26 de noviembre de 2021

MEMORABILIA GGM 919

Zócalo

Ciudad de México

25 de octubre de 2021


      Como se aproxima noviembre, dos altares de muertos pueblan el espacio, uno pequeño solo             para  Gabo, decorado con calaveras y nombres de algunos de sus libros

 

ARTE

 Casa de la Literatura Gabriel García Márquez, una memoria táctil del afamado escritor

El hogar que habitó con su esposa Mercedes en el Pedregal de San Ángel desde 1975 se alista para convertirse en la Casa de la Literatura

 

Por Agencia Reforma

Ciudad de México. - El hogar que habitó con su esposa Mercedes en el Pedregal de San Ángel desde 1975 se alista para convertirse en la Casa de la Literatura Gabriel García Márquez

El jardín de la casa ha sido cariñosamente rebautizado Plaza Gabriel García Márquez -o, más bien, Place, en lugar de “plaza”-, como lo anuncia un letrero idéntico al que cuelga de un poste en el séptimo distrito de París, entre Rué de Montalembert y Rué du Bac. (Placa igual a la que enseña la plaza       en nombre de Gabo en Paris, Francia. N del E.)

 “Hombre de letras colombiano. Ganador del Premio Nobel de Literatura”, declara, en francés, la placa que honra al autor, uno de los primeros objetos que atrapan la vista al entrar a la residencia en el Pedregal de San Ángel.

Fue precisamente ahí, en ese jardín, donde “Gabo” y su esposa, Mercedes Barcha, posaron todavía en bata para la lente de su hijo Rodrigo, en una célebre Polaroid tomada la mañana del jueves 21 de marzo de 1982, cuando la Academia Sueca los desmañanó con la buena nueva.


Las sonrisas amplias del retrato, de dicha sincera, de una de las parejas más famosas de la literatura latinoamericana, de alguna forma establecen el tono de lo que los admiradores del autor han podido imaginar sobre la vida en esa casa, hasta ahora cerrada para preservar la intimidad de sus habitantes.

En una decisión respaldada por toda la familia, esa magia de ambos, que está patente en los objetos que pueblan la morada, como la biblioteca y el estudio de Gabo, las fotografías de la pareja y sus amigos, y su particular decoración casera, podrá ser compartida con el público en general, se proyecta, a mediados del próximo año.

 Además de ser un autor señero de eso que todavía se insiste en llamar “Boom Latinoamericano”, pero en realidad como un autor fundamental de su siglo, a secas. García Márquez tenía una bien ganada fama de extraordinario conversador y amiguero.

 Además de ser un autor señero de eso que todavía se insiste en llamar “Boom Latinoamericano”, pero en realidad como un autor fundamental de su siglo, a secas, García Márquez tenía una bien ganada fama de extraordinario conversador y amiguero.

 “A Gabo le encantaba sentarse con sus amigos a hablar de literatura, entonces para nosotros es muy importante seguir eso, que sea un lugar donde se pueda hablar de literatura de todas las maneras posibles, ya sea un taller, una plática, una presentación de libro, una lectura, cosas de ese tipo que creemos que son un poco continuar con lo que Gabo empezó”, apunta.

La primera mirada hacia el interior de la casa, en su actividad inaugural, es una decididamente íntima, con la puesta en venta del armario de la pareja para la beneficencia.

 “Pienso que entrar al clóset de alguien es no como algo prohibido, pero sí digamos que es un lugar muy íntimo”, reflexiona García Elizondo, quien pasó varios meses revisando las prendas, una a una, entre el recuerdo y el cariño.

Asomarse al interior de la sala donde fueron dispuestas las piezas produce una sonrisa instantánea, pues, aunque las prendas estén colgadas en percheros y soportes para ropa, o cuidadosamente dobladas en mesas, todo es inconfundiblemente Gabo.

Cualquiera de esos sacos de tweed, con una pañoleta de seda, una camisa y pantalones bien planchados y las botas de piel, pudieron haber sido usados en una de las tantas veces en que, como dictaba la tradición infaltable, García Márquez salía a la calle en su cumpleaños a recibir el cariño de sus lectores, quienes iban hasta su puerta a llevarle flores amarillas, las de la buena suerte.

 En las bolsas interiores de dos de los sacos, explica García Elizondo, incluso aparecieron dos plumones negros que el autor llevaba siempre consigo por si había algún ejemplar que firmar.

Creo que siempre tenía como este estilo muy elegante, en el sentido en el que siempre traía un pantalón con un saco bonito, a lo mejor un traje completo, y las botas siempre eran como una cosa imprescindible de su vestimenta; las camisas, las corbatas.

 

Veíamos a Gabo mucho en eso, aunque estuviera en la casa sin hacer nada, etcétera, siempre traía una vestimenta muy elegante; yo creo que elegante es la manera de describirla”, rememora su nieta.

 


https://youtu.be/JtL8DpfJeHg

 

El 90 por ciento de lo que está ahí, estima, fue hecho a la medida, como dan cuenta las etiquetas de la ropa, algunas con su nombre escrito y la fecha de su confección.

Aunque prefiere no hablar de precios, algunas etiquetas indiscretas que han salido ya en fotografías o reportajes televisivos dan cuenta, por ejemplo, de que una prenda hecha por la tradicional camisería de Raúl González, fundada en 1970, en San Isidro, Argentina, puede llevarse a casa por 5 mil pesos, lo mismo que un pañuelo rojo de seda, por 2 mil pesos.

Por otro lado, unos zapatos de casas italianas de tradición, como Amedeo Testoni o Artioli, así como un saco a la medida, ya llegan a precios en el orden de las decenas de miles.

La totalidad de lo recaudado, detalla la directora del proyecto, será para el Fideicomiso para la Salud de los Niños Indígenas de México (FISANIM), fundado por la actriz Ofelia Medina, amiga personal de la familia.

Según ha trascendido, en los primeros días de la venta, reservados para el círculo cercano de la familia, a la residencia han asistido amistades como la periodista Fernanda Familiar, el productor de cine Jorge Sánchez Sosa, la editora Deborah Holtz y la ex Secretaria de Cultura,              María Cristina García Cepeda.

“Yo creo que para todos ha sido muy emocionante”, celebra García Elizondo, quien abrirá la casa los primeros días de esta semana para quienes pidieron cita vía Instagram.


 

“Aunque para nosotros tiene cierto valor emocional, creo que para la gente tiene otro valor emocional que también es muy padre y muy admirable también con Gabo, de ver lo que ha  hecho que un saco, una camisa, lo que sea, hace muy feliz a alguien”.

En uno de los soportes para ropa menos visibles, casi ocultos como si se tratara del verdadero                    tesoro, tres overoles hechos a la medida, uno guinda, uno beige y uno verde, son quizá las prendas más íntimas de García Márquez en sus momentos de escritura.

Cómodos, de un algodón que todavía acaricia al tacto, es difícil no imaginar a García Márquez enfundado en uno de ellos, tecleando por horas en su estudio, del otro lado del           jardín con la placa parisina que lo honra de la Place Gabriel García Márquez.


Galería de afectos

 

Al entrar al estudio y biblioteca de Gabriel García Márquez, la ultra precisión biográfica, o el puntilloso conocimiento de su obra, no es del todo necesario para entender de inmediato que ahí, en ese espacio en forma de L, están cifrados los afectos más cercanos al corazón del Nobel.

Tan así lo clama el lugar, que incluso en un día lluvioso de octubre se mira plenamente iluminado, acogedor, e invita a tratar de descifrar el orden estricto, pero no excesivamente académico, de los libros, o de reconocer a los rostros que acompañan a Gabo y a Mercedes en las fotografías, o tan sólo de imaginar qué habrían significado para el escritor algunas chucherías dispuestas por todos lados.

Algunos ojos, por ejemplo, podrían posarse de inmediato en la pintura de su compatriota Noé León, fechada en 1968, que muestra a un barco de vapor con la bandera colombiana cruzar el Río Grande de la Magdalena, y que seguro arrancará un suspiro a los lectores de El amor en los tiempos del cólera y El general en su laberinto.

O quizá, quien se interese en las posturas ideológicas del escritor, reparará pronto en un original del famoso retrato Che melancólico, de Rodrigo Moya, que muestra al revolucionario argentino fumándose un habano con la tristeza.

 La vista, sin embargo, se desvía rápido hacia el más mítico de los espacios: el estudio donde García Márquez escribió todos sus libros desde que llegó con Mercedes Barcha a esa casa en la Ciudad de México, en 1975.

Para entrar, es necesario primero cruzar la vista con un retrato grande de Ernest Hemingway, que funge como una suerte de centinela, y a quien Gabo admiró sin cortapisas, tanto que, según lo narra él mismo, en su único encuentro en París, en 1957, tan sólo se atrevió gritarle “Maeeeestro” desde una acera opuesta.

El estudio está presidido por un escritorio sobrio de madera, elegante, con su infaltable ramo de flores amarillas -como las que Mercedes colocaba, frescas, todos los días-, un periquito de jade, una esfera de cristal, una escultura en forma de pluma, un tintero y una concha con perlas. Tras de sí, en los libreros más próximos, como quien conoce a la perfección la materia de su trabajo, García Márquez dispuso diccionarios y enciclopedias de todo tipo, de español, inglés, italiano, francés, de mexicanismos, de símbolos, pinturas, arquitectura y, desde luego, de santos.

Sabiéndose, también, parte de una tradición, como comenta personal de la biblioteca, en el espacio de su estudio únicamente colocó los libros de autores hispanoamericanos, como los  de los escritores que lo precedieron, como Jorge Luis Borges y Juan Rulfo, o de sus amigos como Carlos Fuentes y Julio Cortázar.


 

“Tenía mucho a sus autores más queridos cerca de él, quiero decir, al lado de donde él se sentaba, en su estudio, los tenía mucho cerca de él”, comenta Emilia García Elizondo sobre este acomodo.

 

Justo detrás de su silla, también cerca por siempre, esta su colección de discos, en la que irremediablemente destaca la antología de seis discos 100 años de vallenato, que remata con el libro del mismo nombre escrito por Pilar Tafur y Daniel Samper Pizano, y que dice muchísimo sobre el autor que describió a su Cien años de soledad como “un vallenato de 350  páginas”.


En esta galería de afectos tampoco faltan los retratos, tanto con amigos y colegas escritores, como Carlos Fuentes y Juan Rulfo, como con políticos, como Bill Clinton, Barack Obama, Felipe González y Felipe Calderón.

Ninguna, sin embargo, tan grande y central como el retrato de pared completa en el que abraza a su amigo y paisano Álvaro Mutis, a quien apenas se le ve la cara por encontrarse en medio de una carcajada.

Sobre un mueble junto a una ventana, su hijo Gonzalo, diseñador, sonríe hacia la cámara; Rodrigo, cineasta, dirige un capítulo de la serie Los Soprano; y el abuelo materno de Gabo, el Coronel Nicolás Márquez - inspiración para El coronel no tiene quien le escriba-, junto con su esposa Tranquilina Iguarán, conviven en un mismo tiempo congelado.

Inabarcable, como una invitación al hallazgo, la biblioteca se extiende hacia afuera del estudio, hacia un cuarto largo con libreros de pared completa que muestran su colección de autores británicos, estadounidenses, sus volúmenes sobre cine, ejemplares que reúnen textos periodísticos suyos, todas las publicaciones para las que escribió un prólogo y sus libros en otros idiomas.

Es una biblioteca impresionante. Yo creo que una de las cosas más valiosas que hay en esta casa es la biblioteca que tiene. Gabo hizo un muy buen trabajo y está catalogada muy bien y todo está organizado a la perfección y creo que eso es algo muy importante, que además ha generado muchísimo interés, muchísimo interés”, celebra Emilia García Elizondo.

A la espera de que ese espacio ya pueda ser recorrido por el público en general, como, desde hace mucho, miles de lectores ya desearían, la biblioteca mantiene, por el momento, su cualidad de tesoro por descubrir.

Como se aproxima noviembre, dos altares de muertos pueblan el espacio, uno pequeño sólo para Gabo, decorado con calaveras y nombres de algunos de sus libros, con un tequila Tradicional como ofrenda, y otro más grande, coronado por dos bustos, del escritor y Mercedes, que se miran con el cariño de siempre.


Las flores de cempasúchil, desde luego, son amarillas.

 

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Caras

Ciudad de México

22 de octubre de 2021

 

Así era el armario de los García Márquez

Caras entró a la casa del escritor Gabriel García Márquez, al sur de la ciudad de México y entrevistó a su nieta, Emilia García Elizondo, quien nos platica del evento “El armario de los García Márquez”, que consiste en poner a la venta piezas del armario de Gabo y Mercedes, para una noble causa.

 

Por María del Mar Barrientos

“Era la persona más chistosa que he conocido”, nos dice Emilia García Elizondo, sobre su abuelo Gabo. Esta y otras anécdotas nos contó la nieta del escritor desde su casa en el sur de la Ciudad de México, en el marco de la apertura de la Casa de la Literatura Gabriel García Márquez, que tiene el objetivo de continuar con el legado del colombiano y cuyo primer evento, se llama “El armario de los García Márquez”, en el que, a partir del 20 de octubre, recibirán a las personas que estén interesadas en comprar las piezas de Gabo y Mercedes. El 100 por ciento de estas ventas se irá a la fundación FISANIM, dirigida por Ofelia Medina, que se encarga de apoyar a la niñez de las comunidades indígenas de México.


Emilia García Elizondo Foto Einar González

“Está como si no hubiera pasado el tiempo y ellos siguieran viviendo aquí”, nos cuenta Ofelia Medina, sobre la casa de los García Márquez. La conocida actriz y directora de la fundación FISANIM, ha sido amiga de la familia desde hace muchísimos años, y esa fue la primera impresión que tuvo cuando entró a la casa, el día de la venta del armario de García Márquez.



Sacos, zapatos, corbatas, pañuelos, maletas, son algunas de las piezas que sacaron del armario de Gabo. De Mercedes, llamaron la atención de los presentes, los espectaculares huipiles, que había a la venta. Eso aunado a sus múltiples abrigos, sacos y vestidos. Todos expuestos, en busca de su siguiente dueño. Todos menos una prenda, el vestido verde militar con bordados negros, que Mercedes usó para la ceremonia en la que su esposo ganó El Premio Nobel de la Literatura en 1982.

El vestido que usó Mercedes en la ceremonia del Premio Nobel de Literatura en 1982. Foto Einar González

 

Dentro de su casa, llama la atención el famoso estudio del escritor, con alfombra blanca, llena de libros, como era de esperarse, y múltiples marcos con fotografías, de las cuales, una llama la atención, una que está en blanco y negro, sonriendo con su familia, porque como dice Emilia, para él lo importante era que su familia estuviera bien, todo lo demás “le valía madres”.




Algunos retratos que hay en su casa al sur de la Ciudad Foto Einar González©

Proporcionado por Gabriel García Márquez con Bill Clinton. Foto Einar González©


El retrato familiar. Foto Einar González© Proporcionado por Caras

 Emilia, ¿qué recuerdos tienes de esta casa cuando eras niña?

Desde que tengo memoria vengo a esta casa y tengo muchos recuerdos. Entraba por la puerta y Mercedes estaba lista con la comida en la cocina. Mateo mi hermano que es más grande, y yo, corríamos a saludar a Gabo y se volteaba nos veía y nos decía “perros, burros, infecciosos”. Nos platicaba cinco minutos y se regresaba a escribir. Mateo mucho se quedaba con él en el estudio porque ahora él es escritor y yo me regresaba a la cocina con Mercedes. Ese es uno de los recuerdos que tengo de esta casa en mi niñez, y luego viví mucho tiempo con ellos en la peor edad, en la adolescencia. Le pedía a Gabo que me llevara a fiestas, pero me decía que no me podía llevar y siempre que le preguntaba que qué íbamos a hacer en la noche, su respuesta era la misma: “Vámonos a bailar”.

 

Te refieres a tu abuelo siempre como Gabo…

Sí. Gabo nunca quiso que se le dijera abuelo. Todos los nietos le decíamos Gabo y mi papá   también le decía así.

Nos encontramos en su casa, para el proyecto “El armario de los García Márquez”, ¿Cómo   -surge    este proyecto?

Lo que cuenta el armario de los García Márquez. Cuando murió mi abuela el año pasado, tuvimos que decidir qué iba a pasar con todo y cuando entramos al closet, vimos que estaba completamente lleno, entonces no supimos qué hacer, si todo eso lo íbamos a donar o qué podíamos hacer. Creímos que lo mejor era hacer una venta y propuse este proyecto. Me embarqué con todo mundo dijo que si, y me embarqué con Regina Hernández, quien me ayudó a seleccionar las piezas y ver qué estaba en buen estado, la curaduría y poner los precios.


Algunas de las piezas que están a la venta Foto Einar González

Las ventas de las piezas se irán a la fundación FISANIM, ¿por qué hacer este proyecto con esta causa?

Mi familia y yo creemos que la niñez es lo más importante. Y fue muy fácil decidir esto porque Ofelia, directora de la fundación FISANIM es muy cercana a la familia, desde hace mucho tiempo.

De las piezas del clóset de tus abuelos, ¿hay alguna que tenga un significado especial para ti?

Si. El vestido de mi abuela que usó mi abuela en el Premio Nobel de la Literatura es de las piezas más importantes. Los sacos de Mercedes también porque era lo que se ponía todos los días para bajar a comer. De mi abuelo los monos, que se ponía siempre para trabajar y estar en la casa. Eso era “muy Gabo”, algunos se los mandaba a hacer. Con las corbatas también lo veíamos siempre. Creo que el clóset es algo muy revelador de la persona, es muy íntimo y es un lugar súper privado, mi abuela nunca nos daba acceso rápido a él. Ver los cortes de vestido de Mercedes, las diferentes tallas a lo largo de su vida, fue reconocerla una y otra vez.

Veo una gran colección de huipiles..

Mi abuela era fan de los huipiles y eso que estás viendo expuesto, es probablemente una séptima parte de los que había en su clóset.

¿Qué recuerdos tienes de tus abuelos?

A Gabo lo recuerdo como una de las personas más chistosas en el mundo. Se inventaba todo y es padrísimo porque nunca sabías si lo estaba diciendo en serio o si no. Y además siempre fue muy cariñoso. Gabo siempre fue muy pendiente y muy presente con su familia. Mercedes era una persona súper dura, muy estricta y muy amorosa. El cuidado que le tenía a la gente de su alrededor, era impresionante y como se ocupó de Gabo es algo que muy poca gente le ponía atención. Pero sin Mercedes no hubiera habido Gabo ni ninguno de nosotros. Todos estamos educados de cierta manera por Mercedes. Nos decía como verter, peinar, maquillar y comportarnos y todo lo hacía con un humor tan grande que era muy bien recibido.

El altar de muertos de la casa de Gabriel García Márquez. Foto Einar González©

¿Tenías dimensión de quien era tu abuelo cuando estabas chica?

Muy joven si me enteré, pero no dimensioné. Dimensionar quien era Gabo, fue hasta el día que murió.

 

SOBRE OFELIA MEDINA Y LA FUNDACIÓN FISANIM

 Ofelia, platícanos sobre la fundación FISANIM..


El Fideicomiso para la Salud de la Niñez Indígena de México, se fundó en 1990, por el pintor Francisco Toledo y yo. Es un fideicomiso privado que se dedica a hacer proyectos y programas para mejorar la salud de la niñez indígena. Que el problema es la desnutrición y en este momento la emergencia alimentaria. Trabajamos en Chiapas de manera permanente desde el año 94 y en la montaña de Guerrero.

Fui muy amiga de ellos. Tengo ese privilegio desde hace muchos años, conozco a sus hijos y a Pía Elizondo, que es la mamá de Emilia.

Emilia García Elizondo y Ofelia Medina. Foto Einar González

 

¿Qué sentiste cuando volviste a entrar a esta casa?

Recuerdo conversaciones inteligentes, profundas, amorosas, y mucho cine. Ellos amaban el cine. Tengo muchos recuerdos maravillosos y todo está tal como si estuvieran ellos todavía aquí. Tengo esa sensación.

 

(para agendar citas para asistir a la venta hay que seguir la cuenta de Instagram

@casagabrielgarciamarquez , y enviar un correo).

 

Así era el armario de los García Márquez (msn.com)

Vídeo: Lo que cuenta el armario de los García Márquez (EL PAÍS)

 

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EL ESPECTADOR

Bogotá – Colombia

25 de octubre de 2021.

 

Gabo reconquista Roma: 

la Ciudad Eterna más      cerca de Macondo

En el siglo XVII, el poderoso cardenal Scipione Caffarelli Borghese, sobrino del Papa Pio V, jamás habría podido imaginar que una de las callecitas del parque de ochenta hectáreas de propiedad de su familia, sería dedicado al más ilustre hijo de Aracataca, a Gabriel García Márquez.


Por Mary Villalobos



 Durante el pontificado del tío (1566-1572), Scipione Borghese se convirtió en un influyente patriarca del Vaticano y mecenas de los artistas. Así comenzó a acumular tierras y obras de arte formando una de las mayores colecciones mundiales de pintura y escultura, que va del estilo clásico, al renacimiento, al barroco y entre las que se encuentran obras de artistas inmortales como Rafael Sanzio, Caravaggio, Lorenzo Bernini, Antonio Canova.

En 1901, el estado italiano, después de una larga negociación, compró el ingente patrimonio de la familia Borghese. Hoy tanto el Parque como la colección personal de arte custodiada en la Galería Borghese son lugares públicos, para el recreo y placer de romanos y turistas. La vía que rinde homenaje a Gabo se encuentra a pocos pasos de la ex galería privada del Cardenal convertida en un prestigioso museo.

El Nobel regresa a los lugares de Roma donde vivió hace más de medio siglo. Ahora es posible pasear por el corazón verde de la capital italiana, entre cedros, laureles y cipreses centenarios mientras se vuela con la imaginación a Macondo la aldea global creada por su pluma.

La calle bautizada con el nombre del escritor, situada en el cruce entre Viale Dei Cavalli Marini y Viale Villa Borghese, despertará en los transeuntes la curiosidad de conocer el período en el cual el autor de “Cien Años de Soledad” pasó su “dolce vita” en la ciudad eterna. Será posible recorrerla mientras se evoca al joven de 28 años quién llegó por primera vez a la capital italiana el 31 de Julio de 1.955 enviado especial del diario El Espectador.

Gabo transformó el ex-jardín de las delicias del Cardenal, en una escenografía “verde” para relatar sus vivencias italianas. En el cuento “La Santa” escrito en 1981, dejó varias instantáneas de aquella época. Narró que su habitación estaba muy cerca de Villa Borghese y no necesitaba un reloj para levantarse: nos despertaba el rugido pavoroso del león en el zoológico de la Villa Borghese.

Retrató los “laureles centenarios”, “las muchachas” que mariposeaban en la hierba y el león del zoológico que interrumpía los ejercicios de canto de su amigo y vecino de habitación, el tenor colombiano Rafael Ribero Silva: La expectativa diaria era que cuando daba el do de pecho le contestaba el león de la Villa Borghese con un rugido de temblor de tierra.

El tenor y el periodista iban con frecuencia al zoológico, hoy conocido como Bioparco, a visitar al león de veleidades líricas. Los dos jóvenes se volvieron compinches, decidieron desafiar la canícula de agosto y explorar juntos la Roma en aquel verano inolvidable:

“Después del almuerzo Roma sucumbía en el sopor de agosto. El sol de mediodía se quedaba inmóvil en el centro del cielo, y en el silencio de las dos de la tarde sólo se oía el  rumor del agua, que es la voz natural de Roma” .

Pasadas las siete de la noche la ciudad se transformaba según Gabo: “una muchedumbre jubilosa se echaba a las calles sin ningún otro objetivo que el de vivir. ”Los dos amigos se unían a esa muchedumbre que en Vespa vagabundeaba por los rincones de la Roma sagrada y  profana.”

Pero él, además de disfrutar de la “Dolce Vita”, enviaba su trabajo de corresponsal, escribió diversas crónicas, algunas dedicadas al Papa Pio XII víctima de fuertes ataques de hipo, motivo por el cual El Espectador lo envió a indagar al Vaticano, cubrió el XVI Festival del cine de Venecia y se matriculó al curso de dirección en el “Centro Sperimentale de Cinecittá.”

El cineasta argentino Fernando Birri, conocido como el padre del nuevo cine latinoamericano, fue su cicerone en materia de Séptimo Arte. A sus 87 años me concedió una entrevista en su casa de Roma. Con su memoria intacta revivió aquella tarde del otoño de 1.955 cuando se encontró por primera vez con Gabo en un Café cerca a la “Plaza de España”. Encendió el proyector de su pasado y relató que entre el humo de cigarrillos y tazas de café conversaron hasta la madrugada:

“Tenía la figura de un cantante de boleros intelectual con bigotitos afilados, una figura armónica y ágil con una gran belleza espiritual muy a la mano, muy familiar”.

El argentino había trabajado como asistente del director Vittorio De Sica y del guionista Cesare Zavattini, padres del neorealismo de cuyas películas “Sciusciá” (1946), “Ladrones de bicicletas” (1948), “Milagro en Milán” (1951), “Umberto D”, películas sobre cuales Gabo había escrito exaltantes críticas en El Espectador antes de llegar a Roma.

“Apenas nos conocimos me dijo que le consiguiera una cita con Cesare Zavattini”, precisó Birri. “No buscó a los intelectuales de la época: Pasolini que ese año había publicado “Ragazzi di Vita” ni al escritor Alberto Moravia famoso por sus libros “Los indiferentes” y “El conformista” quienes en los años cincuenta frecuentaban los cafés en los alrededores de Plaza del pueblo; él quería encontrar al célebre guionista”.

La devoción de Gabo por Zavattini fue constante, la cultivó de joven y creció con el paso de los años. En Noviembre de 1982, ad portas de recibir el Nobel escribió un artículo para el diario El País de España, titulado “La Penumbra del Escritor de Cine” en el cual recordó a su admirado maestro:”con un corazón de alcachofa, Zavattini le infundió al cine de su época un soplo de humanidad sin precedentes”.

Zavattini le respondió con una carta de agradecimiento fechada en Roma el 12.12.82

“Caro e ilustre García Márquez”,

“Su artículo me produjo una gran emoción. Agradezco sus generosas palabras me siento honorado”. En otro párrafo de la misiva color sepia, con varios tachones y correcciones conservada en el Centro de Memoria de Luzzara, su pueblo natal, recordó su primer encuentro con Gabo:

 

“Sabe que en Roma en mi casa de Via Merici 40 nos conocimos? Usted estaba sentado en una poltrona que todavía está en mi estudio. No recuerdo quién lo llevó ni cuál fue el argumento de la conversación. Recuerdo su mirada inquisidora con un halo de inconformidad”.

“Estoy leyendo “Cien Años de Soledad”, le escribo cuando termine la lectura”.

 

Ahora, los dos amigos, premios Oscar y Nobel, están reunidos en Roma a través de las calles bautizadas con sus nombres. La del maestro Zavattini en el sur de Roma, en las cercanías de los estudios de Cinecittà; la de Gabo, al norte en Villa Borghese.

La vía de la capital será la segunda consagrada a García Márquez en Italia.

En el 2015, Perdas de fogu (Piedras de Fuego), pueblo de la Isla de Cerdeña de 1.700 ánimas, intituló una plaza, “Cien años de soledad”. El tributo de una aldea enclavada en el mediterráneo donde en sus mitos, en sus calles desoladas y en sus piedras mágicas, también se respira el aire de Macondo.

Gabo manifestó, en varias oportunidades, su alergia a los homenajes oficiales, a los protocolos acartonados y a las estatuas; pero su leyenda tiene luz propia y las celebraciones públicas son inevitables.

Francia fue el primer país europeo que se rindió ante el mito. Le dedicó una plaza y colocó dos placas, en pleno corazón de la capital, para recordar sus años en París.

Veintidós años después de aquel verano del 1955, Gabo regresó a Roma con el propósito de refrescar la memoria y ultimar los detalles para terminar sus “Doce Cuentos Peregrinos”, publicados en 1992 inspirados en su experiencia en el viejo mundo.

En su peregrinación al pasado encontró que el edificio en el barrio Parioli donde había vivido, a pocas cuadras de la calle que ahora lleva su nombre, estaba intacto, pero de María Bella, la dueña de la pensión, que le enseñó la fonética italiana leyendo los periódicos en voz alta, nadie le dio razón.

“La luz de diamante de otros tiempos se había vuelto turbia, y los lugares que habían sido míos y sustentaban mis nostalgias eran otros y ajenos.

En las añoranzas de su “antigua” Roma, el único que seguía en el mismo sitio era el león de Villa Borghese. Tal vez, por milagros del realismo mágico, los rugidos de sus herederos, a pesar de no contar con un tenor para hacer dueto, se escucharán en la inauguración del nuevo “Viale Gabriel García Márquez” en la Ciudad Eterna.

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EL ECONOMISTA

Ciudad de México

13 de noviembre de 2021

 

Crónica

Me metí al clóset de los Gabo

y me llevé una camisola de Mercedes Barcha

Fui a la casa de Los Gabos, su nieta Emilia, puso a la venta 400 piezas de la pareja y fui a conocer algunos secretos de la casa que habitó el premio Nobel de Literatura y su esposa durante su estancia en México.

 

Por Isamar R. Escobar

Fotos: Isamar R. Escobar







Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha no eran personas asiduas a la moda, no eran seguidores ni portadores de lujosas marcas, a simple vista.

Yo soy fiel seguidora de la moda, mas no portadora de la misma, me apasiona documentarme sobre las tendencias, diseñadores y textiles. La literatura predilecta para mi mundo es la de Gabo, realismo mágico que me ha hecho sentir emociones intensas cada que me dispongo a leer sus libros y que me ha enseñado a crear escenas a través de las letras, cada que escribo.

Conocer el guardarropa de un personaje histórico y poder leerlo a través de algo tan personal como lo es su clóset es algo que me entusiasmó muchísimo. Pienso que mi abuela, María Meléndez, me inculcó esto de la fascinación por la ropa y de leer a las personas por la manera en la que se visten.

Tenía deseo por entrar al clóset de Los Gabos, más allá de poderme comprar algo o no, quería vivir la experiencia de poder ver algo tan íntimo como es el guardarropa del Premio Nobel de Literatura (1982) y de su esposa. Deseaba en voz bajita en mi cabeza y digo en voz bajita, porque no quería tener la decepción de no haber acudido; el hecho de poder salir de esa venta de garaje con un saco y poder usarlo, o sino con un pañuelo o unos pares de zapatos o una pluma y dejarlos en mi librero junto a mis libros de Gabriel García Márquez.

¿Se imaginan?... Yo con esa escena en mi memoria ya estaba alucinada. Literal sentía el mariposeo en la barriga.

La casa ubicada en el Pedregal, en la calle de Fuego, está llena de buganvilias moradas en su fachada, con un jardín en tono verde intenso, y con un árbol que tiene orquídeas incrustadas. Este árbol es quien viste la enorme pared del jardín que tiene el letrero de “Plaza de Gabriel García Márquez 1927-2914, hombre de letras colombianas, Premio Nobel de Literatura”, una pared emblemática. Afortunada fui en tomarme una foto ahí.


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Al fondo se encontraba el estudio de Gabo con su computadora IMac G3, fueron mi primer cuadro visual para después encontrarme con su nieta Emilia García, quién me dio la bienvenida a un salón pequeño donde estaba la ropa de Los Gabos. Ya había pocas cosas, lo que había visto en fotos de personas que ya habían acudido en comparación con lo que encontré ya era distinta, se notaba que era el último día.

Me fui directo a los sacos, todo era de precio alto, que si hubiera tenido el dinero sin pensarlo dos veces lo compro, además la venta se hizo por una buena causa. El 100% de las ganancias son para la Fundación FISANIN, esta organización es dirigida por la actriz Ofelia Medina, y está enfocada en combatir la desnutrición en los estados de Guerrero y Chiapas. La nieta de Los Gabos, Emilia, y la actriz Ofelia, hicieron equipo para apoyar esta causa.

Me seguí adentrando y vi las medias empaquetadas de la colección ”Brillantes Christian Dior 1988”, en una canasta, no tenían precio, y le pregunté al señor que estaba acomodando y cuidando de cierta forma las piezas. Por pura curiosidad.

Seguí buscando y cada vez me intrigaba más la forma en la que se componía su clóset.

Agarré un bolso de bordado chiapaneco en tonos rojos con borlas rosas fluorescentes, y Genovevo, el señor que ahí estaba rondando me dijo “llévatela, está bien bonita, a la señora le gustaba mucho comprarse ese tipo de bolsas” ... y le dije ¿si, le contaron?... “No, yo soy su chofer de toda la vida”, me respondió.

En ese momento empecé a maquilar un millón de preguntas, pero Genoveno Quiróz a quien Gabo llamaba su asistente, marcó el ritmo y me dispuse a escuchar con todos mis sentidos, estaba atenta a los olores, era un aroma maderoso el que tenía impregnada la ropa, toda estaba perfectamente limpia, el clima era frio, la textura de la mayoría de la ropa era seda, lino y popelina. Le hice ese comentario a Genovevo y me dijo “Sí, les gustaba andar muy frescos”.

Inspeccionando cada prenda, me encontré con que Barcha compraba todo lo que sacaba la firma Marina Rinaldi. Esta firma es una marca de ropa italiana para mujeres de tallas grandes y no es que Mercedes fuera robusta, aunque puedo percibir que era una mujer muy grande, alta. Sus zapatos eran del 6 y medio y 7, y haciendo memoria con las fotos que tienen la pareja pude concluir que de esa manera se acomodan en las fotos para ella no lucir tan grande a lado del Gabo, que también considero que no era tan pequeño. Los sacos eran tallas 40 en promedio.

Las bolsas que aún estaban a la venta eran tres Louis Vuitton, una Guess y las demás, unas cuatro sin marca reconocible, pero eran bolsos pequeños de mano bastante usados, pero en buenas condiciones. Había gabardinas, huipiles, blusas de botones y unos 7 pares de zapatillas.


También pude deducir que: a Gabo le gustaban los maletines Louis Vuitton, los sacos confeccionados a su medida y los mocasines ya bien amoldados a la forma de su pie. Uno que otro botín se veía usado, todos perfectamente cuidados. Era de camisas color claro, blancas, beige, rosas, azules, una que otra en color negro, le gustaba traer pañuelos en sus sacos.

Genovevo y yo estábamos de un lado para otro dentro de este salón dónde se pusieron las prendas para vender. El hombre de aproximadamente 60 años, me contó sobre su trabajo con los señores de la casa (Mercedes y Gabo), ambos estábamos emocionados, y me dirigió a uno de los cuatro percheros de sacos y abrió uno. “¡Ahí estaba un plumón!, así los dejaba en sus sacos”, me enseñó que se quedó ese saco con todo y su tradicional Sharpie que cargaba el Nobel de literatura.

Le pregunté por el precio de los zapatos más usados que vi, porque Genovevo es quién daba el precio y si no lo sabía iba con Emilia, la nieta y ella le recordaba el precio. Pero de lo caro e inalcanzable que estaba ese par de zapatos de marca Beefar, mi memoria bloqueó la cantidad y no la recuerdo, pero no quise dejar pasar la oportunidad y tomarle foto hasta la suela. Estaba muy desgastada y entre risas me dijo Genovevo “¡Uy, esos eran de sus favoritos!” y le dije sí se ve.

Seguido de los zapatos –que moría porque estuvieran en mi librero–, fui a ver a detalle el vestido de gala color verde esmeralda con hojas negras que usó Mercedes Barcha cuando le entregaron el premio Nobel a Gabo.

Tenía una hora para hacer el recorrido, de 4 a 5 era la cita, pero dieron las 6 de la tarde y yo seguía ahí, con mi guía que hasta la fecha orgullosamente se presenta como su chofer de Don Gabo, viendo la ropa y finalmente elegí un vestido camisero de lino negro de la firma Marina Rinaldi. No quería salir de ahí sin algo. Ese vestido realmente me gustó y más allá de usarlo o no, me gusta coleccionar cosas que son icónicas en mi mundo y que a veces también lo son para el mundo en general.

Ahora puedo presumir que tengo un Rinaldi que usó Mercedes Barcha y yo.

Genovevo, cuando vio que me medí el vestido a ojo de buen cubero y viéndome en el espejo ovalado de latón que estaba al fondo del salón donde estaba la ropa me dijo: ¡Ese lo usó mucho la señora cuando se iban de vacaciones, es muy fresco y elegante, creo que hasta lo usó para desayunar al otro día después de que le dieron el premio Nobel al señor!

Y dijeran, será el sereno, pero con toda la emoción y más con lo que me dijo Genovevo, me lo traje ahora para mi clóset. Es un vestido camisero muy sencillo pero muy lindo, sus botones son de concha nácar, es de manga corta.

Ahora quien lleva la administración tanto de la casa como de la venta de garaje es Mónica, la secretaría de Gabo, que aún sigue laborando para la familia como lo hace Genovevo.

Emilia García Elizondo, su nieta, sentada en el jardín, se levantó y se fue a despedir de Mónica, que estaba en la biblioteca de Gabo, “Adiós Moni, voy a ver a mi madre, ya no vendrá nadie”, dijo Emilia.

Mónica, sentada frente a la computadora en la biblioteca de la casa —ahí era donde estaban haciendo el cobro— la despidió.

Genovevo seguía dándome el recorrido, mostrándome los libros que entre ellos había separadores y que los usaba de consulta García Márquez. Las paredes blancas divididas con repisas que formaban un enorme librero de tres metros de altura y con 8 metros de largo repletas de sus libros y entre ellos fotografías y ahora la ofrenda de la pareja que a los cuatro vientos se sabe se amaron profundamente.

Había libros de: Juan Rulfo, Kundera, Nikos Kazantzakis, de Freud, Jostein Gaader, Ivo Andric, Sándor Márai, por mencionar a algunos autores. Las repisas estaban repletas de literatura, de un Don Quijote de la Mancha en diferentes presentaciones, de enciclopedias mundiales y de coffee tables books de fotografías de la historia de México.

En una mesa dentro de su biblioteca tiene un jardín zen, con 19 piedritas y en cada piedrita le escribió el título y el año de sus libros. ¡Qué joya!

Los trabajadores, al hablar de Mercedes Barcha y de Gabriel García Márquez, se llenan de orgullo, y expresan el carisma que tenía la pareja. Un cuadro enorme de Gabo con sus nietos dentro de la biblioteca se puede apreciar en una pared blanca iluminada.

Al momento que vieron detenerme en el cuadro me confiaron: “Son sus nietos, su adoración y mira, en este sillón se sentaba cuando necesitaba un respiro para continuar escribiendo o se sentaba a platicar con nosotros”. La cabeza del Nobel de Literatura quedó marcada en la piel del sillón, se ve que lo usaba y se recargaba viendo hacía el techo.

“¿Te llevas este vestido?”, me preguntó Mónica y le dije que sí y aproveché para preguntarle sobre la cantidad de personas que iban por día. “¡No sé decirte, pero todos los días hubo gente, los fines de semana no, pero si se han vendido muchas cosas!”

Fueron 400 piezas que se pusieron a la venta de las cuales aún quedó el 20% de ellas dentro de la casa que habitó la pareja y que ya quedó sin alguno de ellos, Mercedes murió en el 20 de agosto del 2020 y Gabriel García Márquez murió el 14 de agosto del 2014. Ahora será Casa de la Literatura García Márquez.

 “¿A qué te dedicas y de dónde vienes?”, me preguntaron, les dije que era periodista y que vivía en la Ciudad de México y a lo que contestaron “Ah, es que vino mucha gente de fuera”.

Me despedí de ellos y me acompañó Genovevo a la puerta, “entonces, ¿eres periodista?” Le dije sonriendo bajo mi cubrebocas que sí y que me daba mucha emoción haber presenciado lo que acababa de vivir. Genovevo recordó que García Márquez también era periodista y me contó de los periódicos que le llegaban Don Gabo. Los leía en su cuarto, y con la mirada hacía la habitación comenzó a enlistar los diarios: “El Universal, El País, La Jornada, El Economista... se los echaba todos”. Volvimos a reír y nos despedimos.

Fue desde 1974 que la pareja habitó esta casa en el Pedregal, y aquí fue donde realizó la mayoría de sus títulos de literarios. Entre su habitación, su oficina y la biblioteca según su gente de confianza eran los lugares donde el premio Nobel, escribía las páginas de sus libros.

No fui la primera en ir, pero sí la última en haber estado dentro de la casa de los Gabos de manera privada, bien dicen que no hay periodista sin suerte.

 

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