14 de mayo de 2012



MEMORABILIA GGM 580
El Tiempo
Bogotá - Colombia
9 de Mayo del 2012

De burdeles y otras antigüedades

Por: ÓSCAR COLLAZOS


El comercio del sexo ya no necesita esa demarcación fronteriza: se ejerce de mil maneras como una actividad más de la economía informal y alimenta economías formales

Memoria de mis putas tristes es la última novela de García Márquez y una de las últimas novelas latinoamericanas sobre un tema que ocupó decenas de miles de páginas en nuestra historia literaria. La puta y el burdel hacían parte de la educación sentimental y sexual de los hombres y los había que se convertían en escenario de la vida social de las celebridades de cada época.

Aunque el feminismo radical ha pretendido ver la confesión del nonagenario Mustio Collado como una apología de la pedofilia, el relato de Gabo regresa a un tema recurrente en el autor: la aparición del amor a una edad en que los hombres están arreglando cuentas con la funeraria. Más que la ridícula pretensión de acostarse a los noventa años con una virgen de catorce, lo que vale la pena resaltar en este relato es la mitología masculina del burdel y la aparición del amor como un último soplo de vida en la antesala de la muerte.

La novela de García Márquez es un melancólico canto de cisne de esta corriente y cierra un ciclo con casi cien años de tradición. Antes de esta novelita, recuerdo dos buenas novelas latinoamericanas con el tema: El lugar sin límites, de José Donoso, y Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa. La experiencia prostibularia recreaba los rituales socialmente aceptados del machismo, por un lado, y, por el otro, el envilecimiento de la mujer en un comercio aceptado como mal menor.

Los cambios en las costumbres morales, la liberalidad ganada con la vida urbana, la gradual emancipación de las mujeres, la permisividad sexual, los métodos anticonceptivos, todo esto relegó la experiencia prostibularia a un plano secundario, a una especie de arqueología de la sexualidad masculina.

Durante años, el burdel fue el lugar donde el joven perdía la virginidad, inducido a veces por un padre que pretendía reproducir en el hijo su propia experiencia. Era el lugar donde hombres adultos buscaban una compensación desesperada a la insatisfacción sexual o un alivio a sus frustraciones y traumas amorosos. No se descartaba al adicto: Mustio Collado, el personaje de Gabo, es un putañero ilustrado y sin culpa por serlo.

El hecho de que se siga llamando "zona de tolerancia" al barrio donde se comercia con el sexo explica hasta qué punto se aceptó socialmente esta práctica. Pero el comercio del sexo ya no necesita esa demarcación fronteriza: se ejerce de mil maneras como una actividad más de la economía informal y alimenta economías formales. Hoy, una escort puede darse el lujo de contratar a un abogado de pedigree que le ayude a realizar negocios relativos a la prostitución.

Como no se podía extirpar ni prohibir el ejercicio de la prostitución, había que mantenerlo aislado de lo permitido y "sano". Se establecían zonas donde se toleraba administrativamente lo que estaba formalmente prohibido por la mirada severa de las costumbres morales o la ligereza de las leyes. Ahora no hace falta: la única prostitución visible y patética de nuestras ciudades es la callejera.

La imagen de la puta confidente y maternal llenó páginas de buena y mala literatura sin que intervinieran los códigos morales que todavía hoy sirven para condenar lo que no se puede evitar: que haya seres humanos que comercian con su cuerpo como otros comercian con sus conciencias.

La prostitución sigue siendo una actividad degradante ejercida por hombres y mujeres. Se ha convertido en uno de los atractivos de las industrias turísticas de hoy, alcanzando altos grados de sofisticación. Pero la de siempre, la que nace de la pobreza, no llega a los titulares de los medios sino a sus páginas de sucesos. Es un asunto de policía o de salud pública.



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Semana
Bogotá – Colombia
9 de mayo de 2012

El traductor de Gabo


Fan Ye es una celebridad en su país y asegura que su mayor sueño es conocer al premio Nobel.

Fan Je el traductor de Cien Años de Soledad 
destaca la obra de Gabo.

A propósito de China, uno de los intelectuales que causa sensación por estos días es Fan Ye, el traductor de Cien Años de Soledad. Él le ha contado a la delegación colombiana que en este trabajo tardó un año, que el libro quedó de 360 páginas (un número mágico porque allí representa el Cosmos) y que su mayor sueño es conocer al escritor de Aracataca en persona. Fan Ye es una celebridad, pues también se ha anotado muchos reconocimientos por sus traducciones al chino de Carlos Fuentes y Julio Cortázar.

El profesor universitario de la facultad de lenguas extranjeras de la Universidad de Beijín, Fan Jen, dijo que Colombia comenzó a ser conocida en China por la obra de Gabriel García Márquez.

Caracol Radio conversó con el joven docente quien fue el encargado de traducir Cien Años de Soledad, obra que se publicó para un millón de lectores en mandarín en China.

Se trata de un hombre apasionado por la literatura latinoamericana, quien califica las obras de Gabriel García Márquez como la ventana que muestra una mágica visión de la cultura colombiana

Fan Jen dijo que se demoró casi un año para la traducción de Cien Años de Soledad y que aunque trabajo 'al ritmo de los chinos' el entusiasmo por el relato de Gabo lo llevó a sacar adelante la versión en mandarín.

Por último el profesor Jen dijo que 'leyendo a García Márquez fue objeto de un hechizo que le condujo de descubrir la realidad mágica de un pueblo llamado Colombia'.




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EL TIEMPO
Bogotá – Colombia
9 de mayo del 2012

Las aventuras de Satoko Tamura, dan para una novela.

Traductora del Nobel al japonés
tras la huella de García Márquez

Por: CATALINA OQUENDO B.


Satoko Tamura es poeta, ensayista y traductora de autores 
latinoamericanos al japonés.
Foto: Ana María García / EL TIEMPO



Un día del 2005 a las 5:00 p.m., la japonesa Satoko Tamura logró culminar el viaje que Gabriel García Márquez dejó "para un después que nunca fue".

La traductora de Gabo al japonés llegó hasta el centro de La Sierpe, la ciénaga de La Marquesita, aquella historia de una isla infranqueable en el municipio de Sucre y en la que, bajo un árbol de totumos de oro, estaba enterrada esta mujer que vivió 200 años.

Decidida a encontrar a La Sierpe real, llegó a La Mojana y, acompañada del profesor sucreño Isidro Álvarez, se embarcó en lancha y luego en bestias hasta el centro del pantano, con el único fin de hallar un limón de oro de aquel árbol.

"Yo llamé a Gabo y le dije: 'mira, Gabito, en este preciso momento Satoko está en el mismo centro de La Sierpe'. Y él me respondió: 'Dile que me encuentre los limones de oro'", contó Jaime García Márquez, en Bogotá, durante la entrevista con Satoko.

Los limones de oro de Satoko, pequeños y secos, llegaron a las casas de sus amigos, que los guardan como una prueba fiel de que existe el realismo mágico.

Amiga personal del Nobel

Es más que aventura; es desmesura -dicen sus amigos- lo que mueve a esta mujer a recorrer los escenarios que le ayuden a desentrañar las claves de la obra del Nobel y poderlo traducir con certeza a su idioma.

Sentada en una casa en Bogotá, con un holgado traje oriental y en un perfecto español, ella cuenta sus historias como en un recorrido similar al de Gabo por el río Magdalena.

Satoko durmiendo en un chinchorro en el desierto de La Guajira para entender el valor de los sueños en los libros de Gabo; Satoko en moto por las calles de Aracataca; Satoko cubierta de un pañuelo negro, disfrazada de viuda, para pasar desapercibida en Ovejas, Sucre; Satoko en Zipaquirá, conociendo el lugar donde creció el escritor, o en un prostíbulo en Barranquilla, que luego se convirtió en un colegio.

"He tenido el privilegio de conocer a su familia e identificar de dónde surgieron los personajes de sus novelas. También he podido comprobar que no se inventó nada, sino que reprodujo su entorno", dice la traductora de Cien años de soledad, que conoció, asimismo, la casa de Remedios la Bella.

La mujer se hizo amiga del Nobel hace veinte años, cuando lo entrevistó en un festival de cine en La Habana y publicó la primera nota sobre él en un periódico de Japón.

"Aunque ya se habían traducido obras de Gabo al japonés, no eran muy buenas; por eso necesitaba venir y tener el tono y los escenarios de los personajes", cuenta, y agrega que los recorridos por Tokio con Mercedes Barcha, la esposa del Nobel, y sus encuentros en Colombia han fortalecido su relación.

De esas anécdotas y sus viajes por el país escribió en el libro Caminar por Cien años de soledad, publicado en japonés, con una pintura de unas bailadoras de cumbia en la portada, que ella trae siempre a Colombia.

"Yo estoy segura de que Satoko, con esa pasión por la obra de Gabo, le ha aportado también algo de la fantasía japonesa", dice Graciela Rincón, amiga personal de la traductora, y quien la ha acompañado en varios de sus viajes por Colombia.

Otros escritores

Satoko Tamura nació en Wakayama (Japón) en 1947. Es doctora en Letras Hispanoamericanas, decana de la facultad de Literatura de la Universidad de Tokio, poeta y traductora de decenas de autores al japonés.

Además de Gabo, ha traducido también a Pablo Neruda, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Vicente Huidobro, Nicanor Parra, Enrique Lihn, César Vallejo y Gabriela Mistral. De esta última es experta, pues su tesis doctoral fue sobre
Los sonetos de la muerte, de la escritora chilena.

Estudió español en la Unam, en México, y luego se fue a Chile, donde conoció al grupo de escritores amigos de Neruda. Más adelante, trabajó en activismo político, recogiendo fondos para ayudar a torturados de la dictadura en ese país.

La japonesa también tiene su propia producción poética. Ha publicado los libros
Mapa profundo, Otoño de Iberia, Salamandra y Raggi di luna falciati, y ha sido una invitada asidua al Festival de Poesía de Medellín.

Por esa relación con Latinoamérica se vinculó con Colombia y ahora traduce también a autores como Jorge Franco, Alonso Salazar y próximamente a Juan Gabriel Vásquez.

Satoko Tamura es poeta, ensayista y traductora de autores latinoamericanos al japonés. A Gabriel García Márquez lo conoció hace veinte años y desde entonces ha visitado los escenarios de las obras del Nobel.

           

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