31 de marzo de 2011

MEMORABILIA GGM 489


Este articulo fue escrito por la conocida  escritora, poeta  y defensora de derechos humanos Rose Styron, a raíz del tributo que le  ofreció el PEN Club de Nueva York a Gabriel García Márquez. Ofrecemos una  traducción libre facilitada por nuestro amigo y colaborador Lucho Berggrun, basada en el texto publicado en la revista PEN América Nº 6 en el año 2005. Se puede consultar el texto  en inglés en:

Realismo romántico
Por Rose Styron
 
El presidente Clinton mencionó que conoció a Gabo en Martha´s Vineyard y debo agregar que fue durante una comida en nuestra casa, cuando Gabriel García Márquez nos visitó por allá en los años 90. Esa comida la llevo gravada en mi memoria por muchas razones: la discusión durante la sopa del embargo de Estados Unidos a Cuba; el recital durante los aperitivos dado por Bill Styron, Carlos Fuentes, el Presidente Clinton y Gabriel García Márquez, acerca de sus libros favoritos y las influencias literarias durante la juventud de cada uno; la llamada desde Belfast durante los postres, urgiendo al presidente Clinton para que se involucrara en las recién iniciadas conversaciones de paz en Irlanda del Norte. Pero debo decir que lo que más recuerdo es como llegué a darme cuenta de que Gabo es en definitiva un ser intensamente romántico. Y no me refiero solamente a su trato refinado y elegante o a su interés y atención hacia las mujeres -aunque no podría negar el singular atractivo que tiene en este aspecto-.


Cuando lo entrevisté a fines de los años 90 para la Voz de América, dijo que lo único que se le ocurría para salvar el mundo en que vivímos era darle todo el poder a las mujeres. También dijo que pensaba que el amor era el peor de los demonios, una cierta forma de desastre personal, pero sin el cual él no podría vivir. De sus libros todos conocemos cuan extraordinariamente observa y aprecia a las mujeres, tanto a las muchachas jóvenes y bonitas, como a las que han envejecido y todavía son amadas, como es el caso de Fermina en El Amor en los Tiempos del Cólera:

(Como los lectores de Memorabilia GGM conocen bien el texto en Español, el que cita la Sra. Styron se trascribe en inglés)
“His love awakened in him an overwhelming desire to salvage the sunken treasure from the Spanish galleon that was found, so that Fermina Daza could bathe in showers of gold. Years later, when he tried to remember what the maiden idealized by the alchemy of poetry really was like, he could not distinguish her from the heartrending twilights of those times. Even when he observed her unseen, during those days of longing when he waited for a reply to his first letter, he saw her transfigured in the afternoon shimmer of two o’clock in a shower of blossoms from the almond trees where it was always April regardless of the season of the year.”

En la reunión que les acabo de mencionar, Gabo habló con mucha emoción de su abuela, esa contadora de historias que fue la que inspiró sus posteriores novelas. Expresó que nunca había hecho distinción alguna entre el periodismo y la ficción, exceptuando que cuando se refería al periodismo tenia ambos pies firmes sobre la tierra, pero cuando se refería a su actividad como creador de ficciones se permitía volar alrededor de la estratosfera. Realismo mágico romántico.

Cuando hago memoria de los treinta años que pasaron desde que nos conocimos, la palabra que primero me viene a la mente es “romántico”.

Nos conocimos en 1974: ambos habíamos estado en Chile, poco después del golpe de estado de Pinochet, el 11 de septiembre de 1973. Gabo como periodista y yo como delegada de Amnistía Internacional, con una misión extra y bien loca para el PEN: traer de vuelta el último manuscrito de Pablo Neruda, que se decía había sido enterrado bajo concreto por su esposa en una cierta esquina de Santiago. Misión fallida.

Por esos días Gabo había jurado públicamente que hasta que Pinochet no fuera derrocado no iba a escribir más novelas. Gracias a Dios no cumplió.

Una década después protestaría por la política del Presidente Reagan en Nicaragua, lo que le aseguró que por lo menos durante su presidencia, no iba a obtener visa para los Estados Unidos y así hacer realidad su sueño de visitar la casa de Faulkner en Mississippi. Gabriel García Márquez había caído bajo el hechizo de la tradición literaria sureña, tal como le había pasado a Bill Styron. Aun en 1990, cuando los Estados Unidos finalmente decidieron que ya no era tan peligroso como para no dejarlo ingresar a su territorio, a Gabriel se le autorizó visitar a Nueva York solamente. Mississippi debía esperar.

Recuerdo a Gabo también en el Festival de Cine de Cannes en 1983. Bill y yo le habíamos sugerido al entonces desconocido, y por cierto, no especialmente atractivo Harvey Weinstein -ataviado tan solo con unas bermudas floreadas- que si él tenía intenciones de arrancar por fin la compañía cinematográfica que nos había dicho planeaba crear , debería entonces darle una mirada a la película Eréndira escrita por Gabriel García Márquez, basada en uno de sus cuentos. La película se había exhibido en el festival y nos había encantado. Aunque Gabo estuvo muy escéptico, terminó dándosela a Harvey. Y así nació Miramax.

Quince años después Harvey me vio en la calle Vineyard Haven y me comentó que había oído que Gabriel García Márquez iba a venir a la isla, y que si yo lo invitaba para encontrarse con su autor favorito, era capaz de barrer los pisos de la casa y cargar la bandeja para servir personalmente los aperitivos: Harvey estaba dispuesto a hacer todo lo inimaginable para filmar Cien años de soledad . Y lo cierto es que el afamado productor de cine siempre ha tenido un gusto exquisito en materia de libros. 

Gabo le dijo a Harvey que no, que no quería que de sus novelas se hicieran películas, pero que como estaba escribiendo por ese entonces una serie de cuentos cortos, entonces le mostraría uno del cual él pensaba podría salir una buena película. Harvey le contestó de inmediato: «Por favor, me gustaría cualquier cosa suya». Un año después, a las 6:45 P.M., en pleno centro de Nueva York y poco después de la entrevista en la Voz de las Américas, Gabo me dijo: «Vamos a ver a Harvey». Miramax estaba a la vuelta de la esquina y estábamos seguros de que Harvey estaría todavía trabajando y que se alegraría mucho con la nueva historia que Gabo le iba a entregar. Pero bueno, no ocurrió exactamente de esa manera. La recepcionista nos dijo, en una forma muy hollywoodense, que Mr. Weinstein estaba en una importante reunión y que le iba a ser imposible ver a Mr. Gabriel García Márquez. Yo le rogué que subiera y de todas maneras le preguntara. Ella regresó poco después apresurada y se dirigió a mí ofuscada y molesta: «¿porque no me dijo que era el hermano de Andy García?» Subimos, y claro, ahí estaba Andy García reunido con Harvey.

Pero fue visitando al gran hombre en Cartagena -Gabo es realmente un gran hombre- que se me hizo claro que él era la amada superestrella en su nativa Colombia. A medida que nos hacia un tour personal a través de la ciudad antigua, que magistralmente revivió en su novela, era seguido por grupos de muy variada composición; y él siempre se detuvo, con mucha gracia y sencillez, para charlar y firmar autógrafos.

En el 2000 nos encontramos con Gabo en la Habana para una breve pero espectacular excursión al comedor formal de Fidel Castro, en compañía de Arthur Miller y su esposa Inga. Gabo, sentado a mi lado, garrapateaba la flor que a veces dibuja cuando firma sus libros, susurrando con desesperanza, dándome a entender que estaríamos muchas horas escuchando a su amigo el dictador -un amigo con cuya política de derechos humanos Gabo no está de acuerdo, pero tampoco contradice, pues lo que antecede en su mente es que la lealtad va de la mano de la amistad, y especialmente la lealtad hacia alguien que él conoce de muchas décadas atrás, desde que fue uno de los periodistas que cubrió la revolución- . De repente, a la 1 de la mañana, Arthur Miller se paró e interrumpió a nuestro anfitrión. «Señor Presidente, dijo, cuando llegamos hace 5 horas, usted apuntó que yo era 12 años y 10 días más viejo que usted. Bueno, ahora soy 12 años y once días más viejo que usted y por lo tanto necesito irme a dormir». Castro se paró para disculparse, dijo buenas noches, y todos los ministros cubanos sonrieron felices. Camino al vehículo que nos llevaría de vuelta, todos palmeamos a Arthur en la espalda, pero fue Gabo el que palmeó a su amigo con más efusividad.

Nuestra más reciente visita fue a su casa en la ciudad de Méjico, y allí, en un calmado atardecer, me paseó por toda su fantástica biblioteca, atiborrada por casi tantos libros en inglés como en español. En esa ocasión predijo que los Estados Unidos seguramente no iban a estar tan locos como para ir a la guerra con Irak. !Que romántico¡

1 comentario:

MACONDIANO dijo...

Impecable, mucha gracias por el aporte que nos hacen desde este blog.
Saludo