12 de diciembre de 2018

MEMORABILIA GGM 893

EL TIEMPO
Bogotá – Colombia
14 de octubre de 2018

Cultura

Las memorias de
Enrique Santos Calderón
Revelador fragmento de El país que me tocó, el libro de memorias
del exdirector de EL TIEMPO.

Por Enrique Santos Calderón

La vida del exdirector de EL TIEMPO es un recorrido por la vida política, cultural y periodística de Colombia. En la foto, con Gabriel García Márquez, 1975. Foto: Tomada del libro.

Una noche, en París, junto a García Márquez nos tocó ver morir a la escultora colombiana Feliza Bursztyn, muy amiga de ambos. Un episodio terrible, pues Feliza se murió en nuestras narices. Fue una gélida noche de enero de 1982, en un restaurante ruso de Montparnasse, donde cenábamos. Feliza, amiga mía y sobre todo de Gabo, había estado presa en tiempos del Estatuto de Seguridad de Turbay, por supuestos vínculos con el M-19. Era una artista festiva, progresista y muy pacífica, que hacía esculturas de chatarra. El Ejército, en su obsesión por recuperar las armas robadas, pensó que entre los hierros retorcidos de su taller podían encontrarse algunas ametralladoras. Ella quedó muy afectada por su detención, pues fue maltratada y se refugió luego en México, donde vivía Gabo. Aquella noche en que se nos murió durante esa cena en París, veníamos del apartamento de los García Márquez cerca del Boulevard Montparnasse. Habíamos tomado vodka y nos fuimos a pie al restaurante en medio de una nevada. Ya sentados en la mesa, mientras mirábamos la carta, ella empezó a desgonzarse en la silla. Inicialmente pensamos que había tomado más de la cuenta, y su marido, Pablo Leyva, le preguntó qué le pasaba. Pero había muerto, así, de repente, sin siquiera un gemido.

Nos tocó acostarla en el suelo en ese restaurante atestado de gente. La ambulancia tardó media hora en llegar. Fue algo espeluznante y dramático. No solo Feliza Bursztyn debió salir del país por las amenazas que había recibido. También lo hizo el propio García Márquez, que poco antes de esa triste cena se había asilado en México. Su exilio fue producto de un perverso montaje por parte de miembros del alto mando militar, para vincular a Gabo con el M-19, detenerlo y cobrarle sus duras críticas al Gobierno por todos los excesos del Estatuto de Seguridad, que llevó a la cárcel o al exilio a varios intelectuales y artistas. En un momento dado hubo serios indicios de que a García Márquez lo iban a detener, lo que motivó su decisión de pedir asilo en la embajada de México en marzo de 1981. Él contó después, en una columna en El País de Madrid, que sabía que la trampa estaba puesta y que su condición de escritor famoso no le iba a servir de nada porque se trataba precisamente de demostrar que para las fuerzas de seguridad no había valores intocables. En ese escrito recordó lo que dijo el general Camacho Leyva cuando apresaron al maestro Luis Vidales, que tenía 85 años: “Aquí no hay poeta que valga”.

Nos tocó acostarla en el suelo en ese restaurante atestado de gente. La ambulancia tardó media hora en llegar.

Creo que a Turbay, además del tenebroso Estatuto de Seguridad de su Gobierno, lo perjudicó su imagen, asociada al manzanillismo y la politiquería. Nadie olvida su famosa frase de que “hay que reducir la corrupción a sus justas proporciones”, y lo increíble es que, vista desde hoy, la corrupción en su época era reducida. Manejó con gran inteligencia la crisis en la embajada dominicana, pero le faltó contener más a sus generales durante su Gobierno. Turbay no era estadista ni intelectual, pero fue un político magistral.

Gabo tenía un apartamento en Montparnasse, no muy lejos de donde yo vivía, de modo que nos vimos mucho entre 1980 y 1982, aunque cada cual andaba en sus cosas. Yo debía cubrir de todo: desde elecciones en distintos países hasta eventos deportivos como el Tour de Francia. Pero cada dos semanas nos reuníamos y fue una oportunidad excepcional para conocerlo mejor. Me invitó incluso a que lo acompañara al Festival de Cine de Cannes, en el cual había sido nombrado como jurado, y allí pasamos una semana con nuestras esposas María Teresa y Mercedes, bebiendo el vino rosado de la región y viendo el mejor cine del mundo. Gabo era un tipo superior: inteligente, culto como pocos, con especial olfato para desentrañar a la gente y hasta cierto punto tímido. No era el prototipo del caribeño ruidoso y extrovertido. Le encantaba la conversación en grupos pequeños. Por encima de todo, era amigo de sus amigos. Detestaba hablar en público y, al comienzo, le costó manejar la fama y la gloria. Aun antes del Nobel, en las calles de París la gente lo reconocía, y eso lo halagaba, pero también lo incomodaba. El poder político lo buscaba mucho. Mitterrand lo condecoró con la Legión de Honor, Felipe González lo cortejaba y fueron amigos, para no hablar de Fidel Castro, de quien fue muy cercano. Este fue quizás el aspecto más contradictorio de la personalidad política de Gabo: que un hombre que como él representaba el humanismo y las letras tuviera semejante identidad con un dictador que coartó libertades, que persiguió a los intelectuales y que impidió la prensa libre. Yo se lo mencionaba en privado en algunas ocasiones, y él me contestaba: “Yo te entiendo, pero no me voy a unir al coro reaccionario contra Fidel y contra Cuba, que ha resistido todas las agresiones de Estados Unidos”. Además, el exilio cubano en Miami le parecía detestable. Hay que tener en cuenta que todo eso lo desgastó, afectó su prestigio y lo enfrentó con amigos y con otros grandes escritores latinoamericanos de su generación, como Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante y Severo Sarduy, entre otros, pero tampoco hay que olvidar que Gabo desarrolló gestiones exitosas para lograr la liberación de presos políticos en la isla, como fue el caso de Armando Valladares, y que fue un luchador contra las dictaduras militares del Cono Sur y animador de muchos organismos de derechos humanos como el Tribunal Russell, la Fundación Habeas y el Comité contra la Tortura, que creó junto a Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre.

Hace un par de años Vargas Llosa dijo que “García Márquez no era un intelectual sino un artista. Funcionaba a base de intuiciones y pálpitos que no pasaban por lo conceptual”. Honestamente me parece un juicio absurdo. Vargas Llosa, a quien conozco y aprecio, debería releer su propio libro Historia de un deicidio, en el que no ahorra elogios al talento literario, la dimensión intelectual y la riqueza creativa de García Márquez. En 1976, el terrible puñetazo de Vargas a Gabo, en un acto cultural en Ciudad de México por un supuesto lío de faldas, puso fin a una amistad de varios años entre las dos figuras más célebres del famoso boom latinoamericano de las letras. Vargas Llosa retiró de circulación su libro sobre Gabo, no volvieron a hablarse y siempre evitaron referirse al incidente. A Gabo le toqué el asunto una sola vez y me di cuenta de que era un tema sobre el cual prefería no hablar. Las diferencias se ahondaron por motivos políticos: Vargas Llosa había roto de manera tajante y abierta con la Revolución cubana y García Márquez mantuvo hasta el final su amistad con Fidel Castro, pese a reservas personales que tenía sobre la falta de libertades en la isla, que no hizo públicas.

Los intelectuales latinoamericanos que en esos años criticaron el rumbo que tomó la Revolución cubana fueron blanco de toda suerte de ataques por parte de la izquierda internacional. Les llovió mucha mugre, sin duda —como dijo Vargas Llosa—, pese a que el tiempo les dio la razón. Pero no fue menor el baño de mugre que le cayó luego, y durante toda su vida, a García Márquez por no haber roto nunca con Cuba. Su amistad personal con Fidel Castro le trajo muchos sinsabores con la comunidad intelectual de Estados Unidos y Europa, pero él fue fiel a su prédica de que la amistad está por encima de la política. Aunque en su caso, por lo que él simbolizaba como escritor, muy poca gente entendió su posición.

García Márquez nunca perdió el sentido del humor ni las ganas de mamar gallo, que para él era la mejor forma de hablar en serio. También se gastaba sus bromas pesadas. Un día, en París, nos pasó algo de ese tipo con Lucas Caballero Reyes, el hijo de “Klim” y amigo mío, fallecido en el 2018, y su primo Pepe Gómez, descendiente de don Pepe Sierra. Pepe estaba empeñado en conocer a Gabo, y Gabo, renuente. Para convencerlo, Lucas terminó sugiriéndome que le dijera que su primo era un encanto y además el tipo más rico de Colombia. Se lo conté tal cual a Gabo y se le iluminaron los ojos con una chispa de malicia. “Bueno, organiza la comida”, me dijo. Fuimos entonces a un restaurante elegantísimo sobre el Sena, con María Emma Mejía, entonces esposa de Lucas; con Mercedes Barcha, la esposa de Gabo, y con María Teresa. Entramos a un reservado en el segundo piso y Gabo se pilló que Pepe Gómez, al entrar, le dio su tarjeta de crédito al maître para que no quedara duda de quién iba a pagar la cuenta. Gabo estudió con mucho cuidado la carta de vinos y comenzó a pedir unos Bourdeaux de los años cincuenta que costaban un ojo en la cara y que tocaba traerlos de unas bodegas especiales. Yo veía a Lucas sudar la gota gorda. Al día siguiente me puso la queja: “Carajo, ¡esa cuenta costó una fortuna!”. Le contesté, riéndome: “Ahhh, es que conocer a Gabo tiene su precio…”

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LA JORNADA
Ciudad de México
23 de noviembre de 2018

Noticia
Develan placa de plaza
dedicada a García Márquez

Acto de develar la placa de la Plaza Garcia Marquez. Foto La Jornada

También, "un espacio que recordara siempre que García Márquez, Sin dejar nunca de mirar. ni de recrear, ni de repensar su tierra a la que dedico su obra, decidió escribirla desde aquí. Sus letras y palabras siempre van a estar vivas porque nunca acabamos a dejar leerlo. Mientras vivamos sabemos que las próximas generaciones ya lo leen y los que vienen lo seguirán leyendo porque no podemos entender América Latina sin García Márquez".

Vázquez Martin contó que fue el mismo Nobel quien escogió El Rule como sede de la Casa de Colombia en México: "Hace 12 años en un recorrido que hacia el escritor con el entonces jefe de gobierno la CDMX. Andrés Manuel López dijo, “aquí podemos hacer la Casa de Colombia en México”. Pasaron Muchos años de aquella plática, aquel compromiso de la Ciudad con García Márquez. Hace año y medio logramos cumplir este sueño al convertir este espacio en donde se reúnen las voluntades de la Ciudad, de su gobierno, de la Fundación del Centro Histórico que encabeza Carlos Slim y de la Embajada de Colombia en México".

Patricia Cárdenas Santa Maria, embajadora de Colombia aquí, indicó que "si no fuera par el empeño y el liderazgo de Eduardo Vázquez Martin y su equipo, este sueño no lo hubiéramos cumplido. Sueño que comenzó hace muchos años desde que nuestro Nobel pensó que su país merecía un lugar en la CDMX. Sin embargo, tardamos muchos años en verlo hecho una realidad.

La diplomática aseguró que "no podría haber un lugar más privilegiado y especial en el corazón del Centro Histórico que esta plaza que lleva el nombre de nuestro Nobel".

El escritor colombiano Felipe Restrepo Pombo, director editorial de la revista Gatopardo, recordó que "la génesis de la obra literaria de García Márquez, y sus novelas más relevantes, se hizo en México".

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El Universal
Cartagena de Indias – Colombia
28 de octubre de 2018

Crónica

El tesoro de García Márquez
estaba en Cartagena
Era casi un niño Jorge  García Usta, cuando empezó a investigar
la vida y obra de Gabriel García Márquez.

Por Gustavo Tatis Guerra
@ElUniversalCtg
 Rocío García, esposa de Jorge García Usta, junto a su retrato. // Cristian Agámez-El Universal

Con Rocío García, la esposa arjonera de Jorge, a quien él llamaba Zoe, nombre de la abuela de ella, se conoció cuando estudiaba Educación Preescolar y era compañera de universidad de Catica, la hermana de Jorge, y se encontraban en su casa de la calle Don Sancho. Rocío tuvo amores durante seis años con un novio anterior, pero Jorge fue su amor definitivo. Ella nunca conoció un amor anterior en la vida de él.

“Es increíble: lo conocí hace cuarenta años, en 1978, y andábamos juntos sin que él me dijera o me insinuara nada, y tuvimos diez años de amores. Fue esquivo y silencioso cuando yo decidí dejar al pretendiente que quería hablar con mi padre. Jorge se alejó tres meses, hasta que un día me dijo: Tengo que hablar contigo. Fue en esos silencios, cuando me acompañaba a buscar el bus de regreso en Puerto Duro, cuando me tomó sorpresivamente la mano”.

Jorge García andaba investigando la vida de García Márquez en Cartagena, a su llegada en 1948, mucho antes de cumplir los dieciocho años. Pero su devoción no era solo por el autor de Cien años de soledad, sino también por los músicos populares, por la obra de Héctor Rojas Herazo, por la obra de los periodistas y escritores del Caribe colombiano y del país en general, por los ancestros sirio-libaneses, y por las torpezas ambientales del mercurio en la bahía de Cartagena.

Con un rigor de arqueólogo y una disciplina de buscador de tesoros sumergidos, Jorge se consagró a rastrear todas las columnas periodísticas de García Márquez, publicadas en el diario El Universal, y a investigar en San Jacinto, quién era ese discreto y silencioso ser que era el jefe de redacción de El Universal, Clemente Manuel Zabala, que según, Rojas Herazo, era como una lámpara que alumbraba en la sombra. Y a su vez, empezó a investigar a su abuelo, un artesano de Damasco, y a reportear a todos los descendientes de árabes en Cartagena, Barranquilla, y en todo el Sinú.

Rocío García, tuvo noticias de García Márquez en su pueblo, porque allí vivía la familia Barcha, padres de Mercedes, la esposa del escritor. En muchas ocasiones, García Márquez pasó temporadas en la casa de los suegros en Arjona, y se hospedaba en Villa Zoyla. Una de las curiosidades que comparte Rocío es que Jorge siempre le pedía en sus viajes a su novia y futura esposa, que le recogiera palabras antiguas, salidas del monte de los labios de los campesinos, de la loma, la vereda, las orillas.  Su primer interés fue entrevistar a los decimeros Cico Barón y Julio Gil Beltrán.

Buscador de orígenes

El rastreo sobre García Márquez pasó de Cartagena y Arjona, a Sucre-Sucre, la Mojana, y pueblos de Bolívar.

En cada pueblo, siempre encontró a alguien contemporáneo de García Márquez, que lo conocía o tuviera noticias de ese ser que les parecía estrafalario en el vestir y desparpajado en el hablar. La pesquisa de Jorge iba en contravía del investigador francés Jacques Gilard, que había subestimado el período formativo de Cartagena y había magnificado y concentrado todo en el período barranquillero y en especial, del Grupo de Barranquilla.

Jorge demostró con pruebas contundentes, que hubo dos sabios en ese período de formación de García Márquez, entre las dos ciudades: Ramón Vinyes, el sabio catalán; y el sabio sanjacintero Clemente Manuel Zabala. Pero no solo dos sabios, sino dos núcleos humanos significativos, en dos ciudades que eran vasos comunicantes, con sus tensiones humanas y sus caracteres culturales, comunes en las diferencias temperamentales.

Mientras en Cartagena, hubo mesura, introversión, seres tímidos como Clemente Manuel Zabala que solo se extrovertía con un poco de cerveza, y seres sacerdotales como Gustavo Ibarra Merlano, y criaturas de un vitalismo creador como Héctor Rojas Herazo, en Barranquilla, también hubo como en Cartagena, devoradores de libros, lectores de la mejor literatura nacional y universal, hubo criaturas que parecían salir de los cuentos y novelas de Hemingway: la euforia delirante de Álvaro Cepeda Samudio y las excentricidades de Alejandro Obregón.

Muy pronto, Jorge concluiría que Cartagena, en los años cuarenta y noventa, al igual que Barranquilla, tenía su grupo humano de irradiación de ideas para el joven García Márquez. Y lo llamó Grupo de Cartagena, para una mayor comprensión de ese periodo en la vida de la ciudad y del escritor. Allí estaban: Manuel Zapata Olivella, los hermanos Óscar y Ramiro de la Espriella, Clemente Manuel Zabala, Héctor Rojas Herazo y Gustavo Ibarra Merlano. De esa investigación, Jorge publicó en 1995, su tesis Cómo aprendió a escribir García Márquez, que en 2007, se publicó en Seix Barral, como García Márquez en Cartagena. Sus inicios literarios.

Un tesoro encontrado

Jorge murió a sus 45 años en 2005, de una aneurisma cerebral, partida que truncó su espléndida obra periodística, literaria e investigativa. Su biblioteca colosal y su archivo personal siguen dando sorpresas. Jorge vivió a mil, con la certidumbre de que tenía una breve vida, intuida desde antes de llegar a los veinte. Hacía años guardaba unos sesenta y seis pliegos gigantescos mecanografiados en papel periódico, que él estaba estudiando, y que presumiblemente, eran borradores de García Márquez.

“No supe jamás cómo le llegaron esos pliegos a Jorge, pero el último año de su vida, él quería comprobar si eran originales, y temía que se perdieran en tres mudanzas que tuvimos. Cuando nos mudamos a la calle Siete Infantes, los pliegos se extraviaron entre las miles de cajas, y Jorge temía que se hubieran perdido para siempre. Pero cuando murió Jorge, me dediqué seis meses a inventariar todo lo que contenían las cajas, y me encontré con los enormes pliegos que decían: Gabriel García Márquez.

En algunas de las márgenes, que databan de 1948 y 1952, García Márquez había escrito Úrsula y debajo: Evangelina. En algunos de esos legajos había tres versiones de un mismo texto. Y algo que hablaba de la Marquesita de la Sierpe. Los legajos quedaron allí, y solo hasta hace dos años, con ocasión de la publicación de la investigación sobre Árabes en Macondo, volví a tropezarme con los pliegos, metidos en una bolsa plástica transparente, que estaban amarrados con una cinta. Olían a viejos papeles arrumados.  Llamé a Jaime Abello y a Alberto Abello para que vieran esos legajos. Ariel Castillo y Jaime Abello dieron fe que eran textos de García Márquez. Reconocieron su letra en las márgenes”.

Buscaron un perito del Banco de la República, quien con lupa empezó a descifrar aquellos papeles que parecían los pergaminos de Melquíades.

El hallazgo de ese tesoro en el archivo de García Usta, son los cuatro cuentos inéditos que ahora ha adquirido el Banco de la República, la mayor sorpresa arqueológica de los inicios de García Márquez, de los años cuarenta, en la que es posible ver el esqueleto de Macondo, el de Úrsula, el coronel Aureliano Buendía y el esqueleto de El ahogado más hermoso del mundo, inconcluso en los párrafos de El ahogado que nos traía caracoles. Allí también, en el texto Olor antiguo, un recuerdo de infancia de una tienda de Aracataca. El segundo texto es un relato sin título, que formaba parte de una serie titulada “Relatos de un viajero imaginario”, y Relato de las barritas de menta, que remite también a las tiendas de inmigrantes italianos en Aracataca. Las mentas tenían “olor a pan guardado y a petróleo crudo”.

Gonzalo, el hijo menor de García Márquez, contó que junto a su hermano Rodrigo, rompían los borradores de su padre que él les iba entregando. Gonzalo quedó sorprendido con este hallazgo en Cartagena.

Los hijos del escritor nacerían diez años después. Así que los borradores se salvaron de ser destruidos.

El tesoro de García Márquez sobre sus inicios no estaba en otra parte que en el archivo de García Usta, en un archivo secreto en Cartagena.

Junto al tesoro, estaba también una carta de amor de Jorge García Usta a su amada Zoe.

Ver adicional:

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El Espectador
Bogotá - Colombia
2 de noviembre de 2018

Cultura

La escuela que ayudó a fundar García Márquez

Las paredes sin par
El más original y desconocido mural cinematográfico del mundo, 
donde los grafiteros son prestigiosas figuras del séptimo arte.

Por Leopoldo Pinzón


Pared principal de la entrada a la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), de San Antonio de los Baños, en Cuba. / Cortesía

 Steven Spielberg aceptó el largo pincel untado de rojo. Despacio y con precisión escribió sobre la pared, sin dejar caer una gota: “Love what you do” (“Ama lo que haces”). Puso debajo su nombre y entregó el pincel a un joven acucioso que anotó la fecha.

¿Qué hacía el rey Midas del cine (“todo lo que filma se convierte en dólares”), uno de los más importantes directores contemporáneos (E.T., Tiburón, Parque Jurásico, La lista de Schindler, Salvando al soldado Ryan, etc.) inscribiendo su mensaje y su nombre en una pared vulgar? Ampliar un poco la visión permite explicarlo: en esa y otras paredes se multiplican los nombres y los mensajes estampados por muchos de los grandes hacedores de cine de nuestra época. A pocos metros de Spielberg, grandes letras identifican a Francis Ford Coppola (El Padrino, Apocalipsis Now), más discretas, a Costa-Gavras (Z, La confesión, Estado de sitio), a su lado Ettore Scola (Una jornada particular, El baile) y más y más personalidades que la historia del cine no podrá olvidar. Podría decirse que, a cambio del sofisticado Paseo de la Fama, de Hollywood, este es el anárquico Mural del Prestigio, probablemente único en el mundo. Nombres y mensajes invaden todo espacio disponible: además de la entrada, las columnas, los rellanos de las escaleras, los pasillos del segundo piso del edificio principal del campus de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), de San Antonio de los Baños, en Cuba.

La metodología de la enseñanza de la EICTV, que prescinde casi por completo de los profesores académicos habituales y los reemplaza por profesionales activos, es un imán para directores, guionistas, productores, fotógrafos, editores, etc., que quieren trasvasar sus conocimientos a las nuevas generaciones. Alrededor de 300, procedentes de unos 27 países de todo el planeta, arriban cada año a la “isla dentro de la isla”, para impartir cursos teórico-prácticos frescos, actuales, recién extraídos de su experiencia inmediata. ¿A quiénes? A unos 150 estudiantes de los tres años del curso regular y a docenas de participantes en talleres internacionales, más breves, de semanas o meses, que versan sobre todas las especialidades imaginables en el cine y la televisión contemporáneos.

Grandes personajes del cine, que incluyen hasta presidentes de la Academia de Hollywood, llegan también de visita, atraídos por las peculiaridades de una escuela sembrada en el corazón de la única isla comunista del mundo, y por la estatura intelectual e ideológica de sus fundadores

Una escuela particular

Es frecuente oír nombrar a la EICTV como “la escuela de García Márquez”. Título excesivo, pero no impropio. Como presidente de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (FNCL), Gabo representaba a un movimiento de creadores que había parado en la cabeza la forma y el fondo del cine de la región. Movimiento que entendía que una de sus misiones estratégicas era crear las condiciones para la formación de nuevos cineastas que continuaran la revolución emprendida, con el cual el eterno enamorado del cine se identificaba ética y estéticamente. En esa condición, pero empleando además su enorme prestigio y su honda amistad con Fidel Castro, Gabo fue determinante en la creación de la Escuela. También fue determinante, como es obvio, el propio Fidel. El Gobierno cubano donó el terreno, construyó y modificó las instalaciones, aportó equipos, dotó y sostuvo el pequeño ejército de trabajadores y técnicos, y mucho más. La última pata del trípode estuvo a cargo de los cineastas cubanos, encabezados por Julio García Espinosa. Para poner en marcha el proyecto, el primero y más importante ejecutado por la FNCL, se llamó al legendario cineasta argentino Fernando Birri, profeta del nuevo cine. Así nació, en diciembre de 1986, esa escuela absurda (si se la compara con la multitud de las convencionales), que llena, de manera anárquica y más bien irreverente, sus paredes con los grafitis de sus más cálidos visitantes. Absurda, porque su noción interna de libertad le permite incluso mantener abierta, 24 horas diarias, una cafetería-bar donde cualquiera, profesor, trabajador, estudiante, visitante, puede tomarse una cerveza a las cuatro de la mañana, sin que nadie se escandalice.

Donde la palabra “discriminación”, en cualquiera de los sentidos en que pueda emplearse, es ajena al vocabulario de todos. Donde la disciplina es, principalmente, un asunto individual, autorregulado, y se conjuga con el sistema antiescolástico de enseñanza, en una combinación tan contradictoria que hizo afirmar al profesor británico Mamoun Hassan que la EICTV había encontrado “el equilibrio imposible entre la disciplina y el caos”. Un lúcido manicomio donde se habla solo de cine 24 horas al día.

Lo que se hereda…

Bien mirado, el espíritu a la vez riguroso y libertario de la EICTV puede calificarse como herencia de Gabo –aunque no haya sido el único progenitor. Herencia que proyectó con amplitud y firmeza, en su calidad de presidente de la FNCL (y también como docente irreemplazable en su curso anual de creación dramática “Cómo se cuenta un cuento”) hasta su muerte. Que fue parte de ese indeclinable amor al cine lo prueba, de manera reciente, la correspondencia entre el ex redactor de El Espectador y su amigo Guillermo Cano, publicada en las páginas de este diario. Y que explica por qué su nombre no aparece en las paredes sin par; porque, de una manera metafórica pero irrefutable, esas paredes, en toda su magia, en toda su profundidad, son él.

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EL TIEMPO
Bogotá – Colombia
31 de octubre de 2018

Columna de opinión

El erotismo en ‘Cien años de soledad’ (III)
En la novela no se narra el momento en que Aureliano
consuma el matrimonio con Remedios.

Por José Miguel Alzate

En la parte II de la serie que sobre el erotismo en 'Cien años de soledad' he venido publicando en esta columna hablamos sobre cómo José Arcadio se apareció en la tienda de Catarino para rifarse entre las mujeres a diez pesos la boleta. Todas pagaron por buscar con la suerte la oportunidad de llevarlo a su cama. Metió los papelitos con los nombres en el sombrero y los fue sacando. Cuando faltaban únicamente dos nombres dijo: “Cinco pesos más cada una y me reparto entre ambas”. Ellas aceptaron. No obstante que en una buena noche se ganaban máximo ocho pesos, dispusieron de sus ahorros para disfrutar de un hombre que por el tamaño de su herramienta les garantizaba la satisfacción sexual. De eso vivía. Le había dado la vuelta al mundo complaciendo mujeres insatisfechas.

En la novela no se narra el momento en que Aureliano consuma el matrimonio con Remedios. Solo se cuenta cómo da a luz a los mellizos, y cómo tres días después del parto murió “envenenada por su propia sangre con un par de gemelos atravesados en el vientre”. El lector puede pensar que se debe a que Aureliano no fue bueno para las artes amatorias. Por esta razón, el narrador no se detiene en aspectos eróticos como sí lo hace cuando habla de las demás relaciones sexuales. Ni siquiera cuando Aureliano perdió la virginidad se detiene en detalles. Se saca en conclusión que, como Remedios era entonces una niña que se vestía con ropa de encajes infantiles, no tenía sentido hacer descripciones eróticas sobre alguien que apenas estaba despertando a la pubertad.

José Arcadio se casó con Rebeca días después de que regresó a Macondo. Descubrió que era la mujer de su vida la tarde en que ella, aprovechando que todos hacían la siesta, se apareció en el cuarto donde él descansaba en la hamaca, impulsada por ese deseo irreprimible que sentía de disfrutar de su compañía. “Perdone, no sabía que estaba aquí”, dijo ella cuando entró en el dormitorio. Él le contestó: “Ven acá”. Entonces ella se dejó llevar por el deseo de estar con él. Ni siquiera se resistió a sus caricias cuando José Arcadio le tocó los tobillos con la yema de los dedos. Tampoco se resistió cuando le puso las manos en los muslos. Después todo fue como un sueño. Rebeca sintió como si una brasa ardiente le quemara todo el cuerpo.

Después de hacer el amor con José Arcadio, a Rebeca le desaparecieron los vómitos que la atacaban cuando pensaba en él, las noches que pasó tiritando de fiebre al recordarlo, las tardes en que se quedaba embelesada observando su cuerpo fornido. Se casaron tres días después, en la misa de cinco. Como en Macondo todos creían que eran hermanos, el padre Nicanor Reina se encargó de aclarar en el sermón del domingo que no lo eran. Según el narrador, la luna de miel fue escandalosa. “Los vecinos se asustaban con los gritos que despertaban a todo el barrio hasta ocho veces en la noche, y hasta tres veces en la siesta, y rogaban que una pasión tan desaforada no fuera a perturbar la paz de los muertos”.

Aureliano es diferente de su hermano José Arcadio en lo que a la sexualidad se refiere. No tiene su desenfrenada pasión por las mujeres. Su primera experiencia sexual tuvo lugar bajo la carpa de un circo, con la niña que la abuela explotaba para recoger el dinero con que reconstruiría su casa, que se había incendiado por culpa de la menor. Un día fue a donde Pilar Ternera para que le enseñara las artes amatorias. Pero ella se negó. Sin embargo, años después vuelve hasta la casa de ella, dispuesto a hacer realidad su sueño de poseerla. Se apareció allí en medio de una borrachera. Antes había rechazado las caricias que una mujer quiso brindarle en la tienda de Catarino. “Vengo a dormir con usted”, le dijo cuándo traspasó la puerta de su casa “con la ropa embadurnada de fango y de vómito”.

Pilar Ternera “le limpió la cara con un estropajo húmedo, le quitó la ropa, y luego se desnudó por completo y bajó el mosquitero para que no la vieran sus hijos si despertaban”. Fue en esa ocasión cuando Aureliano se sintió realizado en el aspecto sexual. Nadie podía pensar que ese mismo hombre, ya con el grado de coronel en la Guerra Civil, fuera capaz de dejar embarazadas a diecisiete mujeres diferentes. Era distinto a José Arcadio en su contextura física. Este era tan corpulento que, después de que Rebeca lo mató de un tiro en la sien, para enterrarlo tuvieron que mandar a hacer “un ataúd de dos metros y treinta centímetros de largo y un metro diez centímetros de ancho, reforzado por dentro con planchas de hierro y atornillado con pernos de acero”.

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El Espectador
Bogotá – Colombia
1° de noviembre de 2018

Cultura
Nació el 8 de marzo de 1943 y murió el 1º de noviembre de 2008

El investigador francés
Jacques Gilard,
colombianista de corazón
Diez años de la muerte de un gran investigador de la cultura del Caribe
y de obras como la de Gabriel García Márquez. Homenaje.

Por Julio Olaciregui *
Especial para El Espectador

 Jacques Gilard reconstruyó la vida y obra de Gabo en El Espectador en los años 50. Parte de su trabajo está en el prólogo de "Entre cachacos", de Literatura Random House. / Cortesía Instituto Cervantes

Mientras conversaba con Alfonso Fuenmayor en una tienda del Barrioabajo de Barranquilla, Jacques Gilard gozaba ese mes de agosto de 1975 con la luz de las cinco de la tarde, oyendo el jolgorio de las bandadas de cotorras que llegaban desde el río Magdalena. Respiró hondo y se imaginó íntegra la escritura de sus ensayos, de su tesis, donde debía contar cómo fue procediendo y avanzando para investigar y escribir, y luego enseñar, la historia del Grupo de Barranquilla y la gestación de Cien años de soledad.

Gilard, piscis del 8 de marzo de 1943, oriundo de Toulouse, en el sudoeste de Francia, llegó a nuestra ciudad por primera vez a comienzos de ese faulkneriano agosto para iniciar su historia de amor con la literatura y la cultura de Colombia. Fuenmayor le contó sobre ese período de intensa actividad del joven García Márquez, a comienzos de los años 1950, cuando éste escribía casi a diario su columna “La Jirafa” en El Heraldo y seleccionaba los cables de las agencias de noticias para la página internacional. Gilard se encerraba por horas en la hemeroteca de ese diario para rastrear esos textos.

Entre las “Jirafas” encontró dos cuentos de García Márquez: "De cómo Natanael hace una visita" y "Un hombre viene bajo la lluvia". También dio con "Tubal-Caín forja una estrella", pero no lo incluyó en la edición de la Obra periodística de García Márquez, que sería publicada por la editorial Bruguera en 1981. “'Tubal-Caín forja una estrella' presenta las características de los cuentos, cinco en total, que constituyen el ciclo inicial de la obra de ficción de GM, ciclo interrumpido por el descubrimiento y el impacto de Faulkner (evidente en Amargura para tres sonámbulos, aparecido en El Espectador el 13 de noviembre de 1949). Usa la utilería de la literatura fantástica, elementos propios de la psicosis: hiperestesia, muerte consciente, drogadicción, el doble, multiplicación de ciertos personajes, confusiones de espacio y tiempo. Recuerda, además, con alguna nitidez, el antecedente de "William Wilson", relato de Poe (al que García Márquez ya conocía muy bien, y parece tener más presencia que "Le Horla", de Maupassant)”. Según él, todos los relatos de ese ciclo “parecen remitir a La metamorfosis, de Kafka... Otra presencia identificable es la de Joyce, aunque no sea más que en el uso, aún inseguro, de la técnica del fluir de la conciencia”, escribe Gilard.

Desde ese primer contacto con los barranquilleros, hasta su desaparición, hace diez años, el 1º de noviembre de 2008, Jacques Gilard nos brindó, a todos los que nos interesamos por estas mismas cosas, sus luminosos ensayos y análisis, sus cartas, sus coplas, sus consejos, su valiosa amistad, convirtiéndose para nosotros en “el sabio occitano”. En internet se escucha ahora un corrido en su homenaje compuesto al alimón por Carlos Valbuena, Enrique Flores y Fabio Rodríguez Amaya, grabado por el grupo Mezcal, donde se le describe como “amigo de sus amigos y persona de calidad”.

Además de haber recogido en cuatro tomos el periodismo del joven García Márquez, este apasionado profesor de la Universidad de Toulouse se ocupó de las obras de Ramón Vinyes, José Félix Fuenmayor y Álvaro Cepeda Samudio, traduciendo de este último La casa grande. También tradujo los cuentos de la escritora barranquillera Marvel Moreno (Algo muy feo en la vida de una señora bien), la novela De sobremesa, de José Asunción Silva, y El jardín de las Hartmann, del tolimense Jorge Eliécer Pardo.

Su gran amigo y colega universitario, el pintor y escritor bogotano-milanés Fabio Rodríguez Amaya, ha escrito un vibrante y sentido retrato suyo publicado en el libro póstumo de Jacques Gilard, Así leí a García Márquez (Collage Editores, 2015). “Una vez instalado como profesor de planta en la Universidad, Jacques Gilard da inicio a su actividad bifronte: la docencia para despertar corazones sordos y desvelar metáforas y la investigación que lo habría de convertir en el teórico del Grupo de Barranquilla y en uno de los mayores –si no el mejor– especialistas de la obra de sus integrantes”, escribe Rodríguez Amaya, profesor en la Universidad de Bérgamo, institución que publicó en 2009 Plumas y pinceles, dos volúmenes que suman 650 páginas sobre “la experiencia artística y literaria del Grupo de Barranquilla”. Fue el resultado de uno de los proyectos de investigación entre su universidad y la de Toulouse, en el que él y Gilard estuvieron trabajando durante 25 años.

De entre toda la obra ensayística de Gilard, a quien considero un filósofo de la literatura, al nivel de Tzvetan Todorov y Roland Barthes, admiro textos como "Veinte y cuarenta años de algo peor que la soledad" y "El Grupo de Barranquilla y el cuento", incluido en el primer tomo de Plumas y pinceles.

Hay en todos sus escritos, pero mucho más en los que figuran en esta última obra, un verdadero manual para un taller de escritura de cuentos, así como una guía para la reflexión sobre la producción literaria desde un punto de vista histórico, filosófico, sociológico.

“Pero lo que interesa no es la cantidad sino la densidad y la inmensa variedad de intereses y autores que trata. Entre todos destacan la recuperación de los más insignes intelectuales y olvidados escritores del siglo en ese país bañado en sangre por los odios políticos centenarios y la ceguera de la ignorancia: Jorge Zalamea y Eduardo Zalamea Borda. Pero es el comienzo pues no quedan de lado José Eustasio Rivera, Luis Carlos López, León de Greiff, Álvaro Mutis, Héctor Rojas Herazo, Manuel Zapata Olivella, Rafael Humberto Moreno-Durán, Julio Olaciregui, Roberto Burgos Cantor, Clinton Ramírez y algunas escritoras como Alba Lucía Ángel y Montserrat Ordóñez”, añade Rodríguez Amaya

Gilard y Rodríguez Amaya escribieron la historia de la literatura y el arte, del pensamiento nacionalista y las ideologías en Colombia durante el siglo XX. Ambos se refieren a Manuel Zapata Olivella (1920-2004), a la hechura de su obra en aquella Colombia que se creía blanca, apostólica y romana, hija de la Madre Patria española, que esperaría hasta 1991 para reconocer en su Constitución que es un país “pluriétnico”.

Gilard criticaba a Manuel Zapata Olivella diciendo que “sus convicciones de los años 40 y 50, de una rigidez estalinista, lo aislaron en un populismo asustadizo, y por la vía de la hostilidad a toda influencia extranjera, lo llevaron a elegir una forma sui generis de nacionalismo...”. Esto no es completamente cierto ahora que pueden leerse los textos teóricos que Zapata Olivella escribió, recopilados en Por los senderos de sus ancestros.

Sin embargo, Gilard reconoce su importancia: “Manuel Zapata Olivella: negro, comunista y costeño, hizo mucho por el estudio y la difusión del folklore de la costa atlántica. (...) Las giras folklóricas organizadas por Zapata en el país y en el extranjero contribuyeron con el progreso de una Colombia múltiple”. Gilard hizo una severa crítica a Del amor y otros demonios, de Gabriel García Márquez, en otro de sus artículos –"¿Orishas en Cartagena?"–, afirmando que el gran escritor desconocía la historia de la presencia de los hombres y mujeres de las naciones africanas, y de sus descendientes, en la costa Caribe de Colombia y por eso recurrió a un manual cubano llamado Los orishas en Cuba, de Natalia Bolívar Aróstegui, para darle consistencia al mundo místico de los esclavos de la familia de la protagonista, Sierva María de Todos los Ángeles.

Cartas inéditas

Conservo tres cartas de Jacques Gilard, una de 1979 y dos de 1980, en las que manifiesta su ardiente pasión por todo lo que tenía que ver con Colombia, su gente y su literatura: “Por fin tengo el libro de Plinio (Apuleyo Mendoza, El desertor), y te lo voy a mandar. De él recibí la semana pasada un cuento viejo, creo que inédito, que no quiso incluir en su libro. Es bueno, pero creo que hizo bien al no quererlo recoger (…) De modo más general, si tienes noticias de Barranquilla, infórmame” (Cugnaux, 19-IV – 79).

“Estos últimos días los dediqué al sabio catalán. Redacté carta de aceptación a la Gloria (Zea, directora de Colcultura). El trabajo sobre los papeles de Vinyes es muy interesante; y divertido: creo que solo reproduciré una parte mínima de sus fichas de lectura, digo: in extenso; pero creo que en cambio constituiré un corrosivo ‘diccionario secreto de la literatura colombiana’. Revisé también toda su labor de prensa: desde el principio, quiso realmente constituir un grupo, es evidente”.

“(…) Leyendo a Mallea, me convencí más de que Cepeda se equivocó: la vía se la daban los rioplatenses y no los yanquis” (Cugnaux, 13-I-80).

“Compré esta mañana Duel à Barranquilla, y mientras estaba, compré tres volúmenes más de esas colecciones llamadas acá de buffet de gare (¿cómo explicar en Colombia lo que es la literatura de buffet de gare?), todos sobre ambientes latinoamericanos; eché un vistazo al libro, rápidamente; es una mierda, pero cómo estaré de jodido, que la sola alusión al Cortissoz o al paseo Bolívar me pone la carne de gallina. Sería interesante escribir a cuatro manos sobre esas novelas policiacas de ambiente colombiano (…) Mientras voy releyendo esos papeles viejos de Alfonso (Fuenmayor) y Germán (Vargas) y los otros (ayer sentí la necesidad de escribirles y no trabajé en la ponencia sobre Cepeda) huelo esos olores de allá, y vuelvo a navegar por la densidad de baño turco de la 54; es ya lo único que me interesa en esa ponencia: que nuevamente voy respirando esas vainas. Lo triste es que cuando eso esté escrito, ni una sola línea le dará a nadie la sensación de un follaje de matarratón, ni se sentirá el calor, ni el polvo, ni habrá el olor que se siente en ese hijueputa calor…”.

El sábado 25 de octubre de 1980 el diario El Heraldo le dedicó una página entera a una “noticia literaria” que originamos entre él y yo. “El prestigioso periódico parisense Le Monde publicó un cuento de Julio Olaciregui, quien se inició como redactor de planta de El Heraldo, hace algunos años, traducido por el profesor Jacques Gilard”, puede leerse en la introducción a la entusiasta crónica que envió para anunciar esa buena noticia.

“Vale la pena hacer un poco de estadística. Hasta ahora, en Le Monde, solo había aparecido un escritor colombiano: García Márquez. Era el cuento ‘La prodigiosa tarde de Baltazar’, traducido por Claude Couffon. De eso hará como tres o cuatro años. Julio Olaciregui será el segundo (…) En cuanto al suplemento dominical, lo repito, en un poco más de un año de existencia, Augusto Roa Bastos era el único latinoamericano publicado. Me alegra, mucho más de lo que sería yo capaz de decirlo, el que Julio sea el segundo. Y me alegra haberlo traducido yo”.

Pocos meses después, el 21 de junio de 1981, publicó en la Revista dominical de El Heraldo otra exaltada crónica: “Roa Bastos opina sobre Cepeda Samudio y Olaciregui”. “Desde hace cinco años tengo el privilegio de contar entre mis colegas inmediatos a nadie menos que al escritor paraguayo y maestro de la narrativa hispanoamericana, Augusto Roa Bastos".

“Comportamientos humanos debe haberlos de todo tipo entre los grandes escritores, pero creo que debe ser difícil encontrar una mayor discreción que la de Roa. Poco se le ve y poco se le oye en la Universidad: parece tener una virtud especial para pasar inadvertido por los pasillos y las aulas de la Facultad. Pero me voy dando cuenta de que un buen sésamo para hacerlo surgir y desatar el flujo de su modesta y exquisita palabra es dejarle un libro en su apartado de la Universidad. Entonces Roa lo busca a uno y le comenta su lectura con una claridad perentoria y siempre provechosa. Me quiero referir aquí a las dos últimas conversaciones que hemos tenido durante estas semanas (…) Fueron tema de ambas dos escritores barranquilleros cuyos libros le había pasado yo a Roa. Para mayor precisión diré que son dos escritores jóvenes: Cepeda Samudio, el de Todos estábamos a la espera, y Julio Olaciregui (…) Roa me habló con ardientes elogios de los de los cuentos de Cepeda (…) Luego le regalé a Roa un ejemplar de Vestido de bestia (…) Me dijo que le habían gustado algunos de los cuentos (…) Y añadió que le gusta la forma que tiene Julio Olaciregui de concebir el fragmento narrativo”.

Jacques siempre nos daba buenas sorpresas. En una época, entusiasmado por la obra de Manuel Mejía Vallejo, se dedicó a componer coplas, muchas de ellas de corte erótico, “yo que no escribo con mis tripas sino con mi pobre cabeza”. Y cuando no estaba en su estudio, en su cueva llena de libros, estaba en la ciudad universitaria de Toulouse-Le Mirail, enseñando, hablando sobre Álvaro Cepeda Samudio o la poesía gauchesca y el Martín Fierro, de vallenato o de Julio Cortázar, de José Félix Fuenmayor o de Nicolás Guillén. Soñaba con viajar a seguir investigando, pero con el tiempo ya solo se desplazaba en tren a Barcelona o a Madrid. “Quiero irme de aquí, aunque una vez que esté allí (en Cuernavaca, en Barranquilla) me tenga que desvivir preguntándome qué estará pasando acá y sienta la urgencia de regresar a dar clases y a lavar platos. Por ahora nada: empiezan las vacaciones, y esto ya me entristece. Quisiera vivir, y solo el trabajo me da la impresión de que estoy viviendo; descansar también va a ser un remedio peor que el mal. Por lo pronto creo que aprovecharé esta noche de final de trimestre para emborracharme dignamente (...) Para el coloquio en la Sorbona, tengo la intención de llevar una vida muy desordenada. Así que probablemente iré al hotel y no a tu casa”.

Era un hombre de amistades firmes y durante años, antes de la invención del correo electrónico, se carteó con Tita Cepeda, con Ariel Castillo, con Monserrat Ordóñez, con Beatriz Manjarrés, con la poeta habanera Nancy Morejón. Le gustaba el ciclismo y seguía el Tour de Francia día tras día y llamaba por teléfono cuando algún ciclista colombiano ganaba una etapa.

Jacques había sido jugador de rugby en sus años mozos. Era alto, fuerte, de manos y brazos pecosos, y su perfume francés, su calva incipiente de intelectual, su seguridad al hablar, recreando nuestra historia literaria en un castellano sin acento, pero con matices habaneros, rioplatenses, madrileños, mexicanos o paraguayos, lo hacían atractivo, interesante, seductor, cualidades que él, aun cuando era tímido, iba descubriendo y aprovechando. Lo que más le gustaba era exponer ante un auditorio sus reflexiones y luego invitarnos a cenar y a tomar vino, rodeado por muchachas, colegas o simples estudiantes.

El ejemplo más palpable de su generosa recepción en Francia fue sin duda lo ocurrido con la obra de Marvel Moreno (1939-1995). Entre el 3 y el 5 de abril de 1997, en una inolvidable primavera, Gilard y Fabio Rodríguez organizaron un coloquio sobre la obra de la barranquillera. La fraternal y alentadora presencia de Gilard en la Universidad de Toulouse, su interés constante por la cultura latinoamericana –literaria, musical, política, deportiva– nos dieron un gran impulso.

Uninorte y la Cátedra Europa exaltaron la obra de Gilard

La obra de Jacques Gilard fue homenajeada este año en la Cátedra Europa de la Universidad del Norte, en Barranquilla. Como invitada estuvo su hija Céline Gilard, doctora en estudios ibéricos. Julio Olaciregui, Enrique Sánchez, Fabio Rodríguez Amaya y Ramón Bacca hablaron de la importancia de su legado en la cultura del Caribe colombiano. Céline Gilard, quien comparte el interés por la literatura latinoamericana, contó que todo empezó una noche en la que su padre no podía dormir después de haber leído Cien años de soledad: “Finalmente pudo dormir y al despertarse dijo que García Márquez era un genio, que acababa de comprenderlo todo y que quería trabajar sobre la literatura latinoamericana”. “No ha habido un estudioso, crítico e investigador que haya hecho tanto por la literatura del país. Después de 30 años de trabajo logró, junto al Grupo de Barranquilla, posicionar a Colombia en la tercera modernidad”, opinó Rodríguez Amaya.

* Fue corresponsal de El Espectador en París.
Su más reciente libro es
Las palmeras suplicantes
(Collage Editores).

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EL HERALDO
Barranquilla – Colombia
16 y 23 de noviembre de 2018

Columna de opinión
Leer y revivir

Por Heriberto Fiorillo

Leer y sentir a García Márquez es la mejor manera de mantenerlo vivo entre nosotros. Alguna vez dijo él que ser inmortal era su gran ilusión. Ya sabemos que su obra literaria permanecerá por siempre, mientras exista un lector sobre la tierra, en Marte o cualquier otro planeta.

La muerte, que lo asustó por primera vez al morir su abuelo, es presencia y espacio permanente de las novelas y cuentos de Gabito a veces desde la escritura de títulos expeditos, como Crónica de una muerte anunciada, La otra costilla de la muerte, El ahogado más hermoso del mundo, Muerte constante más allá del amor o Los funerales de la Mama grande.

Si resumimos sus novelas, La Hojarasca es la historia de un viejo que lleva a su nieto a un entierro; Cien años de soledad narra el proceso de deterioro y las muertes de siete generaciones de una familia, los Buendía, en Macondo; El Otoño del Patriarca, el deterioro y las muertes de un dictador del Caribe; El amor en los tiempos del cólera, una historia de amores y muertes en la que el amor por fin gana.

Desde su primer cuento, La tercera resignación, el tema de la muerte vertebra toda su obra porque el mundo de los vivos y el de los muertos pertenecen a un solo espacio de realidades y ficciones, desde el cual puede contar un narrador muerto vivo, como en el Pedro Páramo de su maestro, el mexicano Juan Rulfo.

En Gabo se narra también a veces desde la muerte o se muere varias veces en la vida y en la muerte. Permítanme dos pequeñas digresiones alrededor de la muerte en García Márquez.

La primera: en uno de sus escritos (en el que habla de las posibles influencias de autores como Kafka, Joyce, Edgar Allan Poe y Graham Greene en García Márquez) el crítico Jacques Gilard señala un miedo ancestral del escritor colombiano: el de ser enterrado vivo. Y dice que en los primeros cuentos del Nobel se percibe un conocimiento, así sea superficial, y una posible aplicación del psicoanálisis.

Pero advierte: “Desde luego, por mucho atractivo que tenga esta especie de traducción del motivo literario en términos de psicoanálisis, no se puede ignorar tampoco que sería empobrecer a la creación artística el afirmar que las cosas corresponden unas o a otras, de término a término, en una forma puramente mecánica”.

La segunda: Gabito confesó varias veces que todas sus historias partían de una imagen que, luego, si era del caso, él transformaba o desarrollaba. Por ejemplo, El coronel no tiene quien le escriba surge de la visión de un viejo esperando el correo en los muelles de Barranquilla. La siesta del martes, considerado por él su mejor cuento y dedicado a Mercedes Barcha, su cocodrilo sagrado, brota de la imagen de una mujer y de una niña vestidas de negro y con un paraguas negro, caminando bajo un sol ardiente en un pueblo desierto.

La mujer y la niña buscarán en el cementerio la tumba de su esposo y padre, muerto a disparos mientras intentaba entrar en la casa de una viuda. (Continuará).

Leer y revivir (II)

La siesta del martes es considerado por García Márquez su mejor cuento y está dedicado a Mercedes Barcha, su esposa. El cuento surge de la imagen de una mujer y de una niña vestidas de negro, caminando bajo un paraguas también negro, en el sol ardiente de aquel pueblo desierto.

La mujer y la niña buscarán en el cementerio la tumba de su esposo y padre, muerto a tiros mientras intentaba entrar sigiloso a la casa de una viuda.

Solo que, en el cuento y por decisión del Gabo autor, la esposa impide la recreación de aquella primera imagen que dio origen a la historia.

–Esperen a que baje el sol –dijo el padre.

–Se van a derretir –dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala–. Espérense y les presto una sombrilla.

–Gracias –replicó la mujer. Así vamos bien. Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.

El narrador de Cien años, dice el crítico Dieter Janik en su análisis sobre esta novela, hace su relato desde una siquis en la que están enraizadas de manera imborrable ciertas experiencias existenciales. La narración se desenvuelve desde una muerte anticipada, desde la experiencia de la muerte que se extiende a la vida. Como si esta discurriera dentro de la muerte.

En la perspectiva de ese narrador, la vida es un estado intermedio entre la vida y la muerte. Una muerte vida y un narrador omnisciente e inmortal. Por eso, en Cien años, las acciones de los Buendía no son sino la realización y puesta en práctica del destino y de la catástrofe, consignados con antelación en los pergaminos de Melquíades.

En 1995, Gabito conversa con el periodista argentino Rodolfo Braceli.

–De tal madre, tal astilla, le dice Braceli. Usted tiene a quien salir.

–Sí –responde Gabo– porque para nosotros la realidad no es la realidad concreta, escolástica, de que si usted se golpea aquí, se rompe la cabeza. Esa es la realidad, pero también son realidad los muertos que salen, los desaparecidos, las magias, Dios, los milagros, todo. ¡Todo! No hay una frontera. Se pasa de una cosa a la otra. Y mi madre vivió siempre, más que nadie, en eso.

En el 2006, año en el que empezó a notarse la pérdida de su memoria, Gabo le dijo al periodista español, Xavi Ayén, autor de Aquellos años del Boom:

–De hecho, ya tampoco me despierto por la noche asustado, tras haber soñado con los muertos de los que me hablaba mi abuela en Aracataca, cuando era niño, y creo que eso tiene que ver con lo mismo, con que se me acabó el tema.

Un proyecto en el que Gabo trabajó alguna vez narraba la historia del hombre que debía morir en el preciso instante en que terminase de escribir la última frase. Gabo pensó que aquello podría sucederle a él y lo dejó.

Al principio de Cien años de soledad no existía aún Macondo, porque la tribu del primer José Arcadio no había tenido tampoco su primer muerto, ni habían concebido Úrsula y el patriarca un hijo, por un motivo que les remordía en su conciencia: los dos eran primos.

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