21 de marzo de 2014

MEMORABILIA GGM 726



EL ESPECTADOR
Bogotá - Colombia
20 de marzo de 2014

La vieja pregunta

Por Juan Gabriel Vásquez*

Con motivo de su cumpleaños, me preguntaron en estos días —por millonésima vez— cuán difícil era escribir después de García Márquez.

Quien hacía la pregunta era un periodista holandés, que no tenía por qué saber que el verdadero problema de muchos escritores colombianos, entre los que me cuento, ha sido justamente contradecir esa verdad recibida: que las novelas de García Márquez son un problema para sus (digamos) descendientes. Nunca he entendido esa opinión.

Cuando comencé a publicar libros, a finales del siglo pasado, la idea de que las magias parciales de Macondo habían castrado a más de un novelista colombiano —y que lo más aconsejable, por lo tanto, era alejarse de aquellos libros como de la peste— estaba muy viva todavía. La sorpresa que me causaron entonces esos parricidios de andar por casa se ha confirmado con los años y las lecturas: la obra de García Márquez, lejos de representar una amenaza o un obstáculo para quienes vinimos después, me parece más que nunca una fortuna incalculable que nos ha hecho la vida más fácil. Y no por los libros en sí mismos, sino por lo que hay antes y después de ellos: lo que fue necesario para que esos libros existieran y la huella que esos libros han dejado en su tradición. Trataré de explicarme mejor.

La tradición de la novela colombiana, tal como la recibió ese muchacho de Aracataca, era escuálida, pobre y provinciana: con dos o tres excepciones, nuestra novela vivía aferrada a cierta forma de costumbrismo y a una lengua castellana engolada y anacrónica, y para un joven novelista era casi alta traición apartarse de la tradición de su propio país y su propia lengua. La gran osadía de García Márquez, aunque hoy nos parezca no tener mayor mérito, fue atreverse a mirar hacia otra parte. En 1950, quejándose justamente del provincianismo de la novela colombiana, declaró: “Todavía no se ha escrito en Colombia la novela que esté indudable y afortunadamente influida por Joyce, por Faulkner o Virginia Woolf”. La escribiría él mismo: se llama La hojarasca, y las novelas que le siguieron, desde la hemingwayana El coronel no tiene quien le escriba hasta esa prima distante de Camus que es La mala hora, abrieron para siempre las puertas y ventanas del claustrofóbico edificio de la literatura colombiana.

Ese derecho a mezclar impunemente las tradiciones y las lenguas —a buscar sin complejos la contaminación, a romper con las apolilladas lealtades nacionales o lingüísticas que atormentaban hasta hace muy poco a los escritores colombianos— es, quizás, el gran legado de García Márquez. Lo es para mí, en todo caso, pues tengo por cierto que no hubiera podido escribir mis libros sin las lecciones de John Cheever o Philip Roth o E.L. Doctorow. A veces se me ocurre, en cambio, que Cien años de soledad es un libro que se puede admirar infinitamente, pero cuyas enseñanzas son difícilmente aplicables (la prueba es lo que les sucede a sus imitadores). Así que repito aquí lo que ya he dicho en otra parte: ningún escritor colombiano que tenga un mínimo de ambición se atrevería a seguir por los caminos ya explorados por la obra de García Márquez; pero ningún escritor con dos dedos de frente despreciaría las puertas que esa obra nos ha abierto, las libertades que nos ha heredado. Sólo por eso hay que celebrarla.

 * Juan Gabriel Vásquez. Escritor colombiano. Sus publicaciones más recientes son: El arte de la distorsión, ensayos literarios, Alfaguara, 2009; El ruido de las cosas al caer, novela, Alfaguara, 2011; Las reputaciones, novela, Alfaguara, 2013


1 comentario:

Alejandra Rodriguez dijo...

Buenas tardes, Gabo.
No se cómo describir la emoción que siento al encontrar este magnífico blog. Espero que en realidad sea del señor Gabriel García Márquez.
Es tan fantástico poder encontrar a un Nobel de literatura de Colombia.
Soy colombiana y estoy muy orgullosa.
Tengo 15 años y me encanta escribir, por eso he acudido a buscarte. Próximamente viajare a México y me encantaría poder hablar contigo y quizá compartir palabras.
Estoy por el camino de las letras y espero, muy pronto, ganarme un Nobel.
Por favor, espero una respuesta.
Gracias,
Alejandra. Colombia, Bogotá.