28 de septiembre de 2011

MEMORABILIA GGM 523
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 MEMORABILIA GGM
Cali – Colombia
28 de septiembre de 2011

Publicamos la siguiente crónica, por gentileza de su autor

Me estás fastidiando

Por Jorge Eduardo Núñez H.

En la madrugada del martes 13 de Mayo del 2008, se hizo efectiva la decisión del Presidente Alvaro Uribe Vélez de extraditar hacia los Estados Unidos a  catorce de los más encumbrados capos del narcoparamilitarismo en Colombia. Las consecuencias mediatas e inmediatas de aquella decisión serían impredecibles. Rodrigo Pérez Alzate, alias, Julián Bolívar, Comandante militar de uno de los más importantes Bloques de las   estructura de poder del paramilitarismo no iba en esa remesa humana. Bolívar, además de estar cooperando, efectivamente, con sus declaraciones en el llamado proceso de Justicia y Paz que apuntaba a esclarecer la verdad sobre los hechos de muerte y dolor que había padecido el país los últimos diez años, quería contar, de manera especial, el cómo se habían tomado la ciudad de Barrancabermeja, considerada durante muchos años, bastión inexpugnables  de los movimientos antiimperialistas, nacionalistas y sociales de Colombia. 

Una mañana de diciembre del 2009, una emisaria del comandante llegó a mi casa. Traía una propuesta expresa desde la cárcel de máxima seguridad de Itagüí en la que se encontraba recluido Julián Bolívar: quería que yo asumiese, en mi condición de cronista, la tarea de contar la historia sobre la llegada de las autodefensas que él comandaba a la Capital Petrolera de Colombia. Me pareció provocante y paradójica la propuesta. Provocante por la sensibilidad del tema en un momento en que todos los medios de comunicación, nacionales e internacionales, se enriquecían, a su manera, con los hechos, las  noticias y los escándalos que estallaban a raíz de las confesiones de los paramilitares detenidos en distintas cárceles del país. Paradójica por el momento personal que vivía en esa ciudad: Estaba postrado en una cama como consecuencia de un severo accidente cerebro vascular producto de una inmanejable crisis de estrés. Sentía en las carnes y el alma   una dramática vivencia de bloqueos sociales, políticos y afectivos en la tierra de mis entrañas, ¡y me llegaba una oferta de reconocimiento intelectual desde la orilla de uno de los actores en conflictos más cuestionados por sus acciones de guerra!

Luego de consultarlo con la familia y un grupo cercano de amigos, sin compromisos, acepté ir hasta la Penitenciaría a dialogar con el comandante. Cuatro horas de conversación y material escrito en medio físico y electrónico me sirvieron de punto de partida para evaluar y decidir sobre la oferta. Estando en el drama de responder a la propuesta  y definir si asumía o no la escritura de la crónica, llegó a mi casa a visitarme el coordinador local de la Red Nacional de Talleres Literarios, (RENATA) el Licenciado Uriel Navarro Urbina.

En medio de la conversación me dijo que estaba leyendo el recién publicado libro del inglés Gerald Martin sobre Gabriel García Márquez, y que le resultaba extraño que en el cuadro genealógico del Nobel no existiese referencia sobre de grado de familiaridad de mi difunto padre, Eliécer Núñez García, con él. El comentario de Navarro me sacudió. Me intrigaba saber el por qué de la omisión del inglés. El propio Uriel me ayudaría a resolver el enigma cuando a comienzos de enero del 2010 llegó al Hospital de Ecopetrol, donde me recuperaba de una dolencia, con un presente en sus manos: El texto del “Tío Gerald” como lo bautizó la familia de Gabo: Gabriel García Márquez. Una vida. Allí estaban consignadas en las primeras páginas expresiones reveladoras, preñadas de claves que empezaban a despejar mis inquietudes: Refiriéndose al padre del escritor, el inglés decía: “Gabriel Eligio había pasado la infancia y la juventud en la pobreza, aunque poco se conoce en detalle de su vida anterior; de hecho, parece que ni siquiera sus propios hijos le pidieron muchos pormenores: era siempre el lado Márquez el que de veras contaba, la parentela de la Guajira.”(Pág 48). Y más adelante refiriéndose a la estadía de Gabito en Sincé, la tierra natal de su padre carnal, diría el inglés: “No es difícil imaginar la angustia de dejar a su abuelo enfermo y el contraste cultural al conocer el lado menos respetable de la familia” (Pag 88). Los subrayados son míos.

Los datos, enfoques, análisis y revelaciones que suministraba el profesor británico en la medida en que navegaba en su caudaloso y sorprendente texto, bien pronto produjeron en mi dos efectos. Uno: disolvió la idea de asumir el trabajo escritural en torno a la llegada del Bloque Central Bolívar de las autodefensas a la ciudad petrolera de Colombia, con toda su carga de pasiones, dolores y tragedias. El libro de Gerald Martín permitía, desde sus enfoques, una relectura de la historia colombiana, a partir de la vida de García Márquez, y esto me resultaba más apasionante que navegar en los episodios de una historia regional.  Un segundo efecto: Me permitió resolver un trauma íntimo que gravitaba lacerante en el circuito de mis soliloquios luego de un desafortunado encuentro con Gabo, una noche de goce en Cartagena.

En el alma, esencial, prioritaria y casi que exclusivamente, yo hacía parte de la legión de admiradores del Gabo de los setenta: El cronista político. No tanto el escritor.  Los efectos del llamado “boom literario” de los sesenta se desvanecía en medio de los ritmos de la salsa, sobre todo entre quienes habíamos nacido por los lados de la cuenca del Caribe y sus entornos.  La música afrocaribe con sus sones, cadencias, historias urbanas, bembés, rumbas y areítos penetraba cada vez más nuestros días y noches, después de haber visto a comienzos de los setenta, la película Nuestra Cosa Latina. Gabo era un símbolo político-literario importante de la naciente social-bacanería, y eso, por lo menos a mí, me bastaba. Nuestra iconografía era versátil: Silvio Rodríguez, Victor Jara, Soledad Bravo, Ismael Rivera, Rubén Blades, Ana y Jaime, Piero, Jorge Santana, tantos.

El escritor me lo había dado a conocer mi padre de una manera singular: por los años sesenta, siendo un púber. Un atardecer, como era habitual, el llegó a casa en bicicleta. Casi siempre, en la parrilla de la misma traía una gran bolsa de manila que contenía panes, pedazos de carne frita y huevos cocidos. Los traía del casino donde comían los trabajadores de la empresa petrolera en que laboraba. Era un ritual. Con mis hermanos menores y mi madre degustábamos las viandas al comenzar la noche. Un día, junto con la bolsa, papá trajo un paquete de libros. Apenas se bajó de la bicicleta, me dijo: “En esta colección hay un libro escrito por un primo tuyo, léelo”. Seleccionó texto y me lo entregó. Ante mis ojos estaba un libro de pasta rojonaranja que decía: Gabriel García Márquez, y dentro de en una especie de media luna blanca un título: La hojarasca. Abajo. 1er. Festival del Libro Colombiano. Lo recibí. Vine a leerlo muchas décadas después.

Al que si leería con pasión era al periodista militante de los setenta y los ochenta. A ese lo buscaba con frenesí en las páginas de la Revista Alternativa y el diario El Espectador. Y no era para menos. Eran años de ebullición política nacional e internacional: Manifestaciones estudiantiles, campesinas, huelgas obreras, tomas guerrilleras, solidaridad con Vietnam, Nicaragua, Chile. Y de ese creciente oleaje se nutría y nos nutría Gabo con su pluma. Ese era el personaje que yo tenía instalado en el alma y que salió sin permiso desde las sombras del tiempo, vehemente, a buscar libertades en una conversación anhelada, una noche la ciudad amurallada.


Habíamos llegado a Cartagena, desde Barrancabermeja, a orillas del gran Río de la Magdalena, un jueves de enero del 2006, con la esperanza de poder conversar con Gabo. El encuentro con el brujo mayor se había convertido en obsesión. Uriel Navarro Urbina, gabólogo hasta las tuétanos; Guillermo Bejarano Mosquera, dirigente gremial, amante de la música, el cine, la literatura universal, el deporte y la buena conversación, junto con mi sobrina Gina, quien no quería viajar a Londres, sin antes conocer al afamado primo; mi hija menor Diana quien quería de regalo de sus quince años cumpleaños tocar y besar al renombrado autor de Cien Años de Soledad, mi querida esposa Luza y yo que solo una vez en Cartagena había visto al gran primo en la casa de su padres en el barrio Manga,  formábamos parte del grupo.

En la Ciudad Heroica se celebraba el primer gran encuentro HAY FESTIVAL, y la presencia de Gabo era un poderoso magneto de atracción para las gentes vinculadas con el mundo literario. Jaime García Márquez, su hermano y líder de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, nos atendería con una calidez envolvente desde el primer día de nuestra llegada. No obstante mis nexos de familiaridad con él, la posibilidad de abordar al gran personaje estaba muy lejana, y así nos lo hizo saber. La competencia social por tener una cercanía con el bello monstruo de nuestras letras nacionales era feroz, y ningún viento de relaciones soplaba a nuestro favor.

Nuestros esfuerzos por contactar al hijo del telegrafista estaban a punto de naufragar pero por una inesperada coincidencia nacida de una invitación a cenar hecha por mi cuñado Lucho Giraldo, tendríamos ocasión de compartir en el restaurante Comarca, la noche del sábado 26. Serían varias horas de tertulia con el hombre más buscado en Cartagena por los periodistas, escritores, editores, artistas y estudiantes que se conformaban con rondar y pasear la mirada por las ventanas del aprestigiado restaurante. El salón estaba decorado con algunas luminarias intelectuales y políticas del momento. Gracias a la deferencia del propietario del establecimiento con mi cuñado, nuestra mesa quedaría estratégicamente ubicada al lado del lugar reservado para la joya humana más preciada de aquella noche. Nos separaban pocos centímetros. Desde que se sentó, el Gabo enganchó en simpatías con Uriel y Memo Bejarano. Era como si se conocieran desde tiempo atrás. Se reían, murmuraban, gozaban y acompañaban palmoteando el ritmo de las canciones de Emiliano Zuleta Baquero y Rafael Escalona que a coro cantaban decenas de hombres y mujeres, esa cálida e inolvidable noche.

Desde un ángulo de nuestra mesa yo me limitaba filmar lo que sucedía. Vi desde el lente acercarse a Gina al oído del Nobel a contarle -lo supe después- que mi padre, su tío menor, había muerto hacía poco. Gabo lo lamentó. Vi a mi hija acercarse y besarlo. Desde la filmadora, la vi de nuevo cuando le pedía un autógrafo que Gabo, luego de consultar a Mercedes, se negó a concederle. “Ese es un libro pirata”, le dijo. Lo supe después.  Dianita no atinó a decir nada. Ella solo sabía que era una edición de lujo que nos había regalado Jaime, su hermano, en la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. El periodismo, el mejor oficio del mundo. Ella se vino hasta donde me encontraba filmando y me dijo: “Padre, aproveche y salúdelo”. Estaba, a sus espaldas, a menos de cuatro metros. Justo en ese momento Rafael Santos, co-director de El Tiempo, se levantó de la silla contigua a la de Gabo, y me dirigí hasta allí.

Cuando me senté a su lado me miró sorprendido. No era para menos. Invadía su espacio inmediato. No me reconocía. No le di tiempo a decir nada. “Soy el hijo mayor de Eliécer Núñez. De Barrancabermeja. Gabo sabía que mi padre era el hermano menor de su padre Gabriel Eligio. Lo había tenido como su asistente de telegrafista en varios municipios en el antiguo Departamento de Bolívar, y cuando mi padre y sus hermanos empezaron a trabajar en las petroleras, el tío Gabriel Eligio, por los años sesenta y setenta iba a visitarlos. En sus viajes por barco hasta Honda, el joven Gabito, dormía en los campamentos petroleros donde nuestro tío Julio mientras los barcos esperaban que el río aumentase su caudal. Los afectos de Gabriel Eligio por sus hermanastros eran inocultables. Los unía Sincé, su tierra natal. Eso lo sabía Gabo quien ya Nobel había compartido con ellos horas de licor, comida y anécdotas en su grande y bella casa en Cartagena .Con esa carta de recuerdos me lancé a abrir la charla. Gabo recordó el dato de la muerte de mi padre y me dio sus condolencias

De inmediato arranqué a forzar un diálogo diciéndole que sabía que no estaba escribiendo pues se iba a dedicar a recorrer el mundo visitando a sus amigos que era lo que más apreciaba. Me asintió con un gesto el comentario. Con esa señal, volví a la carga. “Eso de el aprecio por tus amigos, es una actitud de vida ejemplar, a mi me emociona, me impacta”. Sonrió. Tomé nuevamente la iniciativa buscando un tendido de confianza y me fui, sin saberlo, por un atajo prohibido, vetado, tortuoso.

“Tu amor por los amigos lo supe leyendo a Vargas Llosa en Historia de un Deicidio”. Gabo abrió los ojos con mayúscula sorpresa, y giró para mirar a su esposa Mercedes que seguía atenta mis palabras. “Eso no lo dice ese libro”, acotó Gabo, con un tono inocultable de molestia. “Bueno, yo lo leí ahí”, le dije espontáneamente. Gabo se acomodó en su silla, y volvió a decirme ya en un tono mayor. “Eso no lo dice ese libro”. Mercedes reflejaba molestia en su rostro. Botó con fuerza una bocanada de humo. Sentí que Uriel me jalaba el pantalón por debajo de la mesa. Guillermo desde su posición me hacía señas con un leve fruncir del seño y un movimiento a lado y lado de su cabeza que me daba entender que algo andaba mal.

No intuía ni adivinaba nada acerca de las razones que acicateaban a mis amigos para que yo dejase de lado el tema. Para mí, en ese momento de tensión, no existía en ningún lugar de mi ser incorporado el dato del incidente en México, para el año 72, del golpe en la cara  que Vargas Llosa le había propinado a Gabo. Ese episodio mayúsculo me era absolutamente desconocido. Me enteré del mismo la mañana siguiente, en medio de un terrible guayabo, porque me lo contó Uriel.

Interpreté sus gestos y quise salir de aquel momento dejando de lado a Vargas Llosa pero no la idea central de reconocer el valor que Gabo daba sus amigos. Sin saber la sal que había derramado sobre la herida, al traer a la conversación el nombre del peruano, creí que cambiando la escena las cargas mejorarían. Días previos a nuestro viaje a Cartagena mis ojos habían reposado en las primeras páginas de una compilación de Testimonios y Ensayos sobre la vida y obra de García Márquez realizada por Juan Gustavo Cobo Borda, y en tal trabajo, a manera de sutil sugerencia el compilador transcribía en la portada del libro la expresión “para que mis amigos me quieran más”. Cobo Borda había tomado aquella frase de una entrevista publicada en El Mercurio de Chile y concedida por Gabo en 1990, a la periodista chilena Ana María Larraín. En algún lugar de mi memoria aquella frase reforzaba mi convicción sobre el concepto de la amistad en Gabo con que aquella noche abrí la conversación.

“Gabito, no se si me traicione la memoria, pero yo estoy seguro de haber leído eso ahí, corroboraré el asunto después pero la verdad es lo que me ha cautivado es tu autenticidad en las relaciones con los amigos”. Creí que con aquella declaración dejaba zanjada la inexplicable molestia. Sin dar tiempo, a que por algún gesto me indicara Gabo que la conversación estaba terminada, cambie el ángulo pero no el tema.

“Gabo, déjame y te digo algo más: lo que para mí y para muchos hoy por hoy  refleja,  el amor por tus amigos, es el notorio silencio que has guardado frente al inédito  proceso revolucionario que se vive en Venezuela con Chávez. ¡“Coño”!, como dicen ellos, lo que ha habido allí: redistribución de la renta petrolera, manifestaciones multitudinarias, declaraciones grandilocuentes, fracturas sociales, insultos a la gente de la Casa Blanca,  solidaridades internacionales, amenazas externas, paros petroleros y gremiales, intentos de golpe, guerra mediática, publicaciones de libros por millares, misiones cubanas de salud, educación, de todo ha sucedido allá, Gabo,  un verdadero hervidero social y político y eso amerita una mirada tuya, Gabo. Pero por no herir tus cálidos afectos con Carlos Andrés Pérez, el ex presidente venezolano, prefieres mantenerte al margen, o no es así”, le dije en un tono ligeramente provocante.

Gabo, acercó más la silla como buscando un cara a cara mayor. “Yo no vine aquí esta noche a hablar de política, vine a gozar. Ya me estas fastidiando”.

El tono de su voz, la expresión de su rostro, la tensión de su cuerpo, el ritmo de la respiración y la contundencia de su frase, me rebelaron con fuerza la gravedad del instante. Estaba en el centro de un lío conversacional. Desde las entrañas sentí que tenía que salir de ahí de inmediato.

“Mira primo, yo no te estoy hablando de política, el ejemplo apunta a resaltar tu lealtad con los amigos, así tus seguidores políticos nos desvivamos y anhelemos por  ver que con tu pluma y tu prestigio blindas ese proceso revolucionario en inminente peligro”. Esa actitud humanitaria me parece valiosa y es lo que quiero resaltar. No el telón de fondo.”

Creí que la explicación con tono de excusa sería aceptada pero los términos que seguirían de aquel diálogo con agendas y libretos íntimos distintos, enquistados como un guión extraño en algún lugar de mi intimidad, dirían lo contrario.

–Tú que trago estás tomando, –me preguntó Gabo.
–Aquí lo ves: whisky
–Parece que se te subió, me contestó.
– Nada de eso Gabo, excúsame la molestia que te ocasiono con este tema de Venezuela pero la verdad lo único que has dicho sobre Chávez nos dejó un sabor agridulce y quiero desahogarme. Si, mi primo, dijiste por allá por el noventa y nueve en un artículo de prensa que habías tenido la inspiración haber tratado con un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más. Y eso en tu pluma es jodidísimo.

Lo vi distante, lejano, desconectado de mi emoción. Viviendo posiblemente la suya por mi perorata. Pero seguí.

–Mi afecto como el de mi familia y mucha gente por ti es muy hondo, tan hondo que gracias a ti salvamos de la muerte en Barrancabermeja a nuestro primo el profesor Lucho Galindo Bejarano, cuando tu lo apoyaste para que se fuera a Venezuela ya que los paramilitares de la época lo querían matar por ser miembro de Amnistía Internacional. Tu habías impulsado en el setenta y ocho la agrupación Habeas, que era Fundación para los Derechos Humanos de las Américas con el objetivo de activar la liberación efectiva de los prisioneros en pleno régimen de terror del turbayismo en Colombia. Te la jugaste por los presos políticos. Y a nuestro primo Lucho, no sólo lo protegiste, sino que una noche, estando en Caracas, Gustavo, tu hermano, lo invitó a compartir contigo música, trago y comida en casa del Presidente Carlos Andrés Pérez. Lo hiciste sentir familia. Eso me dijo. De allí salió Lucho encendido por el licor, y en el Metro de Caracas se puso a gritar que Viva Gabo, que Viva Gabo, y la PTJ lo detuvo, él se defendió diciendo que “venía de la casa del Presidente, que era colombiano, exiliado, primo tuyo”, como sin con ese santo y seña fuera a lograr detener los atropellos de la policía, y los de la PTJ, ni le creyeron ni lo soltaron. Fue a parar a una comisaría.

Cuando terminé de decir aquello, detrás de mí estaba Jaime, su hermano diciéndome. “No molestes a Gabo.”. Y al lado de él Uriel y Memo inyectados de asombro e indignación. Jaime me tomó del brazo, buscando levantarme de la silla, pero Gabo colocó instintivamente su mano izquierda e mi antebrazo como deteniéndome, al tiempo que decía.

–Ahora no me irás a decir que dejé a Lucho como preso político en una cárcel venezolana. Yo en mi vida he ayudado a más de un centenar de presos políticos, y si no intervine en favor de él, es porque no era un preso político importante. Ni me enteré. No era un asunto relevante, importante, y ustedes, dijo mirando a Jaime, Uriel y Memo, tranquilos, esto es un asunto de familia.

En ese instante supe que el ambiente se había caldeado a mi alrededor. Al fondo los cantos vallenatos y las risas seguían sosteniendo la atmósfera de fiesta. Había que salir de aquel atolladero.
–Gabo, te ruego me disculpes. No quise provocar deliberadamente molestias. Si hice alguna pregunta incómoda o alguna afirmación hiriente, te pido mis disculpas. Lejos de incomodarte, de fastidiarte, quería hablar contigo así, sin agendas, ni preguntas.

–La próxima vez, mejora tu abordaje. Eso es clave en una conversación, terminó diciendo.

Mercedes puso levemente su mano sobre el antebrazo de Gabo. La ternura de su gesto fue bálsamo en aquel instante. Jaime, Uriel y Memo, acercaron sus manos, por distintos lados a mi cuerpo. Sentí que me alzaban. La música, las risas, el trago y el baile siguieron. Mis amigos continuaron conversando sin trascendencias con Gabo y sus contertulios. Al salir de Comarca, Uriel, se me acercó y me dijo:
–¿Sabes lo que hiciste?
–¿Y qué hice de extraño?, le pregunté desde la sólida creencia de mi inocencia.

Uriel no pararía de contarme, mientras regresábamos a Barrancabermeja, el alcance del incidente con Vargas Llosa en el contexto de las solidaridades con la revolución Cubana y  la división que había surgido entre los intelectuales por el caso del poeta  Heberto Padilla detenido en La Habana.  La verdad no sabía nada de eso. “Definitivamente sabes muy poco de tu primo”, me dijo al despedirse.

Apenas llegué a casa, aún sin abrir las maletas fui a buscar el texto García Márquez: Historia de un Deicidio. Era el primer libro biográfico que se editaba sobre Gabo en el año 1971 por Tusquets, Editores de Barcelona, España. Empecé a leerlo buscando ansiosamente la frase de la molestia la noche de la conversación fallida. Justo allí estaba en la página 39. “… En estos compañeros, en Plinio Apuleyo Mendoza y en el poeta Alvaro Mutis, a quien había conocido el año anterior en Cartagena, en quien piensa García Márquez cada vez que declara a los periodistas “que escribe sólo para que mis amigos me quieran más”. Sentí paz conmigo mismo. Uriel había salido en mi auxilio en muchas tertulias y conversaciones donde relatábamos el incidente como un ejemplo claro de impertinencia. Ante el asombro y el no ocultado fastidio de algunos, el Licenciado cerraba la puerta a cualquier juicio diciendo: Su atrevimiento tuvo el atenuante de la inocencia.

No obstante aquella absolución, una especie de pudor y pena se había instalado en mí. Tuve tristeza por mi ignorancia, asombro por mi falta de tacto y más cuando  hacía pocos días  había terminado de leer un capítulo revelador sobre El poder de las conversaciones en un libro del chileno Rafael Echavarría: La Ontología del Lenguaje. Yo había hecho todo lo contrario a lo sugerido por el escritor austral. Lleno de interrogantes estuve un lustro.

Las circunstancias de aislamiento y enfermedad en que me encontraba cuando apareció la obra de Gerald Martín, me permitieron, gracias al gesto generoso del profesor Navarro Urbina, ocupar el tiempo con una pasión investigativa sin precedentes en mi vida de lector. Con el paso de las hojas, los días y las noches, descubriría la ternura del Coronel Nicolás Márquez, “Papa Lelo”, con su nieto Gabito en los primeros años de su alborada existencial. Con el paso de las hojas, la lectura de libros complementarios, las conversaciones y los meses, sabría más del universo garciamarquiano, y en especial, redescubriría  la magnitud de Gabriel Eligio, su padre. La misma que llevaría a su hijo Jaime García Márquez a decirle en una entrevista a Silvia Galvis: “Mi papá es un personaje que no se ha estudiado y que daría para mucho, si algún día, alguien se interesara por reconstruir su vida”.

En el frenesí de la búsqueda sobre nuestra constelación familiar, Jaime, me hablaría de un artículo de prensa  escrito por Antonio Hernández Gamarra, ex Contralor General de la Nación, nacido en Sincé, Sucre, en el que se precisaban aspectos sobre la vida de nuestra abuela común, la “Niña Gime”, que resultaron desconocidos para el inglés. Antonio, abriría desde ese instante un sendero de datos de inmenso valor.  Jaime, desde el día del lanzamiento del libro en Colombia, sabía que existían temas pendientes en el trabajo del profesor Gerald. Conocedor de mis inquietudes me remitiría a hablar con Fernando Jaramillo, creador de la pagina web memorabiliaGGM. Sería una remisión luminosa e invaluable en mis búsquedas. En la misma línea me hablaría de la existencia de un texto único y valioso escrito por  el ex Ministro  Colombiano del Interior Armando Estrada Villa: “El poder político en la novelística de García Márquez”, publicado por la Universidad Pontificia Bolivariana, en el 2006. Conocería al Doctor Estrada y su libro. No había dudas. Estrada Villa había hecho un trabajo con la paciencia que dan los años y en el que convergían su formación intelectual y su vasto conocimiento del ejercicio del poder desde las entrañas del Estado. La profundidad de su obra y las conversaciones semanales potenciarían más búsquedas y más hallazgos. Los mismos que me llevaron, en la casa museo del maestro Fernando González Ochoa, Otraparte, ubicado en Envigado, Antioquia, a decirle, a finales del 2010, en un conversatorio a Jaime García Márquez: “Tu padre fue un hombre ilustre, versátil y vital para su época. Llevaba en la sangre el ADN y la historia del Gran Bolívar. El que está por redescubrir. Hay que sacarlo de los sótanos de la incomprensión y el olvido” . Sonrió.

“Hay que hacerlo”, me dijo.

Y tenía y tiene muchas razones para decirlo. Nacido en Sucre, “El País de las Aguas”, al decir del profesor sabanero Isidro Alvarez Jaraba, Jaime, lleva en el alma, al lado del vallenato, la magia de la cumbia y el porro, los cantos de vaquerías, las historias de plaza y patios aún no contada, las luchas por la tierra y los arrozales, conocía y conoce como pocos, ese otro pedazo del Caribe colombiano en que Gabo, su padrino y hermano mayor, desde una hamaca, definió su vocación definitiva de escritor.

Medellín, septiembre de 2011

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