerales de la Mamá Grande (1962), un joven desciende del tren que llega al pueblo y al ver al cura piensa sin ninguna lógica aparente que si hay cura en ese pueblo también debe haber un hotel, y entra a un establecimiento sin mirar –dice el texto– la tablilla que anuncia: “Hotel Macondo”.

En este relato ya se encuentran anticipacionesde varios episodios. Hay una nueva mención al coronel Aureliano Buendía, y se cuenta que hace más de 40 años José Arcadio Buendía, su hermano, murió de un pistoletazo y hay un insoportable olor a pólvora del cadáver. También se cuenta que “después de que ametrallaron a los trabajadores y se acabaron las plantaciones de banano y con ellas los trenes de 140 vagones, (…) quedó apenas ese tren amarillo y polvoriento…”.

Pero así como hay episodios, hay también una atmósfera, un ambiente: los almendros centenarios en las calles, “el denso rumor de los zancudos”, “el tufo de pájaros muertos”. Y los olores, “un olor agrio y penetrante, como el de los cuerpos en descomposición”. Atmósferas y olores que se repiten. El olor ocupa un lugar predominante en la narrativa del escritor: “…el sentido del olfato es implacable en la individualización de los recuerdos. (…) el retrato da la luz y la forma, pero el recuerdo del olor da la temperatura”, afirmó en su columna “El infierno olfativo” (7 de septiembre de 1950).

En Cien años de soledad, los olores impregnan gestos, actitudes, recuerdos, personas y espacios: olor al demonio, según Úrsula de un frasco que rompe Melquíades, olor a albahaca de los arcones, olor a sangre en la travesía de la selva, a alquitrán pestilente un gitano, un aliento glacial que deja escapar el témpano de hielo, el olor a humo de las axilas de Pilar Ternera. Todo huele en Macondo.

En Un hombre viene bajo la lluvia, publicado en 1954, hay una mención fugaz a una mujer llamada Úrsula, pero aparte del nombre no tiene nada que ver con la Úrsula laboriosa “a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar”. Hay también, pocas líneas antes del final del relato, una referencia concreta a un episodio de la Guerra Civil como algo remoto y cancelado: “Y entonces se acordó de papá Laurel, peleando solo, atrincherado en el corral, tumbando soldados del gobierno con una escopeta de perdigones para golondrinas. Y se acordó de la carta que le escribió el coronel Aureliano Buendía y del título de capitán que papá Laurel rechazó, diciendo: ‘Díganle a Aureliano que esto no lo hice por la guerra, sino para evitar que esos salvajes se comieran mis conejos’”.

En mayo de 1955 aparece la primera edición de La hojarasca. Macondo y algunos de sus rasgos más sobresalientes, desde los últimos días del siglo –cuando el coronel y su esposa y Meme llegaron allí una vez terminada la guerra– hasta 1928, cuando el coronel se enfrenta al pueblo. Al relato lo precede un texto fechado (“Macondo, 1909”), que por su tono y brevedad parece el fragmento de unas memorias, en donde está descrita la otra cara de la bonanza bananera: un pueblo transformado por la avalancha de la hojarasca, “hasta convertir lo que fue un callejón con un río en un extremo y un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho con los desperdicios de los otros pueblos”.

Tres asuntos más afloran en esta novela. En primer lugar, el cura que regresa a hacerse cargo de la parroquia, que participó en la Guerra Civil del 85, coronel a los 17 años y de quien nadie recuerda su nombre de pila, pero sí el apodo que le puso su madre “(porque era voluntarioso y rebelde)”: El Cachorro. Luego, la aparición en el campamento del coronel Aureliano Buendía de un extraño militar “con el sombrero y las botas adornadas con pieles y dientes y uñas de tigre”: ¡el duque de Marlborough! Y por último, en el monólogo final de Isabel, un guiño elocuente del acontecimiento que se precipitará sobre el pueblo: “…si es que entonces no ha pasado todavía ese viento final que barrerá a Macondo, sus dormitorios llenos de lagartos y su gente taciturna, devastada por los recuerdos”.

La aparición en 1961 de El coronel no tiene quien le escriba permite hacer acopio de otros elementos y apreciar trazos más precisos. El relato tiene lugar en el pueblo, aislado, a ocho horas en lancha. No hay tren ni compañía bananera. En la sastrería, visible, un letrero que en La mala hora se encuentra en la peluquería: “Prohibido hablar de política”. El clima que se respira es de violencia partidista, de represión política, y el alcalde es un militar que padece una severa infección dental.

Una circunstancia que se repite con los alcaldes militares en las novelas y cuentos de García Márquez. Casi todos ellos padecen dolor de muelas. En Un día de estos, una frase revela ese infortunio: “El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación”. En ese ambiente de aislamiento y zozobra que soporta el pueblo, deambula un coronel de 74 años que lleva medio siglo, desde la rendición en 1902, esperando su pensión. Una reminiscencia suya ilustra la llegada de la hojarasca a Macondo, 50 años atrás: “En el sopor de la siesta vio llegar un tren amarillo y polvoriento con hombres y mujeres y animales asfixiándose de calor, amontonados hasta en el techo de los vagones. Era la fiebre del banano. En 24 horas transformaron el pueblo. “Me voy”, dijo entonces el coronel. “El olor del banano me descompone los intestinos”. Y abandonó Macondo en el tren de regreso…”.

En Cien años de soledad el lector encontrará a este coronel, a la edad de 20 años, en el momento crucial de la firma del armisticio. Menos de 20 líneas en una novela de 400 páginas, cuando llega al campamento antes de que el coronel Aureliano Buendía estampe su nombre en la última copia del acuerdo de paz: “Era el tesorero de la revolución en la circunscripción de Macondo. (…) Con una parsimonia exasperante descargó los baúles, los abrió y fue poniendo en la mesa, uno por uno, 72 ladrillos de oro. Nadie recordaba la existencia de aquella fortuna”. Por solicitud del joven tesorero, el coronel Aureliano Buendía le expide un recibo. El mismo recibo que él anexará a los documentos de trámite de su pensión.

Esta es la naturaleza del andamiaje que se va armando en la cabeza del escritor. En la novela de 1961 el coronel de 74 años, un ser anacrónico que en un diálogo con el médico cuando este trata de explicarle la seguridad de los vuelos transatlánticos, comenta: “Debe ser como las alfombras voladoras”, mientras que en la novela de 1967 apenas alcanza los 20 años, es un coronel rebelde tesorero de la revolución y devuelve unos fondos que todos habían olvidado. Y afloran las pesadillas y los mitos que acompañaron a los insurrectos. Una noche, la mujer oye al coronel murmurar algo entre sueños y le pregunta con quién habla, y él sin titubear responde: “Con el inglés disfrazado de tigre que apareció en el campamento (…). Era el duque de Marlborough”.

En 1962, la Universidad Veracruzana, en Xalapa, México, publicó Los funerales de la Mamá Grande, un volumen con ocho cuentos. El más popular de todos, aquel que da nombre al libro, cuenta los últimos momentos de la “soberana absoluta del reino de Macondo”. Los otros siete narran diversos episodios o personajes que tendrán luego, algunos de ellos, un desarrollo más amplio en Cien años de soledad, como el origen incierto de algunas fortunas o las legiones de Aureliano Buendía acampadas en la plaza pública, pero la mayoría de ellos comparten una atmósfera común: el trópico y sus olores.

En medio de las plantaciones simétricas de banano el aire es húmedo y no se vuelve a sentir la brisa del mar, el pueblo flota en el calor y sus habitantes hacen la siesta agobiados por el sopor, hasta las casas yacen en una penumbra sofocante, octubre se eterniza con sus lluvias pantanosas y el movimiento de una lancha al partir del muelle del pueblo deja en el aire un vaho peculiar: “El agua exhaló un aliento de fango removido”.

El 23 de abril de ese mismo año, el jurado del Premio Esso de Novela 1961 declaró ganadora La mala hora. Su edición era parte del premio y estaba contratada para ser realizada en España, pero allí decidieron intervenir el texto y cambiar algunas expresiones. García Márquez desautorizó esa edición y declaró como primera edición la realizada en 1966 por Ediciones Era de México. En ella el escritor incluyó la siguiente nota: “La primera vez que se publicó La mala hora, en 1962, un corrector de pruebas se permitió cambiar ciertos términos y almidonar el estilo, en nombre de la pureza del lenguaje. En esta ocasión, a su vez, el autor se ha permitido restituir las incorrecciones idiomáticas y las barbaridades estilísticas, en nombre de su soberana y arbitraria voluntad. Esta es, pues, la primera edición de La mala hora”.

Conocida popularmente como la novela de los pasquines –así la llamó el autor en varias oportunidades–, La mala hora es una meticulosa descripción del pueblo a lo largo de 17 días, sometido a una avalancha de pasquines anónimos que no dicen nada que no se sepa, pero provocan una tensión que amenaza con resucitar la violencia partidista del pasado. “Lo que quita el sueño –dice un personaje– no son los pasquines, sino el miedo a los pasquines”.

En la novela se encuentran unas pocas menciones –dos, en verdad– con las cuales se puede establecer una relación con episodios de Cien años de soledad. El alcalde, un teniente a quien también –por supuesto– le duele una muela, mientras almuerza en el comedor del hotel recuerda que el coronel Aureliano Buendía, “que iba a convenir en Macondo los términos de la capitulación de la última Guerra Civil, durmió una noche en aquel balcón, en una época en la que no había pueblos en muchas leguas a la redonda”. La otra es el padre Ángel, que antes de llegar al pueblo fue párroco en Macondo.

A estas alturas más de un lector se ha preguntado qué pretende esta introducción al realizar este rastreo si el escritor declaró hace años que “en realidad uno no escribe sino un libro”. Y en otra ocasión afirmó: “Por fortuna, Macondo no es un lugar sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere”. La pesquisa de estas páginas no pretende dilucidar cuál es el libro que escribió García Márquez, tampoco determinar la realidad sobre la que se asienta ese universo. Esta antología solo tiene el propósito de mostrar la progresión, la búsqueda –a través de varios textos anteriores a Cien años de soledad– de ese mundo alucinado de ficción que tiene la ambición de ser real.

El mismo García Márquez se lo dijo a Ernesto González Bermejo en una larga y minuciosa entrevista publicada por la revista española Triunfo en 1970, “García Márquez: ahora doscientos años de soledad”: “… lo que hay entre La hojarasca y Cien años de soledad son unos 15 años de fastidiarse mucho, de vivir mucho y de estar pendiente de esto todos los días tratando de ver cómo eran las cosas”. Y el resultado está ahí, Cien años de soledad (1967), una novela concebida por un autor que parecía tocado por los dioses, considerada desde su primera aparición como una de las mejores novelas en lengua española después de El Quijote.

 * Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.

  




 



14 de octubre de 2020

MEMORABILIA GGM 912


 INFOLITERARIA

Algún lugar de Europa

8 de octubre de 2020

 

Camino a Macondo:

 el nuevo libro de

Gabriel García Márquez

 

El próximo 12 de noviembre Gabriel García Márquez, uno de los escritores más alabados y leídos a nivel mundial, publica su próxima novela (sic) titulada Camino a Macondo. El libro llegará de la mano de Literatura Random House, contará con 512 páginas aproximadamente y costará 22,90 euros.

Tal y como ha revelado la sinopsis, Camino a Macondo será un «recorrido literario a través de las ficciones que contribuyeron a la construcción del espacio mítico de Cien años de soledad». Recordemos que Macondo es el nombre que recibe el lugar ficticio en que el ganador del Premio Nobel de Literatura situó muchas de las historias de sus libros, entre ellos su afamado Cien años de soledad. Por lo tanto, en la novela los lectores podrán encontrar todos los textos en los que el escritor desarrolló el universo tan detallado que es Macondo.

Esta nueva publicación de García Márquez es la perfecta lectura para aquellos nostálgicos que se perdieron en la narración de Cien años de soledad. A pesar de que no es una continuación de la historia de la familia Buendía, tal vez encontrar detalles de Macondo que pasaron desapercibidos.

A continuación os dejamos la sinopsis del libro:

 La palabra «Macondo» quedó grabada para siempre en la mente infantil de García Márquez el día que la vio por primera vez a la entrada de una plantación bananera, pero no fue hasta la edad adulta cuando apreció su resonancia poética. Camino a Macondo es la andadura hacia el asentamiento de uno de los principales espacios míticos de la literatura universal, un viaje a través de las ficciones sobre las que se afianza: desde sus Apuntes para una novela de 1950 y primeros relatos, hasta La mala hora en 1966. En este recorrido que supone la efervescente antesala a la creación de Cien años de soledad, el lector disfrutará de la fascinante evolución de un Macondo que la mente del Nobel modeló no tanto como un lugar sino «como un estado de ánimo.


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7 de octubre de 2020

MEMORABILIA GGM 911


Gladys González Arévalo

Bogotá - Colombia

Agosto de 2020

 

“La mama grande”

Mercedes Barcha

En abril de 2014 partió Gabriel García Márquez

hacia otras dimensiones, a la eternidad.

En agosto de 2020 falleció su esposa Mercedes Barcha.

 

Por Gladys González Arévalo

 

Igual que él, marchó hacia el silencio en medio de mariposas amarillas que le acompañaron también en su ascenso hacia otros espacios cósmicos.

 

En Magangué, donde nació en una familia de ascendencia egipcia, y en Sucre donde se conocieron, dos pueblos del Caribe llenos de magia, como lo es su país de origen. En este contexto del lugar mágico, del ámbito fantástico, fue que García Márquez creó como escenario su Universo literario.

 

Durante los largos años que compartieron, ella fue el pilar, como su compañera incondicional, su cómplice en todas las aventuras de su oficio literario. Quien puso en orden la vida para que él se dedicara solo a la literatura.

 

Los admiradores y seguidores del escritor García Márquez y estudiosos de su obra, siempre le reconoceremos y recordaremos además de sus cualidades como esposa y madre, a la mujer que se mantuvo siempre al lado del escritor, su soporte, amiga y consejera, por el importante papel que jugó, en especial en el momento en que día a día durante los 18 meses asumió el manejo del hogar, en el que Gabriel García Márquez, se dedicó a escribir “Cien años de soledad”.

Novela ésta, que una vez superado el impase del “despacho” a la editorial Sudamericana en Buenos Aires, el voluminoso manuscrito de casi 500 páginas, en las dos tandas y luego de empeñar los únicos electrodomésticos que les quedaban, según recordaría múltiples veces Gabo, Mercedes descargaría todo el peso que llevaba estos largos meses acumulándose en su corazón, en una frase: "Lo único que falta ahora es que la novela sea mala".

Las grandes obras, como los grandes hombres tienen peculiares historias. Anécdotas como esta, son las que están detrás del gran escritor y de esa gran mujer, por esto y muchas cosas más, sus amigos la llamaron siempre “la Gaba”. Podría decirse, que fue como una prolongación de su vida, con su gran amor, dio rienda suelta, como ese viento que impulsa a una cometa a que se eleve hacia las máximas alturas. García Márquez siempre dio la relevancia de su esposa no solo para escribir "Cien años de soledad", "Sin Mercedes no hubiera llegado a escribir el libro", dijo una vez antes de recibir en 1982 el Premio Nobel de Literatura, sino en toda su vida literaria, en su vida personal compartida a través de los 56 años de matrimonio. Fue ella quien se encargó de manejar el mundo real, mientras él creaba universos mágicos con su literatura.

Ahora que no está, es quizás cuando se torna más visible, hemos visto crecer la ponderación a este modelo de esposa, como la gran mujer, valorada y amada por muchos, que supo llevar su lugar.

A pesar de que se dice que “ella se sacrificó para que él escribiera” y se le ha visto como la compañera ideal, ella lo decidió, convino así esa relación y la forma en que fue llevada, es decir que ella gustosa asumió ese rol, además por la época en que les correspondió vivir. No sucedió que a ella se le reconociera por ser “esposa del Nobel,” aun cuando él estaba en la cumbre de la fama. De ella se ha sabido únicamente lo que ha querido que se sepa, buena esposa y buena madre.

Talvez se ha construido un estereotipo alrededor suyo, en la idea que tienen ciertas personas de ella, que se ve reflejada por algunos personajes femeninos de la creación literaria del escritor, en Cien Años de Soledad y en otras de sus obras, es como lo fue ella. Lo cierto es, que su individualidad también la conservó, con la sencillez, prudencia y sabiduría, fue un personaje apasionante e interesante en sí mismo. Anónimo y oculto para la mayoría de la opinión. Esa, además, fue siempre su intención. Siempre se le conoció como Mercedes Barcha, y no de “García Márquez”, como era la costumbre. Ella sabía que es la mujer, “la rueda que hace mover al mundo”, y lo cumplió a su manera. Hoy se diría que no puede ser este un modelo para las mujeres de las nuevas generaciones, pero ella era un poder silencioso, de una inteligencia maravillosa intuitiva y generosa, sin protagonismo, durante su vida concedió pocas entrevistas.

Aunque se diga que no hay nada que se sepa o diga de ella que no tenga que ver con el esposo, no es que, sin ella, él no hubiera podido ser el gran escritor. Fue su musa, y a su genialidad literaria, se sumó la prudencia y el cariño. Reconocemos su valentía, su fortaleza de carácter, pragmatismo, sentido del humor y hermetismo. Entendamos las decisiones que tuvieron que tomar en esos momentos que vivieron. “Mercedes protegía a Gabo de asaltos a la privacidad y a las infidencias” de los cercanos.

La dedicatoria en El amor en los tiempos del cólera, dice: “Para Mercedes, por supuesto”, la novela sobre amores contrariados escrita por Gabriel García Márquez y publicada en 1985, tres años después de recibir el Premio Nobel de Literatura. En 1962, había dedicado uno de sus libros de cuentos “Al cocodrilo sagrado”, en referencia a ella, así la describía él: “Era esbelta, de mirada filosa y pelo corto que le alargaba aún más el cuello” por el que García Márquez la apodó ‘La Jirafa’, el “sobrenombre confidencial” con que bautizó su columna de El Heraldo en 1950.

En la partida de su gran amor, ella como siempre mostró su gran entereza, su sencillez, su discreción. Sus dos hijos Gonzalo y Rodrigo, hicieron honor a las enseñanzas de su padre, como el mejor legado, su ejemplo de hombre recto, y amoroso en su hogar.

Hoy están disfrutando de esa gran satisfacción que deja “la inmensa labor cumplida” con Colombia, con la humanidad, queda atrás toda una era literaria. El agradecimiento perdurable a Mercedes Barcha, porque la multitud de sus lectores puedan seguir disfrutando esa magna obra, en todos los continentes y en tan variados idiomas.

Ella y su especial familia, en la gran valoración y aprecio a lo que constituyó su vida y obra, decidieron lo que consideraron más apropiado, dar la oportunidad de que su importante y voluminoso archivo, sus pertenencias más preciadas, sus obras, sus documentos y todo lo que estuvo alrededor de su travesía literaria, quedara para que la humanidad, en el mundo entero pueda tener la posibilidad de conocerla y seguir apreciando y difundiendo el inmenso patrimonio cultural que construyeron juntos. Perdura la inmensidad de su labor más allá de su carácter hermético y su entrega silenciosa, la Fundación Gabo, de la que fue presidenta de la Junta Directiva.

¡Adiós a la Jirafa, al Cocodrilo sagrado, a la mujer que acompañó a García Márquez en las buenas y en las malas”!

 

 

Gladys González Arévalo

Investigadora de la Cultura colombina.

 

Autora de los libros: La música en Gabriel García Márquez-Vida y obra.

y Macondo tiene aroma de café.

 

Agosto de 2020

 

 

 

Mercedes Raquel Barcha Pardo

Fuente: Wikipedia - La enciclopedia libre

 

Foto: Hernán Díaz.Colección Red de Bibliotecas del Banco de la República

 

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 Columbia Universaity

 New York - USA

Agosto de 2020

 

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·         LIBROS

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FECHA DE PUBLICACIÓN: agosto de 2020

ISBN: 9780231184335

384 páginas

FORMATO: Tapa blanda

PRECIO DE LISTA: 28,00 $£ 22.00


FECHA DE PUBLICACIÓN: agosto de 2020

ISBN: 9780231184328

384 páginas

FORMATO: tapa dura

PRECIO DE LISTA: 115,00 $95,00 £


FECHA DE PUBLICACIÓN: agosto de 2020

ISBN: 9780231545433

384 páginas

FORMATO: E-book

PRECIO DE LISTA: $ 27.99£ 22.00


Ascenso a la gloria

Cómo se escribió Cien años de soledad y se convirtió en un clásico mundial

Por Álvaro Santana-Acuña*

La novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez parecía destinada a la oscuridad tras su publicación en 1967. El autor poco conocido, el pequeño editor, el estilo mágico y el escenario de una remota aldea caribeña no eran los ingredientes habituales para el éxito en el mercado literario. Sin embargo, hoy se encuentra entre los libros más vendidos de todos los tiempos. Traducido a decenas de idiomas, sigue entrando en la vida de nuevos lectores de todo el mundo. ¿Cómo logró Cien años de soledad este improbable éxito? ¿Y qué nos dice su trayectoria sobre cómo una obra de arte se convierte en un clásico?

Ascenso a la gloria es un estudio pionero de Cien años de soledad, desde el momento en que García Márquez tuvo por primera vez la idea de la novela hasta su consagración global. Utilizando nuevos documentos de los archivos del autor, Álvaro Santana-Acuña muestra cómo García Márquez escribió la novela, yendo más allá de las múltiples leyendas que la rodean. Revela las ideas y redes literarias que hicieron posible la creación y el éxito inicial del libro. Santana-Acuña sigue el camino de esta novela en más de setenta países de los cinco continentes y explica cómo miles de personas y organizaciones la han ayudado a convertirse en un clásico mundial. Arrojando nueva luz sobre la imaginación, producción y recepción de la novela, Ascenso a la gloria es un libro revelador para sociólogos culturales e historiadores literarios, así como para los fanáticos de García Márquez y Cien años de soledad.

 


*Álvaro Santana-Acuña 

es profesor asistente de sociología 

en Whitman College. 

y curador del archivo de García Márquez 

en la Universidad de Texas

 

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 El Espectador

Bogotá - Colombia

6 de octubre de 2020

 

Cultura

Entrevista al cineasta Luis Montealegre 

García Márquez en

“Otra patria distinta”

Luis Montealegre fue el director y productor de “Otra patria distinta”, documental que nació por un encargo de Mercedes Barcha, la esposa de García Márquez. El cineasta, quien fue uno de los invitados a la Feria del Libro del Eje cafetero, contó los detalles de este rodaje en el que accedió a muchos aspectos íntimos del escritor.

"Otra patria distinta" recorrió varios de los lugares que García Márquez habitó y visitó en Ciudad de México desde su llegada a la ciudad, hasta el día su muerte. / Archivo particular   


 Por Elbert Coes

El productor y director Luis Montealegre estudió cine desde el 2005 hasta el 2010 en la Universidad de Buenos Aires de la mano de Raúl Perrone, aunque antes de sus estudios académicos se formó como cinéfilo en la sala de Cine en Cámara de Pereira. Años más tarde se fue a Argentina y realizó su primer cortometraje independiente llamado Subiendo al hombro. Un año después hizo su segundo trabajo, Arre caballo, premiado por el Fondo de Desarrollo Cinematográfico de Colombia, gracias a que se produjo y rodó en Pereira.

 En 2011 fue asistente de series de televisión en Bogotá, trabajos que no llenaron sus expectativas, así que optó por sacar adelante sus proyectos como productor que dieron origen a tres documentales “Gabo y sus años de soledad en Bogotá”, “Un mundo de Gabo”, dirigida por Lisandro Duque, y “Otra patria distinta”, que nació durante la estadía del equipo en México produciendo la serie por encargo de Mercedes Barcha, quien no lo financió, pero facilitó información a la que pocos habían tenido acceso.

 Actualmente, Luis Montealegre produce y dirige una miniserie de ficción llamada Ritmo bestial, que se compone de seis historias auto conclusivas alrededor de la salsa en Bogotá. También tiene pendiente otro proyecto sobre Gabriel García Márquez, una película de ficción para la que su equipo busca financiación llamada El reportero, basada en El Chocó que Colombia desconoce, reportaje que el Nobel hizo para El Espectador a finales de los años cincuenta; y basada también en García Márquez: El viaje a la semilla, la biografía escrita por Dasso Saldívar. Este proyecto cuenta además con la asesoría de William Ospina.

¿Cómo llegó a García Márquez?

Por una invitación. En 2015 produje el videoclip Tres huevitos, un éxito rotundo en redes sociales. Este se hizo viral y nos empezaron a escribir un montón de personas. El más influyente fue un amigo, William Ospina, quien me dijo “Luis, ese videoclip está buenísimo; tú deberías producir un documental que a mí me sugirieron hacer”. Me invitó a que lo dirigiera y así fue que hicimos Gabo en sus años de soledad en Bogotá, un documental que iba tras los pasos de ese Gabo joven estudiante de derecho que escuchaba en las tertulias a León de Greiff y empeñó su máquina de escribir. Nos fuimos detrás de esa Bogotá del centro donde estaba el café la Plaza para tratar de evocar la ciudad en sus años cincuenta y, efectivamente, el trabajo funcionó. Ese fue el trampolín para que me invitaran a ser coproductor y director de la serie Un mundo de Gabo, un proyecto más ambicioso del Canal Capital.

Me dijeron que ya que estaba tan cerca a William (Ospina) y podía investigar datos sobre la vida de Gabo en México, me encargara de hacer todo lo de allá, y de allí surgió el impulso para producir Otra patria distinta. A William le encantó, a Lisandro, a los amigos, a la gente de la televisión. Ahí fue donde me dijeron que teníamos que hacer otro proyecto y yo dije que sí, porque es un honor trabajar con gente tan brillante, lo que además me da mucha responsabilidad. Me sugirieron que hiciéramos una película de ficción, Ahí fue cuando William me dijo “Mira, esta es la idea importante, la idea que se tiene que contar de Gabo”, la de su época de reportero en la que viajó al Chocó a cubrir una noticia que era falsa y terminó volviéndola real con ayuda de la población, los líderes comunitarios. Terminó siendo algo muy divertido y crítico que movió las decisiones del gobierno.

Cuénteme sobre el anteproyecto de Otra patria distinta. ¿Qué resultó fácil y qué no lo fue?

El anteproyecto fue encontrarme con un material que yo ya había grabado. Un montón de material al que ahora había que buscarle una estructura porque no fue que yo lo hubiese dirigido desde la planificación, sino que teníamos que ir en búsqueda de unos temas, sumar unas grabaciones a partir de un material, darle una estructura en el montaje y buscar en qué nos íbamos a concentrar: un poco en la vida de Gabo, en la lectura de un poeta, un poco en la relación con sus amigos, en ese viaje por las casas donde escribió Cien años de soledad, su estudio y, en particular, algo que me pareció muy curioso, en la relación de él con un barbero, de la que poca gente sabe. García Márquez vivió aproximadamente cuarenta y siete años en Ciudad de México, imagínate todas las relaciones que se construyeron, todas las anécdotas, lo que fue esa situación desde los primeros años difíciles hasta los últimos, ya consagradísimo como un hombre muy brillante.

Después de tener todo esto, el montaje llevó tiempo: la edición, buscar las imágenes, construir la música, todo la postproducción. Fue un reto bastante complejo de tiempo y decisiones, primero por la financiación y además porque había que darle la estructura. Es un documental con cortes televisivos, que se produjo de una manera muy sencilla con un equipo muy reducido, pero terminarlo fue algo más dispendioso por recursos económicos, ya que esto te ayuda a definir los equipos desde el editor, el compositor de la música, que hizo un trabajo muy agradable, me gustó mucho, y el montajista y todo lo que es el diseño sonoro, la corrección de colores y el diseño de crédito. Todo eso fue un poco complejo en términos de financiación.

 Este es un documental, principalmente, de estructura por el concepto de patria, porque el objetivo es recorrer los lugares que García Márquez recorrió en esa “patria distinta” y porque vive en varias casas en México, el hotel Bonampak la calle Renán, la calle Ixtáccihault, (sic) la casa en la calle La (sic) Loma. Teniendo en cuenta esto ¿de qué forma decidió contar el relato?

Todo esto se hizo gracias a la investigación de amigos que fueron cercanos a Gabo en Ciudad de México. Uno de ellos es Eduardo García Aguilar, el otro es Dasso Saldívar, que en el capítulo de México, de su libro Viaje a la semilla, habla de todas estas casas, lugares y calles. Esa era la guía. Nuestra tarea fue ir a buscarlos, hacer el trabajo de campo y acceder a ellos. El reto fue más ingenioso. Todas estas casas están en Ciudad de México, desde la que recibió a Gabo muy humilde buscando una oportunidad hasta la última, la de la época de bonanza en una de las zonas más caras de la ciudad. Pero nunca vivió tampoco en suburbios. La calle Renán, que fue la primera, es un barrio residencial, tranquilo, de clase media. Ya con el paso del tiempo su calidad de vida fue mejorando y terminó en La calle del (sic) Fuego.

Se estructuró gracias a muchas cosas: los datos de Dasso Saldívar, la investigación y la cercanía con los bares en donde se reunían los intelectuales. De eso nos enteramos por Eduardo García Aguilar­: él vivió muchos años en México y compartió con Gabo. También por la cercanía a los amigos y la familia. Sin duda, William Ospina ayudó mucho, no porque nos hubiera conectado, sino porque solamente con nombrar que él estaba implicado en el proyecto, las puertas se abrieron. A William Ospina lo quieren mucho en la casa García Barcha. Y claro, está Jorge Sánchez Sosa, que fue el productor de las películas de Gabo, quien nos vinculó con los grandes amigos que aún están vivos.

Bajo esa mirada desde lo arquitectónico, ¿Otra patria distinta debe interpretarse desde lo estructural (usted tiene la voz poética de William Ospina, las imágenes de las ciudades conforme el ritmo avanza que contrastan al mismo tiempo con los subtítulos que van lanzando datos objetivos), o se puede arriesgar algún otro enfoque?

Lo que tratamos de hacer es, como se ve en el documental, mostrar los lugares por donde pasaba García Márquez. Por ejemplo, hay una foto muy famosa de él cuando está joven en la que está delante de un ángel dorado que vemos ahí, la plaza principal de Ciudad de México, a parte de la plaza de la República, a pocas cuadras. Allí le tomaron fotos que son históricas y famosas. Fueron hasta portadas de revistas. Lo que hicimos fue recorrer esas calles. Todas las imágenes corresponden a esa Ciudad de México, que era la sorpresa que nos encontrábamos al estar grabando de una manera muy artesanal y buscando en el montaje un juego sugerente de lo que pasaba con lo que veíamos.

Están todas las casas en las que él vivió y las de los amigos, que incluso siguen viviendo en esos lugares. La de Iván Restrepo es en la que sucedían las grandes tertulias, la de Elena Poniatowska es en la que ellos se veían, la casa del (sic) Fuego es donde vivió muchísimos años, la de la (sic) Loma 19 es donde escribió Cien años de soledad y la estación del tren que fue en la que lo recibió Álvaro Mutis cuando llegó de New York. Mutis los ubicó en el hotel Bonampak y les dijo “Estén acá mientras yo les voy buscando casa”. Este documental fue un intento por seguir los pasos de Gabo y explorar la idiosincrasia mexicana.

¿Qué tanta influencia hay en Otra patria distinta del García Márquez escritor, periodista y cineasta?

Me influyó que García Márquez fue un tipo muy trabajador y disciplinado. Tenía unas jornadas muy enfocadas de escritura, también un carácter social muy interesante y una personalidad muy divertida y amena. Solo me dije “Hombre, qué bueno ser así”. Seguramente era un tipo muy cálido y familiar. Él se conectó mucho con su núcleo, con ese amor por sus hijos, por su esposa. Creo que lo que puedo tomar, que no parte de una inspiración sobre García Márquez sino que es más un trabajo de campo en el que está toda esta información, se graba, se estructura… y ya conociéndolo digo “¡Qué tipo tan brillante!”, de una gran imaginación. Cuando pude conocer más de él como ser humano entendí por qué fue tan brillante, famoso y querido. Poseía unos atributos muy difíciles de encontrar.

Después de hacer todo esto, de seguir inmerso en García Márquez y ahora en el nuevo proyecto con un Gabo más joven, creo que es admirable. En términos generales, admiro su sensibilidad, la forma en la que veía el mundo, el juego de palabras, su creatividad en la construcción de títulos, su humor, el gusto por la poesía y por el cine. El cine que le tocó no es el mismo de ahora, es el de esa Ciudad de México de los años sesenta donde conoció un productor que le dio trabajo en una revista de variedades. Este fue uno de sus primeros empleos y allí decidió que firmaría como García Márquez.

Usted tuvo la fortuna de contar con el testimonio del barbero Pietro antes que este falleciera en 2016, ¿Cuánto tiempo se tomó entre la filmación y la edición final del documental? ¿Por qué no vemos a Mercedes García Barcha en él? ¿Qué dijo ella sobre el proyecto?

Esto se grabó en el año 2016. Todo fue con permiso de doña Mercedes. Realmente tuvimos la fortuna de que en su momento nosotros fuimos a Ciudad de México solo con las direcciones de las casas y los bares, pero acceder a los amigos y a la casa donde vivían, era un gran reto. Gracias a contactos nos acercamos. Mandamos correos y nos dijeron que no, pero como sabían que éramos un equipo colombiano que estaba en Ciudad de México, hicieron concesiones y a los pocos minutos doña Mercedes aceptó por medio de su asistente Mónica Alonso, que me dijo “Luis, tienen permiso para grabar. Yo de verdad no entiendo: miles de personas piden este permiso y a todos les dicen que no. Tienen mucha fortuna, así que vente para acá”. Y eso hicimos.

El primer día grabamos como si se fuera a acabar el mundo. Cuando Mónica vio que estábamos afanados, nos dio la posibilidad de ir al día siguiente, así que de un permiso que nos dieron para tres horas, acabamos en tres días. Y no solo a grabar, sino también a tomar café y a charlar con los asistentes, que nos contaron muchísimas experiencias. Obviamente con el respeto de que nos habían dado ciertos accesos, no podíamos, por ejemplo, sacar los libros: en ellos García Márquez dejó muchas anotaciones de sus lecturas. Eso fue lo único que Doña Mercedes nos limitó, pero sí nos dejaron hacer las tomas de los objetos personales y las fotos.

Estando allí también nos compartieron los contactos de los amigos más cercanos y más antiguos que estaban vivos. Fue entonces que le pedí a Mónica que me pusiera en contacto con el barbero. Me puso a prueba preguntándome el nombre y yo le dije “Don Pietro”, y abrió una agenda y dijo que me pasaría el teléfono porque doña Mercedes lo permitió, otra vez; ella definitivamente es la madrina en ese sentido. Nos pasó el contacto del barbero y él accedió a darme la entrevista por doña Mercedes: a él también lo buscaron miles de periodistas, pero era muy hermético. Primero preguntó de dónde veníamos, habló con Mónica y al fin dijo “Venga sentémonos y yo les cuento”. Tuvimos mucha fortuna de que se relajara y nos contara muy cálidamente su amor por Gabo y su relación durante veinticinco años. Ese aspecto me pareció que era muy felliniano. Después nos sacó su álbum personal con recortes de periódicos donde hay una foto de él afeitando a García Márquez.

Cuando terminamos de grabar en casa de los amigos, la asistente nos preguntó cómo nos había ido y nos dijo “Doña Mercedes manda a decir que le hagas un documental”, y yo, después de todo el acceso que nos dio, me comprometí a editarlo, terminarlo y enviárselo cuando estuviera listo. Después, por azares de la vida, de recursos, de compromisos que llegan y te obligan a parar procesos, se demoró. Cuando lo terminamos, doña Mercedes murió, así decidimos dedicarle el documental por su generosidad, compañía y confianza. Una de las cosas que he aprendido gracias a todo mi trabajo alrededor de Gabo es que si no hubiera existido esa señora, tampoco habría existido García Márquez.

¿Cómo se decidió la música de Otra Patria distinta?

Yo siento que García Márquez era muy Fellini. Lo digo por ese realismo mágico, por el humor jocoso. La música se decidió por el deseo de darle un ritmo cálido al documental. El tono divertido y tierno lo trasmiten las bandas sonoras de Fellini, que es Nino Rota. Esa fue la referencia. Algo así tenía que ser la música que le gustara a Gabo. Música que es bolero, son guitarras y ranchera. La música de Nino Rota es muy bella en ese sentido, muy circense y onírica. Me dije que era precisa porque Gabo es muy onírico. Era lo que se buscaba. Aquí la trabajamos con un compositor, Andrés Cárdenas, quien nos orientó en todas estas ideas y finalmente con su equipo se puso a crear. Quedamos muy satisfechos con el resultado.

¿Qué concepto tiene del García Márquez cineasta? Sobre todo después de ver “Tiempo de morir”, “El gallo de oro” y “Edipo alcalde”, películas en las que él fue guionista y codirector.

Es complejo porque él lo que quiso fue ser guionista, nunca director. Lo que quiso fue, acompañado de esa experiencia de la literatura, llevar historias al cine. Tal vez, como dice Jorge Sánchez, todos desean hacer películas ambiciosas. Pero lo que más quería Gabo era hacer películas que dejaran una sensación de amor hacia la vida, de cariño. Tiene que ver con que haya circunstancias difíciles con productores que no tiene determinada visión. Tiene que ver con lo económico, con que la dinámica del cine en ese entonces era de muchísimo retos y con que las películas fueran tan comerciales y hechas por productores usando su propio dinero.

Cuando se hacen películas que no son exitosas, tienes el reto de componer ideas y, además, cuando las personas ya han leído el libro, se imaginan cosas distintas en la película, así que corres el riesgo de que tengan sus reparos, algo que es entendible. Tal vez lo más importante de eso es que en ocasiones los directores no fueron precisos para plasmar una obra mucho más poderosa, pero sí hay casos de películas que resultan incluso mejores que las novelas. Creo que las películas mejor logradas de Gabo son Milagro en Roma, de Lisandro Duque, y El año de la peste.

¿Qué le quedó por fuera del documental? ¿Qué le hubiera gustado incluir pero no lo logró?

Yo me arrepentí de algo que hubiera sido muy poderoso: llamé a Arturo Ripstein y le dije: “Hola, don Arturo, ¿cómo está?”, y él respondió “¿Con quién hablo?”, y yo le dije “Soy de la producción del documental”, y preguntó “¿Sobre qué es el documental?”, y yo le dije "Es que estamos entrevistando a los amigos de García Márquez», y él dijo “!Otra vez García Márquez! ¿No se cansan de hablar de él? ¡No, no me jodan! ¡Estoy muy ocupado!”, y me colgó el teléfono. Yo me dije “¡Juepucha, por qué no grabe esto!”, y es que esta es una relación que existió. Ellos trabajaron juntos, fueron muy cercanos y también necesitaba que alguien hablara mal de él (Risas).

 

 

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Arcadia

Bogotá – Colombia

20 de septiembre de 2020

 

LIBROS

La editora argentina Gloria Rodrigué. Cortesía de la Secretaría de Cultura de Bogotá

ENTREVISTA

“La literatura de Gabo

fue una bocanada de aire fresco”:

Gloria Rodrigué

Gloria Rodrigué fue una de las invitadas al conversatorio “Las ciudades de Gabo”, organizado por la Secretaría de Cultura de Bogotá. En 1967, ella fue testigo de la llegada de “Cien años de soledad” a Editorial Suramericana. He aquí la historia.

Por Lucy Libreros

Gloria López Llovet, o Gloria Rodrigué, como la conocen muchos, sonríe desde Buenos Aires mientras recuerda cómo sucedió todo: cómo terminó un autor colombiano en las manos del mítico Paco Porrúa, agudo lector y editor de Suramericana, el sello que publicó por primera vez su novela más famosa.

Gloria tenía 17 años y trabajaba con su abuelo, Antonio López Llausás, fundador de la editorial, transcribiendo con paciencia las extensas cartas que éste enviaba a autores, agentes literarios y distintos actores de la brillante industria editorial de entonces.

Recuerda bien el sobresalto de Porrúa al leer a García Márquez, que ya había publicado “La Hojarasca” y “Los Funerales de la Mamá Grande”. El pálpito providencial de haber descubierto a un autor descomunal para las letras hispanas fue casi el mismo que había sentido con Cortázar. “Porrúa no solo había descubierto a un nuevo escritor, había descubierto una ruptura en la cultura literaria del continente”, dice ahora Gloria.

Lo demás es leyenda. En el libro ‘Aquellos años del Boom,’ el periodista catalán Xavi Ayén narra con detalle que en apenas su primera semana en librerías argentinas, contada desde el 5 de junio de 1967, “Cien años de Soledad” vendió 1.800 ejemplares; triplicó esa cifra a mediados de la segunda semana. Un año más tarde, las ventas, para sorpresa de todos en Suramericana —para aquella época Gabo era casi un desconocido—, alcanzarían los 25 mil. A partir de ese momento, fueron cien mil ejemplares anuales. Números jamás vistos, ni entonces ni ahora, en la historia de la literatura latinoamericana.

Ella cuenta la historia como si todo esto no hubiese ocurrido hace más de medio siglo atrás, sino con la lucidez de quien evoca algo que ocurrió hace apenas unos días.

Han pasado más de cuatro décadas desde el día en que debió asumir el reto de dirigir Suramericana y convertirse en editora. La industria editorial ya no es la misma, dirá ella en algún momento. Ningún editor se atrevería hoy, como en aquel 1967, a apostar por un autor ignoto y poner en las estanterías 8 mil ejemplares en la primera edición de una novela. Pero ese fue el principio de todo.

Le propongo devolverse en el tiempo a ese momento en que Paco Porrúa recibe el manuscrito de ‘Cien años de soledad,’ y ese pálpito suyo de tener en las manos una bomba literaria…

Empecé a trabajar en 1965 en editorial Suramericana, tras la muerte de mi padre. Había dejado el colegio para dedicarme a trabajar. Mi padre era hijo único, murió de un infarto. Mi abuelo era muy mayor, por lo que me puse a ayudarlo en la editorial. Cuando editamos a García Márquez, en el 67, tenía 18 años, pero la emoción se recuerda.

Tenemos una carta de Porrúa escrita en junio del 65, época en la que se empieza a cartear con García Márquez. Hablan de libros como “La Hojarasca”, “La Mala Hora” y “Los Funerales de la Mamá Grande”, que él había leído en pequeñas ediciones. Le dice que le interesaría publicar algún libro que esté escribiendo, y que quisiera contratar sus otros libros. García Márquez le contesta aceptando la propuesta y le cuenta que está escribiendo una novela de unas 700 cuartillas, de las cuales lleva escritas 400. Se llama “Cien años de soledad”, le dice. “Y tengo en la cabeza otra novela, ‘El otoño del patriarca’”, agrega. Le dice que “Cien años de soledad” la tiene palabreada con otra editorial, pero que le encantaría publicar con Suramericana.

García Márquez logró deshacer esos otros compromisos. Y le manda el primer capítulo de Cien Años a Porrúa. Con ese solo capítulo lo contrató. No esperó a recibir el libro completo. Le gustó tanto, le pareció tan distinto que le dijo a mi abuelo que tenía una novela de un colombiano que tiene gran expectativa. Le envió a Gabo un contrato y un anticipo de 500 dólares, algo inédito porque en aquella época se contrataban libros sin anticipo. Sobre todo, si eran autores medio desconocidos.

¿Y cómo reaccionaba su abuelo a esos pálpitos literarios de Porrúa?Mi abuelo siempre le decía: “Si usted está seguro, yo lo acompaño”. Confiaba mucho en él, sabía que era un lector maravilloso, que no solo descubrió a García Márquez, sino también a Cortázar, a John Ronald Reuel Tolkien, Ray Bradbury, Leopoldo Marechal. El catálogo de Suramericana en esa época era muy importante y cuando él se la jugaba así por un autor no había duda de que se trataba de algo fenomenal. Con Gabo apostaron por una edición de 8 mil ejemplares. Una tirada increíble para un autor desconocido y colombiano, que ni siquiera estaba en Argentina. Jamás hubiéramos hecho una tirada de más de 3 mil ejemplares, pero era tal el entusiasmo, que se hizo esa jugada.

¿Cómo contagiaron de ese mismo entusiasmo a periodistas y libreros?

Tomás Eloy Martínez, que era autor de la casa y además editor de Primera Plana -importante revista de Argentina-, crea el premio literario Suramericana Primera Plana, con García Márquez como jurado. También lo pone en la portada de la revista. Todo esto fue un mes antes de la llegada de Gabo a la Argentina para el lanzamiento.

La expectativa era grande. Y al mes, cuando llega Gabo, el libro está prácticamente agotado, lo que obligó a hacer una reedición; desde entonces nunca hemos parado de publicarlo. La gente reconocía a Gabo en las calles. Hay una anécdota muy bonita: el Instituto Ditela era un teatro conocido en la época, y Gabo fue con Mercedes y Porrúa. Cuando entra, de repente la gente lo empieza a aplaudir. Una cosa increíble. Él no entendía lo que pasaba. Nunca más he visto que un autor desconocido entre a un teatro y lo empiecen a ovacionar. Estamos hablando de una época que no era mediática, ni con redes sociales. Por eso mismo fue tan maravilloso que pasara.

¿Cómo recibían ustedes, en Argentina, esa narrativa tan Caribe, tan cargada de superstición, todo ese universo de García Márquez?

Se leyó como una ruptura de lo que se venía publicando con Borges, Bioy Casares y otros autores. Buenos Aires siempre ha sido receptiva a cosas nuevas no solo en la literatura, en el arte en general. Creo que la gente vio una bocanada de aire fresco con esa movida maravillosa del Boom. Hoy pienso que Gabo no se quedó en ese tono de élite de la literatura, sino que le hablaba también a la gente del común. Era algo diferente y la gente lo leía con fascinación.

 Difícilmente un editor tiene un comienzo como el suyo: trabajando en una editorial que descubrió a autores tan brillantes. ¿Qué lecciones atesora de esa época?

Soy autodidacta y aprendiz de mis mayores. De mi abuelo, de Paco Porrúa, que me acogió como a una hija. Tuve que terminar el bachillerato en un colegio nocturno, para trabajar de día con mi abuelo. Él tenía una relación cercana con los escritores y yo debía transcribir a máquina unas cartas eternas que él les enviaba. Empecé como su secretaria, pero luego aprendí los secretos del oficio editorial. Me encargué de las relaciones con autores extranjeros; en aquella época se traducía muchos ingleses, franceses, norteamericanos, alemanes. Había mucha correspondencia con las editoriales, con los agentes. Me fui ocupando de recibir a los autores, hablar con ellos. El negocio editorial es algo maravilloso: nunca un día es igual al otro.

¿Qué es lo más difícil de lidiar con el ego y las expectativas de los escritores?

Uno piensa: qué maravilloso ser un autor y escribir como él. Pero el trato con ellos es difícil, porque para el escritor se trata de un libro que seguramente le llevó escribir cinco o más años de su vida. Un proyecto que, al cabo de unos meses, puede convertirse en fracaso total. Y eso es una angustia tremenda. El proceso que haces con ellos para que ese libro vea la luz, es entrañable y delicado.

Osvaldo Soriano, por ejemplo, fue un autor que publicamos muchísimo en Suramericana. En general era un tipo amable, pero el mes previo a la salida de su libro era insoportable. Todo le venía mal y nos insultaba. Después supe: se ponía así por la angustia de que salieran las primeras críticas del libro. A veces se enojaba porque venía a la editorial a las 7 de la noche y a esa hora yo estaba en casa cuidando de mis hijos. Era neurótico: a veces me dejaba por debajo de la puerta de la editorial, a las tres de la madrugada el disquete con el libro.

¿Cómo fue editar al Gabo célebre, ya convertido en Nobel?

Comenzamos a publicar toda la obra de García Márquez, además de “Cien años de soledad”. En esa época ya Balcells era su agente y la orden era publicar en todo el mundo sus libros a la misma hora. Recuerdo que un día ella mandó a una persona que tomó exclusivamente un avión desde España, llegó a mi oficina a las 9 de la mañana con el manuscrito y a las 5 de la tarde tomó el vuelo de regreso a Barcelona. Hoy en día mandas un PDF en un minuto. En aquella época no era así.

Cuando salió “Cien años de soledad” hubo un problema con la tapa. Gabo le había encargado el diseño a un amigo suyo, pero este se demoró. Como en la editorial teníamos un departamento de arte, le hicimos también un diseño, el del barquito: la clásica portada que muchos conocen. La primera edición salió con ese diseño. En la segunda edición el diseño incluía una letra "e" al revés y los libreros nos devolvían el libro asegurando que tenía una errata. Tuvimos que salir a explicar que era en realidad una licencia creativa del diseñador.

Una cosa es ser la nieta de Antonio López y ayudarle en la transcripción de cartas, y otra tener sobre los hombros la misión de dirigir Suramericana. ¿En qué momento de su vida llega ese reto?

Me casé en el 70, a los 22 años, y un año después la editorial pasaba por un mal momento económico, por toda la situación social y altibajos de la Argentina por cuenta de la devaluación. Le conté a mi esposo esa angustia y él deja su trabajo y se involucra en la editorial para apoyarnos. Con el tiempo Porrúa se retira y lo reemplazó Enrique Pesone, uno de los traductores que teníamos en la editorial. Era un tipo muy culto, y se convirtió en asesor literario. Decidíamos juntos lo que se publicaba y lo que no. Tenía mucho talento.

Yo no leía todos los libros, pero sí decidía con los asesores que tenía. Mi abuelo murió a los 96 años, y hasta lo último fue una presencia permanente en la editorial. Cuando vendimos la empresa al Grupo Bertelsman yo quedé como editora 8 años. Cuando cumplí 40 en la editorial decidí que ya era suficiente, quería dedicarme a mi familia. Mi hermano Javier siguió y al final fue director general. Se fueron los alemanes y volvimos a ser él y yo de vuelta, pero con el sistema de una multinacional. Un día me di cuenta que hacíamos 60 novedades por mes. ¡Una locura! Y yo había perdido el contacto con los libros, me había dedicado a gerenciar, con números, planillas y esas cosas. Y había perdido la gracia. Entendí que la magia se había acabado.

Supongo que en ese respiro llega uno de sus hijos mimados, el sello La Brujita de Papel…

Yo había creado en Suramericana un sello infantil. Me gustaba ese tema del autor más el ilustrador. Cuando vendimos Suramericana al Grupo Bertelsman, no incluimos Edhasa, sello editorial fundado por mi abuelo que funcionaba desde España. El sello lo trajimos a Buenos Aires y comenzamos a publicar autores argentinos. Al día de hoy trabajo en la parte editorial de Edhasa y también en el sello editorial infantil La Brujita de Papel. Cuatro de mis hijas trabajan conmigo. Soy la quinta generación de editores de mi familia: el abuelo de mi abuelo ya era editor en Barcelona, y mis hijas son la sexta. Es un oficio que está en la sangre.

Un editor es alguien que saca lo mejor de los autores. En su caso trascendió ese rol y era casi una cómplice del escritor…

Un editor es quien decide que un libro que está en el ámbito privado del autor pase al ámbito público, y sea leído por todo el mundo. Decide de qué manera nace ese libro. Si el título es el adecuado, qué tapa le pone, rústica o dura; en qué momento lo publica, en qué colección o qué ilustrador puede funcionar. Pero es un trabajo que no se debe notar. El editor es una persona casi invisible. Eso lo aprendí de Porrúa. Él estaba detrás siempre, no aparecía. Y en la relación con el autor, sabía perfectamente cómo actuar. Sabía cómo transmitirle al autor las necesidades del libro. Si era necesario empezarlo de otra manera o si le faltaban cosas. Con el tiempo aprendí a desarrollar esa intuición del editor. Porque este oficio es prueba y error. Cuando el libro es un éxito es porque todo lo hiciste bien. Pero cuando no te va bien, te toca pensar en qué te equivocaste.

 ¿Cuáles de esos errores le pesan todavía?

A veces importa en qué momento salen los libros. A veces sacas un libro y no pasa nada. Y diez años después el libro se despierta y empieza a venderse. En esta industria ocurren cosas así. Nosotros publicamos un libro llamado “El Arca de Schindler” sobre el holocausto nazi. Cuando lo sacamos en Sudamericana se vendió más o menos, lo editamos con 5 mil ejemplares y el contrato tenía un vencimiento de 7 años. Pasado ese tiempo, de ese libro nos quedaban aún 3 mil ejemplares y el agente me llamó a preguntarme si renovaríamos el contrato y pagar un anticipo. Pero, con libros de sobra en el depósito, pensé que no era buen negocio. Un año después, Spielberg hace la película y fue el boom. No lo podíamos creer.

Con Cortázar las cosas tampoco empezaron con éxito…

Después de publicar “Bestiario”, el libro estuvo 11 años en las estarías de Suramericana sin venderse. Nosotros tenemos una política en la que creo firmemente: no me gusta publicar a un autor y después abandonarlo. Creo que a un autor hay que construirlo, que el autor se vaya conociendo, publicarle sus siguientes libros. Eso antes era más fácil. Pero ahora, con la velocidad a la que se mueven las grandes editoriales, si publicas un libro y no funciona, el siguiente no se publica. En su momento publicamos tres libros de Cortázar y no se vendieron, recién cuando publicamos “Rayuela” se empezó a vender, pero pasaron 11 años antes de eso.

Hoy ninguna editorial aguanta hasta eso.

¿Cómo ha aprendido a conversar con estos nuevos formatos y nuevas maneras de leer como la novela gráfica?

Formatos como la novela gráfica y el cómic ahora están en auge y me parecen interesantes. Pero en realidad, si me remonto a mi infancia, yo leía cómics en revistas que compraba en los quioscos. Era una manera de leer. Lo mismo que los libros por entrega. Y las radionovelas. Y todo eso ha ido volviendo. Por ejemplo, Argentina siempre ha sido un público al que le ha gustado el cuento. Tenemos grandes como Borges y Cortázar. Después en una época desapareció ese género de las librerías, nadie quería leer este género porque estaba de moda la novela. Pero, en los últimos cinco años vuelve a estar de moda el cuento. Y estamos publicando antologías de cuentistas famosos.

Hace carrera, erróneamente, la idea de que hoy no hay tiempo para leer, en medio de este vértigo en que nos tienen las redes sociales.

¿Cómo ve usted la figura del lector después de más de medio siglo en la industria editorial?

El lector es y será siempre nuestra vida. Una de las cosas buenas de la pandemia es que nos quedamos mucho en casa y mucha gente está leyendo más. Sí, es cierto que la inmediatez no nos deja tranquilos porque todo el tiempo estamos recibiendo mensajes, estamos hiperconectados. Netflix nos saca a los lectores y evidentemente ahora la gente tiene menos tiempo para leer. Pero hoy en día se lee, se lee mucho, libros en digital y en papel por igual. No creo que los buenos lectores mueran, siempre habrá necesidad de darse un respiro de la realidad y meterse en buenas historias. No soy pesimista, mucha gente se está replanteando la vida y está buscando desesperadamente tiempo para hacer las cosas que realmente importan. Y leer es una de esas cosas.

Afiche evento Las ciudades de Gabo. Organizado por Secretaría de Cultura de Bogotá

 

*Lucy Libreros trabaja en la Oficina de Prensa

Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte.

 

 

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EL PAIS

Madrid España

4 de agosto de 2020

 

REVISTA DE VERANO

En la biblioteca de los grandes autores de Latinoamérica

| 1 Gabriel García Márquez

 

Gabo, la biblioteca de un viajero

La casa mexicana de García Márquez, fallecido en 2014, conserva su estudio de trabajo y sus cerca de 5.000 libros. También, su pasión por los diccionarios, las rosas amarillas y las máquinas de escribir

 

Gonzalo García Barcha, hijo de Gabriel García Márquez, en el estudio y biblioteca de su padre en la colonia San Ángel de Ciudad de México. Foto: Teresa De Miguel

 

Por David Marcial Pérez

Desde Ciudad de México –

Una rosa amarilla, un diccionario y una máquina de escribir. Es todo lo que necesitaba Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927-Ciudad de México, 2014) para ponerse en marcha. A los ocho años, su abuelo le contó que las flores amarillas daban suerte y nunca se volvió a separar de ellas. Durante la entrega del Nobel (1982), llevaba una escondida en el bolsillo. Gabo se consideraba “un diccionarero”, aunque su relación con las enciclopedias fue de amor y odio. En 1977, prologó una edición del María Moliner, su favorito. Pero a la vez se inventaba palabras: “condolientes”, “mecedor”. Hasta se propuso jubilar la ortografía, sobre todo esa “h rupestre”.

A las máquinas de escribir también les declaró la guerra. Su primera Remington ardió en el fuego de los disturbios del Bogotazo, en 1948. Una década más tarde, la máquina que concibió en París El coronel no tiene quien le escriba había perdido la tecla de la d por el camino. Para poder terminar el texto tuvo que arreglárselas completando cada c a mano con un palito vertical. Después se compró una Torpedo alemana y una Smith Corona eléctrica. Así, hasta el flechazo con Apple. Un eMac de principios de los 2000, una computadora blanca con forma de pepino retrofuturista, sigue aún en la mesa de trabajo de su casa en Ciudad de México.

“No era especialmente fetichista, pero sí que fue comprando cada uno de los modelos de Mac que iban saliendo”, cuenta su hijo Gonzalo García Barcha mirando la espalda ovalada de la máquina. Tras estallar el éxito de Cien años de soledad durante su estancia en Barcelona, la familia llegó a esta casa en 1975, cuando él tenía 11 años y su hermano, Rodrigo, 15. Recuerda que muchas mañanas, al volver del colegio, los dos críos cruzaban corriendo el patio con jardín y entraban a saludar a su padre mientras trabajaba en el estudio. Sentado a la mesa donde hoy también sigue un jarrón con rosas amarillas y una colección de diccionarios en la estantería, Gabo los miraba en silencio con los dedos aún sobre el teclado y los dejaba hablar. “Muchas veces no sabíamos si realmente nos escuchaba. Se concentraba mucho cuando estaba trabajando”.

La concentración es una de las características que más destacan los que alguna vez le vieron trabajando en su estudio. Iván Granados fue su bibliotecario personal desde 2007 hasta su muerte en la primavera de 2014. Solía llegar también por las mañanas. Le saludaba —”Buenos días, maestro”— y durante las siguientes tres o cuatro horas apenas intercambiaban palabras. “No era nada maniático, no intervenía mucho en la organización de sus libros. A cambio, lo que necesitaba es que le dejaran trabajar el tiempo que precisaba”, cuenta Granados por teléfono, que prepara la publicación de una investigación sobre la obra de Gabo además de una compilación de textos dispersos del autor colombiano. Tras su fallecimiento, siguió acudiendo a la casa a terminar la tarea. Durante años, se encargó de dividir los casi 5.000 títulos en cuatro áreas: Una, las traducciones de sus propios títulos. Dos, diccionarios y enciclopedias. Tres, libros de documentación con los que preparaba sus obras. Cuatro, la literatura que le interesaba: novela, poesía, ensayo, periodismo, cine y política.

De pie, mirando de frente a la zona de los ensayos, Gonzalo García reconoce un libro importante. Las flores en la poesía española, del filólogo José Manuel Blecua. Una edición de 1968, de la editorial Gredos. “En casa nunca hubo mucha presión por encaminarnos a la lectura, pero si por ejemplo preguntabas por la poesía, te enjaretaban este libro”. García, de profesión ilustrador y editor, avisa en todo caso de que ya no quedan en la biblioteca muchos libros de su infancia. Ni tampoco con los que su padre formó su cultura literaria. Durante los últimos años, la familia ha donado mucho material a la Biblioteca Nacional de Colombia, además de la parte del archivo que resguarda la Universidad de Texas en Austin.

Aún así, Gonzalo García sigue buscando entre los títulos de la pared. Y aparece una edición de 1972 del Ulises de James Joyce, ese “mamotreto sobrecogedor”, como lo llamó en sus memorias un Gabo veinteañero. También aparecen copias de El día del Chacal o El conde de Montecristo. “Mi padre siempre huyó de la solemnidad y nunca hizo distinción entre lo que se llama alta y baja cultura, agarraba lo que podía de todo los lados”, explica su hijo sobre su conocida veta popular. Su bibliotecario personal tiene además una teoría complementaria: “Esta no es la biblioteca de un coleccionista o de alguien que tuvo la oportunidad de ir guardando sus primeros libros. Es más bien la biblioteca de un viajante que se asienta definitivamente en México”.

Antes de instalarse por segunda vez y para siempre en México a los 52 años, el escritor colombiano tuvo una vida errante: Barranquilla, Bogotá, París, La Habana, Caracas, Londres, Barcelona. “Además —añade Granados— leyó sus primeros libros prestados. En sus memorias explica cómo descubrió por los libros de sus amigos a Kafka o Faulkner”. Pese a todo, la biblioteca del viajante también guarda joyas. Como unos 20 volúmenes de la legendaria La Pléiade, la colección de Gallimard que reúne el canon de la literatura universal a través de antologías de los grandes textos, encuadernados en tapas robustas de cuero flexible y delgadas páginas en papel semibiblia.

El vallenato

Lo que nunca le faltó a Gabo en ninguna de sus etapas fue el vallenato, su música favorita. Tanto, que le gustaba decir que “Cien años de soledad no es más que un vallenato de 450 páginas”. Sus amigos le enviaban cintas desde el Caribe colombiano. Algunas siguen aquí, junto a Rocío Jurado, Perales, Manzanero o Sabina. El estudio de la casa mexicana, un amplio corredor de ladrillo blanco en forma de ele, tiene las paredes convertidas en estanterías. Acompañando a los libros también hay sofás y sillones y mesas para reposar y charlar. Esta biblioteca fue por las mañanas el búnker de trabajo de Gabo. Por las tardes, el centro de operaciones de muchas parrandas. “Tenía un bar siempre muy bien dotado”, recuerda su hijo. Fidel Castro, Sean Penn o Silvio Rodríguez fueron algunas de las muchas e ilustres visitas. Cuando la fiesta era entre escritores, jugaban a que uno empezaba a recitar un verso de Lorca, o de algún poeta español del Siglo de Oro, y los demás tenían que seguir con la estrofa.

Una copia gigante del retrato que le hizo Richard Avedon en los setenta manda en una de las paredes. Más fotos: sus hijos, su esposa, sus padres, Hemingway, Gabo con Rulfo, con Felipe González, con Bill Clinton. Los personajes históricos también fueron personajes de sus novelas. Retratados con un rigor matemático, heredero quizá del pedigrí periodístico del autor. Para El general en su laberinto, que narra los últimos días de Simón Bolívar, Gabo se sumergió a fondo en los 34 tomos de las memorias de Daniel Florencio O’Leary, el general irlandés que acompañó al libertador hasta su tumba. Volvía una y otra vez a las fuentes históricas para, muchas veces, simplemente confirmar la verosimilitud de una escena. Por ejemplo, cuando quiso describir al general comiendo una pieza de mango y fue a conformar si, a principios de siglo XIX, el cultivo del mango había llegado ya a la actual Colombia.

Más de seis años después de la muerte de Gabo, siguen llegando a la casa paquetes con libros. Muchos de autores primerizos, que continúan buscando la aprobación del maestro. La familia reconoce que, como ya no tienen quién los lea, han encontrado para ellos un destino mejor. Gracias a un acuerdo que validó en vida el propio Gabo, todos los meses envían unas cajas con libros a la biblioteca de una escuela rural agropecuaria de un pequeño pueblo de Sinaloa (México). Y a cambio, ellos les mandan cajas con lichis y camarones.

 

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Todo Mafalda

Quino (Joaquín Lavado)

Editorial Lumen

Buenos Aires - Argentina

Año de publicación 1992

ISBN 84-264-4573-X

 

PROLOGO

 

A la muerte de Quino…

 

Quinoterapia

 

Quino, con cada uno de sus libros, lleva ya muchos años demostrándonos que los niños son los depositarios de la sabiduría. Lo malo para el mundo es que a medida que crecen van perdiendo el uso de la razón, se les olvida en la escuela lo que sabían al nacer, se casan sin amor, trabajan por dinero, se cepillan los dientes, se cortan las uñas, y al final –convertidos en adultos miserables–no se ahogan en un vaso de agua sino en un plato de sopa. Comprobar esto en cada libro de Quino es lo que más se parece a la felicidad: la quinoterapia.

 

Gabriel García Márquez

1992

 


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