CLARIN
Buenos Aires – Argentina
9 de enero de 2026
Opinión
El revés y el derecho
El académico
canario, tal vez quien más sabe sobre la vida y la obra de Gabriel García
Márquez, analiza los acontecimientos de la región y la crisis en Venezuela tras
la captura del dictador Maduro por parte de los EE.UU.
Ilustración de Fidel Sclavo
Por Juan Cruz
Profesor titular de sociología en el Whitman College, Washington, Estados Unidos, Álvaro Santana nació en Tenerife, Canarias, no conoció a Gabriel García Márquez, pero ahora es quien más sabe (quizá) de la vida y los milagros (literarios) del autor de Cien años de soledad. Ha puesto en marcha (en Bogotá, irá a otras capitales) la mayor exposición sobre la vida y obra de Gabo, ha escrito libros sobre él y ahora está consternado por lo que pasa en la región del mundo que tanto importó al escritor que más admira: América Latina.
-Era
un latinoamericanista convencido. Perteneció a una generación de escritores que
supieron celebrar su identidad regional y nacional (era caribeño y colombiano)
y construir una identidad latinoamericana abierta al mundo. Por eso, sus libros
se leen como historias caribeñas y colombianas y como historias
latinoamericanas y universales. Como sus grandes compañeros en la aventura de
unificar las letras de toda región, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos
Fuentes y otras tantas voces, Gabo demostró que a partir de un conocimiento
detallado de una realidad local se podía conversar todos los pueblos del mundo,
como logró en Cien años de soledad.
–García
Márquez decía que era tan solo un “notario” de las cosas que veía o que le
contaban desde niño. Por eso, lo que nos cuenta en Cien años de soledad sí
“ocurrió”. Uno de los momentos más increíbles de la novela, el ascenso de Remedios
la Bella al cielo, era una historia que había escuchado sobre una joven que se
fugó con su novio, pero su familia, avergonzada, prefirió contar el cuento de
que ella había subido al cielo. Gabo le dio un giro literario en la novela a
esta anécdota real. Él insistía en que no había ni una sola línea de esta
novela que no tuviera una base real. Ese realismo es clave en la vigencia de la
novela. Pero al mezclarlo con situaciones que parecen increíbles Gabo introdujo
el componente maravilloso que, gracias al éxito de la novela, se popularizó con
el nombre de “realismo mágico”.
–Eres canario. Le escuché a Gabo hablando de las islas como si fueran una prolongación de América Latina.
–Canarias
fue durante siglos la puerta de entrada al Nuevo Mundo. Todo lo bueno y lo malo
que salió de España y llegó a América Colón pasó antes por Canarias, donde a
menudo se experimentó como si las islas fueran un primer laboratorio, desde los
cultivos como la caña de azúcar hasta las ideas de la Ilustración europea. Esa
relación especial incluye la literatura. Por eso, hay referencias a Canarias en
las obras de García Márquez, como en la manera en que describe en El general en
su laberinto a Simón Bolívar, que “hablaba con la cadencia y dicción de las
islas Canarias”.
–Vives ahora donde estudiaste, pero ya como profesor en Estados Unidos. ¿Cuáles serían hoy las diferencias con otros periodos de ese país?
–Llegué
por primera vez a Estados Unidos once días antes del atentado a las Torres
Gemelas. Esa tragedia cambió el país para siempre y creo que explica mucha de
su realidad actual, dominada por la polarización política y moral y por el
miedo al otro y la xenofobia. No vivo con miedo en el país, pero conozco
personas cercanas que sí viven atemorizadas con ser detenidas y deportadas.
Algunas son estudiantes de mi universidad.
–América Latina ya es una región que vive, de arriba abajo, novedades peligrosas. ¿Qué hecho te ha llamado más la atención?
–Me
preocupa que la polarización política y moral y la xenofobia que veo está
enfermando el día a día de muchos países de América Latina. Es muy triste
escuchar a ciudadanos de un determinado país latinoamericano estigmatizando y
comportándose de manera racista hacia ciudadanos de un país hermano que huyen
de dictaduras o de la pobreza y tan solo buscan una vida digna. La solidaridad
latinoamericana ésta en crisis.
–¿Cómo ves el porvenir de esos países?
–Quiero
ser optimista y creer que lo que estamos viviendo no es más que una triste
situación coyuntural.
–”Cien años de soledad” fue un título profético. ¿En qué parte de la profecía seguimos?
–Creo
que estamos en el momento de la novela cuando la expedición liderada por José
Arcadio Buendía está atravesando una selva tan tupida que todo se oscurece a su
alrededor y el mundo se vuelve triste. Aguardo el momento en que la expedición,
nuestro mundo actual, saldrá de la selva y encontrará la luz y conocerá nuevas
maravillas.
–Gabo era un cosmopolita de la lengua española. ¿Cómo se le premió esa preocupación?
–Sobre
la mesa de su despacho en la Ciudad de México llegó a tener hasta tres
teléfonos. Se rumoreaba que uno de ellos era una línea directa con La Habana.
Era un cosmopolita político que hizo muchas cosas en secreto en favor de la paz
en Colombia y de la democracia en América Latina. Sin embargo, su preocupación
democrática fue criticada por muchos, incluido Vargas Llosa.
–Ha sido imposible dar por finalizado el boom… ¿Qué lo ha marcado como una literatura para siempre?
–El
boom es uno de los movimientos culturales más influyentes del siglo XX. Si su
influencia perdura se debe a la enorme calidad de las obras escritas por
autores en los que cada vez, y con justicia, se reconoce la presencia de
numerosas mujeres. Actualmente, vivimos un boom de adaptaciones de obras del
boom al cine: Cien años de soledad, Pedro Páramo…
–Sorprende que no se rompieran las lenguas hispanoamericanas. ¿De dónde proviene esa fortaleza?
–Que
un español pueda entenderse hablando con un peruano y viceversa o un mexicano
con un paraguayo o un descendiente hispanohablante de migrantes en Estados
Unidos con un ecuatoriano y así en una suma infinita de combinaciones es una de
las maravillas culturales del mundo.
–Vives pendiente de varios países. Ahora, además, tienes casa en Madrid. ¿Qué te dicen ahora este país y esta ciudad?
–Sí,
por trabajo y familia, vivo pendiente del día a día en seis países en dos
continentes. Al migrar desde Canarias a Estados Unidos nunca hice ese ritual de
los canarios que se iban fuera y primero vivían en Madrid. Durante años, Madrid
fue para mí una escala de aeropuerto entre Canarias y América. Por los extraños
designios del amor, ha sido una colombiana quien consiguió que Madrid sea hoy
otro hogar. Pero por desgracia es un lugar donde la política está también polarizada,
donde se popularizan discursos xenófobos y donde la creciente desigualdad
social está haciendo imposible para miles de personas el acceso a una vivienda
digna.
–¿Cómo viviste la noticia de la detención de Maduro?
–En Canarias y con el corazón en un puño. Estaba escribiendo en una cafetería y una mujer, que luego supe que era venezolana, me vio con el ordenador y me preguntó “¿podrías mirar si Estados Unidos está atacando Venezuela?” La vi perplejo, sin hablar. Mientras buscaba en Internet, rogué que estuviese equivocada y que lo del ataque fuera un fake news. Pero el titular de un periódico nos golpeó en la cara: “EE. UU. ataca Venezuela”. Sentí entonces un vacío en el estómago y se me puso la piel de gallina. No creo que la mía haya sido una reacción especial. Para un canario, Venezuela es como una isla más del archipiélago. Desde el siglo XIX, decenas de miles de canarios emigraron a ese país y, desde los comienzos del Chavismo, han sido miles los descendientes de canarios que se han afincado en las islas.–
¿Cómo lo hubiera narrado Gabo?
–Quizás como hizo en El otoño del patriarca. Llegó a Caracas a comienzos de 1958 y vivió en carne propia la caída del dictador Pérez Jiménez. En el Palacio de Miraflores vio una escena que jamás olvidó: un militar temeroso salió de golpe, fusil en mano, de una estancia rumbo al exilio. Esa imagen del militar huyendo capturó tanto su imaginación que le inspiró su libro sobre la soledad del poder. En esas imágenes de un Maduro capturado, y solo Gabo acaso reconocería de nuevo las desventuras de los poderosos ya solos y sin poder.
PARES
Bogotá, Colombia
8 de enero de 2026
Guillermo Angulo,
el último
de los amigos
vivos de García Márquez
Guillermo Angulo. Picture of Iván Gallo
Por Iván Gallo
Guillermo Angulo tiene 97 años y es la persona más joven que conozco. Tiene un jardín lleno de orquídeas en Choachí. Entre los nenúfares y las astromelias está una casa victoriana que alguna vez perteneció a Miguel Abadía Méndez. A veces, cuando la bruma baja de la montaña, alcanza a ver el fantasma del expresidente salir perezoso al río que besa la propiedad y allí se agacha a tomar de esa agua espesa. Más de una vez ha querido sacar su Leica y tomarle una foto, pero el espectro se deshace en átomos. Guillermo Angulo ha vivido tanto que ya no le teme a los fantasmas, todo lo contrario, los ha aprendido a querer. “Todos sus amigos están muertos” me dice su hijo Alessandro, y mentalmente hace una lista de los que alguna vez abrazó: Manuel Mejía Vallejo, escritor potente y profuso bebedor de ron, Rodrigo Arenas Betancur, con quien viajó a Venezuela a sus veinte años cuando todos los caminos terminaban en Caracas, Alberto Aguirre, con quien compartió Piel Rojas y cervezas con Fernando González en Otra parte, Alejandro Obregón y su gripa eterna y Gabriel García Márquez. Todos tenían algo en común: le decían maestro desde que era un muchacho.
Cuando conocí a Guillermo me invitó a un almuerzo que organizó en la Orquidiocesis de la Teguada en Choachí. Él era un muchacho de 88 años. Compartimos un porro y dimos una vuelta por su jardín. Nos acompañó Carolina Sanín quien siempre sorprende al que la conoce en persona por ser completamente diferente a como se describe en sus columnas o sus publicaciones en redes sociales. Con un bastón en una mano y un porro en la otra el maestro nos iba descubriendo sus tesoros: “Esta es una Victoria amazónica” – nos decía señalando una inmensa hoja redonda que flotaba encima de un pequeño lago, lo suficientemente gruesa como para soportar el peso de un sapo. Luego nos señaló con su bastón (o con el porro) una foto que parecía emitir un resplandor debido a sus colores furiosos “Lo que ven es una Cattleya violácea, quien muchos creen se da sólo en Brasil pero eso es mentira, esto es privilegio de los llanos orientales colombianos”. Una abeja se posó justo en una flor blanca, con pétalos aerodinámicos, como si la hubiera construido Calatrava “La Stanhopea reichenbachiana es de las plantas más difíciles de conseguir” y empezó a contar una historia mientras la dama de los cabellos ardientes me abrazaba.
Anguleto -apodo que le puso la familia García Barcha hace muchos, muchísimos años- nació en Anorí, Antioquia, en 1928. Una vez me dijo que él nunca se preocupó por la plata porque venía de una familia que era dueña de minas de oro. En Anorí, como en Titiribí, el oro brotaba de la tierra como si fueran detritos. Alessandro, su hijo mayor, destacado productor y director de cine, me cuenta otra cosa, acaso la verdad: “Mi papá era hijo de un alcalde. En esa época ser alcalde era una profesión. A usted lo llamaban para ser alcalde de cualquier municipio y tenía que arrancar a establecerse en un pueblo. Mi papá nació en Anorí por azar. Siempre me ha dicho que en su casa nunca había un peso porque su papá era funcionario y su mamá ama de casa. No entiendo como hizo para viajar tanto. En México trabajó, pero en Roma estudió cine y se la pasaba en cine. Nunca supe de donde sacaba la plata”. A esto hay que agregarle que tenía amigos gotereros como Gabriel García Márquez. Cuando Anguleto llegó a México, en 1954, le mostró unas fotos a Rodrigo Arenas Betancur quien estaba cómodamente establecido en el DF. Varias de esas fotos se convirtieron en íconos como la de esa mujer mexicana cargando un hijo en una manifestación
Foto mujer mexicana
Arenas Betancur creyeron que eran magistrales las fotos así que le dio una recomendación que terminaría cambiándole la vida “Mándaselas a García Márquez, un periodista de El Espectador que vive en Bogotá y es muy bueno. El las puede publicar”. Así que se las envió y al mes apareció un artículo titulado Fotógrafo colombiano hace cine neorrealista en México. Angulo, agradecido, le escribió y Gabo le respondió que, cuando regresara a Colombia lo buscara. Así lo hizo un año después pero el periodista se había ido a Europa. En 1956 el maestro se fue a Roma a estudiar cine en el Centro sperimentale di cinematografía, en donde tenían de profesor a Cesare Zavattini, el hombre que escribió Ladrón de bicicletas y las obras cumbres del neorrealismo. Gabo también estaba matriculado, pero se había ido a Paris. Angulo lo persiguió hasta allá. Se encontraron en el Hotel de Flandre y en la noche en que se conocieron- por fin- le tomó estas fotos que hacen parte de la historia del arte colombiano
Eran los tiempos en los que Rojas Pinilla cerró El Espectador. Gabo quedó aislado en París, como un náufrago, lo único que tenía era a una catalana, llamada Tachia Quintanar, y una novela, El coronel no tiene quien le escriba, la historia de un hombre que, como él, esperaba un cheque que nunca llegó. La casera del hotel, recuerda el fotógrafo, se llamaba madame Lacroix. A ella le pidió la habitación más barata que tuviera y allí vivió tres meses. Muchas veces Angulo tuvo que pasarle plata a su amigo que vivía de la caridad de colombianos que creían en él y tenían plata como Hernán Vieco. “Además de plata Gabo se llevaba libros y revistas como la París Match o los Cahiers du cinemá que compraba”. El cine se llevaba buena parte de la conversación, más que las discusiones que después tendría sobre Faulkner y Virginia Wolf en las interminables noches de la Cueva, el mítico bar de Barranquilla. Aunque Angulo me dice que es mentiras eso de que García Márquez era cliente asiduo de ese lugar. Al futuro creador de Cien años de soledad le gustaba más ir a la Tiendecita, un restaurante de comedores de chicharrones y bebedores de Águila que fundó en 1961 Álvaro Cepeda Samudio. “Con Gabo pasábamos tardes enteras en la cinemateca francesa, atiborrándonos de cine, incluso una vez conocimos al director de la cinemateca, Henri Langlois, y nos contó cómo había escondido buena parte del cine europeo de la voracidad destructiva de los nazis durante la ocupación”.
Los amigos se la pasaban entre Roma y París, desplatados y felices. Angulo se graduó de cineasta y Gabo terminó en México, cobijado entre otros amigos por Álvaro Mutis quien le consiguió un muy bien pago trabajo como publicista. Allí se volvieron a ver. Fue en 1966 cuando, rumbo a un viaje a Acapulco, mientras conducía el Opel blanco que compró después de ganarse el premio Esso por su novela, La mala hora, tuvo una epifanía: por fin había encontrado el tono para narrar la historia que llevaba taladrándole la cabeza durante años. Así que se encerró en su casa en la calle del Fuego, le dijo a Mercedes Barcha que se ocupara de los niños y de la renta -en realidad Gabo tenía suficientes ahorros como para dejar de escribir por un año- y se sentaría a escribir la novela que había soñado sin que “nadie me jodiera la vida”. Angulo llegó en 1966 y pudo captar este momento histórico: García Márquez está corrigiendo un capítulo de su novela Cien años de soledad. “Esta, sin duda, es mi foto más pirateada”
Cincuenta millones de ejemplares ha vendido Cien años de soledad desde su publicación hasta la fecha. Todos los esfuerzos, las privaciones, valieron la pena. Gabo no sólo podía vivir de escribir ficción, sino que se había vuelto millonario. Hubo un momento, a finales de la década del sesenta en Latinoamérica, que todos en el metro, en los buses, en la calle, tenían abierto un ejemplar de Cien años de soledad. Se convirtió en la novela más citada e importante en español, era un Quijote contemporáneo. La fama por supuesto que afectó a Gabo quien pasó de ser un personaje tímido, casi que insignificante, al rey de todas las fiestas. La fama también modificó la lista de sus amigos. Los de sus comienzos como periodista en el Universal y el Heraldo fueron perdiendo importancia, desplazados por personajes de primera línea mundial como Felipe González, Fidel Castro u Omar Torrijos. Uno de los pocos que no perdió contacto con él fue Anguleto. Al contrario, Angulo fue ganando todavía más importancia.
En octubre de 1982 García Márquez fue notificado por la academia sueca de que se había ganado el premio Nobel. Sólo podía invitar a doce de sus amigos. Si él hacía la lista muchos se iban a quedar odiándolo. Así que le dejó esa misión a Guillermo ya que “tu tienes el cuero duro” le dijo. Y si, muchos le dejaron de hablar.
El contacto siempre se mantuvo. Alessandro fue a estudiar cine en la escuela de San Antonio de los Baños y en Cuba se vieron varias veces en la década del ochenta, una vez en una misión crucial para el país: en 1988 fue secuestrado por el M-19 el líder conservador Álvaro Gómez Hurtado y Angulo fue escogido por otro de sus amigos, el ex presidente Belisario Betancur, para que fuera el intermediario entre Fidel Castro y el M-19. Su amistad con García Márquez fue crucial para esta designación. En la isla se quedó en la casa de huéspedes número 6, el lugar donde se quedaba Gabo en La Habana y allí vio la imponencia absoluta de Mercedes Barcha quien era capaz incluso de regañar al mismísimo Fidel. Una noche, el presidente cubano intentó darle un consejo sobre cómo hacer un arroz con camarones y la Gaba le respondió muy a su manera: “Comandante, usted podrá mandar en su isla, pero en mi cocina se hace lo que yo diga”.
La relación sólo la rompió el Alzheimer. La enfermedad comenzó a manifestarse en el escritor a comienzos de este siglo. Siempre se creyó que la radioterapia que tuvo que hacerse para combatir el cáncer linfático que lo atormentaba aceleró la pérdida de la memoria. Uno de los secretos que tiene Guillermo Angulo para ser un muchacho a sus 97 años es dormir. “Tengo una técnica que me enseñó un agente de la CIA -me dice entre la verdad y el mito- voy durmiendo cada parte de mi cuerpo en un ejercicio de meditación. Puedo hacerlo cuando me plazca. Por eso siempre duermo ocho horas diarias. Ese es el secreto para no perder la memoria”.
Angulo admira al neurólogo antioqueño Francisco Lopera, el científico que más cerca ha estado de encontrar una cura para el Alzheimer. Lopera le contó que, la primera vez que leyó Cien años de soledad, hizo un gran descubrimiento: Gabo, por intuición, o tal vez por un profundo conocimiento de la medicina, había descubierto la relación que hay entre no dormir y la pérdida de la memoria. Cuando llega a Macondo Rebeca trae consigo la peste del insomnio. Al principio José Arcadio Buendía vio en esto una bendición, si no se duerme se puede trabajar más. Pero pronto la gente empezó a olvidar hasta cómo se llamaba. En su libro, Gabo + 8, Angulo transcribe una conversación que tuvo con Lopera sobre esta parte de la novela “García Márquez describió en Cien años de soledad una especie de peste de la memoria en Macondo, causada por un insomnio fatal colectivo. Da la impresión de que el autor se hubiera inspirado premonitoriamente en el conocimiento de una enfermedad incurable, descrita en la literatura médica años después de su novela como “insomnio fatal familiar” que se presenta en grupos familiares de forma heredada, comienzo con insomnio y severos trastornos de la memoria y termina con demencia, llevando fatalmente a la muerte”.
La enfermedad de la memoria atormentó a varios miembros de la familia García Márquez. A Gabo lo sorprendió justo cuando se encontraba redactando sus memorias. William Ospina, su albacea, tuvo que terminar esta labor, al menos en un primer tomo que todos conocimos con el hermoso nombre de Vivir para contarla. Guillermo visitó varias veces a su amigo cuando este era sólo un cascaron vacío. El 16 de abril del 2014 Rodrigo García Barcha llamó al apartamento que tiene en las Torres del Parque -fue el primer habitante que tuvo el icónico complejo arquitectónico diseñado por otro de sus amigos ilustres, Rogelio Salmona- y le avisó que ya no había nada qué hacer, Gabo se estaba muriendo. Angulo tomó un avión hasta México pero cuando llegó a la casa de la calle del fuego su amigo acababa de morir. Mercedes, desde lejos, le advirtió “en esta casa no se llora”. El fotógrafo se mordió los labios y la única respuesta que dio fue darle un beso en la frente a su amigo.
Once años después Angulo no quiere hablar de nada de eso. Nos estamos tomando un café no en su jardín de Choachí sino en la panadería que queda debajo de su apartamento, viendo la fachada de los edificios art decó que quedan aún en pie en la Macarena. De la nada me dice, con su voz aflautada “no me gustó para nada la adaptación esa de Cien años de soledad que hizo Netflix”. No quiero contradecirlo. Me gustaría soltarle la lengua, que hable del respeto que se le debe a una obra maestra, a la labor de la fundación Gabo, de la que ha sido tan crítico, hablar de Mercedes y su altivez, hablar mal de la gente, el sabroso y único deporte nacional, pero prefiero no achisparle el genio y más bien le cambio el tema y le digo que hace poco volví a ver Los Soprano y el hombre entonces extiende una sonrisa y se pone a hablar de la simpatía que le generan los gánsteres en la pantalla y recuerda sus tardes en París viendo películas hasta quedar ciego siempre con su amigo el escritor cuando eran felices e indocumentados, cuando lo único que importaba era el cine.
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